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Benito Arias Montano

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Biografía

Arias Montano, Benito. Fregenal de la Sierra (Badajoz), 1527 – Sevilla, 6.VII.1598. Hebraísta, biblista, supervisor de la Biblia Políglota de Amberes y humanista destacado de la Contrarreforma.

Nació en el seno de una familia perteneciente a la baja nobleza, hidalga aunque empobrecida y cristiana vieja. Su padre desempeñaba el cargo de notario del Santo Oficio de la Inquisición. Un padrino suyo acomodado lo envía a estudiar a Sevilla, donde a la edad de catorce años escribe un Discurso del valor y correspondencia de las antiguas monedas castellanas con las nuevas, y por un soneto que escribe se sabe que Alonso García Matamoros, Cristóbal Valdotano y Pedro Mexía fueron sus primeros maestros.

Con diecinueve años se matricula en la universidad sevillana en un curso de artes. Por entonces, en la ciudad del Guadalquivir florecía el erasmismo y el protestantismo español daba sus frutos a través de los sermones de Juan Gil y Constantino Ponce de la Fuente.

Con esos conocimientos y vivencias, se traslada a Alcalá de Henares en cuya universidad (1550) y en sus destacados saberes hebraicos se matricula, impartidos por los antiguos maestros del Colegio Trilingüe. Cipriano de la Huerga, monje cisterciense, Andrés de la Cuesta y Luis de la Cadena le enseñan su método de estudio bíblico, consistente en un constante apoyarse en el texto hebreo y su confrontación con la Vulgata para revisarla y corregirla a la luz de la erudición humanística y la exégesis filológica. Será cursando sus estudios en la universidad cisneriana cuando conozca al también alumno fray Luis de León, cuya sincera amistad le acompañará toda la vida. Son por entonces los últimos años del reinado de Carlos V recorridos en el plano del pensamiento por los planteamientos erasmistas de la philosophia Christi.

Arias Montano comienza a demostrar que es un buen poeta. Así, escribe una colección de poemas de corte horaciano no sólo contra el proceder de Lutero, sino también de encomio hacia maestros y amigos con el título de Rethorica, siendo laureado por la universidad (1552) en reñido certamen. Y por su notable conocimiento y dominio de las lenguas hebrea, caldea y siríaca comienza a llamársele el Jerónimo español.

Viajes por Italia y España, la compra de libros a los herederos de Sebastián Fox Morcillo, y estancias en su retiro familiar de la Peña de Aracena ocupan los siguientes años a sus primeros estudios universitarios, ya que vuelve a las aulas sevillanas —en 1556 y 1558—, y decide también aprender Medicina y Botánica junto al médico Francisco de Arce. Con treinta y tres años (1560) pide ser admitido como sacerdote en la Orden de Santiago y tras una minuciosa investigación para descartar toda posible ascendencia de sangre judía, de linaje manchado, es admitido en el monasterio de San Marcos de León. Muy pronto su excepcional valía le llevará a ocupar un destacado lugar en la trama política, espiritual e intelectual de su época. El obispo Martín Pérez de Ayala lo selecciona para incorporarlo a la delegación española presente en el Concilio de Trento (1545- 1563), donde tuvo una meritoria intervención con dos discursos sobre el divorcio y sobre la comunión bajo las dos especies. De regreso a España es nombrado capellán del Rey y comienza a percibir una pensión anual por sus servicios a la Iglesia y a la Corona.

Su obra Comentaria in XII Prophetas ocupa los años siguientes, hasta que con cuarenta años (1568) recibe el encargo más importante de su vida: ser en Amberes el supervisor real de la nueva Biblia Políglota en cinco lenguas que desde hacía unos años estaban llevando a cabo un grupo de eruditos franceses y flamencos. El contacto con la realidad política, social y religiosa de los Países Bajos, influirá decisivamente en todo su pensamiento y actitudes.

El ambicioso proyecto bíblico había sido puesto en marcha por el impresor Plantino (1566) movido a ello por el hebraísta Andreas Masius (Maes). Sabio y erudito impresor, pero también hábil hombre de negocios, había fundado su taller (1554) gracias al dinero que mercaderes ricos pertenecientes a la secta espiritual Familia Charitatis (Familia del Amor) y discípulos del profeta Hendrik Niclaes le habían prestado, con la intención de difundir desde aquellas prensas los escritos del carismático fundador.

La pertenencia a la secta del propio Plantino y de aquellos ricos hombres —Charles de Bomberghe, Graphaeus, Santforts, De la Faille y el banquero converso Marcos Pérez— permanecía en el más absoluto secreto. Todos ellos tuvieron activa participación en la efervescencia religiosa de los Países Bajos y mientras unos abrazaron el protestantismo, otros se hicieron calvinistas. Ante el Iconoclasmo (1566) y la llegada del duque de Alba huyeron a Alemania o a Suiza. Plantino, para salvar su negocio prefirió atraerse la voluntad de Felipe II. Buscando la protección del cardenal Granvela, escribió al secretario real Gabriel de Zayas manifestándole su profunda “ortodoxia” y adhesión a la Corona española. Su astucia dio resultado: tras consultar el Monarca a los teólogos de Alcalá y de Salamanca y obtener una respuesta afirmativa unánime, acepta el mecenazgo, recibiendo Plantino el nombramiento de “prototipógrafo del rey”.

En cuanto a la labor de Arias Montano, ésta consistiría en revisar las pruebas y redactar unos cuantos tratados de erudición bíblica que constituirían el último volumen de la Políglota. Los cuatro años que duró esta misión fueron extraordinariamente intensos en acontecimientos públicos y privados. Al principio, Montano se muestra partidario admirador del duque de Alba y aprueba la política de Felipe II en los Países Bajos. Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer duque de Alba (1507-1582), había logrado terminar con la revuelta de los gueux o “mendigos”, la confederación de nobles de tendencias protestantes y calvinistas opuestos a la política real entre los que se hallaban Luis de Nassau, hermano de Guillermo de Orange —antiguo paje de Carlos I— Juan y Felipe de Marnix, Felipe Broderode, el conde de Egmont y Felipe de Montmorency, conde de Horn y almirante de Flandes. Todos ellos habían suscrito un documento llamado “Compromiso de Breda” en el que la Confederación se proponía abolir la Inquisición y conseguir la libertad de conciencia. Cuando al de Alba se le encarga la represión de la revuelta en Flandes, tenía sesenta años. Embarca en Cartagena rumbo a Génova en abril de 1567 y en Italia organiza un ejército integrado principalmente por españoles con algunos contingentes de italianos magníficamente equipados, entre los que figuraban cuerpos de mosqueteros. Apresó a los cabecillas de la rebelión, los condes de Egmont y de Horn, a sus secretarios y al burgomaestre de Amberes, Antonio de Stralen. La audacia de este golpe atemorizó a las gentes y el vencedor escribió a Felipe II: “Gracias a Dios, el país entero está tranquilo”. El duque constituyó el Tribunal de los Tumultos para juzgar a los supuestos culpables de los desórdenes, conociéndose entre el pueblo como el Tribunal de la Sangre.

En aquellos años de completa pacificación, purgado el país de calvinistas, Arias Montano estaba entregado por completo a su trabajo de la Biblia Políglota, que sería conocida también como Biblia Regia o Biblia de Amberes. Hoy ya no cabe la menor duda de que toda la gloria de la ingente labor correspondió al espléndido equipo de sabios lingüistas y filólogos reunidos en torno al taller de Plantino y pertenecientes en secreto a la Familia del Amor. Sin embargo, su papel de supervisor y su participación —en especial en la redacción de los tratados del último volumen— en el diseño y contenido de la Políglota, fueron decisivos, con consecuencias insospechadas a favor y en contra en los círculos teológicos y humanísticos de España y Europa, lo que le acarrearía incomprensión, sospecha inquisitorial y desengaño.

Concluida la labor filológica en mayo de 1570, Arias Montano envía su Praefatio a las Universidades de Lovaina y de París que le dan su aprobación.

Seis meses más en la imprenta para disponer todos los textos y por fin la obra ve la luz a finales de 1571, encuadernada en ocho volúmenes. Con el texto dispuesto en dos series de columnas en cada página, los volúmenes del I al IV contienen: el texto hebreo, el mismo que figura en la Políglota de Cisneros y que editara Charles de Bomberghe en la imprenta de Félix Pratensis (1516-1517) y en Venecia en la imprenta de Ya’aqob ben Hayyim (1524-255); la Septuaginta y su traducción latina, el Targum —traducción al arameo del Antiguo Testamento con paráfrasis— casi completo y su traducción latina debida a los hebraístas judeo-conversos del Estudio Salmantino, Pablo Coronel y Alonso de Zamora, colaboradores en la Políglota de Alcalá. El volumen V contiene: el Nuevo Testamento en tres versiones, griega, latina de la Vulgata y siríaca con traducción latina de Guido (o Guy) Lefèvre de la Boderie. Los volúmenes VI, VII y VIII son conocidos como Apparatus. El volumen VI contiene: el Nuevo Testamento en griego y traducción interlineal de la Vulgata; particularidades de la lengua hebrea redactada por Arias Montano; el Antiguo Testamento y traducción latina debida a Sancte Pagnino (o Sanctes Pagninus). El volumen VII contiene: diccionario y gramática griegos, tal vez de Arias Montano; un vocabulario siríaco debido a Andreas Masius (Maes), así como una gramática siríaca; un diccionario siro-arameo debido Guido Lefèvre de la Boderie; en latín un Thesaurus hebraicae-linguae de Sanctes Pagninus y un Apéndice de Francisco Raphelengius.

El volumen VIII contiene: dieciocho tratados filológicos y arqueológicos, varios de ellos debidos a Montano; los Prefacios de Arias Montano; los Prólogos de san Jerónimo a la Vulgata; cartas de Felipe II, del duque de Alba y de Arias Montano, y los privilegios de publicación y las censuras de Arias Montano.

Así pues, la nueva Biblia, obra en esencia de los humanistas del norte de Europa, venía a ser una reedición, pero crítica, de la Políglota de Cisneros, empleando como ella las ediciones hebreas del Antiguo Testamento impreso en Venecia pero presentando un centenar de lecturas diferentes respecto de la cisneriana, y más cercanas a la edición veneciana. En cuanto a esa serie de gramáticas y vocabularios, la moderna investigación los considera un material bastante problemático y a veces poco preciso. Pero su gran novedad, que sería en su tiempo su gloria y su condena, fue la incorporación de la ciencia hebraica —Targum, Pesitta’—, y, por lo tanto, saber heterodoxo, sospechoso de herejía.

Este “monumento de la Contrarreforma”, obra de intelectuales de dudosa ortodoxia católica, impresa en un taller creado en principio para publicar los escritos del líder espiritual Niclaes, cuyo impresor había pedido prestados los tipos hebreos al protestante Charles de Bomberghe, y el “supervisor” real había tenido la intención de sustituir el texto canónico de la Vulgata —al que apenas le reconocía valor filológico— por la traducción latina de la Biblia hecha por Sanctes Pagninus (Lyon, 1527), aunque al final tuvo que transigir e incluyó ambos textos, fue vista como una obra reaccionaria contra los principios del Concilio de Trento y la infalibilidad de la Vulgata de san Jerónimo. Roma tenía que juzgarla, y para defenderla se nombró al teólogo español Pedro de Fuentidueña.

Su exposición fue inútil. Aquellas innovaciones hebreas y rabínicas, aquellas rectificaciones a la Políglota de Cisneros que era tanto como enmendar la Vulgata, suscitaron graves recelos y objeciones entre los miembros de la comisión papal que la desaprobaron.

Ante tal fracaso, las cartas se cruzan impresiones contrariadas y los contactos políticos y diplomáticos se suceden. Arias Montano recibe el encargo real de salir inmediatamente para Roma. Felipe II escribe al duque de Alba: “Creo que podrá explicar el asunto de manera que ponga punto final a todas las dudas”. Y así fue, porque ya en Roma (1572) logra en pocos meses la ansiada aprobación, aunque provisional.

Contribuyó a ello el sucederse de algunos acontecimientos como la subida al solio pontificio de Gregorio XIII, muy favorable a España. La victoria de Lepanto contra los turcos favoreció también el fortalecimiento de las relaciones entre el Vaticano y la Corona española. Mientras, Arias Montano se ganaba el apoyo de los cardenales de talante humanista Granvela y Sirleti.

Pero la aprobación provisional de la Congregatio Concilii no logró acallar la polémica que se avivaba por momentos y que, en definitiva, siempre estuvo latente o manifiesta en el seno de las discusiones teológicas del siglo XVI en torno a qué texto de la Biblia, el hebraico —visto con recelo por amplios sectores—, o la traducción latina de san Jerónimo (Vulgata), era el correcto. Como escribe B. Rekers: “Arias Montano intentó aplicar un método de traducción puramente literal basado en la erudición filológica; es decir, pretendió traducir exactamente lo que estaba escrito en el texto original”. Ponía en práctica la intención de Erasmo de “predicar a Cristo desde las fuentes”. Sólo que el biblista español hacía caso omiso de toda la tradición exegética católica y su “simbolismo”, prefiriendo buscar el sentido a través de las fuentes exegéticas rabínicas, más acorde con los nuevos métodos de investigación y estudio humanísticos, que pretendían rescatar la pureza original del texto bíblico. La Iglesia era consciente de las imperfecciones de la Vulgata, y quería a toda costa evitar nuevas traducciones, y como medida “disciplinar y defensiva”, el Concilio de Trento declaró “auténtica” la Vulgata latina.

Este sentir explica la respuesta reaccionaria a su Políglota. En los Países Bajos, Guillermo Lindano, obispo de Rurmond, arremete contra él, haciendo todo lo posible por desacreditar su labor bíblica. Por el contrario, no faltaron sabios de Lovaina y de París que se erigieron en paladines de su método, como Harlemio, Génèbrard y Francisco Lucas. La reacción española fue la más virulenta: en Castilla, en los círculos teológicos agustinos de Salamanca se alzó en contra la voz del maestro León de Castro —hermano de hábito de fray Luis de León y su delator ante el tribunal inquisitorial—, quien como tantos otros “que ponían enfermedad” en la nueva Biblia, redactó sus objeciones en seis folios que leyó en la Corte, sin mucho éxito. En su escrito argumentaba que los originales hebraicos y caldaicos estaban corrompidos por los judíos y tenían que ser corregidos a la luz de la Vulgata y no al revés, como se había hecho en la Biblia Regia.

Esta convicción volvía sobre el viejo asunto de la hebraica veritas de la España judía y las viejas disputas del siglo XV. Y por si fuera poco, el término “judaizante” —tan lleno de tristes y no tan lejanos recuerdos— se aplicaba ahora a todo aquel que defendía la legitimidad del texto hebreo y la revisión crítica de la Vulgata.

Los amigos de Montano, pertenecientes al ámbito universitario salmanticense, le tuvieron bien informado de las maniobras del maestro León. Fray Luis de Estrada le escribe: “Cierta persona ha querido persuadir, y por ventura tiene persuadida a casi toda España, que los originales hebraicos y caldáicos de la divina Scriptura están corrompidos por los judíos [...] que en la mesma emprenta (se refiere a la de Plantino) sin ser sentidos los herejes habían introducido traición”. Y Pedro de Fuentidueña en carta (1574) al secretario real, Gabriel de Zayas, expone: “[...] y después acá he entendido que el maestro León fue a la corte y allá trató con esos señores del consejo de la Inquisición sobre esto de la biblia de Flandes [...] y así lo da a entender a todos, tanto que ayer me dijo un maestro desta universidad que le había oído decir que si estando revestido para decir misa, lo dejase por ir a quemar a Benito Arias, le parece que haría gran servicio a N. Sr.”; Francisco de Salinas le hace saber (1574): “[Hablé] con el buen maestro León, porque es amigo muy antiguo y fue mi maestro en la niñez; el cual me dio muchas disculpas y excusas con decir que no podía dejar de estar apasionado por su madre la Iglesia, y su principal negocio, es decir que V. M. quiere destruir la Vulgata y que no sigue la interpretación de ningún santo ni le alega sino la de los rabinos”.

En este ambiente tan tenso se alzó la palabra escrita del canónigo Juan del Caño (1575) increpando el mal entendido celo del fraile agustino que “atropella a sus próximos con voces vocalísimas y con su autoridad [...] destruye a cuantos no se guardan de trabar con V. M. disputaciones”.

A pesar de tantos sinsabores, Arias Montano no cejó en su estudio bíblico. Fruto de ello en colaboración con la Universidad de Lovaina fue su Biblia Sacra, impresa por Plantino en 1574.

Las circunstancias le obligan a volver a Roma para afrontar la segunda defensa de la Políglota. Intento vano, pues el maestro León había logrado atraer a su causa la opinión de la Curia Papal. Encabezada por el cardenal Belarmino se pronuncia: “Esta Congregación General ha sentenciado que nada contrario al texto latino de la Vulgata puede ser cambiado, ni siquiera una palabra, una sílaba o una letra”. Pero, como había en juego factores políticos, se aprueba toda la Biblia Políglota excepto el Apparatus, debido a Montano. Gregorio XIII prefiere dejar el dictamen final en manos de los teólogos españoles. La causa del maestro León parecía que había triunfado.

Y Arias Montano escribe una carta en agosto de 1575 al obispo de Cuenca e inquisidor general, Pedro de Portocarrero, buscando su protección: “Cuasi por todo este postrer año que he estado en Flandes, he sentido un grande rumor que un maestro León de Castro, que vive en Salamanca, ha levantado en aquella universidad, reprendiendo y desacreditando la mayor obra que jamás en género de letras ha salido al mundo impresa, que es la biblia real [...] el asa que ha tomado para decir mal de ella, ha sido ver allí en el Aparato una parte de la biblia de Sanctes Pagnino [...] le suplico sea servido de mandarme dar aquella parte desta noticia [...] que me sea a mí útil [...] para que con brevedad y equidad [...] se deshagan con entera luz estos nublados”. La sentencia final sobre la Biblia de Amberes le correspondió al jesuita Juan de Mariana (1577). Su defensa la limpió de escrúpulos y de recelos, a pesar del intento de los dominicos de Sevilla (1579) de reavivar la polémica.

Y en 1587 la curia romana intentará, sin mucho éxito, eliminar las variantes de los diversos textos de la Vulgata latina. Habría que esperar a la Biblia Clementina (1592) con su revisión mucho más segura del texto latino.

Con su regreso a España (1576) como bibliotecario de El Escorial, concluyen sus densos ocho años de estancia en los Países Bajos. Se traía una desencantada visión de la política española en Flandes, que en otro tiempo admirara, y su rendida adhesión a la secta espiritual flamenca de la Familia del Amor (Familia Chraritatis), entre las posturas católica y protestante y cuyos principios —tolerancia, no violencia, paz, devoción de tendencia quietista, la “identificación personal con el ser divino”, y el alejamiento de los ritos y dogmas aunque sin romper el vínculo con la Iglesia Católica— profesaban la mayor parte de las personas cultas y de negocios de Amberes que formaban el círculo del impresor Plantino, seguidor en un principio de Niclaes, de tendencia protestante, para después preferir la doctrina simbólico-esotérica de tendencia católica del maestro Henrik Jansen Barrefelt, apodado Hiël (Luz de Dios). Como bibliotecario, elaboró la lista de todos los manuscritos existentes —superaban la cifra de cuatro mil—, inventarió los libros impresos e invirtió buena parte de los fondos puestos a su disposición en la adquisición de escritos semíticos de los que la biblioteca escurialense estaba bastante escasa: “empero de Sangrada Escritura y materia de religión tiene falta”. Esta labor la alternó con la de profesor de hebreo en el colegio del monasterio. Su sabio magisterio supo aunar la enseñanza de la lengua bíblica con la difusión entre sus discípulos de la espiritualidad de Hiël. Fray José de Sigüenza, Lucas de Alaejos, Martín de la Vera, Francisco Trujillo y Gaspar Centol, continuadores en su momento de la labor escriturística de Montano, supieron de la ideología familista y de la interpretación “visionaria”, en esta época ya aceptada por Montangal

o, de los textos bíblicos. Si la Orden Jerónima había sido a lo largo del siglo XV un intenso foco de criptojudaísmo, ahora el familismo de Hiël prendía en ella a través del magisterio bíblico del sabio español.

Él mismo no había dejado de pedir a su amigo Plantino que le enviara todos los comentarios posibles de Hiël, en especial sus comentarios al Apocalipsis.

Como ha demostrado Sabbe, “nueve décimos del latín de Arias Montano son copia exacta de las Sendbrieffe de Hiël”.

Después de su última misión política en asuntos relacionados con el rey Sebastián de Portugal, sobrino de Felipe II, Arias Montano pudo residir en su retiro de Extremadura (1586), y a intervalos en el convento sevillano de Santiago. En la Peña de Aracena enseñó hebreo a Pedro de Valencia, “criado a los pechos de la santa y universal doctrina de Montano” a decir de su contemporáneo Covarrubias, y que sería su secretario y el editor en Amberes de sus obras póstumas. Benito Arias Montano murió en Sevilla (1569) en casa de Ana Núñez. En la ciudad del Guadalquivir logró reunir en torno a su persona un grupo de intelectuales progresistas españoles, donde no faltaron miembros conversos como Diego y Francisco Núñez Pérez, emparentados con conversos de Amberes, que si bien no tuvieron el peso espiritual del grupo escurialense, supieron establecer vías de intercambio científico y pensamiento liberal, según el espíritu montaniano, entre las Universidades de Sevilla y Leyden.

 

Obras de ~: Rethoricorum libri IV, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1569; Comentaría in duodecim Prophetas, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1571; Humanae Salutis Monumenta, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1571; Virorum doctorum de disciplinis benemeritis efigies XLIV, Amberes, a Philippo Galleo, 1572; Biblia Sacra, hebraice, chaldaice, graece, latine, Amberes, Christophorus Platinus, 1569-1573; Davidis Regis ac Prophetae aliorumque sacrorum vatum Psalmi, ex hebraica veritate in latinum carmen, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1573; Humani generis amatori Deui liberalísimo sacr. Divinarum Nuptium conventa et acta, ad piorum admonitionem a Philippo Gallaeo aereis tabulis incisa, B. Aria Montano accinente, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1573; Christi Jesu Vitae, admirabiliunque actionum speculum a Ph. Gallaeo apparatum, B. Ariae Montani singularibus distichis instructum, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1573; Biblia Sacra, quid in hac editione a theologis lovaniensibus praestitum sit paulo post indicatur, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1574; Elucidationes in IV Evangelia, quibus accedunt erlucidationes in Acta Apostolorum, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1575; Dictatum Christianum, sive comunes et aptae discipulorum Christi omnium partes, a condiscípulo b. Aria Montano observatis in brevem summam, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1575; David, hoc est virtutis exercitatissimae probatum Deo spectaculim, ex David pastoris, militis, ducis ac prophetae exemplis, B. Aria meditante, Ph. Gallaeo instruente, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1575; Itinerarium Benjaminis Tudelensis, ex hebraico latinum factum, b. Aria Montano interprete, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1575; De Optimo Imperio, sive in libr. Josué commentarium, Amberes, 1583; Elucidationes in omnia Apostolorum scripta, eiusdem s. Johannis apostoli et evangelistae Apocalypsin significationes, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1588; Poemata in IV tomos distincta, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1589; De Varia Republica, sive commentarium in librum Judicum, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1592; Antiquitatum Judaicarum libri IX, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1593; Liber generationis et regenarationis Adam, sive de historia generationis humani; operis magni prima pars, id est Anima, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1593; Hymni et Saecula, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1593; Comentaría in Isaiae prophetae sermones, Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1599; Naturae Historia, prima in magni operis corpore pars., Amberes, Ex officina Christophori Plantini, 1601; In XXXI Davidis Psalmos priores comentaría, Amberes, 1605.

 

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María Fuencisla García Casar