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Quinto Sertorio

Biografía

Sertorio, Quinto. Nursia (Sabina), ? – Osca (Huesca), 72 a. C. Político romano y militar.

La fecha del nacimiento de Sertorio no se sabe con exactitud, pero puede situarse en torno al 122 a. C., en Nursia, territorio de Sabina, en una familia, probablemente de origen etrusco, que pertenecía al ordo equestris. De él conocemos su praenomen y su nomen, Quinto Sertorio, pero no su cognomen. De su educación se encargó su madre Rea, algo que él recordó durante toda su vida. En su ciudad natal, junto con el resto de las enseñanzas infantiles, comenzó a cultivar el arte de la oratoria, arte en el que destacó desde muy joven. A los diecisiete años, como el resto de los jóvenes romanos, dio inicio a su entrenamiento militar, algo que pudo suceder en torno al año 105 a. C., momento en el que Roma se encontraba amenazada desde varios frentes: por un lado los germanos, que desde el año 113 a. C., se preparaban para cruzar el Ródano, y en esos momentos estaban a punto ya de hacerlo, y por otro acababa de concluir la Guerra de Numidia. Como miembro del ordo equestris, su entrenamiento militar lo inició en la Caballería, y su bautismo de fuego fue en la desafortunada batalla de Arausio (105 a. C.), bajo las órdenes de Quinto Servilio Cepión; en ella cimbrios y teutones exterminaron a tres legiones romanas y durante la huida, Sertorio fue herido y perdió su caballo, a pesar de lo cual logró cruzar el Ródano y ponerse a salvo. En el año 104 a.C., encontramos ya al joven Sertorio a los órdenes de Cayo Mario que acababa de hacerse cargo del derrotado ejército romano, desempeñando el consulado por segunda vez, y había comenzado a realizar las reformas del Ejército que junto con otras medidas le hicieron famoso. En los años siguientes tomó parte activa en las victorias romanas de Aquae Sextiae (102 a. C.) y Vercellae (101 a. C.) que devolvieron a Roma la tranquilidad y obligaron a cimbrios y teutones a permanecer tranquilos en sus territorios. En el año 97 a. C., Sertorio, como tribuno militar de T. Didio, viajó por primera vez a Hispania, y allí colaboró a aplacar la insurrección de las poblaciones ibéricas de la Meseta, que había permanecido latente desde el final de la Guerra de Numancia, y se vio favorecida por la llegada de cimbrios y teutones a Hispania tras la batalla de Arausio. Durante esta primera estancia en Hispania continuó su aprendizaje militar al lado de Didio, y de esta época tenemos datos de una de sus primeras acciones militares. Durante el invierno una parte de las tropas romanas habían acampado en Cástulo población cercana a la actual Linares (Jaén), rápidamente comenzaron a surgir tensiones entre los habitantes y los soldados, debido a los desmanes que estos últimos estaban cometiendo. Los habitantes de Cástulo, cansados de esta situación, fueron a pedir ayuda a los habitantes de la cercana Orisia, y, regresando a la ciudad con los refuerzos, comenzaron a matar a la guarnición romana entrando en las casas donde se habían hospedado. Sertorio logró escapar de la matanza y reunir a los que como él habían logrado salvar la vida. Regresaron esa misma noche a la ciudad y, entrando por las mismas puertas que los castulonenses habían dejado abiertas, pensado que los huidos no se atreverían a regresar, colocó a los soldados en los puntos estratégicos y comenzó la represalia; dio muerte a todos aquellos que estaban en edad de llevar armas; posteriormente, tras ordenar a sus hombres que se despojaran de las vestiduras y armas, y se pusieran las de sus enemigos, se dirigió a Orisia, donde encontró las puertas abiertas, pues los que les vieron llegar creyeron que eran sus compatriotas que retornaban victoriosos. Aquí la represalia también fue cruenta y los supervivientes fueron vendidos como esclavos.

A. Beltrán, señala una interesante corrección al señalar que la Cástulo de la que habla Plutarco, no es la población jienense, sino otra situada en Celtiberia, cuya ubicación exacta no se puede precisar, pero que gracias a un texto del siglo XII, cabría la posibilidad de identificarla con Castellón; arqueológicamente se apoyaría en la existencia de una heredad vecina conocida como Baño de Caracallao que posee interesantes restos arquitectónicos antiguos, y al sur del balneario existe una población celtibérica que fue destruida más tarde durante la Guerra Sertoriana.

Durante esta primera etapa en Hispania, Sertorio alcanzó cierta notoriedad entre los indígenas y estableció lazos de amistad con algunos de sus caudillos. Regresó a Roma en el 94 a. C. y al año siguiente fue enviado como cuestor a la Galia Cisalpina. Al estallar la Guerra Marsica en el año 90 a. C., como consecuencia de la negativa por parte de Roma a conceder derechos y privilegios a los aliados itálicos, Sertorio volvió a incorporarse al Ejército, probablemente de nuevo a las órdenes de T. Didio, y el azar quiso que tuviera que hacer frente a sus antiguos paisanos de la región de Sabina. Durante esta guerra fue herido en varias ocasiones y perdió un ojo. Sus hazañas militares le hicieron muy popular en Roma. Esta popularidad le llevó a pensar que era el momento adecuado para continuar con su carrera política. En aquellos momentos, inicios de la década de los 80 a. C., la vida política de Roma estaba dominada por Cayo Mario, representante de las clases populares, y Lucio Cornelio Sila, defensor de los intereses de la oligarquía. Sertorio no se inclinaba decididamente por ninguno de los dos, pero al presentarse a las elecciones para tribuno de la plebe, probablemente en el año 88 a. C., las intrigas de Sila hicieron que fuera rechazado, lo que le acercó a Mario, con el que había simpatizado hacía años, aunque no tenía buena opinión de él pues lo consideraba una nulidad como político. No sabemos de donde procedía la inquina que Sila sentía hacia Sertorio, lo cierto es que a partir de ese momento fue en aumento. Es probable que lograra acceder al tribunado de la plebe en los años siguientes, pero no tenemos noticias de ello. La designación de Sila para conducir la guerra contra Mitrídates fue el inicio del conflicto civil entre optimates y populares.

Dadas sus enemistades personales, Sertorio solamente podía alinearse en un bando, en el de los populares, y así lo hizo llegando a un acuerdo con el cónsul del año 87 a. C., L. Cornelio Cinna, a quien advirtió, una vez declarado el conflicto, lo poco recomendable que era aliarse con Cayo Mario, pues a éste solamente le guiaba la enemistad con Sila y la sed de venganza.

Sin embargo, Cinna ya había llegado a un acuerdo con el anciano general, pues su prestigio militar, podía ayudarle a convencer al ejército estacionado en Nola para que se pusiera de su parte, como así fue.

Los tres juntos, Cinna, Mario y Sertorio avanzaron sobre Roma. Sabemos que Sertorio mandaba el ejército que atacó Roma desde la parte oriental, pero poco más. Ese año 87 a. C., debió de desempeñar la pretura, aunque no tenemos constancia de ello, y tras entrar en Roma los populares, encabezados por Cinna y Mario, mucho más radicales que Sertorio, éste debió apartarse voluntariamente del primer plano de la vida política. Con la muerte de Cinna en el 83 a. C. y el desembarco de Sila en Brindisi ese mismo año, las cosas iban a cambiar. Sila avanzó velozmente sobre Roma y ocupo la ciudad con su ejército por segunda vez. Sertorio, que había sido uno de los cabecillas populares en el 87 a. C., se opuso al avance de Sila colaborando con los cónsules Escipión Asiageno y Norbano, la derrota de ambos le llevó a retirarse hacia Etruria y a finales de año emprender el camino hacia Hispania, huyendo de la persecución silana, donde iba a permanecer, excepto breves períodos, hasta su muerte en el año 72 a. C. A su llegada a la Península fue acogido favorablemente y encontró una activa cooperación par parte de las poblaciones indígenas, con las que había entrado en contacto años atrás, que creyeron ver en él un nuevo salvador. Al mando de un pequeño ejército continuó la guerra, en esta ocasión contra los generales romanos estacionados en Hispania; pero su situación era de clara inferioridad, por lo que tras una breve estancia se embarcó hacia África.

Los lusitanos, que habían confiado en él a su llegada en el año 83 a. C., le enviaron mensajeros a África para pedirle que regresara. Sertorio estaba enfrentado al poder romano, pero no a Roma, así que tras ponerse a la cabeza de los lusitanos, creó una organización que en todo era semejante a la de Roma, con los mismos mecanismos de poder e instituciones: magistraturas, un senado de trescientos miembros y personalmente se rodeó de una guardia personal formada por hispanos. Incluso llegó a acuñar moneda para pagar a sus soldados, pero no puso su nombre en las monedas, pues esto hubiera supuesto romper definitivamente los lazos con Roma; en Osca (Huesca) fundó una escuela que fue muy frecuentada y en la que se enseñaban las lenguas latina y griega. Para él era imprescindible lograr la fidelidad de los indígenas, y la única manera de lograrlo era que le consideraran un ser sobrenatural, para ello se aprovechó de las supersticiones de los hispanos, así ideó la trama de una cierva que le anunciaba el futuro, pasaje que ha sido recogido, entre otros autores, por Plutarco, Apiano, Valerio Máximo y Frontino. Dice Plutarco que un indígena de nombre Espano encontró una cierva recién parida que huía de los cazadores, permitió que la cierva escapara, pero se quedó con la cervatilla que era totalmente blanca y se la regaló a Sertorio que estaba acampado en las proximidades. Al crecer se convirtió en un animal muy dócil, y Sertorio, que al principio no se había interesado por ella, comenzó a tomarle afecto e hizo correr el bulo de que era un animal divino que le había regalado la misma Diana, y que tenía la facultad de comunicarle el futuro. Para hacer creíble la farsa, cuando se enteraba por sus espías de que sus enemigos iban a hacer algún movimiento, aparecía en público con la cierva y fingía que le hablaba al oído, anunciando después lo que iba a suceder, o bien decía que la cierva le había hablado mientas dormía. En pocos años Sertorio logró reunir un importante ejército, integrado fundamentalmente por iberos, adiestrado a la manera romana y mandado por oficiales romanos, perfectamente entrenado y equipado, con el que hizo frente, con éxito, a los ejércitos fieles al Senado romano, avanzó por la Celtiberia desde el sur y logró dominar la Península hasta la línea del Ebro. En el año 77 a. C., se le había unido M. Perpenna, que se había hecho cargo del ejército de Lépido, y se vio obligado a abandonar Cerdeña con dirección primero a Italia y luego a España. Las victorias de Sertorio en Hispania llamaron poderosamente la atención de la oligarquía romana, que consideró era lo suficientemente grave como para enviar a Pompeyo, con mando proconsular y la misión de poner fin a la rebelión sertoriana. En el año 76 a. C., se recrudeció la guerra y Pompeyo se unió a Q. Cecilio Metelo Pio, que ya estaba en la Hispania Ulterior. Los primeros intentos por controlar la situación no debieron de ser muy exitosos, pues Pompeyo se vio obligado a solicitar refuerzos al Senado en el año 75 a. C., lo que indica claramente que o no contaba con las fuerzas suficientes para acometer con éxito la misión que se le había encomendado, acabar con la rebelión de Sertorio. Por su parte, este último firmó un tratado con el rey del Ponto, Mitrídates por el que se comprometía a entregar naves y dinero a cambio de territorios en Asia. Sin embargo, esta colaboración no tuvo ningún efecto positivo. En el 74 a. C., Pompeyo y Metelo Pio comenzaron la conquista de las ciudades ibéricas fortificadas partidarias de Sertorio, quien, en menoscabo de su prestigio entre las poblaciones ibéricas, evitó a toda costa el enfrentamiento abierto con las legiones romanas. En el año 73 a. C., Pompeyo se adentró en el corazón de la Celtiberia, y la situación para Sertorio se hizo desesperada, hasta el punto de recurrir a la violencia para mantener fieles a las poblaciones ibéricas. Finalmente, en el año 72 a. C., fue traicionado y asesinado por Perpenna. Pompeyo se encargó de acabar con la resistencia de los pocos focos que aún quedaban de sublevados, entre otros el del propio Perpenna que fue ajusticiado.

 

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Javier Cabrero Piquero