Ayuda

Francisco de Paula Benavides y Fernández Navarrete

Biografía

Benavides y Fernández Navarrete, Francisco de Paula. Baeza (Jaén), 14.V.1810 – Zaragoza, 30.III.1895. Arcediano, deán, obispo de Sigüenza, conciliarista, patriarca de las Indias Occidentales, capellán real, senador del reino y cardenal.

Hijo de una distinguida familia andaluza, nació en Baeza el 14 de mayo de 1810. Comenzó sus estudios en la misma ciudad, los continuó en Granada en el seminario de los Caballeros de Santiago y los completó en la universidad de granada. Pasó luego al monasterio de Uclés, perteneciente a dicha orden militar, y allí vistió el hábito de caballero, hizo el noviciado y la profesión propia de la orden y fue ordenado sacerdote en 1836. Inmediatamente después obtuvo por concurso la parroquia de Colmenar de Oreja, en la archidiócesis de Toledo, perteneciente entonces a su orden militar; en 1840 fue nombrado profesor de religión y moral en el Instituto de Enseñanza Media de Baeza; en 1847, arcediano de Úbeda, en la misma diócesis de Jaén, y en 1853 deán de la catedral de Córdoba.

El 28 de agosto de 1857 fue presentado para la sede de Sigüenza, afirmándose en la nunciatura que el candidato era persona excelente y que sería de utilidad para la Iglesia. Además de las cualidades personales de sacerdote ejemplar y buen predicador, se tenía en cuenta la familia respetable a que pertenecía y el papel que su hermano Antonio desempeñaba en la alta política del reino, pues llegó a ser ministro de la Gobernación en 1864. Por tanto, fue preconizado por el beato Pío IX el 21 de diciembre de 1857 y recibió la consagración el 14 de marzo de 1858 en la iglesia de las Comendadoras de Santiago, de Madrid, de manos del cardenal-arzobispo de Toledo, Cirilo Alameda.

El 30 de diciembre de 1864 fue nombrado senador del reino. Tomó parte en las sesiones del Concilio Vaticano I y se distinguió por su adhesión incondicional a la Santa Sede y por su carácter excesivamente bondadoso y con frecuencia débil para el gobierno de la diócesis, por lo que su administración de la misma no fue del todo satisfactoria a juicio de la nunciatura, ya que no supo rodearse de buenos colaboradores para los asuntos diocesanos. El 5 de julio de 1875 fue nombrado patriarca de las Indias Occidentales, capellán mayor de Palacio y vicario general del Ejército y de la Armada; pero también en estos cargos su gestión no fue más acertada, ya que se rodeó de sacerdotes mal escogidos y de fama dudosa que lo dirigían todo; por ello esa gestión se prestó a las críticas y al asombro de las personas que estaban informadas de ella.

A finales de 1876 el Gobierno intentó trasladarlo a la sede metropolitana de Sevilla, pero la Santa Sede se opuso a ello y, gracias a las presiones del Gobierno y de la Corona, fue nombrado cardenal el 12 de marzo de 1877 por el papa Pío IX, que le asignó el título de santo Tomás in Parione, que cambió nueve años más tarde por el de san Pedro in Montorio. Surgieron además en ese tiempo graves inconvenientes tanto en la Capilla Real como en el Ejército, especialmente relacionados con la moralidad de los capellanes.

En cambio, nombrado arzobispo de Zaragoza el 13 de mayo de 1881, supo rodearse de un personal capaz y ejemplar, entre otros de Vicente Alda Sancho, que posteriormente fue su obispo auxiliar y más tarde de Huesca y arzobispo de Zaragoza, quien le sirvió durante algún tiempo como secretario. Este auxiliar visitó asiduamente la diócesis y corrigió los abusos de aquel clero, generalmente de buena conducta moral, pero bastante descuidado. Tres congregaciones religiosas y varios sacerdotes del seminario de san Carlos acostumbraban a dar misiones cada año en las zonas de la diócesis que más lo necesitaban. Para hacer frente al influjo negativo de la masonería y de las ideas radicales favoreció la presencia en la archidiócesis cesaraugustana de varias congregaciones religiosas masculinas y femeninas, que se dedicaron a la enseñanza y a otras actividades benéficas. Fundó un seminario para alumnos pobres, que tituló de san Francisco de Paula, recordando el santo de su nombre de bautismo; abrió al culto nuevas iglesias; aprobó la erección de nuevas asociaciones, como la del Sagrado Corazón de Jesús, del Apostolado de la Oración y la de las Madres Cristianas.

Sus relaciones con las autoridades civiles fueron buenas y su trato fue de máxima cortesía, pero no perteneció nunca a ningún partido político. Al pasar el rey Amadeo de Saboya por la estación de Sigüenza, se creyó en la obligación de acudir a cumplimentarlo, y a partir de 1875, tras la restauración monárquica, tuvo toda clase de deferencias con la dinastía reinante, fue a su vez correspondido tanto por el rey Alfonso XII como posteriormente por su madre, la reina regente María Cristina de Augsburgo.

Por el mismo motivo fueron excelentes sus relaciones con las autoridades locales y centrales, pertenecientes a cualquier partido político; todas le respetaron y procuraron complacerle. Quizá se observó que el clero y el pueblo en general, acostumbrados como estaban a tratar con la mayor confianza a su predecesor, el cardenal Manuel García Gil, cuya sencillez y pobreza eran proverbiales, se sintieron un tanto sorprendidos por el tren de vida que llevaba su sucesor; pero, a pesar de todo, le quisieron también como su arzobispo.

El II Congreso Católico Nacional, que se celebró en Zaragoza en 1890, sirvió para estimular el amor propio del pueblo aragonés, y con ello las simpatías, ya generales hacia el arzobispo, se multiplicaron.

Con este motivo el papa León XIII le envió una carta personal animándole a proseguir en la tarea de unir las fuerzas católicas en defensa de los intereses de la Iglesia, a lo que, además, dedicó por su parte numerosos escritos pastorales. Durante el Sexenio revolucionario (1868-1874), se mostró favorable a la unidad católica de España, atacó las medidas gubernativas contra el culto y clero y exigió la reparación de los agravios cometidos con la Iglesia, condenó la usurpación de los Estados Pontificios por parte de las tropas italianas, defendió el poder temporal del Romano Pontífice y se opuso a la unidad del reino de Italia; el 18 de octubre de 1883 condenó los periódicos liberal-masónicos Un periódico más y La Campanilla y también se adhirió a las condenas que otros obispos lanzaron contra algunos periódicos. La Nunciatura Apostólica de Madrid, en un informe reservado de 1891, trazó de él este retrato: “Es un perfecto caballero, literato, orador, de un trato exquisito, y atildado en su persona y vestido; mantiene muy dignamente su autoridad y elevada categoría, incapaz de rebajarla ni siquiera mínimamente; de no mucha formación científica, pero piadoso, de rectísima intención, que no sabe pensar mal de nadie, ni causa a nadie el menor daño; al contrario, siempre busca el bien de los demás; socorre a los pobres, consuela a los afligidos y complace a todos lo mejor que puede. Muy adicto a la Santa Sede, defiende con entusiasmo sus derechos y prerrogativas. Pero su poca inteligencia y su carácter blando y flexible hicieron de él un hombre muy dócil, sin iniciativa e inactivo.

Pudo figurar mientras estuvo ayudado por hombres honrados, inteligentes y de gobierno; pero cuando, en cambio, tuvo a su lado hombres egoístas y viciosos, lo que por desgracia fue más frecuente, su gestión no fue acertada”.

 

Obras de ~: Oración fúnebre que por encargo de la Real Academia Española y en las honras de Miguel de Cervantes, pronunció en 1863, Madrid, Imprenta Nacional, 1863.

 

Bibl.: J. Salvadó, El Episcopado español, Barcelona, Luis Tasso (hijo), 1877, págs. 67-73; T. Mingüella Arnedo, Historia de la diócesis de Sigüenza y de sus obispos, vol. III, Madrid, imprenta de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1910-1913, págs. 223-234; A. Orive, “Benavides y Navarrete, Francisco de Paula”, en Q. Aldea Vaquero, J. Vives Gatell y T. Marín Martínez (dirs.), Diccionario de Historia Eclesiástica de España, vol. I, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Enrique Flórez, 1972, págs. 204-205; R. Ritzler y P. Séfrin, Hierarchia catholica, vol. VIII, Patavii, Typis et Sumptibus Domus Editorialis “Il Messaggero di... Stuttgart”, Hiersemann, 1978, págs. 21, 24, 52, 53, 57, 166, 242, 266, 321, 510; V. Cárcel Ortí, Iglesia y Revolución en España (1868-1874). Estudio histórico-jurídico desde la documentación vaticana inédita, Pamplona, Eunsa, 1979, págs. 363, 612-619, 628; F. Díaz de Cerio, Regesto de la correspondencia de los obispos de España en el siglo xix con los nuncios, según el fondo de la Nunciatura de Madrid en el Archivo Vaticano (1791-1903), vol. III, Ciudad del Vaticano, Archivo Vaticano, 1984, págs. 339-361; V. Cárcel Ortí, León XIII y los católicos españoles. Informes vaticanos sobre la Iglesia en España, Pamplona, Eunsa, 1988, págs. 320-323; “Los nombramientos de obispos en España durante el pontificado de León XIII. Primera parte: 1878-1884”, en Analecta Sacra Tarraconensia (AST), 69 (1996), págs. 141-279; “Los nombramientos de obispos en España durante el pontificado de Pío IX. Tercera parte: 1874-1878”, en AST, 74 (2001), págs. 317-462.

 

Vicente Cárcel Ortí