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Beatriz de Aragón

Biografía

Beatriz de Aragón. Nápoles (Italia), 14.XI.1457 – Ischia (Italia), 1508. Reina de Hungría y Bohemia, duquesa de Austria.

Beatriz de Aragón era hija del príncipe de Calabria y heredero del trono de Nápoles, Fernando, hijo bastardo de Juan II, y de Isabel di Chiaromonte. Beatriz, aparte de varios hermanos naturales por parte de su padre, tuvo tres más nacidos dentro del matrimonio de sus progenitores, llamados Alfonso, Federico y Leonor. Nieta de Alfonso V el Magnánimo, la pequeña Beatriz —nacida en el espléndido castillo Capuano— quedó huérfana de madre cuando tenía ocho años. Recibió una exquisita educación clásica, por lo que dominaba el latín y otras disciplinas, al tiempo que llevaba una vida de lujo siguiendo las modas más distinguidas, como la práctica de la caza con halcones. Con diecisiete años, y debido a ese género de vida, Beatriz no sabía manejar el dinero, y ya tenía importantes deudas. Familiar y afectuosa, vivía inmersa en la vida de un reino ligado a la Corona de Aragón que pronto se vería condenado a vivir en el avispero de las aspiraciones políticas del reino de Francia y de sus vecinos estados italianos.

por ello, los proyectos matrimoniales de sus hermanos —con los Sforza— y sus propios pretendientes —como Filiberto de Saboya— ocuparon parte de sus preocupaciones de juventud. Sin embargo, fue su propio matrimonio el que convirtió a Beatriz en soberana de uno de los más importantes reinos europeos de la época —Hungría— al casarse con su soberano.

Rey desde los quince años y viudo de su primer matrimonio, Matías Hunyadi, conocido como Matías Corvino, representaba el esplendor de la monarquía húngara que desde el siglo XIV había sido regida por dinastías varias, incluidas la de los Anjou de Nápoles.

Matías Corvino —el “justo” de los cuentos populares— aspiraba a liderar, gracias a sus conquistas territoriales —Bohemia, Moravia, Silesa, parte de Austria—, un imperio danubiano que se opusiera al otomano; no en vano su padre, el general Juan Hunyadi, había participado en la cruzada contra los invasores que se saldó con el fracaso de Varna en 1444.

Pero finalmente había vencido a los turcos en la batalla de Nandorfehervar —el llamado “sitio de Belgrado”— en 1456, con lo que impidió su avance. a la muerte del general, su hijo Matías fue elegido, frente a la dinastía bohemia, rey de Hungría. Pero, además de un potente ejército de mercenarios —el llamado ejército o Legión negra— Matías propició una corte renacentista al modo italiano en Buda, fundando la Academia Istropolitana.

El matrimonio celebrado en 1476 entre Beatriz de Aragón, de diecinueve años, y Matías Corvino, bien rebasados los treinta, fue una unión entre iguales —particularmente a nivel intelectual— que acercaba dos monarquías que en el pasado habían caminado al unísono. Pero ese matrimonio celebrado en Nápoles comenzó con el descontento de los vasallos de Beatriz, a los que, por la dote de la novia, se les obligó a unos tributos extraordinarios. Una embajada procedente de Hungría, compuesta por cientos de personas, llegó a Nápoles para celebrar una boda por poder, oficiada por el arzobispo Eger, en la cual Matías estuvo representado por su primo Juan Pangracz de Dengeleg. Beatriz fue coronada en la plaza mayor de Nápoles ante una multitud emocionada, y tras casi tres meses de viaje hacia la frontera húngara, la princesa napolitana se convirtió en la compañera de reinado de un marido enamorado —no se sabe si correspondido—, siempre acechada por conspiraciones, en ocasiones promovidas por su propia suegra, Isabel Szilagy. Exteriormente, el reino de Hungría se enfrentó con las aspiraciones de los emperadores Habsburgo, representados por Federico III, y otros vecinos, caso de Jorge Podiebrady. Beatriz desempeñó un papel no desdeñable en la dirección de los asuntos del país —seguía a su esposo, incluso a los campamentos militares—, y fue promotora del renacimiento cultural húngaro. Este último aspecto resulta ser uno de los más destacados dentro de la biografía de Beatriz de Aragón, a la que los humanistas italianos —caso de Castiglione— denominaban Diva Beatrice.

Pero no todo fueron buenos acogimientos para la princesa napolitana. En la Corte magiar, sus enemigos subrayaban su liviandad, así como su nefasta influencia sobre el rey. También era acusada de nepotismo y de promocionar la influencia italiana —que llegó a formar prácticamente un partido— dentro del gobierno. Esto último se comprueba sin dificultad en el apoyo prestado a su sobrino Hipólito, que llegó a ostentar el arzobispado de Estergom en 1487. Sin embargo, lo más doloroso para la reina fue su esterilidad, que ella llegó a achacar a un sortilegio provocado por la madre de un hijo natural de Matías.

Obsesionada por su incapacidad genésica, incluso denunció el caso ante el Papa, en un proceso de hechicería de pocas consecuencias. También intrigó no poco respecto al posible matrimonio del príncipe heredero Juan —al que quería casar con su sobrina— con María Blanca Sforza, preocupada por los derechos de otra casa italiana en la sucesión al trono húngaro que ella quería reservar para su familia.

Pero la familia Aragón napolitana comenzaba a representar el trágico final de su dinastía ante las apetencias de un Carlos VIII de Francia que volvía por sus fueros en Nápoles y una dinastía aragonesa, representada por Fernando el Católico, quien no estaba dispuesto a renunciar a sus derechos. En 1494 moría el padre de Beatriz —Ferrante o Fernando I— y le sucedió su hijo Alfonso, duque de Calabria. La invasión de Nápoles por Carlos VIII de Francia provocó que Alfonso II renunciase el trono en su hijo Ferrante II que huyó a Sicilia en 1495. Al tiempo se formaba una Liga —oficialmente contra los turcos— entre España, el Papa, el Emperador, Venecia y Milán.

El desembarco de Gonzalo Fernández de Córdoba y la primera guerra de Nápoles —1496— dejó a los franceses reducidos a Gaeta y Tarento. Tras unas treguas en Nápoles, a fines de 1497, ocupó el trono otro sobrino nieto de Beatriz: Federico o Fadrique I, hasta el año 1501.

Al tiempo que se desmoronaba su dinastía en Nápoles, la reina de Hungría y Bohemia, así como duquesa de Austria —Viena había sido conquistada por Corvino en 1485—, iniciaba su período de decadencia personal. Matías, enfermo de gota en 1489, falleció un año después. Casada en secreto con el sucesor, Ladislao o Ulaszó de Bohemia, pronto fue víctima de los proyectos de éste, pues no tardó su segundo marido en pedir la anulación del matrimonio ante el papa Alejandro VI. Las causas no podían ser más rotundas: la esterilidad de la reina viuda, a lo que debía añadirse el tema de su dote, un verdadero embrollo.

Y el papa Borgia apoyó al marido a pesar de la protección dispensada por su tío el rey Fernando, protección comprobada en la correspondencia de la reina desde 1495. En 1497, las desgracias familiares y personales acosaban a Beatriz. El proceso de divorcio era lento y doloroso, con el Papa apoyando a un marido inexistente y perjuro.

Con el escenario de las acciones franco-españolas —con base en Nápoles— contra los turcos, se firmaba en noviembre de 1500 el tratado de Chambord- Granada sobre la partición de aquel reino entre las dos monarquías más poderosas de Europa. Pero no pudo impedirse la segunda guerra entre ellos a partir de 1502, guerra en la que brilló un Gonzalo Fernández de Córdoba que arrasaba en Seminara, Ceriñola y Garellano. De 1503 se conserva una carta de Beatriz a su tío el rey Católico en la que felicita por el triunfo de sus armas en Italia. Pero la correspondencia —recogida por el cronista Zurita entre otras fuentes— de Beatriz con Fernando seguía remitiendo al inacabable divorcio. Todos los esfuerzos y las recomendaciones de Fernando ante el papa Borja resultaron vanas: la sentencia desfavorable para Beatriz involucró a toda la familia real napolitana y provocó que el propio monarca amenazara con llamar a los turcos si el Papa osaba ejecutar tan desfavorable sentencia para su tía, que incluso debía abonar las costas del juicio. Tras la muerte del papa Borgia, hubo un rayo de esperanza: Pío III se había opuesto a la sentencia condenatoria de Beatriz, pero murió a los diez días de ser elegido pontífice y Beatriz regresó a un Nápoles despedazado en guerras y codiciado por franceses y españoles, al tiempo que soportaba la humillación del matrimonio de Ladislao con Ana de Foix, sobrina de Luis XII.

En la Corte del lugar que la vio nacer, el castillo Capuano se había convertido en el refugio de las reinas viudas y destronadas. Es posible que Beatriz acabara viviendo de la caridad mientras comprobaba cómo todo se desmoronaba a su alrededor, lo que no impidió que, obsesionada por pleitear, siguiera reivindicando su dote. El nuevo Papa, Julio II, le permitió un atisbo de esperanza. Incluso se conserva un breve muy interesante del pontífice, dado que la Reina viuda de Hungría, seguramente en un intento desesperado de conseguir su apoyo, había hecho un legado para la construcción de San Pedro —el sueño del Papa—, lugar donde también quiso depositar sus cenizas. Pero la documentación es contundente: todavía en 1508 seguía Julio II demorando la sentencia definitiva de divorcio.

El 31 de agosto de 1504, Beatriz, que se había trasladado a Pozzuoli, enfermó gravemente y otorgó testamento en el que nombraba herederos universales a los hijos de Federico y dejaba legados a varios parientes con el aval de una dote que, según ella, Hungría debía devolverle. Falleció cuatro años después. A pesar del naufragio de su vida, murió serena y digna reclamando lo que era suyo, aún esperanzada y con el consuelo de la religión que fue lo único que no la traicionó.

En su monumento funerario, labrado con las armas de Aragón, dejó escrito un epitafio —“Beatrix Aragonea Pannoniae Regina”— que rezaba: “se sobrepasó a sí misma por su piedad y magnanimidad”.

Dos años después, en 1510, su tío Fernando el Católico —a quien algunos autores hacen heredero de los bienes de la Reina de Hungría— recibía la investidura pontificia como Rey de Nápoles; y las armas de Aragón del epitafio de Beatriz pervivieron siglos en la tierra que la vio nacer y morir.

 

Bibl.: A. Berzeviczy, Beatriz de Aragón, reina de Hungría, Madrid, La España Moderna, 1912; M. de Ferdinandy, Historia de Hungria, Madrid, Alianza, 1967; A. Martín Merino, “Matias Corvino”, en Historia 16, 5, 54 (1980), págs. 96-101; J. Zurita, Historia del rey don Hernando el Católico: de las empresas y Ligas de Italia, ed. de Á. Canellas López, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1983, 3 vols.; VV. AA., La Corona de Aragón y el Mediterráneo, aspectos y problemas comunes desde Alfonso el Magnánimo a Fernando el Católico (1416-1516). Congreso de Historia de la Corona de Aragón, 1973, Nápoles-Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1984; L. Suárez Fernández, Los Reyes Católicos. El Camino hacia Europa, Madrid, Rialp, 1990; A. Sotelo Álvarez, La Casa de Aragón en Nápoles (1442-1503) en la historiografía italiana: ss. XV-XVIII, Torrevieja-Alicante, PhD. Aristos Editores, 2001; L. Suárez Fernández, Fernando el Católico, Madrid, Ariel, 2004; P. Farbaky, E. Spenkner y K. Szende (eds.), Matthias Corvinus, the King: Tradition and Renewal in the Hungarian Royal Court 1458–1490, Budapest, Budapest History Museum, 2008; J. Boubín, “The Bohemian Crownlands under the Jagiellons (1471-1526)”, en J. Pánek y O. Tůma (eds.), A History of the Czech Lands, Praga, Universidad de Praga, 2011, págs. 173–187.

 

Dolores Carmen Morales Muñiz