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Juana III de Albret

Biografía

Juana III de Albret. Saint Germain-en-Laye (Francia), 16.XI.1528 – París (Francia), 9.VI.1572. Reina de Navarra.

Juana de Albret fue hija y heredera de Enrique II, rey de Navarra (1517-1555), y de Margarita de Valois.

Sus padres habían reunido extensos estados, principalmente en el sudoeste de Francia y en el Pirineo Centro-Occidental, fronterizos con España.

Entre ellos, destacaban dos, por los que se consideraban Soberanos: el reino de Navarra y el vizcondado de Béarn; sin embargo, como condes de Bigorra, Armagnac, Perigord, Rodez y Foix, vizcondes de Marsan, Nebuzan y Limoges, señores de Albret y de la tierra de Domezan, entre otros señoríos, prestaban homenaje al rey francés. El propio Francisco I había promovido en 1527 la boda de su hermana Margarita con un “roi de Navarre” que prácticamente había sido despojado de su reino en una larga guerra con los soberanos de España. En 1512, Fernando el Católico conquistó toda Navarra, que se extendía desigualmente por ambas vertientes del Pirineo: la porción meridional o “española” era casi diez veces más extensa, y mucho más rica y populosa, que la llamada “Tierra de ultrapuertos” o “Tierra de vascos” (apenas 1.200 kilómetros cuadrados). Pero Carlos I decidió de facto renunciar a la porción septentrional, abandonando la guarnición de San Juan de Pie de Puerto, lo que permitió a Enrique II de Albret-Foix titularse “roi de Navarre”.

La disputa por Navarra, en el contexto de las guerras hispano-francesas hasta 1559, y el despliegue de la Reforma en Francia condicionaron la vida de Juana desde sus primeros años. Nació en uno de los numerosos castillos-residencia de su tío, el rey Francisco I, y se crió como una princesa bajo la atenta tutela de la señora viuda de Silly y de su tía Isabel de Albret, duquesa de Rohan. Durante sus diez primeros años permaneció casi aislada en un pequeño castillo de Normandía (Lonray); y cuando empezó a negociarse su matrimonio, el Rey quiso tenerla cerca de la Corte, en Plesis-les-Tours, de la que no salió hasta los veinte años, ya casada. Sus padres, sin otros hijos que llegaran a edad de madurez, carecían de una capital donde residir más o menos establemente. Como era habitual entonces, Juana apenas convivió con ellos. Su madre desempeñó un papel político, religioso y cultural de primer orden en la Corte de su hermano, que la absorbió por completo. Y con su padre, el rey de Navarra, no tuvo buenas relaciones. Juana se crió bajo estrecha custodia y creció casi como un rehén, lo que forjó en ella un carácter duro. A su natural inteligencia y esmerada formación humanista, se sumaron una energía impropia de su frágil salud, y una habilidad y una constancia política que le otorgaron un papel sobresaliente en los conflictos internos de Francia, sobre todo desde su viudedad en 1562.

Los reyes de Francia decidieron sus matrimonios, que consideraron una prioritaria cuestión de estado. En definitiva, Francisco I y Enrique II de Francia procuraron asegurarse una vinculación estrecha con la casa de Navarra, casando a sus reyes con miembros inmediatos de su familia. A la postre, esta política dio sus frutos y un hijo de Juana de Albret, Enrique III de Borbón, “roi de Navarre” (1572-1610), ocupó el trono de Francia desde 1589. Por su parte, también Carlos I y Felipe II trataron de atraer a su órbita a la casa de Navarra por un doble motivo. Principalmente, porque querían así debilitar a su rival, pero también porque pretendían revalidar sus títulos sobre la porción de Navarra que gobernaban. En sus tratos con Enrique II de Albret, a cambio de la boda de Juana con quien sería Felipe II o de otra alianza familiar, ofrecieron, bien la devolución de la Navarra meridional, bien una compensación equivalente. En todos estos tratos diplomáticos, la princesa Juana nada tuvo que decir, y su padre tropezó con la oposición del rey de Francia cada vez que negoció una boda “española”.

Hacia 1540 se rompieron las primeras negociaciones matrimoniales en torno a Juana de Albret. Carlos V proponía una doble boda hispano-francesa que zanjara las disputas territoriales: Felipe casaría con Juana de Albret (aportando Navarra y sus rentas desde la conquista), y María de Austria, su hermana, con el duque de Orleans, hijo de Francisco I (con la renuncia a Borgoña y a otros derechos en los Países Bajos).

El rey de Francia, sin embargo, prefirió forzar la boda de Juana con su aliado el duque de Clèves, con la condición de que no se consumara el matrimonio.

Las negociaciones se reanudaron en 1545, con un Felipe viudo de Manuela de Portugal, aunque ya con un hijo. Enrique II de Navarra obtuvo entonces el reconocimiento de la nulidad del anterior matrimonio de Juana y volvió a promover un matrimonio español que posibilitara la reunificación del reino de sus padres.

Carlos V no lo veía con malos ojos y, en las Instrucciones de Augsburgo del 18 de enero de 1548, recomendó a su heredero que eligiera una nueva esposa: bien una princesa de Francia a cambio de la restitución de Saboya, bien la princesa de Albret “con tanto que se tratase de manera que se quitase la diferencia y pretensión sobre el reino de Navarra y con medios convenientes”. El problema, como siempre, sería la oposición del rey de Francia: “Que se pudiese sacar la dicha princesa de Francia, porque aunque los franceses tuviesen de esto sentimiento, habiendo la cosa hecha, verosímilmente es de creer que lo disimularán por os ver más fuerte con lo que tiene el señor de Albret”. Todo se frustró, esta vez definitivamente, y Juana de Albret casó con Antonio de Borbón, duque de Vendôme (1548). Era el primogénito de una poderosa casa por cuyas venas corría sangre real, la más inmediata en el orden sucesorio a la Valois reinante.

A la muerte de Enrique II de Navarra (1555), Antonio y Juana III fueron jurados reyes de Navarra y se proclamaron soberanos de Béarn. El duque de Vendôme, como su suegro antes que él, trabajó por hacer efectiva la reunificación de Navarra, para lo que redobló los esfuerzos diplomáticos. Éstos fueron especialmente intensos durante los años 1558 a 1562, aprovechando las circunstancias favorables de la negociación de una paz general hispano-francesa y los problemas internos de la Monarquía de Francia, bajo las minorías regias y con las primeras tensiones religiosas.

En 1558, en la abadía de Cercamp, se reunieron las delegaciones de los reyes de Francia, Inglaterra y España para preparar una paz general. La devolución del reino de Navarra, ocupado ilegítimamente en 1512 por Fernando el Católico y “retenido” por Carlos I, fue vigorosamente reclamada por Jean Jacques de Mesmes, señor de Roissy, en nombre de los reyes Antonio de Borbón y Juana III de Albret. Aunque Enrique II de Francia la apoyaba, sus intereses prioritarios eran otros y los Reyes implicados tenían otras reclamaciones más urgentes. Al final, en la paz de Cateau- Cambrésis (1559) el de Francia devolvió Calais al de Inglaterra y Saboya al duque Manuel Filiberto (protegido por el de España), y retuvo los obispados de Metz, Toul y Verdun en Lorena que le reclamaba el emperador Fernando I. Nada se decidió sobre Navarra.

Antonio de Borbón y Juana III de Albret entendieron que se había postergado su justa reivindicación, que era idéntica a la del duque de Saboya, por animadversión de los propios delegados franceses, en concreto del condestable de Montmorency. La muerte de Enrique II abrió en Francia un período de inestabilidad en el trono, con ocasión de las minorías de Francisco II y de Carlos IX bajo la regencia de su madre, Catalina de Médicis. La división de la nobleza enfrentada por el poder propició la difusión de la reforma en su versión calvinista. En su rivalidad contra los Guisa católicos, Antonio de Borbón exploró la posibilidad de encabezar a los “hugonotes” protestantes para hacerse con el poder y, como príncipe de sangre real, incluso ocupar la regencia.

No parece que Juana III compartiera en tal medida las ambiciones políticas de su marido, del que se distanció notoriamente en estos años finales de su vida. La Reina se centró, más bien, en las cuestiones religiosas hasta convertirse en uno de los adalides de la Reforma en Francia, pero apoyó la exigencia de devolución de Navarra, o de una justa compensación equivalente con otro reino. Cuando Antonio de Borbón vio perdida la oportunidad de Cateau-Cambrésis, se dirigió directamente a Felipe II por mediación de Pedro de Albret, tío de su mujer. Pero al rey de España, que consultó con el Consejo de Estado la posibilidad de compensarle con el reino de Cerdeña u otro equivalente, no le urgía solucionar una cuestión tan delicada. Se avino inicialmente a tantear el asunto, aunque luego se negó a recibir una embajada formal, probablemente porque nunca pensó que pudiera, ni debiera, devolver Navarra.

Pero le convenía mantener una buena relación con Antonio de Borbón, que vacilaba entre el bando católico y el hugonote, y por eso los contactos se mantuvieron hasta su muerte en 1562.

Algo parecido puede decirse de Pío IV, que en 1560 aceptó el juramento de fidelidad de Antonio y Juana III con el título de “reyes de Navarra” en una ceremonia solemne en el salón de reyes en Roma.

Las protestas formales del embajador de Felipe II, que también se titulaba “rey de Navarra”, obligaron al Papa a precisar que debía entenderse sin perjuicio de los derechos del rey de España. Cuando murió Antonio de Borbón, su viuda no volvió a tratar este asunto, pero sí sus descendientes, que mantuvieron vivo un peculiar irredentismo navarrista.

Margarita de Valois (1492-1549) había confiado la educación de Juana a un destacado humanista, Nicolás de Bourbon. En la línea de Erasmo y de Lefèbre d’Etaples, quería una profunda reforma de la Iglesia bajo la dirección de Roma, pero fue perseguido y hubo de exiliarse unos años a la Corte de Ana Bolena. Juana creció en el ambiente de tensiones personales y políticas por motivos de religión que caracterizaron a Francia desde 1534. No conoció la apertura optimista y confiada que auspició su madre en la Corte de Nerac. Allí habían confluido humanistas del círculo de Meaux, como Briçonnet, Lefèvre d’Etaples, Marot y otros, con filósofos neoplatónicos y otros grupos difíciles de clasificar, como los “Libertinos espirituales”. Incluso el reformador francés Juan Calvino pasó momentáneamente antes de instalarse definitivamente en Ginebra.

Desde su adolescencia, Juana experimentó que en cuestiones de religión había que proceder con precaución, lo que casaba muy bien con su naturaleza suspicaz.

A la muerte de su madre, Juana era una princesa —según palabras del emperador Carlos V— “de buena disposición, virtudes, cuerda y bien criada”.

Casada con Antonio de Borbón, tuvo cinco hijos, de los que sólo sobrevivieron Enrique, el heredero (1553-1610), y Catalina. Todo indica que su descubrimiento de la “verdadera religión reformada” y su profunda hostilidad hacia las “supersticiones papistas” fraguaron y se manifestaron rápidamente durante los años 1550. En esta década, los obispos de Oloron, Gerardo Roussel y Claudio Regin, y los de Lescar, Santiago de Foix y Louis de Albret, introdujeron o toleraron las nuevas ideas. Los nuevos reyes de Navarra, desde 1555, protegieron la predicación del dominico Enrique de Barran en Pau, y del agustino Pedro David en Lescar, que pasan por ser los introductores de la Reforma. En 1557 y 1558 Antonio y Juana III participaron en alguna Santa Cena “al estilo de Ginebra”, lo que les valió la reconvención del rey Enrique II de Francia y del cardenal Jorge de Armagnac.

Por entonces se aprobó, en el primer Sínodo de París (1559), la Confesión de Fe y la Disciplina de la Iglesia de Francia. Probablemente la aproximación de Antonio de Borbón a la causa calvinista se debiera más a intereses políticos: despecho por su marginación del poder en la Corte y su fracaso en la recuperación de Navarra, y ambición de acceder a la regencia.

De hecho, murió en el cerco de Rouen después de haber vuelto al seno de la Iglesia Católica. Sin embargo, la actitud de Juana responde a una inquietud espiritual más sincera, aunque también condicionada por la prudencia política, de modo que no se manifiesta abiertamente hasta 1560.

El pastor protestante Nicolás Bordenave, historiador oficial de la casa de Navarra, precisó el momento de la conversión pública de Juana III: “El año 1560, en la Cena de Navidad, la reina Juana abjuró en Pau de la religión romana e ingresó en la Reforma, después de haber hecho profesión pública de su fe y tomar el sacramento de la Santa Cena, según la forma de la dicha iglesia”. Pero sus relaciones y su correspondencia con Calvino habían sido intensas desde 1557, en que recibió al pastor Francçois Boisnormand enviado desde Ginebra. En 1560 acudió Teodoro de Beza, porque los reyes de Navarra parecían la punta de lanza que pudiera favorecer el triunfo de la Reforma en Francia.

La organización del Sínodo de 1563, la traducción del Nuevo Testamento al vascuence (Joanes de Lizarraga, 1571) y al bearnés (Armand de Salette), y la elaboración de unas Ordenanzas Eclesiásticas (1566) fueron promovidas personalmente por la reina Juana, ya viuda. En todo ello actuó en estrecho contacto con Ginebra: “Os ruego que me comuniquéis cómo debo actuar a fin de abolir la idolatría de la religión”, escribió a Teodoro de Beza en 1566. Pero la imposición de la nueva disciplina suscitó, como en otros lugares, fuertes resistencias, principalmente entre los navarros de Ultrapuertos que veían con suspicacia el predominio de los bearneses. En 1567, estalló una gran sublevación, acaudillada por la nobleza navarra (Carlos de Luxa, los señores de Domezáin, de Armendáriz, de Echauz, etc.), que pidieron apoyo a Felipe II de España.

Se trataba de defender la religión, pero también ciertos privilegios, costumbres y libertades locales.

La revuelta enlazó con la primera guerra de religión en Francia, y Juana tuvo que aplastarla por la fuerza de las armas en 1569. Los católicos se refugiaron en la Navarra española, aunque no consiguieron implicar a Felipe II en su causa.

La reina de Navarra se convirtió, junto con Condé y Coligny, en uno de los líderes del bando hugonote.

El rey Carlos IX, para frenar su ascenso, confiscó los dominios de Juana III, lo que dio pie a la tercera guerra entre católicos y protestantes, finalizada en la Paz de Saint-Germain (1570). Para favorecer la reconciliación entre los diversos grupos aristocráticos de católicos y calvinistas, se estipuló el matrimonio de Enrique de Borbón y Margarita de Valois. El heredero de Navarra había sido educado por su madre en la religión reformada y, después de la muerte de su tío, el príncipe de Condé se convirtió en su líder natural.

Aunque Juana III no lo veía con buenos ojos, accedió al enlace y viajó hasta París. Pero se sintió repentinamente enferma y falleció el 9 de junio, sin llegar a asistir a la boda de su hijo y sin conocer la matanza de la Noche de San Bartolomé el 24 de agosto de 1572 con que la regente Catalina pensó eliminar a los hugonotes.

 

Bibl.: A. de Ruble, Le mariage de Jeanne d’Albret, Paris, Adolphe Labitte, 1877; Antoine de Bourbon et Jeanne d’Albret, Paris, Adolphe Labitte, 1881-1886, 4 vols.; Jeanne d’Albret et la guerre civile, Paris, E. Paul et Fils et Guillemin, 1897; V. Dubarat, Le Protestantisme en Béarn et au Pays Basque, Pau, 1900-1902, 2 vols.; T. Domínguez Arévalo, Austrias y Albrets ante la incorporación de Navarra a Castilla, Pamplona, Aramburu, 1944; N. L. Roelker, Queen of Navarre, Jeanne d’Albret, 1528-1572, Cambridge Mass., Harvard, 1968; R. J. Knecht, Francis I, Cambridge, Universidad, 1982; D. Crouzet, Les guerriers de Dieu. La violence au temps des troubles de religion (vers 1525-vers 1610), Paris, Seysell, 1990, 2 vols.; A. Floristán, La Monarquía española y el gobierno del Reino de Navarra (1512-1808), Pamplona, Gobierno de Navarra, 1991; J. M.ª O laizola, Historia del protestantismo en el País Vasco, Pamplona, Pamiela, 1993; A. Jouanna, La France du XVI siècle, 1483-1598, Paris, PUF, 1996.

 

Alfredo Floristán Imízcoz