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Juan de Vargas

Biografía

Vargas, Juan de. Madrid, 22.VII.1517 – ?, 1575-1580. Jurista y colaborador del III duque de Alba en Flandes.

Bautizado en la parroquia de San Pedro el Real (Madrid) el 22 de julio de 1517, Juan de Vargas es el nieto de Diego, que ya se puso al servicio de la casa de Castilla bajo Enrique IV, y el hijo de Francisco, quién ocupó unos treinta escaños en la Corte de los Reyes Católicos y del Emperador —al cual estaba muy cercano— a lo largo de su vida.

Juan es el menor de los cinco hijos de Francisco y de Inés de Caravajal y Camargo. Mientras Diego, el mayor, hereda el mayorazgo de la Casa de los marqueses de San Vicente, Francisco Camargo se ve dotado de un señorío y se marcha a la conquista de Nueva León (¿1539?). Gutierre Vargas de Carvajal se hace nombrar abad de Santa Leocadia (Toledo) por concesión del Emperador y, luego, obispo de Plasencia. En cuanto a Juan, se matricula en el Colegio Mayor del Arzobispado de Salamanca y, licenciado en derecho, estrena su carrera como oidor en la Cancillería de Valladolid.

Las crónicas le señalan como responsable de la reparación del edificio destrozado por el fuego en 1561 y mencionan la boda que contrajo con su propia sobrina, Inés de Vargas y Camargo, hija de Francisco.

Pero tratan sobre todo de su expulsión del tribunal, en los confines de 1566 y 1567. Utilizando una táctica de alejamiento muy corriente en los círculos cortesanos, Vargas sufre una visita, que establece las pruebas de su corrupción y le despoja de su cargo, insignas y honor. El papel del cardenal Diego de Espinosa, quien domina entonces la Corte de Castilla, parece haber sido determinante en la reconversión del jurista desacreditado y en sus sucesivos nombramientos como regente de Nápoles en el Consejo de Italia y auxiliar del III duque de Alba en Flandes. Acusado de malversación y entremetido en tres procesos judiciales, Vargas jura su cargo de regente el 16 de mayo de 1567 y se pone casi inmediatamente en marcha rumbo a Bruselas, con su honor casi a salvo y debiéndole todo al cardenal. El mismo cardenal le introduce al duque de Alba y a su fiel secretario Albornoz; cuando lleguen a Bruselas, el 22 de agosto de 1567, Vargas ya se ha convertido en su valido.

Desde el 6 de septiembre (es a decir antes de su “creación”), Vargas percibe los derechos del Consejo de los Tumultos e inicia los sumarios preliminares a los “Grands procès” de 1568. Con Louis del Río, participa en la constitución de los legajos de Backerzeele, Laloo, Orange, Enrique de Nassau, Van Straelen y otras “personnes principales” sospechosas de rebelión, aunque sea su intervención en los procesos expeditivos de los condes de Egmont y de Hornes la que marcó más sus memorias. La personalidad imponente de Vargas domina realmente el Consejo: de los tres “Españoles” que tienen las actividades del colegio bajo su mando efectivo (Vargas, del Río y de Roda), Vargas es el único en rubricar las minutas de las sentencias entregadas al gobernador para que las firme, él es el único que contesta a las cartas de los oficiales provinciales, el que evalúa los bienes confiscados y él es quien define el horario del Consejo.

Juan de Vargas también es el mejor pagado de todos los consejeros (4 y no 2 o 3 escudos diarios) y el hecho de que muchas cartas lleguen al Consejo dirigidas al “presidente Vargas” (que no lo era) o que el Consejo sea apodado “Cámara de Vargas”, demuestran que su prepotencia es real.

Su papel determinante en el llamado “Consejo de la Sangre” y su real amistad con el odiado Duque de Alba, le suponen el rencor virulento de sus contemporáneos flamencos: le dicen “marullero”, “moralmente viciado”, “soberanamente brutal”, el “más cruel de todos los crueles”, “faquín sin escrúpulos”. Su mala reputación se enardece con las noticias de España, “qui disoyent que la plaie gangreneuse du Pais-Bas avoit besoin d’un si tranchant cousteau comme estoit Vargas” y que afirman que había sido desterrado de Castilla por haber violado a una jóven huérfana de su parentesco. De hecho, Vargas sólo habla castellano o latín, falta de cortesía y de humildad (“ego habeo plus experientia quam totum consilium”) y no tiene nada de magnánimo (“Misericordia in cælo, justitia in terra”).

Con el duque de Alba, Vargas no hace falta de modestia, clamándose su criatura y servidor eterno.

Alba le recompensa bien. Vargas obtiene 6000 escudos de pensión antes de irse de España, 1000 para su cargo —ficticio— de regente de Nápoles (hasta 1570) y 4 escudos diarios para su escaño del Consejo de los Tumultos. El duque le concede aún 4000 escudos anuales a título personal e intercede varias veces para que se suspendan sus procesos en España y para que obtenga un escaño en el Consejo Real de Castilla.

Felipe II no le dio nunca satisfacción.

En 1570, Vargas está harto, sus procesos le asustan y quiere volver a su tierra. El Rey rehúsa. Dos años más tarde, ante la misma demanda, la misma respuesta.

Pero Vargas no parece darse cuenta de lo que significa y deja Bruselas confiado, en diciembre de 1573, persuadido de haber hecho lo que el Rey esperaba que haga. No puede llegar a Madrid. Le está prohibido acercarse de menos de cinco leguas de la capital y, despojado de su casa, tiene que quedarse en Alcalá, desde donde manda numerosas cartas al Rey y al duque, protestando por haber hecho solo lo que le habían pedido, habiendo asesorado al duque, pero no siendo responsable de sus decisiones, y no tener ni la menor culpa en la crueldad de la represión.

Vargas reclama una audiencia para besar las manos de “Su Majestad” y decirle oralmente todo lo que sabe, a él o a otra persona de confianza, que podría ser mandada hacia Alcalá. Felipe II no le contesta, y en agosto de 1574, Vargas confía amargamente al duque que “el estar cerca ni lejos de la Corte ha de ser de poco efecto para mis negocios mientras Su Mad tuviere cerrada la puerta”, “el paço a llegado, como dicen, y yo me parto mañana a Estremadura”. Instrumento obsoleto, Juan de Vargas desaparece totalmente de la escena política.

 

Fuentes y bibl.: Real Academia de la Historia, Mellicer, 1630, t. XVI, fol. 148v.; Archives Générales du Royaume de Belgique, Papiers de l’État et de l’Audience, n.° 1177/19, 1177/20, 1696/2; Conseil des Troubles, n.° 1, 2; Chambres des Comptes, n.° 18304; Archivo de los duques de Alba, n.° 48 y n.° 54; Archivo General de Simancas, Estado, leg. 539, 561, 566.

G. Quintana, A la muy antigua, noble y coronada villa de Madrid: historia de su antigüedad, nobleza y grandeza, Madrid, en la Imprenta del Reyno, 1629, fol. 285; L.-P. Gachard, Correspondance de Philippe II sur les affaires des Pays-Bas, 1558-1577, Bruxelles, Librairie Ancienne et Moderne, 1848- 1861; P. Poullet y C. Piot (eds.), Correspondance du Cardinal de Granvelle, Bruxelles, CRH, 1877-1896; L. Kervyn de Lettenhove, Les Huguenots et les Gueux, t. 2, Bruxelles, 1883; F. Á lvarez de Toledo, duque de Alba, Epistolário del III duque de Alba, ts. 1-3, Madrid [Diana], 1952; Colección de documentos inéditos para la historia de España, ts. 37-38; M. Fernández Álvarez, Corpus documental de Carlos V, t. II, Salamanca, Universidad, 1975; A. L. E. Verheyden, Le Conseil des Troubles, Le Phare, Florennes, 1981; Archivo Biográfico de España, Portugal e Iberoamérica, 1995, fol. 987; J. Versele, Louis del Río (1537-1578). Reflets d’une période troublée, Bruxelles, ULB, 2004; J. Versele, “Rapport de Gerónimo de Roda sur le fonctionnement du Conseil des Troubles aux Pays-Bas, suivi de suggestions pour sa réforme (s.d.-1571?)”, en Bulletin de la Commission Royale d’Histoire, 170 (2004), págs. 169-191.

 

Julie Versele

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