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Diego López de Haro

Biografía

López de Haro, Diego. El Bueno. Señor de Vizcaya. ?, c. 1155 – 18.IX.1214. Noble, señor.

Noble castellano y señor de Vizcaya, hijo del conde Lope Díaz de Haro I y de la condesa Aldonza, su segunda mujer. Aunque algunos autores lo distinguen de Diego López de Fenar, investigadores posteriores defienden que se trata del mismo individuo, pues las variaciones nominales eran frecuentes en esta época y existen pruebas que confirman tal identificación.

Pese a no ser el primogénito de Lope Díaz I, Diego sucedió a su padre al frente de los Haro, logrando afianzar el control familiar del señorío vizcaíno. No hay que olvidar que los derechos sucesorios de los primogénitos no estaban afianzados a mediados del siglo xii, sin que por ello neguemos cierto favoritismo paterno y una valía personal que le hicieran destacar sobre sus hermanos. De sus hermanos mayores, sabemos que Lope López casó con María de Almenar y continuó la labor de su progenitor, aunque falleció en torno a 1175, y de Sancho López apenas se conoce su existencia.

Diego López de Haro II inició su intervención en la Corte castellana en 1176, fecha en la que comenzó a confirmar en los diplomas reales. En la década de 1180 se hizo con el gobierno de Nájera, justo después de fallecer Pedro Rodríguez de Lara, su tenente desde 1171 y, a la sazón, su cuñado. Además de esta villa, centro neurálgico de La Rioja más occidental, Diego obtuvo las tenencias de Haro, Grañón, Bureba, Belorado, Burgos, Castilla Vieja, Valdegovia y Trasmiera, territorios muy vinculados a su familia. Respecto al señorío de Vizcaya, heredó de su padre el dominio sobre las Encartaciones y la Vizcaya nuclear, territorios que serían ampliados en las décadas posteriores.

Aunque recibió la alferecía regia en abril de 1183, los avatares políticos le impulsaron a abandonar a su Soberano. Las razones de este cambio de actitud no están claras y, si bien pudieron afectarle la influencia de Fernando Núñez de Lara en la Corte castellana o posibles actuaciones del Monarca contrarias a los intereses de Diego, lo cierto es que pesó el matrimonio de su hermana Urraca López con el soberano de León, Fernando II. Sea como fuere, ya en 1183 se encontraba entablando conversaciones con la Corte inglesa, aunque fue en junio de 1187 cuando acudió al reino leonés, donde le fueron entregadas las tenencias de Aguilar, Monteagudo, Salamanca y la Extremadura. Entre tanto, en Castilla fueron varios los nobles que se beneficiaron de la ausencia de Diego López, recibiendo las plazas otrora en su poder. Éste fue el caso del conde Fernando Núñez de Lara, quien además le sustituyó en la alferecía regia.

Poco duró la ausencia del magnate, pues sus actuaciones en beneficio de Alfonso VIII y las paces firmadas entre este Monarca y Alfonso IX le permitieron regresar a Castilla y recuperar el favor regio. Diego López de Haro II volvió a ostentar la alferecía del Monarca y las tenencias de Bureba, Castilla Vieja y La Rioja en 1189, y la de Trasmiera al año siguiente. Es más, obtuvo el control de nuevos distritos, de ahí que algunas fuentes aludan a su gobierno de los territorios situados entre Soria y el mar Cantábrico, siempre bajo la autoridad de Alfonso VIII. A mediados de la década de 1190 se decidió a peregrinar a Tierra Santa, aunque la necesidad de defender Castilla le impulsó a solicitar dispensa pontificia en 1196. Existían razones de peso para renunciar a tal proyecto, pues los almohades habían derrotado a los cristianos el año anterior, poniendo en serio peligro a las tropas de Alfonso VIII. Su alférez, Diego López de Haro II, tuvo que refugiarse precipitadamente en Alarcos, hasta que se vio obligado a rendir la plaza a cambio de su vida y la de sus defensores. Diego y otros nobles se disgustaron con el Monarca a raíz de la batalla y, aunque este asunto pudo originar la concesión temporal de la alferecía a Gómez García de Roa, en 1196 el de Haro recuperó este oficio y participó en la defensa de Madrid, hostigada por los musulmanes.

La debilidad castellana fue aprovechada por Sancho VII de Navarra, quien protagonizó una incursión por La Rioja y Soria. Esta acción militar fue contrarrestada con prontitud por los castellanos, que entre 1198 y 1199 ocuparon la mayor parte de Álava y Guipúzcoa. El principal beneficiario fue Diego López de Haro II, que se hizo con las tenencias de Marañón y San Sebastián, aunque nuevas desavenencias con el Monarca ocasionaron la devolución de los castillos a su cargo y el exilio voluntario. Marchó a Navarra, donde estaba entre 1201 y 1203 al frente de la tenencia de Estella, desde la que hostigó a las tropas de Alfonso VIII. En respuesta, el Monarca sometió el señorío de Vizcaya y, de paso, algunas comarcas aún en manos navarras.

En esta ocasión pesó el enojo del noble por la fundación de nuevas villas, el impulso de poblaciones de realengo en comarcas de su influencia, como Miranda de Ebro o Frías, y la concesión de mejoras jurídicas a localidades ya existentes, entre ellas Logroño y Haro. No obstante, tampoco se puede olvidar el simultáneo beneficio de algunos magnates rivales, como los Lara, la negativa de Alfonso VIII a intervenir en el conflicto surgido entre Alfonso IX y su madrastra Urraca López de Haro y las probables pretensiones de Diego a la anexión de Durango, petición, esta última, que sería atendida años después. Si en 1201 las desavenencias con Alfonso IX —por cuenta del trato dispensado a su hermana Urraca— le hicieron decantarse por Navarra, en 1204 llegó a un acuerdo con el leonés y acudió a su Corte, donde le fueron concedidas algunas tenencias gallegas y asturianas. La Paz de Cabreros (1206) le permitió regresar a Castilla y lograr la reconciliación con su Soberano, recuperando la alferecía regia y sus posesiones. Hasta tal punto se alcanzó la concordia que el Monarca lo designó albacea de su testamento y ordenó que le fuera restituido todo cuanto se le había confiscado. Entre las tenencias que le fueron devueltas estaban las de Bureba, La Rioja, Castilla Vieja y Álava, que se sumaban a su control sobre Vizcaya.

A partir de entonces Diego López II se mantuvo junto a Alfonso VIII, participando en la revancha castellana contra los almohades. Sus éxitos en la batalla de Las Navas (1212) y otras acciones militares le hicieron merecedor del Duranguesado, que incorporó a su señorío vizcaíno. No disfrutó mucho de tal donación, pues falleció en septiembre de 1214, no sin antes beneficiar al monasterio de Santa María la Real de Nájera, donde sería enterrado. Su valía fue reconocida por sus contemporáneos, pues los textos de la época resaltan sus cualidades de fiel vasallo, “varón noble y valeroso en armas”.

Casó en dos ocasiones. Su primer matrimonio, resultado de los acuerdos de su padre con la casa de Lara, fue con María Manrique, hija del regente de Castilla en la década de 1160, quien engendró, que se sepa, a Lope Díaz de Haro II. De su segundo enlace, contraído en torno a 1190 con Toda Pérez de Azagra, nacieron Pedro Díaz, Urraca y María Díaz, que casaron con los hermanos Álvaro y Gonzalo Núñez de Lara, y Aldonza Díaz, que desposó con Rodrigo Díaz de los Cameros. Es palpable el trasfondo político existente en estos matrimonios, pues, si el enlace de Diego con la hija de Pedro Ruiz de Azagra respondió a las buenas relaciones de Alfonso VIII y los señores de Albarracín, las nupcias de sus hijas Urraca y María coincidieron con un acercamiento de los Haro y los Lara a raíz de la derrota de Alarcos y previos a la batalla de las Navas.

 

Bibl.: J. A. Llorente, Noticias históricas de las tres provincias vascongadas [...] de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya y el origen de sus fueros, Madrid, Imprenta Real, 1806-1808, 5 vols.; L. de Salazar y Castro, Historia genealógica de la Casa de Haro, Madrid, Imprenta Vicente Rico, 1920, 2 vols. (ed., pról. y notas de D. de la Válgoma y Díaz-Varela, Madrid, Real Academia de la Historia, 1959); J. González González, El Reino de Castilla y León en la época de Alfonso VIII, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1960; E. de Layburu, Historia general del señorío de Vizcaya, Bilbao, La Gran Enciclopedia Vasca, 1968; VV. AA., Edad Media y señoríos: El señorío de Vizcaya, Bilbao, Diputación Provincial de Vizcaya, 1972; G. de Balparda y de las Herrerías, Historia crítica de Vizcaya y de sus fueros, Bilbao, Caja de Ahorros Municipal de Bilbao, 1974; G. Monreal Cía, Las instituciones públicas del Señorío de Vizcaya (hasta el siglo xviii), pról. de A. García Callo, Bilbao, Diputación Provincial de Vizcaya, 1974; VV. AA., Congreso de estudios históricos sobre Vizcaya en la Edad Media, San Sebastián, Sociedad de Estudios Vascos, 1986; R. Jiménez de Rada, De Rebus Hispanie sive Historia Gótica, ed. de J. Fernández Valverde, Turnholt, typographi Brepols, 1987; J. Canal Sánchez-Pagín, “La casa de Haro en León y Castilla durante el siglo xii. Nuevas conclusiones”, en Anuario de Estudios Medievales, XXV/1 (1995), págs. 3-37; J. A. García de Cortázar y Ruiz de Aguirre, “El señorío de Vizcaya: personalidad y territorialidad en la estructura institucional de un señorío bajomedieval”, en M. Á. Ladero Quesada et al., Poderes públicos en la Europa Medieval: principados, reinos y coronas, XXIII Semana de Estudios Medievales, Estella, 22- 26 de julio de 1996, Pamplona, Departamento de Educación y Cultura, 1997, págs. 117-148; A. Sánchez de Mora, La nobleza castellana en la Plena Edad Media: El linaje de Lara, tesis doctoral, Sevilla, Universidad, 2003 (inéd.).

 

Antonio Sánchez de Mora