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García López de Padilla

Biografía

López de Padilla, García. ?, c. 1256 – ¿Alcañiz (Teruel)?, 1336. Decimoctavo maestre de la Orden de Calatrava.

Hijo de García Gutiérrez de Padilla, perteneciente, por tanto, a un influyente linaje castellano que acabó dando a la Orden de Calatrava una nutrida representación de dignidades, entre las que llegaron a figurar hasta cuatro maestres.

El largo gobierno maestral de frey García López de Padilla (1297-1336) es, sin duda, el más complejo y turbulento de cuantos se sucedieron al frente de la milicia. Antes de acceder formalmente al maestrazgo, siendo clavero, ya lo había pretendido, aunque sin éxito, frente a su antecesor, Diego López de San Zoil, en la primavera de 1296. Cuando meses después, en los primeros del año 1297, el nuevo maestre murió y fue finalmente elegido López de Padilla, fue el comendador mayor, Gutierre Pérez, quien se lo pretendió arrebatar. La crisis —auténtico cisma— duró cerca de cuatro años, hasta que en febrero de 1301 los dos contendientes se comprometieron a aceptar la decisión arbitral del abad de Morimond, padre visitador del convento de Calatrava, en presencia del rey Fernando IV y de la reina María, su madre. La sentencia fue favorable a García López, pero antes de que finalizara el año, una nueva crisis puso en peligro su continuidad al frente del maestrazgo. El abad de San Pedro de Gumiel, actuando en nombre del de Morimond, depuso al maestre y favoreció la elección de un nuevo titular, frey Alemán, en el transcurso de un irregular Capítulo en el que fueron decisivas las presiones políticas de los seglares que allí se hallaban presentes, entre ellos el infante Enrique, el viejo hermano de Alfonso X que actuaba en calidad de tutor del Rey.

A instancias de Roma, el Capítulo General del Císter, y en concreto el abad de Morimond, no tardó en reaccionar ante el abuso cometido, y aunque frey Alemán actuó como maestre hasta mayo de 1302, las autoridades cistercienses habían restituido en su dignidad a García López dos meses antes, en el transcurso de una solemne reunión capitular celebrada en Calatrava. No es una casualidad que muy poco tiempo después, en 1304, fueran promulgadas las primeras definiciones calatravas de las que hay noticia desde hacía casi un siglo, y que en ellas el abad de Morimond se preocupara de fijar pena de cadena perpetua para los freires acusados de conspiración contra la orden o de rebelión contra el maestre y las más altas dignidades de la milicia.

Pero los movimientos desestabilizadores no cesaban en el interior de la orden, posiblemente espoleados desde la propia Corte. Lo cierto es que en 1307 el abad de Morimond hubo de desplazarse nuevamente a Castilla porque al Capítulo General habían llegado denuncias contra el maestre, supuestamente avaladas por el Rey y miembros de su familia. Tanto Fernando IV como la reina María, su madre, se desmarcaron de ellas y aseguraron al abad que sus relaciones con el maestre eran cordiales y basadas en la lealtad. El titular de Morimond, personado en Calatrava, certificó la armonía existente en el convento, pero finalmente hubo de solicitar de los Reyes que no ampararan en la Corte a ningún freire fugitivo o rebelde. Resulta evidente que, pese al apoyo institucional del Císter, la oposición al maestre era una realidad de complejas implicaciones políticas.

Entre ellas hay que destacar, en primer lugar, el filoaragonesismo del maestre calatravo, un factor sin duda preocupante en la Corte de Castilla, teniendo en cuenta, sobre todo, que Castilla y Aragón mantuvieron guerra abierta entre 1296 y 1304, y no llegaron realmente a superar sus diferencias hasta la firma del Tratado de Alcalá de Henares, suscrito en diciembre de 1308. El hecho de que en plena ocupación de Murcia por las tropas de Jaime II, éste en 1298 concediera a García López de Padilla seguridades para los miembros y propiedades de la Orden en tierras aragonesas, no sería probablemente bien entendido por las autoridades castellanas; tampoco lo sería la intensa actividad desplegada por el maestre en relación a sus dominios alcañizanos, y mucho menos que Jaime II reconociera la lealtad del maestre castellano que actuaba en febrero de 1300 de auténtico “confidente” político del monarca aragonés, circunstancia esta última que le reportaría a corto y medio plazo no pocos beneficios institucionales y personales; en 1306, por ejemplo, el convento de Calatrava acordaba la concesión vitalicia a favor del maestre de la casa aragonesa de Alcañiz y de cuantas villas y castillos dependían de dicha encomienda en los reinos de Aragón y Valencia, con facultad, incluso, para enajenar bienes.

Esta indisimulada predisposición de García López de Padilla a favor de la persona y política del rey de Aragón no privó a su Orden de la obtención de privilegios por parte de la Monarquía castellana, pero no cabe duda de que la presencia del maestre en la Corte resultaba incómoda, y ello facilitaría el apoyo del Monarca o de alguna de las facciones dominantes a ciertos movimientos que pudieran propiciar su destitución. El panorama pareció cambiar a raíz de los mencionados acuerdos castellano-aragoneses de Alcalá de Henares, que ponían fin, desarrollando y aclarando las cláusulas de la paz de Torrellas-Elche, a las desavenencias que habían caracterizado las relaciones entre ambos reinos desde al acceso al Trono de Fernando IV. Incluso parece que el maestre jugó un papel destacado en la preparación de las entrevistas previas al acuerdo.

El tratado de Alcalá de Henares suponía, además, la toma de una importante decisión que sellaría aún más la recién estrenada amistad castellano-aragonesa: la reanudación de la reconquista a través de una acción conjunta contra el reino de Granada. En ella tomó parte muy activa el maestre de Calatrava, y Fernando IV supo premiar su colaboración con significativos privilegios, entre ellos la concesión de la mitad de todos los servicios de sus vasallos que correspondían a la Monarquía, incluso los de las tierras cedidas temporalmente en prestimonio.

El protagonismo militar del maestre de Calatrava en esta nueva cruzada atenuó durante un breve período de tiempo sus problemas internos, que por lo pronto ya no serían alentados por la Monarquía. Todo el año 1309 lo ocupó el maestre en la campaña granadina. En primavera ya dirigió una razzia de rentables resultados, y en septiembre se hallaba junto al Rey en el cerco de Algeciras, y participaba activamente en la conquista de Gibraltar.

Poco, sin embargo, le iba a durar la tranquilidad al maestre. En marzo de 1311, y durante una de sus frecuentes estancias en tierras aragonesas, un conjunto de freires encabezados por el clavero, Fernando Rodríguez, le habían instado a abandonar la dignidad maestral, amenazándole, si era preciso, con la deposición y cárcel, mientras ocupaban violentamente los castillos de Calatrava y Salvatierra, en los que se hicieron fuertes. El movimiento, en el que se hallaban implicados no más de una docena de freires y que se vio acompañado del abandono de la Orden de algunos otros, sin duda revistió características preocupantes para el maestre. Tanto es así que, antes de incorporarse a sus actividades militares en la frontera —en breve se produciría el cerco de Alcaudete, una fortaleza calatrava hasta 1300, en que fue ocupada por los granadinos—, se desplazó hasta la sede papal de Aviñón para obtener del Papa y de su curia confirmaciones y privilegios que, al tiempo que reforzaban institucionalmente a la Orden, garantizaban la legitimidad de sus acciones al frente de ella.

La rebelión pudo ser abortada, aunque no se conozcan las circunstancias concretas de su neutralización. En cualquier caso, para el maestre la situación no era todavía nada sólida en los meses de verano de 1312 en que se hallaba en el cerco de Alcaudete, porque en él, según queja del propio García López, sus freires, haciendo gala de una insolente irreverencia, se negaban a dirigirle la palabra y a compartir con él la comida. La difícil situación en que se hallaba el maestre no se vio favorecida por la campaña difamatoria que esos mismos freires habían realizado ante el Rey. Incluso, testimonios posteriores afirmarían que se diseñó entonces todo un plan para acabar con su vida.

Por todo ello, a raíz del fallecimiento de Fernando IV, el maestre no dudó en echarse en manos de quien se perfilaba como el hombre fuerte de la prolongada minoría de Alfonso XI: el infante Pedro, tío carnal del Rey. Su papel había sido decisivo en la toma de Alcaudete en septiembre de 1312. Lo cierto es que en los meses finales de 1312 aparece García López de Padilla muy cerca políticamente del infante Pedro, y quizá sea ésta una de las claves —junto al permanente respaldo del aragonés Jaime II, naturalmente— que expliquen su permanencia en el maestrazgo, teniendo en cuenta, incluso, que el Capítulo General del Císter no se había pronunciado todavía sobre la conjura urdida contra el maestre.

Los términos de este pronunciamiento, precedido de una investigación en toda regla ordenada en los primeros meses de 1313 por el abad de Morimond, no son conocidos, pero no es difícil imaginarlos: una condena sin paliativos de los rebeldes y el reforzamiento en su dignidad de García López de Padilla. La verdad es que tampoco se conoce el motivo concreto que había alimentado la crisis previa. Pero, desde luego, no se debe aislar su explicación de las intermitentes intentonas desestabilizadoras que jalonaron todo el gobierno maestral de García. En la raíz de todas ellas se atisba una respuesta a la vena de autoritarismo de que hacía gala el maestre y que, en ocasiones, se manifestó en tratos vejatorios para ciertos freires; y en este sentido no hay que olvidar el creciente sentimiento corporativo de que se revestía, cada vez con mayor rotundidad, el sector oligárquico de los caballeros, en modo alguno dispuesto a admitir prácticas autoritarias. Tampoco vería con buenos ojos ese mismo sector los devaneos políticos de un maestre que comprometía en exceso los intereses de la Orden en el complejo juego político castellano, máxime cuando esos devaneos apuntaban a un indisimulado filoaragonesismo, que sin poder destruir la desequilibrada hegemonía del convento castellano en la estructura de la milicia, sí podía amenazar el privilegiado papel que en ella ejercían algunos de sus miembros.

Los años inmediatamente posteriores a la crisis finalizada en 1313 contemplan una estrecha colaboración del maestre de Calatrava con el indiscutible líder de la lucha reconquistadora en los comienzos de la minoría de Alfonso XI: el infante Pedro. Desde finales de 1313 el maestre se preocupó de las retenencias de sus fortalezas fronterizas, y en los meses centrales de 1314 se encontraba ya con sus freires y vasallos en la “frontera de los moros en defendimiento de la cruz e de la Cristiandad”. Por su parte, la protectora y agradecida disposición del infante Pedro se hizo sentir a través de beneficios que la Orden y el propio maestre obtuvieron, y este último no dejó de intervenir en las acciones fronterizas que aquél acaudilló hasta su trágica muerte en 1319, normalmente en estrecha colaboración con los maestres de otras órdenes, con los que en 1318 firmó un importante pacto de hermandad.

Fueron éstos unos años de afianzamiento personal e institucional del maestre, pero la muerte de Pedro y las ulteriores circunstancias de la regencia privaron de una buena parte de su cobertura protectora al maestre García López en el reino de Castilla. Sus actuaciones, cada vez más comprometidas desde el punto de vista político, adoptaron a partir de entonces un tono claramente defensivo. A finales de 1319, el maestre se sumó a la hermandad de ciudades y villas andaluzas dispuestas a vetar el nombramiento de cualquier tutor del Rey o adelantado de la frontera que no contara con su aquiescencia, y apenas dos años después, en agosto de 1321, ante la discordia e inestabilidad existentes en el reino de Castilla, García López suscribió un acuerdo con el maestre santiaguista García Fernández y con el arzobispo Juan de Toledo, a fin de procurar la paz y el sosiego de la tierra.

Se llega así a los amargos años finales de la vida de García López de Padilla. Ellos contemplaron la última de las grandes crisis de su gobierno, la que le apartó definitivamente del maestrazgo. La crisis tuvo su inicio en 1323 y, como la de 1311, fue protagonizada por el clavero de la milicia, Juan Núñez de Prado, y un significativo sector de caballeros. La excusa fue una desastrosa intervención del maestre en la vega de Granada, agravada por su supuesta huida del campo de batalla. El clavero capitalizó el malestar de los freires y, en 1325, cuando se produjo la mayoría de edad del Rey, acudió a Valladolid y, ante la Corte del Rey, acusó formalmente al maestre de cuatro cargos de gravísimas implicaciones, algunos de los cuales venían arrastrándose desde antiguo: Irresponsable dejación de fortalezas fronterizas que, por no ser convenientemente abastecidas, cayeron en poder de los musulmanes, entre otras, Alcaudete, Locubín, Susaña, Chist y Mathet; autoritarismo y crueldad en el trato a los freires; ataque a lugares y vasallos del realengo, concretamente a Villarreal; huida del combate en el transcurso de la batalla de Baena y consiguiente desamparo de los freires que le acompañaban.

La gravedad de las acusaciones —implicaban alta traición y abuso de poder— justificaron que el Tribunal Real exigiera la comparecencia del maestre y, a lo que parece, justificaron también que García López, seguro del veredicto, corriera a refugiarse en los dominios calatravos de Aragón. Ya no se necesitaban más pruebas para la destitución. Alfonso XI, que precisamente inauguraba entonces una política de sistemática intervención en las elecciones maestrales, ordenó a los freires rebeldes la organización de un irregular Capítulo que inmediatamente otorgó el maestrazgo a Juan Núñez de Prado.

García López, desde su refugio de Alcañiz, luchó por el maestrazgo hasta 1329, y lo recuperó porque el Capítulo General del Císter se mostró muy receloso ante el descarado intervencionismo real de 1325 y su sospechosa alianza con Juan Núñez de Prado, un hombre muy cercano a la Corte castellana. Pero aunque lo recuperó en 1329, el viejo maestre renunció a él, ahora voluntariamente, ante el estado de división de la orden, a cambio de seguir controlando las posesiones aragonesas de la milicia y la estratégica encomienda de Zorita.

Nuevas desavenencias entre el maestre Juan Núñez y el dimisionario García López hicieron que éste no tardara en reclamar nuevamente la dignidad maestral a la que ya nunca renunciaría. Ello explica que el cisma, alimentado por el rey de Aragón, no desapareciera con el fallecimiento, en 1336, de García López de Padilla.

 

Bibl.: F. de Rades y Andrada, Chronica de las Tres Ordenes y Cauallerias de Sanctiago, Calatraua y Alcantara, parte Chronica de Calatraua, Toledo, 1572 (ed. facs. Barcelona, 1980), fols. 48v.- 52v.; I. J. de Ortega y Cotes, J. F. Álvarez de Baquedano y P. de Ortega Zúñiga y Aranda, Bullarium Ordinis Militiae de Calatrava, Madrid, 1761 (ed. facs. Barcelona, 1981), págs. 154- 193; C. de Ayala Martínez, “Un cuestionario sobre una conspiración. La crisis del maestrazgo de Calatrava en 1311-1313”, en VV. AA., Aragón en la Edad Media, XIV-XV. Homenaje a la profesora Carmen Orcástegui Gros, t. I, Zaragoza, Universidad, 1999, págs. 73-89; C. de Ayala Martínez, Las órdenes militares hispánicas en la Edad Media (siglos XII-XV), Madrid, Marcial Pons y Latorre Literaria, 2003, págs. 94, 162-163, 212, 220, 227, 243- 244, 247, 312, 452-454, 513, 575-576 y 664.

 

Carlos de Ayala Martínez

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