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Ibn Mardanis

Biografía

Ibn Mardanis: Abu ‘Abd Allah Muhammad b. Sa’d b. Muhammad b. Ahmad al- Yudami [o ¿al-Tuyibi?]. Rey Lobo. Peñíscola (Castellón), 1124-1125 – ¿Murcia?, 1172. Político y gobernante.

Abu Abd Allah b. Mardanīs, el denominado “rey Lobo” o “Lope” (Lubb) en la fuentes cristianas, famoso “emir”, “rey”, “señor”, o incluso “rebelde” en la fuentes árabes, ejerció su actividad política y militar en el Sarq al-Andalus (Levante y Murcia) en pleno siglo XII, durante la etapa de descomposición del imperio almorávide en al-Andalus, y disputó durante veinticinco años los territorios centrales a los nuevos gobernantes almohades, convirtiéndose en su principal núcleo de resistencia hasta casi la mitad del reinado de su segundo califa, Abu Ya‘qub Yusuf b. ‘Abd al-Mu’min. Como consecuencia del mal gobierno almorávide en la Península y de la política ambiciosa de Alfonso VII de Castilla y de Alfonso I de Aragón, los gobiernos locales andalusíes, apoyados por una población descontenta, se rebelaron contra los invasores norteafricanos, expulsándolos, iniciando así una nueva etapa de la historia andalusí denominada “segundos reinos de taifas”, cuyo nombre sirve para designar la nueva fragmentación del poder, que a partir de entonces se reparten entre los diferentes “señoríos” independientes, particularmente concentrados en el Algarbe, Córdoba, Málaga, Granada, Valencia y Murcia. En estas dos últimas capitales y en sus respectivos territorios, además de parte de las actuales provincias de Cuenca, Teruel y Almería, ejerció poder independiente Ibn Mardanīs, reconociendo la soberanía nominal de los califas ‘abbasíes de Bagdad.

Muhammad b. Sa’d b. Mardanīs había nacido en Peñíscola entre 1224 y 1225, posiblemente de familia de origen muladí, de cristianos convertidos al Islam a comienzos del siglo X, como lo indicaría su apellido Mardanīs. Como ha demostrado María Jesús Viguera, superando las propuestas planteadas por R. Dozy y F. Ribera, en las que el primero lo relacionaba con “Martínez” y el segundo con “Mardonius”, descendiente o no de los antiguos bizantinos de la parte de Cartagena, e incluso la versión del escritor oriental Ibn Jallikan (siglo XIII) que interpretaba como “hijo del excremento”, es más que probable la relación entre Mardanīs y el hidrónimo Merdanix documentado en la localidad riojana de Nájera, según se desprende por el testimonio registrado en su Fuero, otorgado por el rey de Navarra Sancho el Mayor (muerto en 1035), que, en unas de sus disposiciones, disponía que si en verano había carencia de agua “se recurriera a abrir determinadas presas de agua del curso del Merdanix, que corre por en medio de la ciudad”. Aunque no es demasiado frecuente dentro de la onomástica hispana recurrir a nombre de río, el hidrónimo Merdanix se consolidó en su proceso onomástico y perduró como designación familiar desde su bisabuelo Ahmad, al margen de su posible y peyorativa referencia a “excrementos” o “aguas sucias”. Así —subraya la profesora Viguera— “la conexión onomástica de esta familia con el hidrónimo riojano de Merdanix, situado en territorio que estaba en primera línea fronteriza entre el Islam y la Cristiandad, durante el siglo X, encajaría con el hecho sabido de que los Mardanis, según las fuentes árabes, procedían de la Marca Superior, notándose además su traslado hacia el Levante (nuestro emir Muhammad nació en Peñíscola, en 518/1124-1125, y su padre Sa’d defendió Fraga contra Alfonso I de Aragón en 528/1134 [cabe recordar también que éste era gobernador de Fraga y de la región en época almorávide, y que uno de sus tíos, Ábd Allah b. Muhammad, lugarteniente de Abu Muhammad b. Iyad, señor de Valencia y Murcia, murió en su lucha contra los cristianos en 1146, sin olvidar que otro miembro de la familia, Zayyan b. Mardanis, también protagonizará otra rebelión en esta misma zona un siglo más tarde], y bien pudieron comenzar su retirada desde zonas más al noroeste, ante el avance cristiano, emigrando, como tantos otros tangerinos, por esa frecuentada dirección sureste”. En este sentido, refieren las fuentes árabes que un próximo antepasado suyo sirvió en las milicias de un régulo de la taifa de Zaragoza —de ahí probablemente la nisba al-Tuyībī y se hizo entonces musulmán, logrando tener una cierta relevancia en la Marca Superior, hasta que ésta fue ocupada por Aragón, obligando a la familia a emigrar hacia el Levante, en cuyo territorio habrían de desarrollar la mayor parte de sus actividades políticas.

Aparentemente sin dificultades, Muhammad b. Sa’d b. Mardanīs sucedió en el gobierno de Valencia y Murcia en 1147 al último de los gobernadores de la región, Abu Muhammad b. ‘Iyad, tras ocho gobiernos inestables desde que la población levantina dejara de prestar obediencia en marzo de 1145 a los almorávides. Contrariamente a los efímeros gobiernos precedentes, Ibn Mardanīs se benefició de un largo período en el poder, de 1127 a 1172, legitimado, como en otros tantos casos, en la bay’a o reconocimiento público prestado por sus súbditos y apoyado en la fuerza de las armas. El nuevo emir eligió Murcia como capital y desde sus comienzos llevó a cabo una política decidida de resistencia frente al régimen almohade, al que empeñó todas sus energías para impedir su penetración en el Este peninsular y al que pareció querer expulsar también de al-Andalus. Sin duda, la clave del éxito de este afán de resistencia residió en su política de acercamiento o de “vasallaje a distancia” de los cristianos —muy diferente de la planteada por almorávides y almohades— que, sin bien comportaba una dependencia tributaria, al menos conservaba la autonomía política y evitaba el enfrentamiento frontal. Para lograr la realización de su opción, Ibn Mardanīs mantuvo un permanente apoyo y alianza con los cristianos: se declaró vasallo de Alfonso VII, como buena parte de sus predecesores, estableció alianzas con los gobernantes catalanes, abrió a los mercaderes genoveses y pisanos los puertos de Valencia y Denia, y firmó con ellos tratados comerciales; la economía prosperó, lo que permitió emprender numerosas campañas militares contra los almohades y llenar de mercenarios las ciudades del Levante, comprados a los reyes de Castilla, Aragón y al conde de Barcelona, a quienes pagaba tributo. Así, aunque Murcia y Valencia fueron sus principales capitales, Ibn Mardanīs mantuvo su poder político desde las costas levantinas hasta Jaén, e incluso llegó a tener cercadas Córdoba y Sevilla, y consiguió entrar en la ciudad de Granada durante 1162. Buena parte de sus éxitos se debieron a la alianza con otro personaje cuya personalidad es tan borrosa como la de Ibn Mardanīs, además de ser suegro de éste, Ibrahim b. Hamusk, el Hemochico de las crónicas cristianas, con quien había sitiado Córdoba, tomaron Écija y Carmona, amenazaron Sevilla, y castigaron la zona gibraltareña, mientras éste fue encargado del gobierno directo de Jaén, Úbeda y Baeza, aunque bajo control cristiano hasta 1157, además de constituir una especie de “feudo” montañoso en torno a la población fuertemente amurallada de Segura. No obstante, la alianza mardanīsí con los estados cristianos explica en buena medida la tibieza de su dirigente ante el desarrollo de ciertos acontecimientos importantes en suelo peninsular, como fue el caso de Tortosa y Almería. Esta última ciudad fue conquistada en octubre de 1147 por una expedición militar castellana apoyada por contingentes catalana-aragoneses, navarros y una flota catalana, pisana y genovesa. Los castellanos se mantendrían allí hasta 1157, fecha en la que la ciudad fue recuperada por los almohades. Aunque no se dispone de un relato continuo en la fuentes sobre esta particular etapa de la historia andalusí, cabe deducir que la primera década de gobierno de Ibn Mardanīs fue de evidente consolidación, mientras el régulo controlaba la región murciana, su hermano Abu l-Hayyay Yusuf b. Mardanīs hacía lo propio en Valencia. Pero de hecho, es a partir de 1159 cuando la historia del Estado de Ibn Mardanīs, con el concurso de su suegro Ibn Hamusk, se reduce casi de forma exclusiva a una lucha encarnizada contra la progresión inevitable de los almohades hacia el Este peninsular, quienes se han apoderado ya de Almería en 1157, a pesar de los esfuerzos conjuntos de Alfonso VII de Castilla y de Ibn Mardanīs para reconquistar la plaza, y de Granada en 1155 o 1157, así como de los pequeños “señoríos” de Guadix, de Baza o de Alcalá la Real, muy próximos a los límites territoriales de su Estado, pasaran también a manos almohades. Pero la capacidad ofensiva de Ibn Mardanīs junto con la de su suegro, quienes volvieron a hostigar las tierras de Córdoba y Sevilla así como a recuperar Granada, se vio frenada por una reacción más contundente del ejército almohade, que, ya con la presencia del propio califa ‘Abd al-Mu’min y la de su hijo y futuro monarca Abu Ya’qub Yusuf en territorio peninsular, incorporó definitivamente la plaza andaluza al imperio masmuda en 1162 tras una importante derrota para los resistentes andalusíes. En ella murieron Álvar Rodríguez el Calvo y un yerno de Ibn Mardanīs. Cuando ocupó el trono en 1163 el nuevo soberano Abu Ya’yu Yusuf reemprendió la lucha contra Ibn Mardanīs. En 1165, desde Sevilla emprendió la lucha recuperando Andujar, y desde este enclave asoló Galera, Caravaca, Baza y la Sierra de Segura, tomando Cúllar y Vélez Rubio, y provisionalmente Murcia. Pero todavía el definitivo ataque almohade contra los resistentes mardanisíes no se había logrado. Mientras Ibn Mardanīs siguió en su rebeldía, determinadas circunstancias, desavenencias familiares, hicieron que su suegro y principal colaborador Ibn Hamusk sí se rindiese, entregase Jaén, y reconociese el credo almohade en junio de 1169. La resistencia del régulo murciano comenzó a desmoronarse. En los meses centrales de 1171, los almohades, tras tomar Quesada, se instalaron en Larache, a las afueras de Murcia, y allí recibieron en cascada la adhesión de Lorca, Elche y Baza. Almería, que había sido tomada por Ibn Mardanīs tras la recuperación almohade de 1157, también se entregó. Y finalmente Alcira, Segorbe, Valencia y todo su territorio se adhirieron al régimen almohade, sin que su hermano Abu l-Hayyay Yusuf b. Mardanīs pudiera evitarlo. Muhammad b. Sa’d b. Mardanīs, desesperado y tras suscribir un pacto a favor de partidarios y familiares, moría de muerte natural en marzo de 1172.

Cuestión aparte merece el juicio que este personaje ha suscitado tanto en el marco de las fuentes árabes como en la historiografía contemporánea. Aunque no faltan los elogios a su proverbial valentía y enérgico carácter, así como al nivel de desarrollo económico y a su espectacular iniciativa como promotor de grandes obras arquitectónicas —“se preocupó de reunir quien fabricara edificios y delicadas labores de exorno y se dedicó a construir asombrosas alcazabas y grandes paseos y jardines”, según el testimonio de alguna fuente árabe—, de la planificación urbanística y defensiva (Qasr al-Kabīr y Qasr al-Sagīr, hoy convento de Santa Clara en Murcia, castillo de Larache, Castillejo de Monteagudo, castillo de la Asomada, Palacio de Pinohermoso en Játiva, etc.), lo cierto es que prevaleció la “mala prensa” en la mayor parte de las fuentes árabes, repletas de las peores descalificaciones contra el emir murciano a quien se le imputan los mayores atropellos y los más horrendos crímenes. En buena medida esta desprestigiada imagen está más que justificada por el hecho de que, a falta de una historiografía propiamente mardanīsí, las principales fuentes de información son básicamente almohades o pro-almohades. Varios son los rasgos negativos que se le suelen reprochar sus detractores y que A. Carmona ha subrayado recientemente: las alianzas que mantuvo con los cristianos, hasta el punto de permitir que éstos se apoderaran de Almería; el uso de su lengua y sus costumbres; la crueldad que mostró a la hora de deshacerse de sus enemigos; la excesiva carga fiscal a que sometió a sus súbditos; y su nada ejemplar vida privada. A través del análisis sobre todo de las fuentes biográficas el autor responde a los métodos de cómo ejerció la represión política y en qué consistieron los abusos de autoridad que le achacan las fuentes árabes: el amedrentamiento como política disuasoria, la deportación, la eliminación física, mediante ajusticiamiento, de los individuos juzgados como indeseables, las depuraciones y represalias, el destierro de los disidentes y un desprecio intolerable de los derechos de sus súbditos. Pero no todas las fuentes árabes son igualmente críticas en la valoración de su gestión; algunas exculpan al dirigente levantino de haber solicitado la colaboración de los cristianos y, por el contrario, ponderan su valentía, sus iniciativas constructoras, su abierta predisposición para rodearse de los más destacadas personalidades religiosas, su energía e intrepidez, e incluso justifican las abusivas exacciones fiscales a que se vio obligado a recurrir, por las difíciles circunstancias políticas del momento. En suma, una figura controvertida y contradictoria, pero como tantas otras del ámbito andalusí, no más excepcional ni exclusiva en cuanto a su actuación desmedida en el ejercicio del poder.

 

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Emilio Molina López

 

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