Ayuda

Eduardo Toldrá Soler

Biografía

Toldrá Soler, Eduardo. Villanueva y Geltrú (Barcelona), 7.IV.1895 – Barcelona, 31.V.1962. Compositor, violinista y director de orquesta.

Inició los estudios de violín con su padre a muy temprana edad. Viendo los extraordinarios progresos del niño, la familia decidió trasladarse a Barcelona en 1905 para que allí Toldrá pudiera cursar los estudios académicos de violín en la Escuela Municipal de Música. Fueron sus maestros en este centro Lluis Millet (Solfeo), Rafael Gálvez (Violín) y Antoni Nicolau (Armonía). Dada la difícil situación económica familiar debido a la permanente inestabilidad laboral del padre, Toldrá se vio obligado a compaginar, desde los doce años, sus estudios con todo tipo de trabajos ocasionales como violinista teatral o actuando en bailes y fiestas mayores. El primer hito importante en su vida artística lo constituyó la creación, en 1911, del Quartet Renaixament, del que, además de él como primer violín y director, formaban parte Josep Recassens (segundo), Luis Sánchez (viola) y Antoni Planas (violoncelo). Este grupo, cuyas vicisitudes y circunstancias de su gestación pueden seguirse en un diario todavía inédito que fue escribiendo el joven Toldrá durante estos mismos años, hizo su presentación pública en 1912 en la sala de audiciones del Palau de la Música Catalana. Los aficionados y la crítica barceloneses fueron perfectamente conscientes desde el comienzo de la importante labor que en favor de la difusión y normalización de la cultura musical camerística iba a desplegar el Quartet Renaixement, que con un nombre ya de por sí bien elocuente y de evidentes resonancias orsianas —era el momento en que Eugeni d’Ors iba destilando en la prensa diaria sus cada vez más leídas y comentadas “glosas”—, nacía con la voluntad expresa de sus miembros por sumarse al esfuerzo de un amplio movimiento colectivo dinamizador y europeizante de la cultura catalana en pleno período de expansión “noucentista”. El Renaixement fue concebido como un cuarteto permanente y de composición invariable: un apartado de sus estatutos fundacionales establecía que no podían nombrarse bajo ningún concepto sustitutos, lo que significaba que en el caso de que por distintas circunstancias se diera de baja alguno de sus miembros, el cuarteto quedaba automáticamente disuelto, que es lo que precisamente acabó ocurriendo. En sus casi once años de actividad, el Quartet Renaixement atesoró un ambicioso repertorio en el que, junto a la gran literatura clásica y romántica, abundaban asimismo las primeras audiciones tanto de compositores españoles como de otras nacionalidades. Así, deberían destacarse en este sentido, la primera interpretación pública en Barcelona del Quinteto con clarinete en Si menor, Op. 115 con la colaboración del clarinetista J. Vives, o la realización de un Ciclo Histórico del Cuarteto de Cuerda, celebrado el mes de noviembre de 1912, donde a lo largo de cinco intensas sesiones, el grupo ofreció una muestra de la evolución del género desde su consolidación en el clasicismo con obras de Ditterdorf, Haydn o Mozart hasta sus posteriores derivaciones romántico- nacionalistas en la producción de Borodin o Smetana. En relación a este objetivo fundamental de divulgación de la gran cultura musical camerística, no debe olvidarse que el mismo Toldrá, en su calidad de solista a quien acababa de serle concedido el Premio Extraordinario de violín de final de carrera, organizaría poco después, en esta ocasión con el pianista Tomás Buixó, una serie de recitales consagrados a la historia de la sonata para violín y piano en el que ambos intérpretes realizaron un recorrido igualmente coherente y pedagógico por algunas de las principales cumbres de la literatura sonatística de todos los tiempos.

El éxito de la presentación en Madrid del Quartet Renaixement en 1913 fue el motivo de que la Sección de Música de la Junta de Ampliación de Estudios, cuyos ponentes eran en aquel momento Tomás Bretón y Amadeu Vives, concedieran al grupo una beca que les permitió ser escuchados en París, Berlín y Viena. De su estancia en el París en plena ebullición artística de estos años, Toldrá siempre recordaría sus encuentros con músicos eminentes como el pianista catalán Ricard Viñes o los compositores Manuel de Falla, Maurice Ravel, Alfredo Casella o Florent Schmidt.

El estallido de la Primera Guerra Mundial supuso la interrupción de la gira europea y el Quartet Renaixement regresó a Barcelona para continuar desde allí efectuando conciertos por Catalunya y toda la geografía hispana, siendo dignos de nombrar entre ellos la integral de los cuartetos de Beethoven dada por primera vez en Barcelona en abril de 1916. Con el objeto de proporcionar soporte a la gestión del grupo y continuidad institucional a su labor interpretativa se fundó un patronato: Agrupació d’Amics de la Música (1916), que en poco tiempo llegó a contar con una orquesta propia llamada Orquestra d’Amics de la Música, dirigida por Francesc Pujol y en cuyas cabezas de cuerda figuraban los cuatro integrantes del grupo. No obstante, y a pesar de los entusiasmos inicialmente vertidos, no existía entonces en realidad una demanda suficiente de música de cámara como para que los músicos del cuarteto pudieran vivir exclusivamente de los beneficios obtenidos de su actividad en este campo, por lo que tuvieron que simultanear este trabajo con otros ocasionales que les salían al paso. La multiplicidad de tareas que ocupaban a cada uno restaba horas disponibles para los ensayos, y además el esfuerzo nunca se veía compensado más que por el exiguo público que llenaba las salas de sus conciertos. Este hecho, unido a la marcha a Francia del segundo violín, Josep Recassens, con motivo de su matrimonio con una pianista de aquel país, fue la causa de la disolución del Cuarteto, que actuó por última vez el día 14 de junio de 1921 en el mismo lugar —el Palau de la Música Catalana— donde nueve años antes había hecho su debut.

Disuelto el Quartet Renaixement, la actividad de Eduard Toldrá como concertista, aunque siempre valorada, ya nunca más dejó de ser episódica. Llamado en algunas ocasiones por Lluis Millet o Pau Casals al Palau de la Música para que actuara como solista de sus respectivas formaciones —el Orfeó Català y la Orquesta Pau Casals—, Eduard Toldrá buscó la regularidad de un empleo más estable como músico de “brasserie”, amenizando diariamente las “soireés” de la Granja Royal, actividad que seguiría ejerciendo una vez finalizada la Guerra en el café Oro del Rin.

Es en 1923 —el mismo año de su feliz matrimonio con María Sobrepera— cuando Toldrá obtuvo una plaza como profesor auxiliar de Violín en la Escuela Municipal de Música de Barcelona, comenzando así una prolongada labor en el terreno de la docencia en el que llegaría a alcanzar gran prestigio.

Eduardo Toldrá abordó la dirección orquestal sin una clara y consciente voluntad por su parte de cambiar el arco por la batuta, ya que fueron las circunstancias y el apoyo incondicional de un grupo de amigos los que empujaron al músico a desarrollar progresivamente su capacidad en esta vertiente.

Aprendió a dirigir de forma autodidacta, sacando simplemente provecho y conocimiento de la lectura global de las obras en las que había participado como intérprete, especialmente durante su intensa labor con el Renaixement. La primera actuación en calidad de director se produjo con motivo del concierto de presentación, el 5 de noviembre de 1916, de la Agrupació d’Instruments de Vent —formación de once instrumentistas promovida por la Associació d’Amics de la Música— de la que fue maestro titular durante sus tres años de existencia. A continuación, vino su trabajo al frente de la Orquestra d’Estudis Simfònics.

Era éste un conjunto numeroso y entusiasta integrado por unos ochenta ejecutantes, todos ellos aficionados, que compaginaban sus obligaciones de profesionales liberales con el cultivo de la música y que ensayaban una noche a la semana con miras a preparar un concierto anual de final de curso en el Palau de la Música dedicado en exclusiva a familiares y amigos. Durante los diez años —de 1924 a 1934— que duró esta orquesta de la que fue siempre su responsable, Toldrá pudo conocer mucho repertorio sinfónico y sobre todo aprendió la manera de saber comunicar con eficacia y sencillez —puesto que se trataba, como se ha dicho, de músicos no profesionales— sus intenciones expresivas.

Más decisivas fueron las continuadas y cada vez más importantes colaboraciones con la Orquestra Pau Casals. El célebre violoncelista ya le había llamado en diferentes ocasiones para que tocara como primer violín en los conciertos de temporada, pero fue a raíz del estreno por el mismo Toldrá al frente de la Orquesta Pau Casals de su primera obra sinfónica: Suite en Mi, en 1921, que Pau Casals se fijó en las dotes de mando extraordinarias de aquel joven y desde entonces le confió la orquesta siempre que sus compromisos de concertista le obligaban a ausentarse de Barcelona.

El aval dado por Casals fue crucial para que al iniciar la Generalitat las primeras gestiones, durante la República, de conversión de la Orquesta Pau Casals en Orquestra de Catalunya, se pensase en Toldrá para ocupar el cargo de subdirector concertino de la formación. Lo que entonces no pasó de ser un proyecto, sin embargo, pudo realizarse una vez finalizada la Guerra —y aquí es cuando otra vez Madrid vuelve a ser un elemento de apoyo importante en la trayectoria profesional de Toldrá— el músico recibió el nombramiento, en 1943, de director de la nueva Orquesta Municipal de Barcelona constituida a partir de la disolución de la Banda Municipal, algunos de cuyos miembros se incorporarían en la sección de viento, y de nuevos profesores elegidos mediante concurso oposición para cubrir los atriles de la cuerda. En efecto, si la candidatura de Toldrá para ocupar aquel puesto apareció como indiscutible en el ambiente cultural y político de la Barcelona de la época, en parte fue debido a los éxitos conseguidos por el director en la capital, primero dirigiendo en 1941 a la Orquesta Sinfónica, en una serie de conciertos promovidos por su amigo el librero catalán Josep Porter, y al año siguiente llamado otra vez a Madrid para dirigir a la Orquesta Nacional en unas sesiones memorables. En 1944 tuvo lugar, pues, el concierto inaugural de la Orquesta Municipal de Barcelona, el primero de los casi ochocientos que llevó a cabo a lo largo de los dieciocho años durante los que fue responsable de aquella formación sinfónica, y animador infatigable y constante de la vida concertística catalana. La última aparición pública de Toldrá tuvo lugar en Cádiz, el 30 de noviembre de 1961, donde el director, ya muy enfermo, y la orquesta se trasladaron para repetir en la ciudad natal de Manuel de Falla el estreno de La Atlántida, que se había ofrecido en primicia mundial una semana antes en el Gran Teatre del Liceu de la Ciudad Condal.

La obra compositiva de Eduardo Toldrá no es muy extensa y se concentra fundamentalmente en unos pocos años centrales de su trayectoria artística (1921- 1936). Sin embargo, durante este breve tiempo que abarca desde la composición del cuarteto Vistes al mar (1921) hasta el ciclo de canciones para voz y orquesta La rosa als llavis (1936) el compositor llevó a cabo una notable labor creativa. Dentro del movimiento cultural que iba desarrollándose en Catalunya desde los años iniciales del siglo xx, y que es conocido con el nombre de “Noucentisme”, Toldrá elaboró un estilo capaz de adaptarse a las exigencias de cosmopolitismo europeo sin por ello romper con los hilos de una arraigada tradición nacionalista.

A lo largo de su producción, dejando de lado el cultivo de la sardana —vertiente musical de fuerte implantación popular hacia la cual se sintió igualmente proclive—, existe un interés permanente en la obra de Toldrà que es el cultivo de la canción, género que el artista reformula hasta convertirlo en modelo de “lied” culto contemporáneo. La atracción esencial del compositor por las breves dimensiones de la canción y su habilidad para adaptarla flexiblemente tanto a la estructura formal del poema seleccionado en cada caso como para abrirla a su contenido expresivo específico, constituyen el núcleo de la libertad de procedimientos y de las múltiples soluciones que adopta su música aún allí donde —en aquellas breves piezas instrumentales en las que un poema o unos simples versos fueron el elemento detonante de la obra— no existiendo un texto cantado propiamente dicho, aquél sigue siendo siempre sugerido. Libertad formal y expansión de la tonalidad desde los cimientos de un diatonismo básico inconmovible todo ello unido a la fluida naturalidad de la evolución discursiva dictaminada por el paradigma del canto, son características fundamentales del estilo musical de Eduardo Toldrá.

En 1921 estrenó el cuarteto Vistes al mar (evocacions poètiques), primera obra importante fruto de su experiencia reciente como intérprete del grupo Renaixement y que constituye ya un ejemplo típico de su música. El subtítulo de la composición y los tres poemas de Joan Maragall que figuran encabezando respectivamente cada uno de los tres movimientos de que consta la obra señalan el punto de arranque emocional, el disparo de salida de una inspiración que una vez puesta en marcha por el estímulo poético transcurre, sin embargo, se canaliza y estructura a continuación dentro de los lindes más estrictos de la expresividad musical sin ningún tipo connotaciones programáticas o descriptivas. Así, sus tres movimientos se ordenan dentro de una concepción libre de la forma sonata: primero y último con bitematismo expositivo, desarrollo y exposición, y un tiempo lento central con estructura de lied ternario. Con ésta y su siguiente obra: Sis sonets per a violí i piano (1922), a partir de sonetos de distintos poetas catalanes que encabezan cada uno de los números de la composición, Toldrá empieza a ser conocido y admirado como compositor. Los comentarios favorables se suceden y comienzan a establecerse los atributos que acompañarían para siempre a su obra: los de ser una música natural, clara, ponderada y espontánea que surge sin ningún prejuicio de ponerse al día de los últimos vanguardismos pero que se siente moderna, a la vez ligada a la tradición catalana y a la policoralidad de la vida urbana barcelonesa. A sus veinticinco años, el compositor mostraba un estilo personal que apenas sufriría ya modificación en años sucesivos, por lo que más que de evolución, de lo que cabe hablar en este caso es de progresiva depuración y estilización de unos mismos procedimientos compositivos esenciales que quedan desde ahora establecidos.

En 1924 Toldrá compuso el ciclo de cinco canciones L’ombra del lledoner sobre textos del poeta y amigo suyo Tomás Garcés, donde su intimismo conecta con el romanticismo de los “lieder” de Schubert. La sardana es otra constante en la trayectoria creativa del músico. La cultivó en su forma funcional de danza, pero también experimentó todas las posibilidades de la tímbrica tan característica de la “cobla” para llevar su sonoridad en las salas de concierto con piezas como la muy celebrada Maledicció del comte Arnau (1930), auténtico poema sinfónico que más tarde él mismo instrumentó para orquesta, o Empúries (1926), en la que, inversamente, se mantiene el ritmo y la estructura del baile popular pero aclimatándolos a un contexto sinfónico. Dos años después de la Maledicció [...], Toldrá escribió El giravolt de maig (1928), ópera cómica en un solo acto con libreto del poeta Josep Carner y con decorados y figurines diseñados por el pintor Xavier Nogués, cuyo estreno significó un acontecimiento cultural de extraordinaria magnitud ciudadana. Esta obra, ambientada en un despreocupado ambiente rural del siglo xviii, se planteó como un puro divertimento que, coincidiendo con las premisas de la corriente estética neoclásica que durante la década de 1920 se impuso en Europa, rompía con todos los clichés de la tradición, fuese verista, wagneriana o francesa, para enlazar de forma natural con el nuevo culto que en estos momentos despertaba la ópera mozartiana. Estrenada de forma expresa en el Palau de la Música, como recinto impermeable a los prejuicios del repertorio y la afición “liceístas” habituales, muchos sectores de la crítica vieron en el Giravolt [...] la esperanzadora piedra fundacional de una ópera moderna catalana que pudiese reflejar los logros de la cultura, la literatura y el arte de una nación en franco progreso.

Aunque Toldrá todavía escribió otra obra para el teatro, La filla del marxant (1935), que en realidad se trata de una música circunstancial para ilustrar una pieza del dramaturgo Adrià Gual, su siguiente y prácticamente última gran obra fue La rosa als llavis (1936), ciclo de seis canciones para soprano y orquesta, dedicado a la cantante Conxita Badía —quien la estrenaría a su regreso del exilio, en 1947—, basado en poemas amorosos del libro homónimo de Joan Salvat-Papasseit, y que constituye una de las colecciones más importantes para voz en la música española del siglo xx. Tras el paréntesis de la Guerra, las nuevas obligaciones que una vez terminada aquélla iba a contraer el Eduard Toldrà como director de orquesta ya no dejaron tiempo al compositor. En este sentido, incluso su postrer ciclo de Seis canciones sobre textos de poetas clásicos castellanos (1941) respondió a una calculada estrategia de su editor Josep Porter para que este conjunto de canciones en castellano —el único idioma español permitido entonces y el que se hablaba y se escribía naturalmente en Madrid— sirviera de carta de presentación artística a la actuación de Toldrá en la capital del Reino cuando aquel mismo año el músico acudió allí a dirigir la Orquesta Sinfónica.

 

Obras de ~: Eduard Toldrà es autor de 34 sardanas, la mayoría de ellas editadas en reducción para piano por Unión Musical Española, y de unas 50 canciones en su mayor parte para voz y piano, entre las que destacan los ciclos: L’ombra del lledoner, Madrid, Unión Musical Española, 1955; La rosa als llavis, Madrid, Unión Musical Española, 1964; Seis canciones sobre textos de poetas clásicos castellanos, Madrid, Unión Musical Española, 1964. En el apartado instrumental, hay que señalar: el cuarteto para cuerda Vistes al mar. Evocacions poètiques, Madrid, Unión Musical Española, 1963; Sis sonets per a vioñí i piano, Madrid, Unión Musical Española, 1953. Finalmente, la òpera cómica El giravolt de maig, Madrid, Unión Musical Española, 1965, en versión reducida para voces y piano.

 

Bibl.: E. Molero Pujós, Toldrà, Villanueva y la Geltrú, Ediciones Vilanova i La Geltrú, 1963; M. Capdevila, Toldrà, músic, Barcelona, Editorial Aedos, 1964 (trad. esp. Barcelona, Ediciones Unidas, 1972); A. Fernández-Cid, Eduard Toldrà, Bilbao, Servicio de Publicaciones del Ministerio de Educación y Ciencia, 1977 (Colección Artistas Españoles Contemporáneos. Serie Músicos, n.º 144); Toldrà, Barcelona, Thor, 1980 (Colección Gent nostra, vol. 10); C. Calmell, Eduard Toldrà, compositor, tesis doctoral, Universidad de Barcelona, 1991 (inéd.); A. Batista, Eduard Toldrà. Un assaig sobre la direcció d’orquestra a Barcelona, Barcelona, Beta Editorial, 1995; C. Calmell y M. Capdevila, Eduard Toldrà, Barcelona, Departament de Cultura de la Generalitat, Editorial Boileau, 1995; C. Calmell y A. García Estefanía, Catálogo de Compositores: Eduard Toldrà, Madrid, Sociedad General de Autores y Editores, Madrid, 1995.

 

César Calmell