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Hernando de Soto

Biografía

Soto, Hernando de. Jerez de los Caballeros (Badajoz) c. 1500 – Guachota, Lake Valley, Arkansas (Estados Unidos de América) 21.V.1542. Conquistador del Perú, gobernador de Cuba, adelantado y capitán general de La Florida.

Descendiente de una familia de la hidalguía de cuantía extremeña. Su padre, Francisco Méndez de Soto, procedía de solar conocido en tierras burgalesas del que sus abuelos se habían trasladado a la frontera extremeña. Su madre, Leonor Arias Tinoco era de linaje oriundo de Portugal, y ya a fines del siglo xv uno de los más ilustres de Extremadura. No se conocen noticias de su infancia salvo que era el segundo hijo de Francisco Méndez. En 1514 pasó a las Indias en la expedición de Pedrarias Dávila (1514), engrosando la nómina de jóvenes hidalgos segundones que buscaban su fortuna en el Nuevo Mundo. Sus primeros años en el Nuevo Mundo los pasó como miembro de la Casa de Pedrarias en calidad de paje de las damas de la familia. En ese entorno fue testigo de las turbulentas relaciones entre el gobernador de Castilla del Oro y su paisano de Jerez de los Caballeros, Vasco Núñez de Balboa, que culminaron dramáticamente en un juicio celebrado en la villa de Acla de reciente fundación, en enero de 1519, y que condujo al patíbulo al descubridor de la Mar del Sur.

Es en este año cuando aparecen las primeras referencias documentales a la participación del joven Soto en las cabalgadas y entradas a la tierra que dirigían los capitanes de Pedrarias, ganándose una buena reputación como soldado a las órdenes del licenciado Gaspar de Espinosa que desde su cargo de alcalde mayor llegó a tener un poder casi ilimitado en la empresa del asentamiento español en las tierras del istmo de Panamá. Con él y con Francisco Pizarro hizo Soto su aprendizaje como avezado hombre de armas y conocedor de la estrategia en el trato con los pequeños caciques de los grupos indígenas, con los que se pretendía más la búsqueda de alianzas que el ataque gratuito e injustificado.

Su instinto certero, su audacia y su buena fortuna en la comisión de las empresas que le confiaron sus jefes, le granjearon pronto un renombre que se advierte en la mención que merece en las actas levantadas, en las que consta su testimonio.

Su participación fue decisiva en la expedición de Francisco Hernández de Córdoba a las tierras de Nicaragua (1523) y en la fundación de las ciudades de Granada y Nueva León en la que desempeñó el cargo de alcalde mayor. Y más tarde en los conflictos abiertos en que culminaron los litigios por los límites de las demarcaciones de Honduras y Nicaragua, que enfrentaron a Hernández con Gil González y con Cristóbal de Olid, y que alentaron en aquél su actitud sediciosa ante la autoridad de Pedrarías. La leal colaboración de Soto con el gobernador permitió a éste resolver la situación, y tras su nombramiento como gobernador de Nicaragua (1528) confirmó a Soto en los cargos y concesiones de solares y repartimientos de indios que le permitieron enriquecerse y afianzar su prestigio.

En 1530 era ya además un experto hombre de negocios y socio de una de las varias compañías dedicadas a fletar barcos con destino al comercio con Panamá y construir navíos con vistas a la participación en la empresa de la conquista de las tierras recién descubiertas por Francisco Pizarro y Diego de Almagro en la ruta de Levante que ya era conocida como la del Perú. Pizarro acaba de conseguir una capitulación con la Corona y su socio Almagro busca en Panamá los apoyos financieros y la colaboración personal de los hombres de armas que requiere la organización de la expedición. Cuando le ofrece a Hernando de Soto participar en la tenencia general de la misma, éste no duda en liquidar todos sus bienes en Nicaragua para armar un grupo que se unirá como refuerzo a la primera avanzada de la expedición que sale de la isla de las Perlas en los primeros días de febrero de 1531. Son cien hombres con cincuenta caballos los que le siguen en su empresa y en el mes de diciembre alcanza a la hueste de Pizarro en la isla de la Puná, en la bahía de Guayaquil, donde Pizarro espera los refuerzos en su última escala de travesía por el Pacífico antes de adentrarse en las tierras continentales andinas.

La llegada de Soto fue providencial en un momento crítico para aquella hueste que se ve hostigada por los isleños. Aunque comprueba que el cargo de lugarteniente que se le había ofrecido lo desempeña Hernando, Pizarro no rehúsa asumir responsabilidades en las acciones que el gobernador le encomienda, la más arriesgada en la travesía de la Puná a la ciudad continental de Tumbez (febrero de 1532) y en la represión de los ataques de los habitantes de ésta, a los que persiguió y rindió en el interior de la región. En algunas crónicas y relaciones se vierten acusaciones contra Hernando de Soto a propósito de esta acción que según algunos testimonios pudo haber terminado en la deserción del capitán para buscar el camino de la rica región de Quito, de la que los indígenas le habían dado noticias. En todo caso Soto supo resistir a la tentación desertora para cobrar el protagonismo que le había hurtado Francisco Pizarro. Su regreso a Tumbez con el jefe rebelde cautivo fue el primer éxito en las acciones de responsabilidad que le encomendará Pizarro.

La siguiente fue la de explorar, ya desde la recién fundada ciudad de San Miguel de Tangarará (15 de febrero de 1532), e iniciado el camino de Cajamarca.

Pizarro quería obtener la información más precisa posible de la realidad de lo que parecía ser un gran reino.

Soto la consiguió en una rápida y segura incursión en las tierras de la serranía de Caxas, en el mes de octubre, dirigiendo a un grupo de cuarenta jinetes. Comprobó la riqueza del país, pero también el alto grado de organización que podía hacer difícil la conquista.

El capitán de la guarnición indígena de Caxas, al que había llevado como garantía de seguridad, informó de que su señor, el gran príncipe Atau Huallpa, enfrentado a su hermano Huascar por la sucesión en el poder tras la muerte del viejo Huayna Capac, estaba asentado en la ciudad de Cajamarca. Sus ejércitos habían vencido a los de Huascar, que era conducido hasta aquella ciudad como prisionero. Pizarro decidió que también él con toda su hueste iría al encuentro del vencedor. Llegaron a la ciudadela de Cajamarca el día 15 de noviembre de 1532, al atardecer, y al comprobar que Atau Huallpa tenía asentado su real en el valle, a unas pocas leguas, no quiso posponer para el día siguiente un contacto que le parecía importante.

Pero no quiso ir él personalmente a entrevistarse con el gran señor. Le pareció más oportuno enviar una embajada y fue Hernando de Soto, como jefe de la caballería, ya que no como su lugarteniente, el designado para tan delicada misión. Lo acompañaban quince jinetes todos ellos antiguos compañeros de armas de las campañas en Nicaragua. Aunque poco después Pizarro envió otro segundo grupo comandado por su hermano Hernando, la entrevista de los cristianos con Atahuallpa quedó marcada por la actuación de Soto que impresionó a todo el campamento y especialmente al Inca, con una brillante exhibición de sus dotes como jinete. Surgió entre ellos una corriente de simpatía y mutua admiración que hizo de Soto el mejor defensor de los derechos de Atau Huallpa durante el tiempo que duró su prisión, y el crítico más duro por el cumplimiento de su sentencia a muerte que consideró injustificada. En la posterior marcha hacia el Cuzco, Soto siempre fue la vanguardia de la hueste, abriendo paso al gobernador en momentos más o menos afortunados con los indígenas. Parecía ceder a la tentación de tomar la delantera a su jefe en la entrada en Cuzco y despertó los recelos de éste. Al fin entraron todos juntos en la capital del Tahuantinsuyu el 13 de noviembre de 1533, un año después de la tragedia de Cajamarca. Pizarro, a pesar de sus recelos, siguió confiándole la dirección de las expediciones de castigo de las tropas leales a Huascar que ocupaban la ciudad, en compañía de otro de los hijos de Huayna Capac, Manco Inca, entronizado como soberano por Pizarro. La ausencia de Hernando Pizarro, que había salido para España desde Cajamarca con el quinto del botín de Cajamarca, y de Diego de Almagro que se dirigió a Quito para evitar la entrada de una expedición que organizó desde Guatemala Pedro de Alvarado, dejaron a Soto como el principal entre los hombres de Pizarro, que lo nombró corregidor del Cuzco y teniente de gobernador (1534). Las noticias, llegadas en ese momento, de que el rey Carlos había otorgado a Diego de Almagro una nueva gobernación al sur de la de la Nueva Castilla, alteró los ánimos de los conquistadores y la vida de la ciudad. Soto se ofreció a Almagro como su lugarteniente para la expedición que se preparaba hacia Chile, el espacio de su gobernación, pero éste prefirió ofrecerle el cargo a uno de sus hombres de confianza, Rodrigo Ordóñez.

Hernando de Soto, decepcionado y no deseando intervenir en la confrontación de Pizarro y Almagro por la delimitación de sus gobernaciones para cuya resolución se había designado al obispo de Panamá, fray Tomás de Berlanga, que no consiguió avenir a los contendientes, decidió abandonar el Perú, y en noviembre de 1535 se embarcó en la armada que llevaba de regreso a Berlanga con intención de regresar a España. Llevaba consigo su parte del botín de Cajamarca que la había correspondido en el reparto del mismo. Suficiente para financiar una empresa de la que él pudiera ser el jefe.

En su viaje a Sevilla madura ese proyecto y piensa en la búsqueda del paso del Norte, en la que habían fracasado en el año 1525 el piloto portugués Esteban Gómez, desertor de la expedición de Magallanes, y en 1526 el oidor de la Audiencia de Santo Domingo Lucas Vázquez de Ayllón. Sus riquezas y la fama de sus hechos en la conquista del Perú, y su matrimonio con una de las hijas de Pedrarias Dávila, Isabel de Bobadilla, cuya familia seguía teniendo gran influencia en la Corte, favorecieron el éxito de sus gestiones. En 1537, y al tiempo que negociaba sus capitulaciones matrimoniales, obtenía otra como adelantado de la Florida, y algo más importante para conseguir el éxito de su proyecto. Su nombramiento como gobernador de la isla de Cuba, vacante en ese momento tras la resolución de los pleitos de la Corona con los descendientes de Cristóbal Colón. También consiguió el hábito de la Orden de Santiago y la promesa de un marquesado.

Hernando de Soto había tomado la delantera al primer explorador del interior de las tierras de la Florida, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que llegaba en esas fechas (1537) a la Corte para solicitar la capitulación de la empresa de su conquista. Éste no se conformó con el ofrecimiento que le hizo Soto de un lugar destacado en su expedición y prefirió pedir otra gobernación para sí, la del Río de la Plata.

El año de plazo que fijaban las Reales Cédulas (abril y mayo de 1537) para la salida de la expedición, lo empleó Hernando de Soto en aprestar el flete de diez navíos que zarparon de la barra de Sanlúcar el 6 de abril de 1538. El día 7 de junio domingo de Pentecostés arribaban al puerto de Santiago de Cuba.

Como gobernador de la isla, Soto dedicó un año entero a atender las necesidades de las seis poblaciones españolas establecidas en ella, y procedió a la reconstrucción de los edificios de La Habana que habían sufrido recientemente uno de los frecuentes ataques de los corsarios franceses que empezaban a poner en dificultades el tráfico de las Indias.

También tuvo que resolver el arduo problema de los conflictos de límites en la jurisdicción de la gobernación de la Florida, contigua a la de la Nueva España, cuyas fronteras apenas estaban definidas. El virrey Antonio de Mendoza organizaba desde México una entrada a la Florida, y el nuevo gobernador de Cuba hizo conocer al virrey, en los términos más respetuosos, las provisiones menos claras de su capitulación para hacerle saber sus derechos, reivindicando sus títulos sobre aquella tierra. Mendoza le hizo conocer que la expedición que él proyectaba, y que había encomendado al capitán Francisco Vázquez de Coronado, tenía como meta la ruta del Norte, hacia la fabulosa Cíbola de la que había llevado noticias Alvar Núñez. Lejos de las previsiones del virrey, lo cierto es que los caminos de ambos conquistadores, Soto y Coronado, estuvieron a punto de cruzarse en las remotas llanuras de Kansas cuando el salmantino perseguía las noticias de la legendaria Quibira y el extremeño remontaba el curso del río Arkansas en la primavera de 1541.

Su aventura floridana la inició el 18 de mayo de 1539. Llevaba seiscientos veinte hombres en nueve navíos que salieron del puerto de La Habana, llegando sin dificultad a la bahía de Tampa que ellos bautizaron como Bahía Honda o del Espíritu Santo.

Allí dejó Soto un retén de peones y jinetes al amparo de dos bergantines. El resto de la flota regresó a La Habana. Adentrándose en aquella tierra cenagosa habitada por indígenas hostiles, el Adelantado plantó su primer campamento junto al pequeño poblado de Ucita donde organizó su hueste para enviar grupos de exploradores hacia distintos rumbos. Uno de ellos tropezó con un español, apenas reconocible, náufrago de la infortunada expedición de Narváez que llevaba viviendo doce años como esclavo del cacique de un pueblo enemigo del de Ucita. Sus servicios como intérprete fueron de una inapreciable ayuda para Soto, que siempre tuvo en gran estima a este sevillano llamado Juan Ortiz.

Siguiendo los indicios de éste comenzó el avance de la hueste por una tierra inhóspita de indios hostiles, donde encontraron las huellas de la fracasada expedición de Narváez, hasta la bahía de Apalachicola, donde pasaron el invierno de 1539. Allí se le unió el retén que había dejado en Tampa, llegado por mar en los bergantines.

Soto seguía soñando con encontrar, desde este lugar, las tierras que buscó el oidor Ayllón, la Chicora de riquezas fabulosas que podían igualar a las de Tenochtitlan y Cajamarca. Una tierra para fundar y poblar, no un simple escenario de emboscadas con los indios para capturar un rico botín. A primeros de marzo de 1540 inicia su marcha hacia el Norte, larga y penosa, con la inquietud de conducir una hueste cansada y desilusionada que finalmente lo conduce a lo que parecía ser el centro de una tierra rica y prometedora.

Estaba en Cofitachequi, en las orillas del río Savanah, donde gobernaba una joven señora. Los suntuosos enterramientos de poblados abandonados, donde encontraron, junto a una gran cantidad de perlas, algunas cuentas de vidrio y hachas de Castilla, hicieron pensar a Soto que había llegado a las puertas de la fabulosa Chicora de la que hablaba Lucas de Ayllón.

Estaba en la tierra de los indios sherokees. Pero decidió explorar el interior del territorio antes de establecer una fundación. Remontando el Savanah inició su ruta hacia el oeste. Recorría el extremo meridional del actual Estado de Carolina del Norte para adentrarse en el de Tennessee. Supo captarse la alianza y colaboración de los jefes de los pueblos de la región.

Su ejército no se desgastaba en luchas y emboscadas, pero se cansaba del largo peregrinaje en busca de otro Cuzco que nunca apareció. Cambió su ruta hacia el sur siguiendo el cauce del río Cossa intentando llegar al puerto de Apalache donde había dejado el retén de los bergantines y se encontró en el centro de la región de los fieros guerreros chucktaw que no entraron en su hábil juego de diplomacia. Su cacique Tuscaluza no se dejó seducir por halagos ni riquezas y el 18 de octubre de 1540 hizo víctimas a los españoles de una sangrienta emboscada. A pesar del desastre, y tras un tiempo de descanso para restaurar fuerzas, Soto decidió inesperadamente continuar su exploración hacia el Oeste, y con rumbo norte, llegando en el mes de mayo de 1541 a avistar el río Mississippi, donde sus habitantes los aceptaron sin recelo. Sus informes lo animaron a buscar una nueva provincia de buenas tierras, y llegó hasta el río Arkansas donde estableció su campamento para pasar el invierno de aquel año, para continuar después su marcha, esta vez buscando ya una salida al mar a través del Gran Río. En la provincia de Guachoya encontró por fin el lugar que le pareció adecuado para establecer una fundación porque su cacique le ofreció ayudas y alianzas para ello. Era el mes de abril de 1542, pero el cansancio y el agotamiento empezaban a hacer mella en sus hombres y él mismo sucumbía a la malaria. Murió el 21 de mayo después de confiar a Luis de Moscoso la dirección de aquella hueste maltrecha. Éste ocultó a los aliados indígenas la muerte de aquel jefe que ellos consideraban un héroe invulnerable. Encerró su cuerpo en el tronco de una encina y lo condujo a un lugar previamente sondado del río cuyas diecinueve brazas de fondo aseguraban una tumba inviolable.

Después abandonó el lugar para encontrar el camino de salida al mar a través del cauce del Mississippi y llegar al Golfo de México, en los primeros meses de 1543. La relación de la expedición a la Florida fue recogida por varios de sus componentes y su memoria pervivió con vigor suficiente para que en los albores del siglo xvii el gran humanista mestizo, el inca Gracilazo de la Vega, recogiera su recuerdo en juicios más generosos que los que vertió sobre él su contemporáneo Gonzalo Fernández de Oviedo.

 

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María Concepción Bravo Guerreira