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Pío Baroja Nessi

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Biografía

Baroja Nessi, Pío. San Sebastián (Guipúzcoa), 28.XII.1872 – Madrid, 30.X.1956. Escritor.

Fue, tras Darío y Ricardo, el tercero de una familia de cuatro hermanos (Carmen vino al mundo después, en 1882), constituida por Serafín Baroja, ingeniero de minas y aficionado a escribir, y Carmen Nessi. En 1879, el grupo familiar se trasladó a Madrid y en 1881, a Pamplona, de donde regresaron, en 1886, a la capital. El joven Baroja, que había hecho estudios de bachillerato en Pamplona, se matriculó, en 1887, en la carrera de Medicina que, sin embargo, concluyó en la nueva residencia familiar de Valencia en 1891. Años después, concedería una importancia decisiva a lo que llamaba el “fondo sentimental del escritor” que se fragua en la infancia y juventud.

De estos trasiegos, conservó imágenes muy duraderas: no pudo tener recuerdos de la guerra civil carlista (aunque nació en su transcurso), pero las conversaciones familiares y la implicación política liberal de su padre se la hicieron tener muy presente; conoció la violencia y el recuerdo de un ajusticiamiento público visto en Pamplona le acompañó siempre; leyó intensamente a Verne y a Dumas, entre otros escritores populares, y su imaginación conservó vivaces las huellas de la aventura y el fantaseo; presenció la enfermedad y la decadencia (que le horrorizaron), tanto en el curso de sus estudios médicos como en su propia casa, cuando en 1894 su hermano mayor, Darío, murió de tuberculosis; conoció de cerca el positivismo científico académico —que siempre cifró en la figura de su profesor Letamendi— y lo aborreció por su altivez y superchería, a pesar de que gran parte de su concepción del mundo es deudora de sus principios. Pero también lo fue de lo que Baroja llamaba, un poco a bulto, pero expresivamente, el “romanticismo”: una concepción de la vida entre nostálgica e inquieta, entre humorística y pragmática, basada en una noción idealista del conocimiento y en un agnosticismo militante.

Fue, como se definiría más tarde en frases muy famosas, “un hombre humilde y errante” y “un fauno reumático que ha leído un poco a Kant”.

En 1893 leyó su tesis doctoral en Madrid, El dolor. Estudio psico-físico, y luego, por espacio de un año —entre agosto de 1894 y septiembre de 1895—, ejerció como médico titular en Cestona (Guipúzcoa), lo que significó su reencuentro con el País Vasco y la consiguiente reelaboración de una identidad regional a la que sería fiel hasta el fin de sus días. En 1896 aceptó suceder a su hermano Ricardo en la regencia de la panadería que su tía Juana Nessi tenía en Madrid; la gestión del negocio era complicada y el joven e individualista Baroja sacó de ella una invencible aversión a los sindicalistas socialistas —la “burguesía socialista”, como la llamó en un artículo temprano— que trabajaban en lo que la prensa obrera de entonces llamaba “el infierno blanco”. Tras un intento de dedicarse a la especulación bursátil en 1898, decidió abandonar la vida industrial (lo que hará definitivamente en 1902) y dedicarse profesionalmente a la literatura.

Esta decisión vino a suponer un incremento de su relación con el grupo de jóvenes escritores que, andando el tiempo, se conocerían como generación del 98, rótulo que Baroja vio siempre con algún escepticismo.

Los encontró en 1899 en las redacciones de Revista Nueva, que dirigió Luis Ruiz Contreras, futuro detractor de su persona, Juventud, Electra y Alma Española, y en periódicos, como El Globo, donde hizo crítica teatral, El Liberal, El País y El Pueblo Vasco. En todo caso, si se contrasta el primer proyecto literario de Baroja con el de sus coetáneos, se advierte que es el menos definido en lo genérico, aunque sea muy coherente en las razones estéticas a las que siempre fue fiel (sencillez expresiva que no excluye la sutileza de una estrategia simbolista; aparente impasibilidad del punto de vista que rectifica una actitud siempre entre irritada y melancólica). Azorín, a quien conoció en 1900 y fue su mejor amigo, tenía muy clara su decisión de ser “crítico” y ocupar el lugar de Clarín, con un tono más radical; el Unamuno salmantino había configurado una personalidad muy definida y se propone, en una variedad genérica que tiene profunda y orgánica unidad de fondo, una suerte de intimidad pública; Valle-Inclán se veía como un decadentista que identificaba imagen personal y literatura; Maeztu buscaba ser un gran periodista y agitador de ideas.

Baroja se inició con la publicación de un libro conmovedor, Vidas sombrías (1900), donde mezcló el ensayo, la crónica y el cuento, pero, casi a la vez, probó fuerzas en una intensa novela dramatizada, La casa de Aizgorri, con influencias de Maeterlink e Ibsen; un folletín de humor y abolengo dickensiano como Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, e incluso un relato algo truculento y romántico como El mayorazgo de Labraz, casi a la vez que un divertido y arbitrario libro de notas, El tablado de Arlequín, obras todas publicadas entre 1901 y 1904. De ese período de tanteos, lo más valioso es Camino de perfección (Pasión mística) (1902; el subtítulo desapareció en ediciones posteriores), donde acertó a dibujar el héroe literario de su tiempo (artista, neurótico —“neurasténico y degenerado”—, fracasado al fin) en el marco de una peregrinación que tiene mucho de huida y que es, a la vez, un fascinante recorrido por la sordidez española desde la árida meseta hasta el bullente Levante.

A partir de esa fecha comenzaron sus años de creatividad más intensa. En 1903-1904 publicó la trilogía La lucha por la vida (La busca, Mala hierba y Aurora roja ) que recogía el fruto de sus lecturas de los grandes narradores rusos y de la novela folletinesca, pero también su conocimiento directo de los bajos fondos madrileños, nunca reflejados con tanta tensión estética. Sus novelas no responden, sin embargo, a un ideal revolucionario, antes al revés, como Los últimos románticos, La dama errante o César o Nada tampoco fueron exactamente una apología del terrorismo o una afirmación de la democracia frente a la politiquería tradicional: eran la vivencia de una incomodidad antes que una denuncia. El Baroja de esos años, más liberal y progresista que demócrata, vivió una efímera aventura en el republicanismo radical (y anticatalanista, incluso), pero tampoco dejó de apelar a la fantasía como motor de sus relatos: es el caso de Zalacaín el aventurero (1908), una novela ambientada en la guerra carlista, pero impregnada de heroísmo en estado puro y deliberadamente ajena a cualquier lectura política, y de Las inquietudes de Shanti Andía (1911), una historia de aventuras marítimas pero impregnada de melancolía. En 1912 ya era un escritor ventajosamente conocido, que parecía haberse despedido de su rebeldía personal al escribir El árbol de la ciencia (1911), narración con bastante de autobiografía; en aquella fecha murió su padre (lo que le llevó a convertirse progresivamente en jefe de una familia que se iba haciendo extensa, pues en 1913 Carmen se casaba con Rafael Caro Raggio, futuro editor de su cuñado) y adquirió la casona de “Itzea”, en las afueras de Vera de Bidasoa, que iba a convertir en residencia familiar veraniega y en una suerte de proyección de su propia persona y de sus gustos. Por esas fechas, realizó también sus primeras indagaciones acerca de la historia de un lejano antecesor, Eugenio de Aviraneta, destinado a ser protagonista de su larga serie narrativa “Memorias de un hombre de acción”, cuyos dos primeros volúmenes —El aprendiz de conspirador y El escuadrón del brigante— vieron la luz en 1913 (“Memorias de un hombre de acción” constó de veintidós títulos, publicados entre 1913 y 1935: El aprendiz de conspirador, El escuadrón del brigante, Los caminos del mundo, Con la pluma y el sable, Los recursos de la astucia, La ruta del aventurero, Los contrastes de la vida, La veleta de Gastizar, Los caudillos de 1830, La Isabelina, El sabor de la venganza, Las furias, El amor, el dandismo y la intriga, Las figuras de cera, La nave de los locos —con el importante “Prólogo casi doctrinal sobre la novela”—, Las mascaradas sangrientas, Humano enigma, La senda dolorosa, Los confidentes audaces, La venta de Mirambel, Crónica escandalosa y Desde el principio hasta el fin).

Tiempo después, Baroja afirmó que este período marcó su tránsito de la etapa rebelde y creadora a otra más pacífica y “turística”. No fue menos fecunda, sin embargo, ni menos intensa. Durante la guerra europea fue, como su hermano Ricardo, germanófilo, lo que le desvió de la línea aliadófila del grupo intelectual dominante. No tuvo querellas con nadie, pero este período abrió un interesante momento de dedicación al ensayo de opinión y al dietario personal (que compatibilizó con la redacción de las citadas “Memorias de un hombre de acción”): pertenecen al momento libros tan importantes como Juventud, egolatría, Las horas solitarias, Momentum catastrophicum y Divagaciones sobre la cultura, todos entre 1917 y 1920. Y poco después, una novela tan sugerente como La sensualidad pervertida (1920) iluminó algunos aspectos de su voluntaria soltería, y La leyenda de Jaun de Alzate (1922) aclaró algo de su peculiar interpretación de lo vasco como una filosofía vital antilatina y anticristiana. El final de la primera guerra mundial y el estado de desmoralización europea se reflejaron en una trilogía Agonías de nuestro tiempo (1926-1927) que exhibe sus prejuicios —antisemitas, antiinternacionalistas y también contra el arte moderno—, al lado de intuiciones muy certeras y de una progresiva consolidación de la forma divagatoria y nostálgica que se iba apoderando de sus relatos.

Su fama estaba ya hecha y sus lectores eran muy numerosos. No faltaban entre ellos los obreros y los jóvenes que entendían, mejor que nadie, su tono de rebeldía, a pesar de lo conservador de alguno de sus prejuicios y de su marcada hostilidad a su siglo (siempre se sintió más cercano al XIX). Aunque nada monárquico, no se sintió muy feliz con la proclamación de la república (cuyos avatares iniciales recogió en la apresurada trilogía narrativa “La selva oscura”); en 1935 cerró la serie de Memorias de un hombre de acción (que había llegado a su entrega número XXII), leyó su discurso de ingreso en la Academia Española y enterró a su madre en Vera. En 1936, cuando estalló la sublevación militar, su curiosidad provocó un incidente con la Guardia Civil de Santesteban que pudo costarle muy caro. Decidió refugiarse en Francia y por espacio de más de un año residió en París, en el Colegio de España, de la Cité Universitaire, mientras se ganaba la vida con una providencial colaboración fija en el periódico La Nación, de Buenos Aires.

La mala situación de la familia le obligó, sin embargo, a regresar a España y puede que la prenda de su tranquilidad fuera la publicación de una antología de sus trabajos anteriores y una selección de sus últimos artículos bajo el lamentable título de Comunistas, judíos y demás ralea (1938), con un prólogo de Giménez Caballero que, en realidad, se había publicado en 1934 en la revista JONS. Su actitud ante la contienda —favorable a una rápida victoria de Franco, pero muy recelosa ante el porvenir de los burgueses liberales como él— se recoge mejor en los ensayos de Ayer y hoy, publicados en Chile en 1939. Dejó también algún testimonio narrativo de la contienda, pese a que nunca concluyó la escritura de su trilogía “Las saturnales”, de la que sólo, en 1950, se publicó un primer tomo, El cantor vagabundo; hay, sin embargo, muchos otros borradores en propiedad de sus herederos que nunca han querido darlos a conocer. Laura o la soledad sin remedio (1939) —más que la novelita Susana (1938)— fue un testimonio de su impotencia intelectual y sus contradicciones ante el hecho bélico, como lo fue una curiosa indagación en el mundo onírico, El Hotel del Cisne (1946), con respecto a la segunda guerra mundial.

Pero el Baroja sobreviviente después de 1939 es, sin duda, el peor conocido e interpretado. No fue perseguido, pero se supo admitido a regañadientes; no se enfrentó a nada, pero rezongó contra todo. Puede que una novela como El caballero de Erláiz (1943), retrato moral de un ilustrado vasco de finales del siglo XVIII, sea un homenaje muy explícito y significativo de su lealtad al liberalismo y al vasquismo (que siempre concibió como parte de lo español) en tiempos nada favorables para una y otra cosa. Pero las obras del Baroja tardío desmerecen inevitablemente si se comparan con las de períodos anteriores. Sus romances narrativos y deliberadamente vulgares titulados Canciones del suburbio (1944) suscitaron críticas feroces y solamente, en ese mismo año, el inicio de sus memorias Desde la última vuelta del camino (que la revista Semana había empezado a publicar en 1941) llamó la atención de los críticos, pese a que sus ocho volúmenes (el último, Bagatelas de otoño, es de 1949) son algo repetitivos y reflejan un progresivo agotamiento de la capacidad creadora. La arterioesclerosis hizo estragos en aquel hombre que siguió siendo fiel a la tertulia diaria en su casa, a sus paseos por el Retiro y, sobre todo, a la familia que siempre había tutelado.

Fueron años de pérdidas muy cercanas (su hermana Carmen murió en 1949, su hermano Ricardo en 1953), de recopilaciones (sus obras completas se publicaron entre 1946 y 1952), de homenajes (muy significativo fue el de la revista Índice en 1854), de vanas esperanzas del premio Nobel y de un lento apagamiento, del que dan testimonio sus libros finales (Paseos de un solitario y Aquí, París, ambos en 1955).

El 20 de mayo de 1956 fue operado de una fractura de fémur, pero, aunque el resultado de la intervención fue satisfactorio (en su convalecencia recibió la visita de Ernest Hemingway), su vida se extinguió el 30 de octubre. Al día siguiente sus restos recibieron tierra en el cementerio civil de Madrid.

 

Obras de ~: La casa de Aizgorri: novela en siete jornadas, Bilbao, Imprenta y Encuadernación de Andrés P. Cardenal, 1900 (Tierra vasca); El mayorazgo de Labraz, Barcelona, Imprenta Heinrich y Cía. Editores, 1903 (Tierra vasca); Zalacaín el aventurero, 1908 [Barcelona, E. Doménech, 1909 (Tierra vasca)], y La leyenda de Jaun de Alzate, Madrid, Rafael Caro Raggio, 1922 (Tierra vasca); Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, 1901 [Madrid, [Antonio Marzo, ¿1910?] (La vida fantástica)], Camino de perfección, 1902 [Madrid, B. Rodríguez Serra, ¿1910?] (La vida fantástica)] y Paradox, rey, Madrid, Sucesores de Hernando, 1906 (La vida fantástica); La lucha por la vida, I. La busca, II. Mala hierba y III. Aurora roja, Madrid, Antonio Marzo, 1904; La feria de los discretos, Madrid, José Blass y Cía., 1905 (El pasado); El pasado, I. Los últimos románticos, II. y III. Las tragedias grotescas, Madrid, Sucesores de Hernando, 1906-1907; La raza, I. El árbol de la Ciencia, II. La Dama errante y III. La Ciudad de la Niebla, Madrid, Ricardo rojas, 1908 (La ciudad de la niebla, Madrid, Sucesores de Hernando, 1909; El árbol de la ciencia, Madrid, Imprenta de Juan Puedo, 1911); Las ciudades, I. César o nada, II. El mundo es ansi y III. La sensualidad pervertida, Madrid, Al fin-J. Poveda, 1910 (El mundo es ansi, Madrid, Renacimiento, 1911; La sensualidad pervertida, Madrid, Rafael Caro Raggio, 1920); Las inquietudes de Shanti Andía, Madrid, V. Prieto y Compañía, 1911 (El mar), El laberinto de las sirenas, Madrid, Rafael Caro Raggio, 1923 (El mar), Los pilotos de altura, Madrid, Rafael Caro Raggio, 1929 (El mar) y La estrella del capitán Chimista, Madrid, Rafael Caro Raggio, 1930 (El mar); El gran torbellino del mundo, Madrid, Caro Raggio, 1926 (Agonías de nuestro tiempo), Las veleidades de la fortuna, Madrid, Caro Raggio, 1927 (Agonías de nuestro tiempo) y Los amores tardíos, Madrid, Caro Raggio, 1927 (Agonías de nuestro tiempo); Adiós a la bohemia, 1911, convertida en zarzuela por Pablo Sorozábal, estreno público en 1933 (Madrid, El cuento semanal, 1911); El horroroso crimen de Peñaranda del Campo, Madrid, Rivadeneyra Graficas, 1926; Arlequín, mancebo de botica, 1926 [Madrid, Siglo XX, 1928]; Nocturno del hermano Beltrán, Madrid, [Rafael Caro Raggio, 1929]; La familia de Errotacho, Madrid, Espasa Calpe, 1932 (La selva oscura), El cabo de las tormentas, Madrid, Talleres Espasa Calpe, 1932 (La selva oscura) y Los visionarios, Madrid, Espasa Calpe, 1932 (La selva oscura); Las noches del Buen Retiro, Madrid, Espasa Calpe, 1934 (La juventud perdida), El cura de Monleón, Madrid, Espasa Calpe, 1936 (La juventud perdida) y Locuras de Carnaval, Madrid, Espasa Calpe, 1937 (La juventud perdida); Obras completas, Madrid, Biblioteca Nueva 1946-1952, 8 vols.; Ciudades de Italia, Madrid, Biblioteca Nueva, 1949; El País Vasco, Barcelona, Destino, 1953 (refundición de una guía ya publicada en 1929); Obras completas, ed. de J. C. Mainer y J. C. Ara Torralba, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 1995-1996, 16 vols.

 

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José-Carlos Mainer Baqué