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Petr Nikolaevich Schildnecht

Biografía

Schildnecht, Petr Nikolaevich. Pierre Schild, Pedro Schild. San Petesburgo (Rusia), 1892 – Madrid, 1966 ó 1968. Escenógrafo.

Comienza a trabajar en la escenografía en el Teatro Imperial de San Petesburgo. A causa de la revolución bolchevique escapó primero a Alemania, para pasar después a Francia. En el país galo coincidió con la llegada de escenógrafos rusos, como Lochakoff y Bilinsky, que también huían de la revolución y que cambiaron las ideas que se tenía hasta entonces del espacio cinematográfico. Comenzó a trabajar en el cine como ayudante de decorador, pero pronto firmó sus primeras películas como decorador jefe, las primeras con las que el director Benito Perojo rodó en Francia, Más allá de la muerte (1924), en la que creó el espacio del esotérico Club Palladium con reminiscencias egipcias, Boy (1926) donde colaboró con Georges Jacouty y El negro que tenía el alma blanca (1926), para las tres diseñó unos espacios modernos con una mezcla de influencias Racionalistas y Art-Decó. En Francia trabajó además en películas dirigidas, entre otros, por Marcel L'Herbier, Christian-Jacque, Léon Mathot, Leonid Moguy, J. Choux. En el monumental Napoleón (Abel Gance, 1927) dirigió un equipo formado por conocidos escenógrafos de la época. Además creó los ambientes de los dos primeros títulos dirigidos por Luis Buñuel, Un perro andaluz (1929) y La edad de oro (1930), donde aparece en los títulos de crédito como Pierre Schilzneck.

Nuevamente tuvo que huir en 1940, pasando los Pirineos, por la ocupación alemana de Francia, siendo contratado por el arquitecto Saturnino Ulargui Moreno, que entonces dirigía la productora UFISA, filial de la UFA alemana. Con esta productora creó en los barceloneses Estudios Orphea, entre otros espacios, el interior de la mina de Marianela (Benito Perojo, 1940), la exótica ciudad oriental de Sucedió en Damasco (José López Rubio, 1943) y los ambientes guineanos de Fiebre (Primo Zeglio, 1944). En muchas de sus películas había intervenido además como técnico en efectos especiales, usando en La florista de la reina (Eusebio Fernández Ardavín, 1940) y en Pepe Conde (José López Rubio, 1941) el sistema de doble impresión, una para la imagen real y otra con los ambientes que pintaba minuciosamente para que parecieran tridimensionales y pudieran ajustarse a la realidad.

En 1944 se trasladó a Madrid fundando S.E.S. con los decoradores Francisco Escriñá y Antonio Simont, con los que participa en seis películas, destacándose La torre de los siete jorobados (Edgar Neville, 1944) para la que idearon dos ambientes, el habitual del Madrid de la época y una extraordinaria ciudad subterránea con referencias judeo-mozárabes a la que se accede por una rampa helicoidal, que Schild creó con un efecto especial consistente en pintarla sobre un cristal que se interpuso entre la cámara y la realidad. Recrearon también los ambientes históricos para Inés de Castro (José M. Leitao de Barros y Manuel Augusto García Viñolas, 1944) y Espronceda (Fernando Alonso Casares, 1945). En 1945 se disolvió S. E. S. y Schild volvió a trabajar en solitario. Se trasladó entonces a Portugal donde hizo los decorados para Camoens (José M. Leitao do Barros, 1946) y La mantilla de Beatriz (Eduardo García Maroto, 1946).

De vuelta a España, finalizando la década, recreó ambientes de Sierra Morena para La duquesa de Benamejí (Luis Lucia, 1949) y contemporáneos para Balarrasa (José Antonio Nieves Conde, 1950) en el que se mezclaban los interiores de ambientes burgueses con los bélicos y clericales. A principios de 1960 se jubiló, abandonando el cine.

La medida de su prestigio la da el haber sido uno de los primeros decoradores cuyo nombre apareció en muchos de los carteles de las películas en las que intervino, como Pepe Conde, Sucedió en Damasco, Fiebre o La cruz de mayo (Florián Rey, 1957).

Dedicado casi por completo a su trabajo, era además extremadamente ordenado, exigente y meticuloso con sus ayudantes que, como Enrique Alarcón, Luis Pérez Espinosa o Gumersindo Andrés, continuaron después su labor como directores artísticos. Los discípulos reconocieron su maestría y capacidad para transmitir sus conocimientos, a pesar de ser personalmente muy reservado y celoso de su intimidad. La importancia de Schild para el cine español, como la de otros extranjeros que colaboraron en nuestro cine, no sólo se produjo por sus aportaciones al aspecto visual de las películas en que trabajó, sino, sobre todo, por los nuevos métodos de trabajo que introdujo en el campo de la escenografía y en los efectos especiales como los antes comentados.

 

Obras de ~: Escenógrafo en: B. Perojo (dir.), Más allá de la muerte, 1924; B. Perojo (dir.), Boy, 1926; B. Perojo (dir.), El negro que tenía el alma blanca, 1926; L. Buñuel (dir.), Un perro andaluz, 1929; L. Buñuel (dir.), La edad de oro, 1930; B. Perojo (dir.), Marianela, 1940; E. Fernández Ardavín (dir.), La florista de la reina, 1940; J. López Rubio (dir.), Pepe Conde, 1941; G. Delgrás (dir.), Los millones de Polichinela, 1941; J. López Rubio (dir.), Sucedió en Damasco, 1943; P. Zeglio (dir.), Fiebre, 1944; E. Neville (dir.), La torre de los siete jorobados, 1944; J. M. Leitao de Barros y M. A. García Viñolas (dirs.), Inés de Castro, 1944; F. Alonso Casares (dir.), Espronceda, 1945; R. Gil (dir.), Tierra sedienta, 1945; J. M. Leitao do Barros (dir.), Camoens, 1946; E. García Maroto (dir.), La mantilla de Beatriz, 1946; L. Lucia (dir.), La duquesa de Benamejí, 1949; J. A. Nieves Conde (dir.), Balarrasa, 1950; L. Lucia (dir.), De mujer a mujer, 1950; F. Alonso Casares (dir.), Una noche en blanco 1950; L. Bayón Herrera (dir.), Una cubana en España, 1951; F. Rey (dir.), La danza de los deseos, 1954; T. Demichelli (dir.), La herida luminosa, 1956; G. Bianchi (dir.), El conde Max, 1957; F. Rey (dir.), La cruz de mayo, 1957; E. Cahen (dir.), Carlota, 1958; A. Mariscal (dir.), La quiniela, 1959.

 

Bibl.: J. Gorostiza, Directores artísticos del cine español, Madrid, Filmoteca Española-Cátedra, 1997; J. Gorostiza López, “Schild, Pierre”, en J. L. Borau, Diccionario del cine español, Madrid, Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España-Alianza Editorial, 1998, págs. 808 y 809; J. Romaguera i Ramió, El lenguaje cinematográfico. Gramática, géneros, estilos y materiales, Madrid, Ediciones de la Torre, 1999 (2.ª ed.); J. L. Sánchez Noriega, De la literatura al cine. Teoría y análisis de la adaptación, Barcelona, Paidós, 2000; L. M. Méndez, “La torre de los siete jorobados: una obra a ocho manos”, en Espéculo. Revista de estudios literarios (Universidad Complutense de Madrid), 21 (2002).

 

Jorge Gorostiza López