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Antonio Aparisi y Guijarro

Biografía

Aparisi y Guijarro, Antonio. Valencia, 29.III.1815 – Madrid, 5.XI.1872. Orador, jurista, político, escritor. Teórico del tradicionalismo legitimista.

De familia valenciana de la ciudad, por parte de padre, y alicantina de la zona castellana del reino, por línea materna, en su infancia vivió cerca de Alicante en un ambiente de lengua castellana, mientras que su adolescencia y juventud transcurren en la ciudad de Valencia y en pueblos de lengua valenciana. Eso explicará su dominio de ambas lenguas, connaturalmente fundidas en su uso. De posición desahogada, sin embargo, su padre, Francisco de Paula Aparisi, oficial mayor de la Contaduría del Ejército y comisario de guerra honorario, hombre caritativo casi hasta la prodigalidad, al morir en 1829 dejó a su viuda, Francisca Guijarro, “diez reales de viudedad, corta hacienda, largas deudas y siete hijos por añadidura”.

Francisco Belda, gran amigo de su padre y hombre de extensa instrucción, se encargó desde entonces de la educación del adolescente.

Apenas tuvo edad comenzó a estudiar Antonio, conocido a la sazón por el diminutivo Tonico, con los escolapios de las Escuelas Pías, latín y versificación.

Ya entonces comenzó a sorprender a sus condiscípulos con improvisados sermones que concitaban la atención de todos, y con sencillos pero decorosos versos.

Pronto seguiría estudios de legislación, Historia, Filosofía, Literatura y Moral. Extractaba los autores clásicos, añadiendo sus comentarios. Escribía de jurisprudencia.

Comenzó la traducción en verso de Virgilio, Camõens y Milton. Y componía dramas, tragedias, novelas, estudios históricos y epigramas.

El 3 de julio de 1839 recibió la investidura de abogado en el Colegio de Valencia. Desde entonces ejerció la profesión —principalmente en las áreas civil, canónica y criminal— como un verdadero sacerdocio, con prestigio creciente y desinterés económico.

La única parte dolorosa en la profesión —repetía con frecuencia— es la necesidad de cobrar para vivir. Defendió con frecuencia a los humildes a quienes consideraba que les asistía el derecho, frente a los poderosos que intentaban atraérselo. Llevó muchas defensas sin cobrar y, pese a sus convicciones políticas, se convirtió en el defensor de los republicanos, entre los que ganó notoria reputación. Con todo, sus triunfos más resonantes no fueron ante los tribunales, sino en la conciliación.

En 1842 casó con Carmen Adell, la Delia de sus versos juveniles, tras vencer primero la resistencia y luego la indiferencia de ella y su familia. Tuvieron cuatro hijos, uno varón. En su testamento, indicó que su cadáver fuese vestido con la peor ropa y con el escapulario de la Virgen del Carmen y que, de cuerpo presente, se dijeran siete misas rezadas. No puede extrañar, por lo mismo, que se haya destacado sobremanera sus constantes humildad y piedad por quienes han escrito sobre él.

Lo que quizá interese más de la figura de Aparisi a la posteridad no es su aportación, discreta, al romanticismo literario, pese a que fuera elegido miembro de la Real Academia Española, sin llegar a tomar posesión, ni tampoco su quehacer forense, con ser notable, si se hace caso de sus coetáneos y aun del rastro de fama que ha llegado hasta hoy, sino su faceta política, no obstante su conocida falta de inclinación a la misma. Políticamente su familia, aunque profundamente católica, era también muy abierta a las ideas liberales. Pariente y amigo fraternal de Castelar, lo será también de Sorní, de Peris y Valero y aun del propio general Prim. Nada de ello, sin embargo, obstó a su catolicismo íntegro, sin fisuras en la doctrina ni en la conducta: “Crecí entre liberales —escribió un día— sin haber sido liberal ni un solo instante de mi vida”.

En tres momentos de su vida —se ha escrito—, se hará sentir esa llamada del deber que lo convertirá en una suerte de “político a la fuerza”. En el ínterin, dedicado a su profesión y a su familia, no se desentenderá del todo, sin embargo, de la cosa pública y continuará su colaboración literaria y apostólica al tiempo en distintas publicaciones.

La primera etapa, en 1843, coincide con la descomposición del régimen esparterista y los excesos demagógicos de los “ayacuchos”. En una línea no distante de la balmesiana de El Pensamiento de la Nación, sostiene Aparisi en La Restauración, periódico valenciano publicado durante el bienio 1843-1844, la tesis “del principio cristiano en España como elemento de su nacionalidad”. La salida de Olózaga y el partido progresista, sustituido por González Bravo y luego por Narváez y su “década moderada”, determinan la vuelta del abogado valenciano al ejercicio discreto de su profesión.

Pero diez años después, en 1856, tras la “Vicalvarada” y el bienio progresista, torna Aparisi a la escena política, dirigiendo el periódico El Pensamiento de Valencia y acudiendo a Madrid al Congreso de los Diputados, al que resultó elegido en 1858, 1863 y 1865. En ambos expone sus doctrinas de siempre, cada vez más perfiladas: Religión, Monarquía asistida por Consejos, Cortes auténticamente representativas y fuerismo. Y, aunque enemigo de todo despotismo, “cristiano viejo” y defensor de los pobres, escucha los dicterios de “absolutista”, “neocatólico” y “demagogo”.

Lo que percibe con agudeza es el fiasco del régimen liberal: “Los partidos medios se van, todo esto se va”, dice en el Congreso el 4 de febrero de 1865. Y, poco después, el 4 de julio, como anuncio de su nueva retirada, también en el Congreso, augura —con palabras de Shakespeare— a Isabel la ruina de su infortunado ensayo liberal: “Adiós, mujer de York, reina de los tristes destinos”.

Tras la “gloriosa” revolución septembrina de 1868 saldrá, en cambio, otra vez, de su retiro. Y ahora, completado por la “revolución” su ciclo, también él perfecciona el de la “tradición”. Llega, así, al carlismo, donde desempeñará funciones importantes en la corte del duque de Madrid, Carlos VII, quien le llama a Francia en enero de 1869 con motivo de unas negociaciones sobre la fusión dinástica, que a la postre se frustran, sin que Aparisi lo sienta mucho, pese a su natural conciliador, habida cuenta de las condiciones que exigía el bando isabelino. Pero que le permiten frecuentar al caudillo carlista y a su virtuosa esposa, Margarita de Parma, con quienes entabla profunda amistad. Aprovecha entonces para viajar a Roma y, de vuelta, acude a Vevey, en Suiza, donde participa en la gran reunión de la comunión legitimista. Regresa a España en 1871, al haber sido elegido para el Senado, elección que renovaría al año siguiente, y en él sostiene, de palabra, en resonantes discursos, la causa del “príncipe de la barba florida”, como, por escrito, en La Regeneración y La Esperanza. Su libro El Rey de España (1869), junto con Los tres Orleáns, del mismo año, marcó en este sentido el punto de inflexión de su trayectoria, completado poco antes de su muerte con La Restauración (1872). El Aparisi maduro es, pues, tradicionalista integral y, por lo mismo, carlista. Pues el legitimismo, adquirida la convicción a través del razonamiento jurídico del derecho que asistía a don Carlos en el pleito dinástico, vino a converger con su natural tradicionalismo, reforzado por la consideración de los efectos destructivos del régimen liberal.

Así, de las personalidades relevantes en la “Causa” durante los últimos años sesenta y primeros de los setenta del siglo XIX, quizá ninguno le alcance a Aparisi en importancia.

 

Obras de ~: Obras de D. Antonio Aparisi y Guijarro, Madrid, Imprenta de la Regeneración a cargo de R. Ramírez, 1873- 1877, 5 vols. (vol. IV, Imprenta de Folguera, a cargo de Francisco Fernandez, vol. V, Imprenta de A. Flórez y Cía.).

 

Bibl.: C. Nocedal, “Don Antonio Aparisi y Guijarro. Discurso necrológico”, en Memorias de la Academia Española, n.º 16 (1873), págs. 179-240; J. Rico Y Amat, El libro de los diputados y senadores, t. IV, Madrid, 1876, págs. 258- 318; F. P. Quereda, “Don Antonio Aparisi y Guijarro”, en Revista General de Legislación y Jurisprudencia, n.º 86 (1897), págs. 457-483; J. D. Corbató, El españolismo de Aparisi y Guijarro, Valencia, 1901; J. de Liñán y Eguizábal, “Antonio Aparisi y Guijarro”, en Jurisconsultos españoles, t. II, Madrid, 1911, págs. 161-171; V. Genovés y Amorós, “Las primeras campañas políticas de Aparisi y Guijarro”, en Revista de Estudios Políticos, n.º 24 (1945), págs. 45-98; F. Elías de Tejada, “El pensamiento político de Aparisi y Guijarro”, en Revista de la Facultad de Derecho de Madrid, n.º 15 (1948), págs. 18-44; “Preliminar” a Antología de Antonio Aparisi y Guijarro, Madrid, Edit. Tradicionalista, 1951; S. Galindo Herrero, “Estudio preliminar” a A. Aparisi Guijarro, En defensa de la libertad, Madrid, Rialp, 1957; J. Beneyto Pérez, Siete españoles contra el mundo, Sevilla, Ediciones Montejurra, 1958; R. Olivar Bertrand, Aparisi y Guijarro, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1962; VV. AA., Aparisi y Guijarro: las claves de la tradición política española, Sevilla, Ediciones Montejurra, 1973; R. de Miguel, Semblanza humana y política de Antonio Aparisi y Guijarro, Valencia, Círculo Cultural Aparisi Guijarro, 1980; J. L. Villacorta, La derrota intelectual del carlismo: Aparisi y Guijarro frente al siglo, Bilbao, Instituto Diocesano de Teología y Pastoral, Desclée De Brouwer, 1990; A. Colomer Viadel, La exigencia moral en la política: Antonio Aparisi y Guijarro, Valencia, Tirant lo Blanch, 1994.

 

Miguel Ayuso Torres