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José Ignacio Tenorio y Carvajal

Biografía

Tenorio y Carvajal, José Ignacio. Popayán (Colombia), 25.IV.1752 – Ciudad de México (México), 1848-1850. Oidor de la Real Audiencia de Quito, abogado, lego jesuita, misionero franciscano, viajero.

Hijo de José Tenorio y Torijano, quien fue alférez real de Popayán hacia 1754, y de María Teresa Carvajal y Bernaldo de Quirós, perteneciente a la familia del obispo de esta diócesis Bernaldo de Quirós.

José Ignacio Tenorio inició sus estudios en su ciudad natal con los padres de la Compañía de Jesús, que fueron expulsados en 1767 por orden del rey Carlos III de España, motivo por el cual se trasladó a Quito, donde continuó estudiando hasta recibirse como bachiller el 21 de junio de 1773 y como doctor en Cánones el 1 de julio del mismo año. El 16 de enero de 1775 obtuvo el título de abogado de la Real Audiencia de Quito, cuando sólo contaba veintitrés años de edad.

Viajó a Lima, dos años después, estableciéndose en casa de su tía Rosa Tenorio y Torijano de Lasso y Mogrovejo, dama payanesa pariente por parte de su esposo de fray Toribio de Mogrovejo, arzobispo de la capital del virreinato del Perú, que fue declarado santo. Al lado de Rosa Tenorio, mujer que poseía una cuantiosa fortuna, José Ignacio pudo llevar una vida cómoda dentro del círculo más cerrado de la aristocracia limeña. Ahora bien, siendo un ávido lector y un estudioso incansable, sintió deseos de cambiar de horizontes y conocer mundo, embarcándose en el puerto de Callao en 1780 rumbo a España, si bien antes de llegar a su destino el bergantín en el que navegaba viró hacia el cabo de Hornos, donde las continuas tormentas casi lo hacen naufragar. La travesía duró un año teniendo que hacer numerosas y forzosas paradas en diferentes puertos americanos y africanos, sin eludir los ataques de los piratas en varias ocasiones, para finalmente, desembarcar en Lisboa en 1781.

En la capital portuguesa permaneció algún tiempo para después dirigirse a Madrid, donde gracias a los documentos de presentación que le expidió el virrey del Perú refiriéndose a su talento y apellidos de rancio abolengo se le abrieron las puertas del palacio real y de las más reconocidas casas de la nobleza española.

En esa ciudad, siguió llevando la vida mundana que había vivido en Lima, hasta que cansado de una existencia fácil y sin realizaciones trascendentes, tomó la decisión de aspirar al cargo de oidor en alguna de las reales audiencias de América valiéndose de sus contactos e influencias personales. Empero, sus deseos no fueron considerados, debido entre otras cosas, a las turbulentas épocas que se vivían en los virreinatos, donde ya se respiraban los aires de la emancipación, mientras que en España se pensaba que los criollos no eran capaces de asumir las riendas de su gobierno.

Comprobada la deslealtad de sus amistades madrileñas y la falta de apoyo a sus pretensiones, consideró solicitar como último recurso el puesto de oidor de la Real Audiencia de Quito, petición que también fue desatendida, por lo que se vio obligado a abandonar Madrid en 1782, con el firme propósito de ingresar en la vida religiosa al lado de sus antiguos maestros los jesuitas.

Pasó a Francia para embarcarse en Dunkerque en un barco de vela que lo llevaría hasta Hamburgo, pasando por Copenhague (Dinamarca). En este puerto alemán encontró otro buque que lo condujo a la Pomerania y allí se desplazó hasta Rusia. En esas remotas latitudes eran las únicas donde por entonces podía discurrir con normalidad la vida de los hijos de la compañía de Jesús, por lo que se dirigió a Potolsk, donde vivía el padre Estanislao Kaniusky, superior general de los jesuitas. Ingresó como lego en esa Orden religiosa el 31 de julio del citado año, participando en las más diversas labores apostólicas de las numerosas misiones y colegios rusos de los jesuitas, hasta que un día recaló en San Petersburgo, donde residía la emperatriz Catalina la Grande, quien le brindó su amistad incondicional, por las cualidades de Tenorio y por provenir de lejanas y desconocidas tierras, que resultaban interesantes para ella.

Los rigores del clima de la Rusia imperial hicieron estragos en la salud de José Ignacio, por lo que la Emperatriz, temerosa de que éste pudiera contraer la tuberculosis, lo libró de sus responsabilidades con los jesuitas y se valió de su poder para embarcarlo hacia América. Por una carta fechada el 2 de agosto de 1795 que Tenorio envió a su hermano Tomás se sabe que éste se encontraba ya en el virreinato de la Nueva Granada y que desde San Juan, en la provincia del Chocó, se dirigía a Popayán para permanecer un tiempo al lado de su hermana Teresa Tenorio y Carvajal, esposa del español Francisco Jerónimo de Torres, padres de Camilo Torres y Tenorio, considerado uno de los personajes más sobresalientes de la emancipación colombiana. José Ignacio Tenorio también estaba emparentado con otro prócer de la Independencia, el sabio Francisco José de Caldas y Tenorio, llamado así por sus aportes a la ciencia, hijo de su prima hermana Vicenta Tenorio y Arboleda y del español José de Caldas.

Posteriormente partió para Quito donde su oficio desempeñado como abogado le proporcionó el reconocimiento necesario para ser por fin nombrado oidor de la Real Audiencia de dicha ciudad, sin embargo hubo de salir huyendo el 10 de agosto de 1809 con motivo del levantamiento contra la metrópoli.

José Ignacio Tenorio y Carvajal era un leal y convencido realista, y ésto lo motivó a regresar a Quito en 1810, desde donde creía que podría apoyar de una manera más eficaz al Rey. Pero su estadía no rindió los frutos esperados, por cuanto la fiebre libertaria ya se había extendido en todas las regiones del virreinato, y además de las rebeliones quiteñas, ya había tenido lugar el grito de independencia del 20 de julio del mismo año en Santafé de Bogotá. Cuando José Ignacio Tenorio se enteró de los sucesos santafereños y que no solamente su sobrino favorito Camilo Torres y su primo el sabio Caldas habían participado en ellos, sino que además toda su familia se había unido a las filas patriotas, frustrado y desengañado de cuantos le rodeaban decidió renegar parientes y abandonar patria, posición social y oficial. Viajó a México, donde cambió de identidad dispuesto a llevar una existencia que le permitiera definitivamente olvidar su pasado.

Se sabe que en 1815 se le había visto en Guadalajara vestido de fraile franciscano y que después se refugió en un monasterio de la misma comunidad en California, donde lo acogieron bien y gozó del aprecio de todos sus hermanos de Orden. Pero una vez más la adversidad llegó a la vida de Tenorio, porque en tierras californianas le identificó un personaje que había llegado de Panamá, Pedro Olazagarre, que años atrás lo había conocido como oidor en la ciudad de Quito. Ésto obligó a Tenorio y Carvajal a internarse en tierras de los indios que habitaban en cercanías de Monterrey, en donde decían que habitualmente se le veía en el mercado vendiendo legumbres y en compañía de los indígenas que las cultivaban. En otras crónicas de la época se menciona que volvió a vestir el hábito de la Compañía de Jesús en la Ciudad de México, en donde se dice que falleció, cuando tenía probablemente entre noventa y seis y noventa y ocho años de edad.

 

Bibl.: A. Aragón, Popayán, Popayán (Colombia), Imprenta del Departamento, 1930; A. Aragón, Fastos Payaneses, Popayán, Imprenta del Departamento, 1937, pág. 83; J. Arroyo, Historia de la Gobernación de Popayán, Bogotá, Editorial Santa Fe, 1955; G. Arboleda, Diccionario Biográfico y Genealógico del Antiguo Departamento del Cauca, Bogotá, Librería Horizontes, 1962, págs. 426-427 y 462; M. A. Bueno y Quijano y J. B. Ortiz, Historia de la Diócesis de Popayán, Bogotá, Editorial ABC, 1945; J. M. Groot, Historia Eclesiástica y Civil de la Nueva Granada, Bogotá, Editorial ABC, 1958; “Los Jesuitas Misioneros”, en Boletín de Historia y Antigüedades (Bogotá), vol. I, año 1; J. M. Pacheco, Los Jesuitas en Colombia, vol. I, Bogotá, Editorial San Juan Eudes, 1959-1962, págs. 47-48; M. A. Méndez Valencia, Rasgos Antropológicos e Históricos de la Comunidad Franciscana en Popayán, Popayán (Colombia), Instituto Colombiano de Cultura, 1992.

 

María Alexandra Méndez Valencia

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