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Columela

Biografía

Columela. Lucius Iunius Moderatus Columella. Cádiz (antes Gades), p. s. I – Roma (Italia), c. 60. Escritor y científico romano de origen hispano.

Los datos biográficos que se conocen de Columela son muy escasos y han llegado con muy poca precisión.

Se fundamentan en referencias más o menos ambiguas que hace el propio autor gaditano en sus obras. El establecimiento de Gades como su lugar de nacimiento viene dado por algunas expresiones y afirmaciones realizadas en su Res rustica (VIII, 16, 9; X, 185). Su período de vida se puede enmarcar por las referencias a Marco Varrón (c. 116-27 a. C.) como contemporáneo de su abuelo (I, Praef., 15) o las referencias a Séneca (III, 3, 3) y Cornelius Celsus (I, 1, 14), ambos personajes ilustres del siglo I, como contemporáneos suyos. También se refiere a otros individuos de su época, citando a M. Trebellius, gobernador de Syria en el 36, como su amigo (V, 1, 2). A Iulius Graecinus, el padre de Agrícola, que fue ejecutado en época de Calígula, se refiere con admiración citando un reciente trabajo suyo sobre las viñas (I, 1, 14; IV, 3, 6). Sobre L. Volusius, que murió en el 56 a la edad de noventa y tres años, aunque confunde su praenomen (le llama Publius), afirma haberle oído personalmente determinadas sugerencias sobre propiedades agrarias (I, 7, 3). En cuanto a Gallio, hermano de Séneca y muerto en el 65, también lo cita como su amigo (IX, 16, 2). Todos estos datos permiten encuadrar su vida, aproximadamente, entre el cambio de era y la sexta década del siglo I.

Sus primeros años de vida los pasó, probablemente, en la Bética, donde residía también su tío paterno Marco Columela, a quien Lucio profesaba una gran admiración y atribuye un gran conocimiento de las labores agrícolas (V, 5, 15). El filósofo pitagórico Moderatus de Gades, citado por Plutarco (Quaest., VIII, 7, 1), pudo ser también familiar suyo. Después de algunos años, se trasladó a Roma (I, Praef. 20) y, como él mismo afirma, estuvo posteriormente en Syria y Cilicia, donde observó personalmente la siembra y recogida del sésamo (II, 10, 18). Es posible que en esta ocasión estuviera ocupando el cargo de tribuno de la legio VI ferrata, como indica la única inscripción que se conoce de él (CIL IX 235), ya que esta legión se afincó en Syria en el 23 y se mantuvo en esa provincia durante el gobierno de Tiberio.

Columela tuvo fincas de su propiedad en localidades del Lacio, como Ardea, Carseoli o Albanum, y tuvo otra cuya identificación ha generado mucha polémica.

Los agri Caeretani que cita (III, 3, 3; III, 9, 6), refiriéndose a la gran productividad de sus plantaciones de vid y también de las pertenecientes a su amigo Silvinus, se han relacionado con varias comunidades locales, entre ellas con los cerretanos del noreste de Hispania o con Ceret (Jerez) en la Bética, pero en los últimos tiempos se vinculan más con la ciudad de Caere (Cervéteri), en Etruria.

De Columela se conoce su gran obra sobre agricultura, la Res rustica, que compuso durante la última etapa de su vida. Se compone de doce libros, pero también escribió un Liber de arboribus que aparece en los documentos como el libro III de la Res rustica, por lo que, durante siglos, se conoció una única obra compuesta por trece libros y así aparece en los manuscritos Sangermanensis y Ambrosianus, de época carolingia.

Por otra parte, en otros manuscritos se advierte que, además de los doce libros, hay otro dedicado a Eprius Marcellus (singularis liber ad Eprium Marcellum) que trata de los viñedos y los árboles, por lo que se ha identificado con el Liber de arboribus, que trata de los mismos temas. No obstante, ningún manuscrito de este libro ha reflejado la dedicatoria a Marcelo.

Esta dedicatoria pudo existir, pero pudo ser eliminada al incluir el Liber de arboribus en el conjunto de la Res rustica, puesto que esta obra estaba dedicada a otro individuo, Publius Silvinus. Con todo, en la edición veneciana de Aldo Manucio y Jucundo de Verona, de 1514, se transmitió definitivamente la Res rustica en doce libros y, por separado, el De arboribus, recuperando su primitiva composición, comúnmente aceptada en la actualidad.

Cabe mencionar también que se ha discutido la autoría columeliana del Libro de los árboles. Ya desde el siglo XVI se debatía esta cuestión y la polémica ha llegado hasta nuestros días, si bien defendiéndose con más fuerza la tesis tradicional que reconoce su pertenencia al autor gaditano.

Además de estas dos obras, Columela afirmaba que había realizado otra dedicada a la astrología (adversus astrologos), con el objetivo de combatir tópicos sobre la influencia de los astros en el clima (XI, 1, 31) y también expuso su propósito de escribir sobre los rituales relacionados con la agricultura (II, 21, 5), aunque no se sabe si este proyecto (pro frugibus) llegó a realizarse. Pero su gran obra es, sin duda, la Res rustica, un amplio, riguroso y sistemático manual sobre agricultura, probablemente el más importante de su tiempo.

El libro primero comienza con un amplio prefacio en el que hace un gran elogio de los trabajos agrícolas, elevándolos a la categoría de ciencia. En el mismo discute tópicos seculares como el de que los campos se estaban volviendo lentamente infecundos o que las condiciones climáticas se estaban haciendo progresivamente más rigurosas y perjudiciales para los cultivos.

Para Columela, estas ideas no eran ciertas, puesto que el verdadero problema se encontraba en la pérdida de prestigio del trabajo agrario y, como consecuencia, en el abandono de los campos por sus propietarios a manos de esclavos o asalariados inexpertos y sin devoción por el aprendizaje de las labores agrícolas, lo que tenía como consecuencia la importación continua de productos de otras provincias, como el trigo de Egipto o la vid de la Bética (I, praef., 1-20).

En su opinión, el agricultor debía reunir una serie de características que se podrían resumir en conocimiento, capacidad de inversión y voluntad de trabajo pero, ante todo, debía ser el propietario el que dirigiera la explotación (I, 1, 1-18) aplicando, al máximo, racionalidad a los métodos de producción. Plinio el Viejo, menos teórico y más moralista y apegado a la realidad del pequeño agricultor, criticaría, sin embargo, el énfasis en la inversión, preconizando más la reducción de gastos como medio para rentabilizar la explotación (Historia Natural, XVIII, 39-48).

La elección del terreno ideal para comenzar la labranza debía tener en cuenta, como ya había expresado Porcio Catón, la bondad del clima y la fertilidad del suelo, pero también la existencia de caminos, agua y vecinos que no generaran problemas. Para Columela, el tamaño debía ser el adecuado, puesto que una finca reducida, pero bien cultivada, rendiría más que una muy grande y mal trabajada (I, 3, 1-10). En contra de las teorías de agrónomos como Tremelius Scrofa no es, por tanto, favorable a la agricultura extensiva y sí a una optimización de los recursos y a la explotación intensiva. Finalmente, Columela veía muy conveniente visitar el terreno con frecuencia antes de adquirirlo, para poder hacer un análisis fiable del mismo y detectar posibles defectos (I, 4, 1).

Los edificios de la finca debían orientarse, en la medida de lo posible, hacia Oriente y dividirse en tres partes, la que ocuparía el propietario, la de los trabajadores y la dedicada al ganado y almacenaje. La descripción del caserío ideal muestra la amplia experiencia de Columela como propietario agrícola, habida cuenta de los múltiples y rigurosos detalles de sus enseñanzas y consejos (I, 6, 1-24).

En lo que respecta a los deberes del dueño y su relación con los trabajadores, fueran colonos o esclavos, Columela se muestra como un característico propietario beneficiado por el sistema de producción esclavista.

Aunque no es tan patente la falta de escrúpulos hacia los esclavos que habían mostrado, por ejemplo, Catón o Varrón, desprende un cierto desprecio por ellos y les adjudica numerosos vicios: inacción, juego, bebida o sexo considerándolos, además, poco más que meras herramientas para el funcionamiento de la explotación. A su juicio, cualquier terreno que se dejara al cuidado de éstos, sin la estricta vigilancia del dueño, se convertiría en ruinoso. Por tanto, si el dueño no pudiera visitar su finca con asiduidad, Columela aconsejaba arrendarla a población libre. Sin embargo, por estos datos no se debe considerar que Columela concediera menos peso al sistema esclavista que sus predecesores Catón o Varrón ni que ello fuera un reflejo de la crisis de este sistema en el siglo I. Tan sólo proponía una mayor integración del trabajo libre con el esclavo. Sin embargo, Plinio el Viejo también criticó algunas de sus ideas respecto al tratamiento de la población servil, como su opinión a favor del empleo de esclavos encadenados en las explotaciones (Plinio, Historia natural, XVII, 36).

El libro segundo, según el manuscrito Sangermanensis del siglo IX, se llama sementiuus “el de la siembra”, ya que se dedica a describir los diferentes tipos de tierra, diferenciándolos por su color, esponjosidad o sabor (II, 2, 1-21) y, en su mayor parte, a definir todas las tareas relacionadas con el cultivo de cereales y legumbres con una precisión tal que trasluce largos años de observación directa y de trabajo en la era.

De este modo, Columela detalla las particularidades del arado con bueyes, el cuidado de los animales, los períodos más propicios para la labor (II, 2, 22-28; 3, 1-2; 4, 1-11) y, finalmente, la siembra (II, 6, 1 y ss.).

Sobre este primordial asunto, define los distintos tipos de semillas de cereal (II, 6, 1-3; 7, 1-2), las ventajas de sembrar en unas fechas determinadas (II, 8, 1-5). Fija seguidamente las cantidades de semilla más adecuadas, según el tipo de terreno o de clima, que se deben utilizar por yugada para cada especie de grano (II, 9, 1-8) o de legumbre (II, 10, 1-35). Columela también analiza las labores posteriores a la siembra que son más indicadas para cada caso y la época para realizarlas, como la escarda con sacho o a mano (II, 11, 1-10; 12, 1-8), la fertilización con estiércol (II, 14, 1-8; 15, 1-6) y la siega.

El libro tercero es llamado, en muchos manuscritos, surcularis prior (surculus = esqueje, vástago) para distinguir los cultivos de planta a los que se dedica, como la vid y otros árboles o arbustos, de los de siembra, que se analizaban en el libro segundo. Columela dedica la primera parte a una de sus especies preferidas: la vid. Para él, la principal finalidad del cultivo de la vid debía ser su prensado, a menos que la finca estuviera muy cerca de la ciudad y se pudiera vender en ella como fruta. Si no es así, su cultivo sólo compensaría para hacer vino (III, 2, 1). Sobre este aspecto, el autor prefería aquellos caldos de gran calidad, por su alto precio, y no los vinos ordinarios, que sólo serían rentables con producciones cuantiosas (III, 2, 4-6). El autor hispano enumeraba las distintas especies de uva y sus ventajas e inconvenientes desde el punto de vista de la rentabilidad final (III, 2, 7-32).

Ante los recelos de muchos autores, contemporáneos suyos, sobre la conveniencia de cultivar vid, Columela era totalmente partidario de su producción con fines lucrativos y adjudicaba al desconocimiento y a los malos usos los casos de explotaciones deficitarias (III, 3, 1-15; IV, 3, 4). En cuanto a su plantación, los parámetros esenciales eran, para él, el tipo de terreno y la variedad de cepa elegida. Columela prefería, por su calidad, las amíneas, a pesar de su escasa productividad que, según él, podía evitarse si se elegían los sarmientos adecuados (III, 9, 1-22) y se plantaban en un terreno virgen o, en su defecto, en un sembrado sin árboles, pero nunca donde hubo viñedos, por los restos de raíces que habrían dejado en el subsuelo.

También era importante la preparación del terreno, el modo de plantar la viña y el momento de hacerlo, así como sus cuidados posteriores (III, 13, 1-13; 14, 1-3; 15, 1-5). Columela dedicaba, por tanto, numerosas líneas a la elección de los esquejes, que consideraba fértiles hasta la quinta o sexta yema desde el tronco, pero no en su punta (III, 17, 1-4). También resumía el proceso de su plantado con el pastinum (III, 18, 1-6).

El libro cuarto sigue con la descripción de las labores relacionadas con el cultivo de la vid. Debería haberse llamado liber surcularis secundus, pero este nombre no aparece en ningún manuscrito de los antiguos ni en los recentiores. Los asuntos que trataba Columela en este libro se relacionaban con los cuidados de las viñas una vez plantadas, cuando eran jóvenes, como el volteo de la tierra con las azadas de dos dientes, eliminación de brotes innecesarios, inserción de tutores para guiar las varas y su sustitución cuando fuera creciendo la planta o despunte del pámpano cuando hubiese alcanzado la altura adecuada. Posteriormente, pasaba a describir el proceso de poda de las viñas, precisando los vástagos que se debían dejar y los que se habían de eliminar, puesto que, para él, esto era muy importante y debía hacerse “a conciencia” (IV, 23, 1-3; 24, 1-22). Seguidamente, describía la instalación de rodrigones, para lo que aconsejaba maderos consistentes preferentemente de olivo, roble, alcornoque, enebro o ciprés, y la distribución de los sarmientos en el emparrado (IV, 26, 1-4). La última parte del libro la dedicaba Columela a las cuestiones relacionadas con el injerto de la vid (IV, 29, 1-17; 30).

El libro quinto guarda una estrecha relación con el De arboribus e, incluso, existe un agudo paralelismo entre varias partes de ambos textos, sobre todo, desde V, 5, 10 y De arboribus, 18. En los manuscritos Sangermanensis y Ambrosianus este libro es llamado surcularis liber tertius y es, en realidad, una continuación del anterior, puesto que, tras unas explicaciones sobre agrimensura efectuadas a petición de amigos que ya habían leído los libros anteriores, Columela trataba de los demás cultivos arbustivos y arbóreos. Destacaba la idoneidad de formar arboledas emparradas con olmos y vides de edad similar. En cuanto al cultivo de los árboles el que, según Columela, se adaptaba a más tipos de suelo y menos gasto o cuidados exige era el olivo, por lo que, para él, era el primero entre todos los árboles. El libro comienza con una exposición de las distintas especies de aceitunas, caracterizándolas por su sabor y rentabilidad a la hora de convertirlas en aceite, para profundizar después en los procesos de su cultivo: los plantones en viveros, su trasplante, fertilización, podas, injertos, etc. Parecido esquema reproduce sobre los manzanos, higueras y granados.

Con el libro sexto comienza la exposición de todos los aspectos referentes a la ganadería. En este libro, en concreto, se trata del ganado mayor, el caballo y la mula, que se emplean también para las labores agrícolas pero, ante todo, del que más ayuda al hombre en la labranza, el buey (VI, Praef., 6-7). Columela establecía las características más idóneas de un buen animal, su domesticación y entrenamiento para el arado, sus cuidados y su alimentación (VI, 1-3). También enumeraba sus posibles enfermedades, como infecciones, indigestión, úlceras o inflamaciones, daños en ojos, pezuñas, cuernos o huesos y se establecían los remedios curativos indicados para cada caso (VI, 4-25). También describía cómo debían ser los cercados y establos más apropiados para el ganado vacuno y su proceso de reproducción. Los caballos y las mulas tenían también gran interés para Columela, pues les dedicaba la segunda parte del libro sexto (VI, 27-38), siguiendo un esquema muy parecido al que había utilizado para referirse al ganado vacuno.

El libro séptimo lo dedicaba al ganado menor que, para Columela, hacía referencia a animales como el asno, oveja, cabra, cerdo y perro. Sobre el ganado ovino, resaltaba su gran importancia para numerosos pueblos que no tenían suministro frecuente de cereales, como los nómadas, para quienes la leche, el queso y la carne de los óvidos eran su principal sustento (VII, 1, 1-2).

Más, quizá, que otras especies, la variedad de oveja que se pretendiera criar debía tener muy en cuenta las particularidades climáticas de la región donde se debiera afincar. Columela clasificaba con detalle las distintas especies y sus características, favorables o no, para su cría (VII, 3, 1 ss.). Analizaba sus condiciones óptimas de su estabulación y reproducción, así como las demás circunstancias que acontecían a lo largo de la vida del animal: nacimiento, alimentación en los pastos o en el establo, esquilado o las enfermedades y sus remedios (VII, 4, 1-8; 5, 1-22). Parecido esquema descriptivo seguía Columela sobre el ganado caprino (VII, 6, 1-9; 7, 1-4), entrando con detalle en aspectos como la fabricación del queso, alimento de gran importancia teniendo en cuenta que en muchas regiones donde no existía ganado en abundancia no se podía acceder a la leche fresca y el queso era la única alternativa para consumir alimentos lácteos (VII, 7, 1-7). Los mismos temas eran acometidos por Columela en referencia a los cerdos (VII, 9, 1-14; 10, 1-8), pero dedicando en este caso atención especial a la castración del animal (VII, 11, 1-3), y a los perros (VII, 12, 1-14).

El libro octavo trata de las características de los animales de corral y de su cría en la finca. Se centra principalmente en las aves, aunque sus explicaciones también se adentraban en el mundo de la piscicultura. Sobre la cría de gallinas de corral, Columela establecía sus preferencias entre las distintas razas, por ser unas más prolíficas y menos delicadas que otras (VIII, 2, 6-8).

Detallaba cómo debía construirse el gallinero, su distribución y orientación o sus condiciones de limpieza.

No debía haber agua, excepto en el lugar indicado para beber, puesto que la suciedad de ésta generaba con facilidad el moquillo y otras enfermedades que diezmaban a estas aves (VIII, 3, 8-9). También mencionaba con detalle su alimentación, engorde y las puestas de los huevos para continuar con la descripción de los palomos (VIII, 8, 1-12), tórtolas (VIII, 9, 1-4), tordos (VIII, 10, 1-6), pavos (VIII, 11, 1-17), gansos (VIII, 13, 1-11) y patos (VIII, 15, 1-7) según el mismo patrón.

Finalmente, hacía referencias a la piscicultura como complemento de la agricultura y la ganadería.

Con el fin de completar la relación de conocimientos sobre las labores del campo que ya había mostrado con la inclusión de los peces al hilo de su descripción de los animales de granja, en el libro noveno Columela se centraba en los animales de caza. Consideraba conveniente que los propietarios que tuvieran un bosque en su finca lo utilizaran como reserva de caza para rentabilizar todo su terreno, incluso con instalación de postas en sitios ventajosos.

Hasta el libro noveno, Columela realizaba una descripción sistemática en prosa de cada uno de los aspectos relacionados con la agricultura y la ganadería, primando la precisión técnica y la experiencia profesional.

En el libro décimo, De cultu hortorum, la intencionalidad es otra, volviéndose más importante el objetivo estético y literario de la obra hasta el punto de que muchos de sus pasajes evocan a Virgilio en sus Geórgicas. Este cambio muestra con claridad que toda la obra no se realizó a la vez, sino que los distintos libros fueron publicados aisladamente y, durante ese período, fueron cambiando los deseos y objetivos del autor. El plan primario de Columela se reducía, probablemente, a diez libros y tampoco se sabe si incluía realizar el décimo, sobre las hortalizas, en verso.

El libro undécimo lo llevó a cabo por sugerencia de su amigo Claudius Augustalis, escribiendo sobre la horticultura, que ya había plasmado en verso en el libro anterior. Finalmente, culminaría el duodécimo, donde exponía los deberes del vilicus y la vilica, junto a un compendio de recetas para preparar conservas.

Pero estos dos últimos libros no guardan una estricta coherencia con los demás y parecen más bien apéndices o añadidos.

En definitiva, Columela mostraba en su Res rustica no sólo su pasión por la agricultura, sino su total convencimiento de que esta actividad era el principal pilar de la sociedad y del Estado, aunque en la Roma de su tiempo no se le diera el valor que merecía. El sentido ético y los ideales que habían caracterizado la sociedad de sus mayores se estaban perdiendo y esta tendencia era, para él, paralela a la pérdida de prestigio de la agricultura durante el siglo I. La recuperación de la estima por la actividad agraria conllevaría, por tanto, una vuelta a las viejas virtudes: la honestidad, la responsabilidad, el amor a la familia y a la tierra.

 

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Juan Carlos Olivares