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Sancha García

Biografía

García, Sancha. ?, s. m. s. XII – Las Huelgas (Burgos), c. 1230. Cisterciense (OCist.), abadesa de Las Huelgas, fundadora del monasterio de Vilella.

Tanto Manrique como Curiel y otros historiadores la apellidan de Aragón, por suponerla hija de Alfonso II de aquel reino, y de Sancha, tía de Alfonso VIII de Castilla, pero, como muy bien advierte Muñiz, “en los instrumentos del Real Monasterio no se halla Doña Sancha alguna con el sobrenombre de Aragón, ni menos consta en las Historias que el referido Don Alonso el segundo hubiese tenido hija con el nombre de Sancha [...] La Doña Sancha que en el número de las abadesas fue la tercera, se halla en las escrituras con los apellidos de García o Garcíez; todo lo cual parece echar por tierra la opinión de los que la hacen infanta de Aragón”. No constan datos sobre sus ascendientes, que bien pudieron ser del reino aragonés, y hasta no obsta que estuvieran entroncados con la Familia Real, ya que se la supone venida de Tulebras —limitando al reino aragonés— a la fundación del monasterio.

Comienzan sus noticias históricas al ser elegida para regir los destinos de Las Huelgas, cuando murió la segunda abadesa María Gutiérrez en 1205, resultando errónea la fecha que da Manrique, al que siguen algunos historiadores, retrasando su elección a 1218, pero no es exacto, por cuanto la documentación prueba que sucedió en la fecha indicada. Tampoco constan los timbres de nobleza que adornaban su persona. Quizá sean un tanto exageradas las alabanzas que le tributa Amancio Rodríguez: “Esta abadesa es, sin duda, la más benemérita de este Real Monasterio, pues ninguna la igualó en la feliz gestión de engrandecerle, contribuyendo quizá no poco a este resultado el florecimiento del reino castellano después de la batalla de las Navas de Tolosa, y sus dotes y prendas personales verdaderamente relevantes, que la atrajeron la simpatía de Alfonso VIII y Fernando III, quien en uno de sus privilegios la distingue con el honroso calificativo de ‘Venerable amiga mía’”.

A esta abadesa se le atribuye un hecho repetido por muchos historiadores —al menos sucedió en el tiempo de su mandato—, según el cual Inocencio III dirigió una carta a los obispos de Burgos y Palencia, y al abad de Morimond, en la cual mostraba sus sorpresas porque las abadesas de los monasterios sitos en sus diócesis bendecían a sus propias monjas, las oían en confesión, leían el Evangelio y se atrevían a predicar públicamente. Les exhorta a que se lo prohíban terminantemente. Aunque en realidad no especifica monasterio alguno, la mayoría de los autores apuntan al de Las Huelgas, dadas las preeminencias y facultades excepcionales de que estaban dotadas sus abadesas.

No obstante, la opinión más generalizada de hoy día se puede conciliar perfectamente con lo que en la carta se dice, en el sentido de que no eran confesiones propiamente dichas, sino sencillamente se trataba de que las súbditas se limitaban a dar cuenta de conciencia, que era cumplir la espiritualidad de la regla benedictina que manda descubrir el súbdito/súbdita a su abad/abadesa las interioridades de su conciencia, que se puede hacer perfectamente buscando orientación en el obrar, en muchos casos en los que no es necesaria la absolución sacramental, porque ya sabían que se necesitaba ordenación sacerdotal para perdonar pecados. Hoy no extrañaría nada ese proceder de las abadesas en cuanto que las mujeres pueden ejercer ciertas funciones que antiguamente les estaban vedadas.

En los veinticinco años que rigió los destinos de Las Huelgas, a Sancha le tocó presenciar acontecimientos muy lúgubres, sobre todo las continuas muertes que se sucedían en la Familia Real. Primero el príncipe Fernando, recién salido de la niñez, luego su padre, Alfonso VIII, al que siguió su esposa Leonor, mujer de la que Jiménez de Rada dejó este panegírico breve, que no puede ser más excelente, diciendo de ella que “fue muy buena reyna, casta, noble et sabia, de muy buen entendimiento”. Nada extraña que de su hogar salieran Berenguela y Blanca de Castilla —cada una madre de un santo—, por citar sólo dos nombres. Por si fueran pocas lágrimas las que vertían las religiosas sensibles ante tantas muertes, faltaba la del sucesor a la corona, Enrique I, apenas cumplidos los catorce años, lo que llevó al trono a Fernando III el Santo, sobrino suyo.

Otro recuerdo grato queda de esta abadesa, al poner en marcha en 1222 una nueva fundación, filiación de Las Huelgas, el monasterio de Vileña, llevada a cabo por Urraca López de Haro, quien, después de su viudez con Fernando II, llevó a cabo la fundación que puso bajo la jurisdicción de Las Huelgas. Aunque no se sabe la fecha exacta de su fallecimiento, se cree que fue en 1230, pues un documento de Fernando III omite su nombre, cosa que tenía por norma. Su muerte fue muy sentida para la comunidad, pues había sido una de las personas que habían trabajado con el mayor entusiasmo por el engrandecimiento del monasterio.

 

Bibl.: A. Manrique, Anales Cistercienses, vol. III (apéndice), Lugduni, Iacobi Cardon, 1642, pág. 4; J. de Saracho, Jardín de flores de la gracia [...] vida de doña Antonia Jacinta de Navarra [...], Burgos, Imprenta de Athanasio Figueroa, 1736; R. Muñiz, Médula histórica Cisterciense, vol. V, Valladolid, Thomás Santander, 1786; A. Rodríguez, El Real Monasterio de las Huelgas de Burgos, vol. I, Burgos, Imprenta y Librería del Centro Católico, 1907, págs. 102 y ss.; J. Escrivá de Balaguer, La Abadesa de las Huelgas, Madrid, Luz, 1944, pág. 62 (nota 2); D. Yáñez Neira, “Nobleza y virtud en Santa María la Real de las Huelgas”, en Hidalguía, XXXVIII (1989), págs. 220-224.

 

Damián Yáñez Neira, OCSO