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Leopoldo García-Alas y Ureña

Biografía

García-Alas y Ureña, Leopoldo. Clarín. Zamora, 25.IV.1852 – Oviedo (Asturias), 13.VI.1901. Catedrático de Derecho, crítico literario, novelista y dramaturgo.

Nació en el seno de una familia de la burguesía progresista asturiana, oriunda del concejo de Carreño, cercano a Oviedo. Su padre, el asturiano Jenaro García Alas, desempeñó por designación de gobiernos liberales el puesto de gobernador civil en diversas provincias españolas. Su madre se llamaba Leocadia Ureña, y era leonesa de origen. Poco antes de nacer Leopoldo, su padre acababa de ser designado gobernador civil, por lo que nacería en Zamora, siendo el tercer hijo del matrimonio. Sin embargo, Alas será identificado siempre con Asturias, y él mismo diría que le “nacieron en Zamora”. Pasó los dos primeros años en Zamora, mientras su padre desempeñaba sucesivamente los puestos de gobernador civil de Vizcaya y de Teruel. El 14 de agosto de 1854 nombraron al padre gobernador de León, lo cual agradó a la madre; permanecieron allí seis años. Leopoldo tomaba clases en el colegio de los jesuitas, sito entonces en el edificio de San Marcos.

Su vida asturiana comenzó en el verano de 1859, cuando la familia regresó a Oviedo. Tras unos días en la capital del principado, los Alas partieron hacia Guimarán a su casa solariega, en el mencionado concejo de Carreño. Desde las ventanas de la amplia casa podían admirar los prados verdes y las suaves colinas del occidente asturiano. Enseguida Leopoldo satisfizo una de sus ilusiones, ver el mar, en el puerto de Candás, cercano a Guimarán. El paso de los años reveló una personalidad sensible, de observador de la naturaleza y de lector insaciable. Durante sus años de bachillerato fue un estudiante aplicado e inteligente. Pronto se rodeó de amigos, inseparables hasta la muerte, Armando Palacio Valdés, Tomás Tuero y Pío Rubín, con quienes ensayó sus primeras armas de escritor, en una comedia en verso, El sitio de Zamora, del que apenas queda el recuerdo de sus compañeros de fatigas, que lo fueron de reparto en la representación hecha en casa de un amigo hijo de indianos.

Los años de instituto, 1864-1869, le sirvieron para compaginar sus lecturas literarias con las de asignaturas menos placenteras. El año 1868, a causa de la Revolución de septiembre, fue perdido para los estudios, pues él y sus amigos se vieron arrastrados por el impulso revolucionario y se declararon, sin más, republicanos, dejándose inspirar por el Himno de Riego, llegando a corear con alegría el arrastre de un busto de la reina Isabel II por las calles de la ciudad. En cierta medida, esta graduación de republicano precedía a la de bachiller, pues el día 8 de mayo de 1869 recibió el grado de bachiller en Artes con la calificación de sobresaliente. Con mayor celeridad, y valiéndose de un decreto del Gobierno que declaraba la enseñanza libre, Alas se licenció en Derecho en dos años. Ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Oviedo en el curso 1869-1870, y en junio de 1871 ya era licenciado en Derecho Civil y Canónico.

Por entonces, impulsado por su espíritu crítico y por los acontecimientos del día, se inició Alas en el periodismo, que se convertiría en una de las facetas principales de su obra. Comenzó por escribir un periódico para él solo, Juan Ruiz; las sátiras que contiene seguramente herirían la sensibilidad de más de uno.

El salto a Madrid lo dio en octubre del 1871; fue en diligencia de Oviedo a León, donde cogió el ferrocarril para la capital. Allí le esperaban los amigos de Oviedo, Palacio Valdés, Tuero y Rubín, y en breve se instalaron juntos en una posada de la calle de Capellanes, n.º 2. Clarín tenía la intención de estudiar Filosofía y Letras, pero la asistencia a la cátedra de Filosofía del Derecho, le hizo retornar a la carrera de Derecho con el propósito de doctorarse, fijándole un rumbo profesional que, pasando el tiempo, le llevaría a ser catedrático de Derecho. En la Universidad siguió pasos parecidos a los dados una década antes por su futuro amigo Benito Pérez Galdós: por un lado, atender a las clases, donde le atraían sobre todo los profesores institucionistas, el amable Alfredo Adolfo Camus, que desempeñaba la cátedra de Literatura Latina, Nicolás Salmerón, catedrático de Metafísica, y Francisco Giner de los Ríos, catedrático de Filosofía del Derecho. Había jóvenes, tanto entre los profesores, como Urbano González Serrano, o condiscípulos, como Marcelino Menéndez Pelayo, que andando el tiempo serían buenos amigos suyos y asiduos corresponsales.

Junto al Derecho empezó a despertarse en Madrid su otra profesión, la de escritor, en especial la de crítico. Asistía a una tertulia en la Cervecería Inglesa, sita en la carrera de San Jerónimo; los amigos de Oviedo y Alas adquirieron fama por el humor e ingenio derrochado en poner en solfa a las lumbreras de la Restauración, principalmente a los neorrománticos, cuya figura máxima era José Echegaray; Ortega Munilla la denominó el Bilis Club. Allí se forjó esa línea de crítica iniciada por Mariano José Larra, y que de Alas pasará a Unamuno, en que se hablaba sin piedad de la parálisis —la palabra de Unamuno será marasmo— intelectual de España. El efecto que la capital ejercía sobre el joven Alas era, por tanto, crucial. Las tertulias, la Universidad y el antiguo Ateneo —situado en la calle de la Montera, donde pasó incontables horas, leyendo y redactando cartas a amigos y familiares—, el naturalismo y Zola, que andaban de moda, le cambiaron la personalidad; el soñador de la primera obra se ocultó al fondo del espíritu y surgió el escéptico, el crítico. Al joven provinciano le punzaba el escepticismo filosófico, y le hizo perder la inocencia. La personalidad de madurez quedaba así configurada, con un idealismo latente siempre en el trasfondo, y la capacidad de mirar los problemas de la sociedad española con un ansia regeneracionista, aprendido de los krausistas, dominando su perspectiva intelectual. Años después, el elemento espiritual, con una fuerte dosis de fe religiosa, volvería a dominar su perspectiva intelectual.

Las clases en la Universidad le abrieron los ojos a un universo intelectual sorprendente, la visión institucionista del mundo hizo tambalear sus firmes principios religiosos, y la razón sustituyó a la fe, por un tiempo, en su biografía. La tolerancia respecto a los problemas sociales aprendida de los institucionistas desarrolló en él una perspectiva irónica y sarcástica.

Leopoldo G. Alas era un hombre físicamente pequeño, delgado, nervioso, de pelo rubio y ojos azules, miope. Para entender su personalidad y el lugar que desempeñó en el panorama intelectual del siglo XIX es preciso considerar que fue un hombre que leía mucho, que conocía la ciudad y el campo, el mundo del señorito ovetense y el de los pilluelos de la calle, y estuvo siempre al día de las corrientes intelectuales extranjeras, muy en particular las francesas. Poseía un espíritu crítico en un país y en una ciudad poco acostumbrados a los extremos del análisis social efectuado en sus artículos y novelas, lo que le ganaría la animosidad de demasiadas gentes. Tuvo una audiencia abundante y también una enorme cantidad de detractores, porque nunca dejó de decir lo que sentía sobre los problemas sociales o los libros.

Decisivo en su trayectoria fue el año 1874. Antonio Sánchez Pérez acababa de fundar El Solfeo, e invitó a Alas, que tenía veintitrés años, a formar parte de la redacción. La revista venía con el ánimo de zurrar a los que se lo merecieran. Los redactores elegían, pues, nombres a propósito para la labor. Alas eligió el que le haría famoso, Clarín, y con ese seudónimo apareció su primera contribución: “Azotacalles de Madrid”. Pronto el nombre de Clarín fue conocido entre amigos y extraños, porque el autor no dejaba de azotar a las gentes y el ambiente absurdamente ñoño de la Restauración borbónica. También por aquel entonces comenzó una larga y fructífera colaboración con la Revista de Asturias, que dirigía su amigo Fernando Aramburu. Poco a poco fue germinando su carrera de escritor y empezó a probar suerte en géneros distintos a la crítica. Eso sí, no dejó tampoco, especialmente en los inviernos, de trabajar en sus estudios de Derecho.

El título de doctor en Derecho Civil y Canónico lo obtuvo el 1 de julio de 1878, con una tesis sobre El Derecho y la moralidad, dedicada a Francisco Giner de los Ríos, cuya publicación constituiría su primer libro. No contiene ideas originales, sino que se trata de un resumen de las teorías filosóficas de su tiempo, pero no por ello deja de ser valioso. Ese mismo verano se anunciaron unas oposiciones a la cátedra de Economía Política de la Universidad de Salamanca que le encerraron en la biblioteca de la Universidad. Las oposiciones fueron en noviembre, y Clarín sacó el número uno en la terna, pero el conde de Toreno, ministro de Fomento, decidió, bajo su potestad, dar la cátedra al número dos. Alas volvió deprimido a Oviedo, porque se sentía como una carga para la familia.

No sabía que le esperaban aún cuatro años para ser catedrático. Volvió en el otoño a Madrid, donde asistió a la cátedra de Giner de los Ríos, mientras perfeccionaba el francés y el alemán.

A comienzos de 1880 inició sus colaboraciones en el Madrid Cómico. Tras el verano en Asturias, donde recibió la visita de Benito Pérez Galdós, regresó a Madrid, y publicó un libro de crítica junto con Armando Palacio Valdés, La literatura en 1881. Ese mismo verano editó Solos de Clarín, su primer libro literario de peso, que llevaba un prólogo del futuro premio Nobel José Echegaray, donde se ensalzaba la labor crítica del joven escritor. Su fama empezó a tomar vuelo, pero ya desde el comienzo parecía iniciarse bajo unos auspicios difíciles, que años después Miguel de Unamuno en una carta le explicitará, que todo el mundo que hablaba bien de Clarín, le admiraba o bien le temía, pero que nadie expresaba cariño por él. Parece ser que su talante crítico vino marcado desde sus comienzos, como se ha dicho.

En amores, Clarín fue un romántico empedernido, y la relación con su futura esposa, Onofre García Argüelles, ardorosa y formal, da fiel testimonio de ello.

Rubia como Alas, bastante atractiva, de voz suave, si bien sufría de una fuerte cojera. Entre sus atractivos contaba con el de ser una aventajada estudiosa del piano, capaz de ejecutar piezas muy difíciles, y de saber cantar romanzas acompañándose ella misma. La decisión de casarse la tomaron una vez que él consiguió una cátedra. El día 12 de julio fue nombrado catedrático de Economía Política y Estadística de la Universidad de Zaragoza, y el 29 de agosto de 1882 contrajeron matrimonio.

Tras un viaje por Andalucía, motivado en parte por un encargo para escribir sobre el problema agrario en la región nunca acabado, se incorporó al claustro de la Universidad de Zaragoza. Pasaron el invierno de 1883 en una pensión de la capital maña; Clarín empezó a escribir narraciones con enorme dedicación. Al terminar el curso volvió a Oviedo y marchó pronto a Madrid a gestionar su traslado al principado, el cual consiguió. Ocupó en Oviedo la cátedra de Prolegómenos, Historia y Elementos de Derecho Romano. Onofre y él establecieron su primera casa en el n.º 34 de la calle Uría. El primero de sus dos varones nació en septiembre; Elisa, su tercer y último descendiente, vería el mundo en septiembre del 1890.

1883 fue un año crucial en su biografía; explicó su primer curso de Derecho Romano en Oviedo y empezó a redactar la obra que le daría fama universal, La Regenta, donde su ciudad recibe el nombre universalmente reconocido de Vetusta. Terminó la primera parte en noviembre del 1884, que aparecería publicada en la primavera siguiente. En el intermedio entre la redacción de la primera y la segunda parte murió su padre, don Jenaro, que le provocó una crisis personal. Afortunadamente, la crisis no impidió que en el mes de junio del 1885 estuviera en la calle la novela completa. El autor apenas acababa de cumplir treinta y tres años.

Entre 1884 y 1891 parece que Clarín vivió en un estado de crisis permanente, como se puede saber leyendo sus numerosas cartas, entre otras a sus editores, como Fernando Fe. El escritor de ficción diseñó infinidad de obras, de las que al final quedan dos novelas y una serie de libros de cuentos excelentes. Pero la crisis tenía ramificaciones personales: el exceso de gasto que le producía su vicio del juego, la escasa sintonía con el medio literario, que por lo general vivía anclado en criterios muy limitados, lo que reducía su interés en perseguir ciertas ideas. Algunos críticos han querido ver la influencia de la ciudad provinciana donde vivía, Oviedo, pero la evidencia apunta a que su mal de siglo provenía de causas difíciles de determinar, siendo la más aceptada su mala sintonía personal con el mundo cultural de su tiempo.

La recepción de La Regenta, estudiada con cuidado, no deja de sorprender, por el entusiasmo suscitado en algunos y las críticas y las reservas envidiosas de otros, entre quienes se contaba Benito Pérez Galdós, que sintió celos del incipiente maestro. De hecho, nunca le dio una opinión matizada sobre la obra. Quizás aquí se revela el futuro de la figura de Clarín, de quien sus enemigos tomaron personalmente cuanto dijo de ellos, y le hicieron pagar su franqueza ensuciando su reputación. El obispo de la ciudad, Ramón Martínez Vigil, lanzó una circular contra la novela, que fue contestada con valentía en carta por Alas.

Por estas fechas, Clarín alcanzó la posición de maestro de la literatura y de la crítica. Pero su talante crítico, implacable, le perseguía, y la recepción de La Regenta se resintió, pues aunque recibió reseñas estupendas las abiertamente hostiles anulaban a las primeras.

No obstante su fama y talento, le era difícil encontrar vías para publicar sus críticas, y por ello decidió empezar a sacarlas en forma de folletos literarios.

Otra faceta a destacar de la biografía es su breve carrera política. Fue tentado en numerosas ocasiones por Emilio Castelar para que se lanzara a la arena nacional, pero con buen sentido rehusó siempre. Aceptó sólo el cargo de concejal republicano en el Ayuntamiento de Oviedo, logrado en 1891. Tras un período inicial de actividad, pronto se cansó de los líos de la corporación municipal. Su legado fue proponer la construcción de un nuevo teatro, que sería aceptada, y dos años después se inauguraba el teatro Campoamor. A los pocos meses de tomar posesión, Alas dejaba de asistir a los plenos municipales, porque no estaba cortado para esa tarea.

El mismo año publicó su segunda novela, Su único hijo, que era esperada con interés por la crítica, pues la primera había puesto el listón muy alto. Ocurrió lo mismo que con la anterior, que recibió elogios sinceros sobre la calidad literaria del empeño y, a la vez, críticas feroces, entre otros del influyente padre Blanco García, que la llegó a calificar de esperpento. Este autor de una historia literaria muy difundida fue culpable en buena parte del ostracismo en que se mantuvo a Clarín en el primer cuarto del siglo XX. Otros críticos menos partidistas, como Rafael Altamira y Francisco Giner de los Ríos, la leyeron en una clave más de acuerdo con el propósito del autor. Se señaló, y éste es un aspecto importante de su obra, la influencia del escritor ruso León Tolstoy, que por entonces empezaba a ser conocido en España. El misticismo del escritor ruso, su actitud vital, exhibirán concomitancias con la de Alas.

La faceta de cuentista de Clarín estuvo menos sujeta a crítica, y al año siguiente, 1892, cuando publicó uno de sus libros de mayor éxito, Doña Berta, Cuervo, Superchería, cuya recepción fue muy favorable, no sólo por las elogiosas reseñas de amigos, como Ortega y Munilla, sino también de otros críticos que habían desdeñado antes sus novelas. Además, hacia estas fechas parece que había superado ciertas ansiedades estéticas, pues ya tenía publicadas dos excelentes novelas y sabía las fuerzas que tenía, el esfuerzo que podía desplegar en la escritura, dado su carácter, talento y obligaciones familiares. Fue un acierto que se centrara en representar en sus cuentos la enorme variedad de actitudes y sentimientos humanos que supo percibir en su entorno. La serenidad provino en buena parte de la paz que encontró al aceptar de nuevo su condición de creyente, medio oculta por varios años.

El único aspecto de su obra que constituyó un fracaso inapelable fue el teatro. Los asistentes a la representación de Teresa (1895) manifestaron su repudio, y de hecho parece ser la parte de su producción que ni los eruditos del presente han podido rescatar, pues en el congreso celebrado en Oviedo (2001) para conmemorar el centenario de su muerte, no se presentó ni una sola ponencia o comunicación dedicada a su dramaturgia.

Por último, la crítica de Clarín puede considerarse como una de las más importantes del siglo XIX español. Y precisamente esta faceta fue, en su tiempo, la peor recibida, lo cual es natural por la severidad con que trataba a los escritores. Sin embargo, junto a Marcelino Menéndez Pelayo y Juan Valera, con los que Alas forma el trío de críticos más importantes de su época, Clarín resulta, sin duda, el más moderno. Menéndez y Pelayo representa el saber erudito, Juan Valera la sensibilidad ante el arte, sea literario o pictórico, mientras que Clarín supo en sus artículos elaborar toda una teoría de la narrativa, que le permitió, y permitió a sus contemporáneos, apreciar la literatura contemporánea en los términos en que estaba siendo escrita. Vocablos como “narrador” o “corriente de conciencia”, son palabras que él empleó por primera vez en la crítica española, y que permiten al estudioso entender que junto a la narración de una historia, la obra de arte posee un componente formal, que debe ser tenido en cuenta, a la hora de efectuar su evaluación crítica.

Clarín, a esas alturas de la vida, vivía recluido en su provincia, siguiendo lo que ocurría en España y en el extranjero a través de la prensa. Escribía, disfrutaba de su familia, de los viajes a Guimarán, y ese encierro fue probablemente lo que favoreció un cambio final en su personalidad. A los años de crisis moral y estética, la época en que escribió sus dos novelas, les sustituyó un período en el que en su espíritu brotó una robusta fe y creencia en Dios. Esta doble morada vital, la analítica, la ética aprendida en el krausismo, fue una de las constantes de su pensamiento, y la espiritual, el compaginar la mística española con Darwin, o san Francisco de Asís con Goethe, como dijo su amigo Adolfo Posada, le hizo un ser diferente, y apenas comprendido, porque no ofrecía un perfil sencillo, fácil de analizar.

Se puede concluir que Leopoldo Alas, que vivió para y por la literatura, fue víctima de lo que el estudioso de su obra, José María Cachero, denomina, con Francisco Navarro Ledesma, el panliteraturismo, el mirar por encima del hombro a todos los hombres no literatos, y de confundir la vida y la literatura, lo que le llevó a confundir un mal escritor con un enemigo, y que las frases mal escritas deberían ser condenadas de acuerdo con un código penal. Así pues, Alas es no sólo un protonoventayochista, por las críticas que hace a la situación cultural española, sino también un precursor de la edad de la literatura, que inauguraba por aquellos tiempos el simbolismo europeo, lo que en España se llama el modernismo, ismos en los que la perspectiva literaria predominará en el ámbito intelectual.

Su muerte le llegó prematuramente, antes de cumplir los cincuenta años. Las necrológicas fueron por lo general muy buenas y generosas con su persona, y el eco de su fallecimiento alcanzó también la América hispana.

 

Obras de ~: Solos de Clarín, pról. de J. Echegaray, Madrid, A. de Carlos Hierro, 1881; con A. Palacio Valdés, La literatura en 1881, Madrid, A. de Carlos Hierro, 1882; La Regenta, Barcelona, Daniel Cortezo,1884-1885, 2 vols.; Sermón perdido (Crítica y sátira), Madrid, Fernando Fe, 1885; Pipá, Madrid, Fernando Fe, 1886; Folletos literarios, I. Un viaje a Madrid, Madrid, Fernando Fe, 1886; Alcalá Galiano y el período constitucional de 1820 a 1823. Causas de la caída del sistema constitucional, Madrid, Antonio San Martín, 1887; Nueva campaña (1885-1886), Madrid, Fernando Fe, 1887; Folletos literarios, II. Cánovas y su tiempo, Madrid, Fernando Fe, 1887; Folletos literarios, III. Apolo en Pafos, Madrid, Fernando Fe, 1887; Folletos literarios, IV. Mis plagios. Un discurso de Núñez de Arce, Madrid, Fernando Fe, 1888; Mezclilla, Madrid, Fernando Fe, 1889; Folletos literarios, V. A 0,50 poeta (Epístola en versos malos con notas en prosa clara), Madrid, Fernando Fe, 1889; Folletos literarios, VI. Rafael Calvo y el teatro español, Madrid, Fernando Fe, 1890; Folletos literarios, VII. Museum (Mi revista), Madrid, Fernando Fe, 1890; Folletos literarios, VIII. Un discurso, Madrid, Fernando Fe, 1891; Su único hijo, Madrid, Fernando Fe, 1891; Doña Berta. Cuervo. Superchería, Madrid, Fernando Fe, 1892; Ensayos y revistas (1888-1892), Madrid, M. Fernández y Lasanta, 1892; El Señor y lo demás, son cuentos, Madrid, M. Fernández y Lasanta, 1893; Palique, Madrid, Victoriano Suárez, 1894; Teresa, Madrid, José Rodríguez, 1895; Cuentos morales, Madrid, La España, 1896; Siglo pasado, Madrid, Antonio López, 1901; El gallo de Sócrates, Barcelona, Maucci, 1901; Cuentos completos, ed. de C. Richmond, Madrid, Alfaguara, 2000, 2 vols.; Obras completas, Oviedo, Nobel [2002- 2009], 12 vols.

 

Bibl.: J. A. Cabezas, “Clarín”, El provinciano universal, Madrid, Espasa Calpe, 1936; A. Posada, Leopoldo Alas Clarín, Oviedo, Imprenta La Cruz, 1946; M. Gómez Santos, Leopoldo Alas “Clarín”. Ensayo biobiográfico, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1953; F. Meregalli, “Clarín” y Unamuno, Milano, La Golardica, 1956; S. Ortega (ed.), Cartas a Galdós, Madrid, Revista de Occidente, 1964; S. Beser, Leopoldo Alas, crítico literario, Madrid, Gredos, 1968; S. Beser (ed.), Leopoldo Alas: teoría y crítica de la novela española, Barcelona, Laia, 1972; A. Ramos Gascón (ed.), Clarín, obra olvidada. Artículos de crítica, Madrid, Júcar, 1973; J. Rutherford (ed.), Leopoldo Alas, La Regenta, London, Tamesis, 1974; F. García Sarriá, Clarín o la herejía amorosa, Madrid, Gredos, 1975; F. Pérez Gutiérrez, El problema religioso en la Generación de 1868, Madrid, Taurus, 1975; J. Bécaraud, De la Regenta al Opus Dei, Madrid, Taurus, 1977; J. M. Martínez Cachero (ed.), Leopoldo Alas, “Clarín”, Madrid, Taurus, 1978; J. V. Agudiez, Inspiración y estética en “La Regenta” de Clarín, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1979; B. Varela Jácome (ed.), Leopoldo Alas “Clarín”, Madrid, Edaf, 1980; J. Blanquat y J.-F. Botrel, Clarín y sus editores. 65 cartas inéditas de Leopoldo Alas a Fernando Fe y Manuel Fernández Lasanta (1884-1893), Rennes, Université de Haute-Bretagne, 1981; G. Sobejano, Clarín en su obra ejemplar, Madrid, Castalia, 1985; N. Valis, Leopoldo Alas (Clarín): An Annotated Bibliography, London, Grant & Cutler, 1986; M. J. Tintoré, La Regenta de Clarín y la crítica literaria de su tiempo, Barcelona, Lumen, 1987; F. Durand, “La Regenta” de Leopoldo Alas, Madrid, Taurus, 1988; A. Sotelo Vázquez, Leopoldo Alas y el fin de siglo, Barcelona, PPU, 1988; Y. Lissorgues, Clarín, político, I y II, Barcelona, Lumen, 1989; El pensamiento filosófico y religioso de Leopoldo Alas, Clarín (1875-1901), Oviedo, Grupo Editorial Asturiano, 1996; N. Valis, Leopoldo Alas (Clarín): An Annotated Bibliography, Supplement, London, Grant & Cutler, 2001; A. Villanova y A. Sotelo Vázquez, Leopoldo Alas “Clarín”. Actas del Simposio Internacional, Barcelona, Universidad, 2002; VV. AA., Leopoldo Alas, Un clásico contemporáneo, Oviedo, Universidad, 2002, 2 vols.; Ermitas Penas, Clarín, crítico de Emilia Pardo Bazán, Santiago de Compostela, Universidad, 2003; G. Gullón, El jardín interior de la burguesía española. La novela moderna en España, 1885-1902, Madrid, Biblioteca Nueva, 2003; J. L. García Martín, Notas a La Regenta y otros textos clarinianos, Oviedo, Nobel, 2003; C. Richmond, “Aproximaciones a la narrativa breve de Clarín”, en L. Alas, Obras completas. III. Narrativa Breve, Oviedo, Nobel, 2003; Y. Lissorgues, Leopoldo Alas, Clarín, en sus palabras, Oviedo, Nobel, 2007.

 

Germán Gullón Palacio