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Joaquín Herrera y de la Bárcena

Biografía

Herrera y de la Bárcena, Joaquín. Azoños (Cantabria), 1706 – Las Palmas de Gran Canaria, 4.XII.1783. Monje del Císter (OCist.), teólogo, filósofo, orador sagrado, abad, general reformador y obispo de Canarias.

Fue “uno de los monjes más ilustres forjados en el monasterio de Nogales (León)”, donde recibió el hábito monástico de manos del abad fray Bernardo Quintanilla en 1725. Estudió Filosofía en Belmonte (Asturias) y Teología en Salamanca, de donde le enviaron como pasando a San Martín de Castañeda, colegio, en aquellos tiempos, de los monjes más destacados en ingenio. A los veintisiete años fue nombrado predicador, ejerciendo el cargo hasta 1738 en el monasterio de Montesino (Toledo), del que fue nombrado prior. En 1741 pasó a ejercer el mismo cargo en San Pedro de Gumiel (Burgos), y tres años más tarde volvió a encargarse de la predicación, por estar adornado de cualidades excepcionales para el púlpito. En 1753, al cumplir los doce años de predicador, con una brillante hoja de servicios, unida a una preparación cultural sólida, le nombraron abad de San Clodio en el Ribeiro, y pocos años más tarde ejerció el mismo cometido en San Martín de Castañeda (Zamora).

Al final del trienio, en el Capítulo General de 1759, los votos de todos los abades se volcaron en él, quedando elegido general reformador. Uno de los principales actos llevados a cabo al poco tiempo fue obtener de la Santa Sede una bula por la que la dignidad abacial era prolongada un año, o sea, en vez de trienal, en lo sucesivo sería cuatrienal. Siguió trabajando los cuatro años señalados y, al finalizar, según era norma casi ordinaria en la mayoría de los sujetos que cesaban en el mando supremo de la congregación, eran nombrados abades de Santa Ana de Madrid, pues tratándose de una abadía emplazada dentro de una ciudad donde radicaban las principales instituciones del Estado, designaban para desempeñarla lo mejor de la Congregación, que solían ser los que habían desempeñado ese puesto de general.

Transcurrieron los cuatro años en el cargo, y una vez finalizado se quedó en aquella misma casa hasta 1775, año en que le eligieron definidor o consejero del general, optando por trasladarse a su propio monasterio de Nogales para prepararse a bien morir. Sumergido en estos pensamientos de retirarse, se vio sorprendido por la noticia de que Carlos III había propuesto —y la Santa Sede aceptó— su nombramiento para la sede de Canarias. En un principio trató de rehusar el nombramiento, pero aceptó la dignidad. Preconizado obispo en 1778, recibió las bulas de Roma en marzo del año siguiente, encaminándose acto seguido hacia Madrid para instalarse en el monasterio de Santa Ana, donde recibió la bendición episcopal el 25 de abril de 1779, partiendo para su sede el 6 de julio, al tiempo que estallaba la guerra con Gran Bretaña.

Arribó al Puerto de la Luz el día 12, haciendo la entrada solemne en la ciudad. El 26 de julio, fiesta de santa Ana, patrona de la catedral, celebró la primera misa pontifical, usando una mitra bordada de palmas, obra donada por las religiosas cistercienses de la isla. Pronto comenzó la visita pastoral por los distintos pueblos en Gran Canaria, continuando por las restantes islas por espacio de un año. La labor se presentaba no poco ardua, porque había algunas, como La Gomera, por la que no había pasado ningún prelado durante más de sesenta años.

Desplegó un celo incansable en incrementar la devoción hacia la patrona de Gran Canaria, Nuestra Señora del Pino. Entre los grandes tesoros que guarda hoy el Museo del Santuario en Teror, se encuentra el valioso manto llamado de “los pinos”, de tisú de plata, costeado por el prelado. También cedió en su honor un pontifical de valor incalculable. Llevado del afán de rendir culto fervoroso a la sagrada imagen, compuso unas constituciones a las que debían ajustarse los servicios del altar y coro de seis capellanes que deberían cantar el oficio canónico en un coro que mandó construir al lado del camarín de la Virgen. En una de las sillas que aún se conservan, figura el escudo del prelado con esta inscripción: “Fray Joaquín Herrera de la Orden del Císter, 58 obispo de las Islas Canarias”.

En julio de 1782, finalizadas las visitas a las parroquias de la diócesis, se restituyó a su palacio de Las Palmas, donde recibió un homenaje popular de admiración y agradecimiento por su celo y dinamismo puestos al servicio de sus feligreses. Al año siguiente, sintiéndose falto de fuerzas ante los trabajos desarrollados en los cuatro años que llevaba rigiendo la diócesis, hallándose en su palacio, le sorprendió una muerte repentina. Fue inhumado en la Santa Iglesia Catedral, en un sitio que no ha podido ser localizado, por no haber quedado vestigio alguno.

 

Fuentes y bibl.: Archivo Histórico Nacional, Madrid, s. f., s. l., ms., leg. 5564, passim.

“Don Joaquín de Herrera y de la Bárcena, monje Cisterciense y obispo de la Diócesis de las Islas Canarias”, en Cistercium, XXVIII (1976), págs. 319-322; D. Yáñez Neira, “El monasterio de Santa María de Nogales, monjes ilustres”, en Archivos Leoneses, 78 (1985), págs. 350-354.

 

Damián Yáñez Neira, OCSO