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María Manuela de Portugal

Biografía

Portugal, María Manuela de. Coímbra (Portugal), 15.X.1527 – Valladolid, 12.VII.1545. Princesa consorte de Castilla e infanta de Portugal.

María Manuela de Portugal, que nació en Coímbra el 15 de octubre de 1527, fue la primera hija de Juan III de Portugal y de Catalina de Austria. Debido al temprano fallecimiento de su hermano, el príncipe Afonso, que había nacido en Almeirim el 24 de febrero de 1526, recibió el título de princesa heredera de la Corona portuguesa; que mantuvo hasta el 13 de junio de 1535, cuando en Évora fue jurado su hermano, Manuel, que nació en la villa de Alvito el 1 de marzo de 1531.

La emperatriz Isabel y su cuñada, Catalina de Austria, reina de Portugal, trataron la posibilidad de emparentar nuevamente ambas familias a través de un doble enlace entre el príncipe Felipe y la infanta María Manuela y el príncipe Manuel con Juana de Austria; sin embargo, el fallecimiento del príncipe portugués, ocurrido el 14 de abril de 1537, y la repentina muerte de Isabel en Toledo, en mayo de 1539, frustraron de momento este acuerdo. Éste no era el único proyecto que tenía el emperador Carlos V para casar a su hijo y futuro sucesor. En 1537, se había sopesado la propuesta de un eventual enlace entre Felipe y Juana de Albret, con lo que se pondría fin a la cuestión navarra; sin embargo, Francisco I truncó esta posibilidad al casar en 1541 a Juana con el duque de Cleves. A su vez, poco después de ser nombrado regente, Carlos V, desde Bruselas, proyectaba el enlace de su hijo con Margarita de Valois, hija de Francisco I, estableciendo así la paz entre ambas coronas, y de la infanta María, hermana de Felipe, con el duque de Orleans, llevando en la dote los Países Bajos. El secretario Alonso de Idiáquez viajó a Castilla con esta propuesta, si bien a Felipe no le parecía oportuna, haciendo saber que su candidata era la infanta María Manuela.

Esta opción contó desde un principio con el apoyo de la reina Catalina y del embajador castellano en Lisboa, Luis Sarmiento de Mendoza, conscientes de las posibilidades de que en un futuro se abrían a la anhelada unión de ambas coronas. Las negociaciones matrimoniales, que fueron llevadas con el mayor sigilo, no fueron nada sencillas en ambas Cortes, aunque mucho más complicadas en Portugal. La situación en Lisboa no era muy buena. El Monarca debía de hacer frente a una mala situación económica, como señalaría en las Cortes de Almeirim en 1544, lo que dificultaría la concesión de una gran dote, y se encontraba con la oposición de un amplio sector cortesano, que quería casar a la infanta con el infante don Luis, hermano del Rey, puesto que la delicada salud del heredero y las prematuras muertes en el seno de la Familia Real (no se puede olvidar que en 1540 tan sólo quedaban vivos dos de los nueves hijos) abrían la posibilidad a una sucesión castellana: “querendo el-rei casar a princesa D. Maria, sua filha, com D. Filipe, príncipe de Castela, houve alguns dos seus conselheiros a quem nao pareceu bem, e dizem que o que mais contrariou foi o conde de Vimioso [...]”.

Con todo, el 1 de diciembre de 1542 se firmaba en Lisboa, sin duda alguna gracias al apoyo de la reina Catalina, el contrato matrimonial, que había sido elaborado por el secretario Pero Alcácova Carneiro, entre Felipe y María Manuela, que fue ratificado en Alcalá de Henares el 26 de dicho mes. Los encargados de negociar todas las cláusulas de este enlace fueron, por parte portuguesa, el conde de Vimioso, veedor de la hacienda, y por el lado castellano, Luis Sarmiento de Mendoza. Entre otras medidas acordaron que la dote tendría un valor de 4000 cruzados de oro, a razón de 375 maravedís cada cruzado (en esta cantidad se incluiría la legítima que la infanta heredaría al fallecer su madre y las joyas que la princesa llevase). Esta dote se tendría que pagar a partes iguales en los siguientes dos años a la consumación del matrimonio. Se acordó también que en el caso de que se produjese la disolución del matrimonio o la separación de los cónyuges, Carlos V se obligaba a restituir la dote y si la princesa fallecía sin hijos, el monto total de dicha dote, salvo un tercio, regresaría a las arcas de la hacienda portuguesa. Por su parte, Carlos V se comprometía a dar en concepto de arras un tercio de dicha dote, cantidad asentada sobre todo en las ciudades de Córdoba y de Écija, y a asignar anualmente la cantidad de 8.000.000 maravedís para el sustento y mantenimiento de la casa de su nuera (cuando falleciese el Emperador la cantidad se incrementaría hasta los 12.000.000). Este contrato fue confirmado por el príncipe el 26 de mayo de 1544, siendo testigos el príncipe de Ascolí, el conde de Chinchón, Diego de la Cueva, Diego de Acuña y el secretario Gonzalo Pérez.

Cinco meses más tarde, el 12 de mayo de 1543, tras obtener la dispensa de Pablo III (6 de marzo), se celebró en Almeirim la boda por poderes. Cumplimentadas todas las ceremonias, la princesa se encaminó, el 10 de octubre, con un importante séquito, en el que estaban el infante don Luis y el infante don Henrique, los duques de Bragança y Aveiro, el maestre de Santiago y el arzobispo de Lisboa, que era capellán mayor, rumbo a su nuevo reino vía Elvas. En la frontera le esperaban por orden real el obispo de Cartagena, Juan Martínez de Silíceo, y el duque de Medina Sidonia, Juan Alonso de Guzmán. En el acto de entrega se produjeron importantes desavenencias entre ambos cortejos en relación al ceremonial y al protocolo que se debía seguir en la entrega, llegando incluso a plantearse, por parte lusa, el regreso de la princesa a Lisboa; sobre todo, cuando los rumores sobre el fallecimiento del príncipe don João Manuel se hicieron más fuertes: “los unos decían que era muerto el Príncipe de Portugal y que por este no le entregaban, y otros que la princesa se había de volver a Lisboa para casar con el Infante D. Luis”.

Finalmente, se pudieron resolver las diferencias y el 23 de octubre se produjo la entrega solemne. Entonces, el séquito castellano pudo dirigirse hasta Salamanca, en donde la esperaba su esposo (antes de llegar a la ciudad, el príncipe, ansioso por ver a su futura esposa, tuvo algunos encuentros secretos con este séquito, como el que tuvo lugar en Aldea Nueva del Campo). En esta ciudad y en su Catedral, el 14 de noviembre, tuvo lugar la deseada boda, dando a los esposos la bendición nupcial el arzobispo de Toledo, Juan Pardo de Tavera. Poco después, la pareja se encaminó a Tordesillas para visitar a la reina Juana y más tarde a Valladolid (27 de noviembre), en donde les esperaba la infanta Juana y donde finalmente se instalaron en el palacio que pertenecía a Francisco de los Cobos. En esta ciudad el duque de Alba, que fue el encargado de preparar las ceremonias del enlace en la ciudad del Tormes, escribió el 4 de febrero al Emperador dándole noticias de los primeros días en común de la joven pareja: “su alteza se casó y passó su carrera muy bien y sin temblar como yo he visto temblar a otros en menores afrentas. Ahora está S.A. con un poco de sarna [...] La princesa Nuestra Señora se que contentará mucho a V.M. quando placiendo a Dios la vea”.

La organización y composición de la casa real que serviría a la princesa durante su estancia en Castilla también fue objeto de enfrentamientos y foco de problemas. Los monarcas portugueses mantuvieron el modelo de casa que tenía Catalina, muy parecida, por tanto, al modelo que tuvo la reina Isabel la Católica, y colocaron cerca de su hija a personas de su máxima confianza, así Aleixo de Meneses, hijo del primer conde de Castanhede, fue nombrado mayordomo mayor, Margarita de Mendoça, hija de Diogo de Mendoza, alcalde mayor de Moura, y viuda del montero mayor, Jorge de Melo, fue recibida como camarera mayor, Antonia de Meneses, por su camarera menor, Julián de Alva por su secretario, Gaspar de Teive como su tesorero y Manuel de Melo, entre otros, como su veedor; además, Luis Sarmiento de Mendoza recibió el cargo de caballerizo mayor, sin duda, merced a los servicios prestados.

Este modelo y esta organización, a pesar de copiar la estructura de la casa de la Reina Católica, rápidamente fue objeto de críticas, así el secretario Francisco de los Cobos, cabeza del “partido castellanista”, señaló que: “lo demás de toda la casa no paresce de la autoridad y qualidades que sería menester, y que ny saben ni tiene la manera que convenía para servir. Dizen que hay mucho desorden en todo, a lo menos el gasto es mayor de os que sufre la hazienda [...]”. Además, hubo serios enfrentamientos por los principales oficios de esta casa.

Así, por ejemplo, el Emperador nombró para desempeñar los cargos de mayordomo mayor y de camarera mayor a los marqueses de Lombay, Francisco de Borja y Leonor de Castro, los cuales, sobre todo ella, no se resignaron a perder dicha merced (se llegó incluso a contar con la intermediación del propio infante don Luis y de la propia Reina, que llegó a escribir, el 26 de mayo de 1544: “la condición de la duquesa es muy sabida y conocida acá y allá, quan fuerte es, y como quiere todas las cosas más por fuerza que por razón y quan mal quista es por esto y porque todo lo quiere para sy y para los suyos y quan poco respeto tiene a todos los demás que esto no es y quan poca paz y sosiego puede aver adonde ella estubiere”). Con todo, finalmente, prevaleció el deseo del Emperador y las presiones de Leonor y, en mayo de 1544, la Corte portuguesa aceptó que los marqueses de Lombay ocupasen los principales cargos de la casa (lo que finalmente no se pudo hacer debido al fallecimiento de la princesa).

Mientras estos enfrentamientos tenían lugar, la joven princesa trataba de cumplir con sus deberes dinásticos, aunque sin mucho éxito. Transcurrido casi un año del enlace, en la Corte se palpaba el nerviosismo ante la ausencia de síntomas de embarazo por parte de la princesa. Incluso se llegaron a tomar medidas que disgustaban a la reina Catalina: “para acelerar la aparición de la pubertad y la facultad de concebir en el cuerpo de la muchacha acudieron los médicos de la corte a medios rarísimos. Frecuentes sangrías en las piernas era uno de ellos [...]”. Finalmente, la princesa se quedó embarazada a comienzos del mes de septiembre de 1544, con el evidente júbilo de sus nuevos súbditos y de los miembros de la Familia Real. Tras un embarazo normal, el 8 de julio de 1545, la princesa dio a luz al príncipe Carlos en un difícil parto, del que falleció cuatro días más tarde, el 12 de julio.

La noticia causó un hondo dolor tanto en la Corte castellana (el príncipe estuvo tres semanas retirado en el Monasterio de Abrojo, próximo a Valladolid) y en la Corte portuguesa, como se desprende de la carta que Francisco de los Cobos escribió al Emperador: “han sentido mucho como es razón lo de la muerte de la Princesa, y el Rey y la Reina han hecho muy grandes extremos, aunque según escribe Lope Hurtado, ya están algo consolados”. Las exequias reales tuvieron lugar en la iglesia de San Pablo de Valladolid y fueron realizadas por el cardenal primado de Toledo, donde fue enterrada. Más tarde el féretro fue trasladado a la Capilla de los Reyes en Granada y en 1574 al panteón real del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

 

Fuentes y bibl.: Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 4013.

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Félix Labrador Arroyo