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Cándido Nocedal y Rodríguez de la Flor

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Biografía

Nocedal y Rodríguez de la Flor, Cándido. La Coruña, 11.III.1821 – Madrid, 18.VII.1885. Político, carlista, abogado y periodista.

Hijo de José María Nocedal —que fue diputado a Cortes, comandante de la milicia nacional de Madrid y regidor constitucional de la capital— y de Juana Rodríguez de la Flor. Estudió en la Universidad de Alcalá de Henares, por la que se licenció en ambos Derechos en 1840. Comenzó su carrera política durante la regencia de Espartero (1840-1843) dentro del Partido Progresista, siendo nombrado promotor fiscal de Madrid. También formó parte de la milicia nacional. El gobierno que se formó tras la caída del duque de la Victoria, en 1843, presidido por Joaquín María López, le hizo director de la Gaceta de Madrid. Aquel mismo año obtuvo su primera acta de diputado, por Zaragoza, y fue secretario del Congreso de los Diputados. Abandonó el Partido Progresista y se integró en el Moderado, siendo elegido diputado en todas las elecciones celebradas hasta 1852, aunque sin desempeñar un papel destacado en el Parlamento. En 1851, en el Ministerio de Bravo Murillo, ocupó la Subsecretaría de Gobernación, con Manuel Beltrán de Lis al frente de dicha cartera. Cándido Nocedal evolucionó, por tanto, en esta primera etapa de su vida desde el progresismo hasta la facción más derechista del Partido Moderado, la representada por Bravo Murillo, que pretendía reducir drásticamente el poder del Parlamento en beneficio de la Corona, limitar el derecho electoral y restringir el ejercicio de las libertades públicas.

El salto al primer plano de la vida política lo dio durante el denominado Bienio Progresista (1854-1856) como director del periódico satírico El padre Cobos —que combatió duramente al Partido Progresista y al Ministerio surgido de la Revolución de 1854— y, sobre todo, por sus intervenciones en las Cortes Constituyentes, en las que, elegido por Pontevedra, fue uno de los pocos moderados que tomaron asiento. Su discurso más destacado tuvo lugar al discutirse la Base 2.ª de la Constitución, sobre la unidad religiosa, a la que presentó una enmienda oponiéndose a la tolerancia propuesta en dicho texto. No sólo defendió la unidad católica —como hicieron casi todos los oradores, incluso del Partido Progresista— sino que se opuso a cualquier concesión a otras confesiones religiosas, identificando la nacionalidad española con el catolicismo, una tesis que años más tarde habría de reformular y difundir Marcelino Menéndez Pelayo. Por esta actitud respecto al tema religioso, Nocedal y quienes en el campo isabelino compartían sus ideas comenzaron a ser llamados “neo-católicos”, o “neos”, simplemente, para distinguirlos de los carlistas, que en el otro bando dinástico defendían planteamientos semejantes. También negó Cándido Nocedal en las Cortes el principio de la soberanía nacional, afirmando que para él no existía “otra soberanía que la del tiempo, la tradición y [...] la historia”.

Por la aproximación al carlismo tanto en la defensa de las tesis católicas como en lo relativo a la soberanía, y por lo limitado de su liberalismo, puede considerarse a Nocedal en este período como continuador de una tendencia presente en el Partido Moderado desde 1843 —representada inicialmente por el marqués de Viluma y que contó con el apoyo doctrinal de Jaime Balmes y de Juan Donoso Cortés—, en favor de una decidida reacción que anulara buena parte de lo establecido por la Revolución liberal e hiciera posible una reconciliación de las dos ramas dinásticas: la isabelina y la carlista. En el conjunto heterogéneo en que consistió el Partido Moderado, aquella posición, sin embargo, fue siempre minoritaria y sólo en contadas ocasiones alcanzó el poder llevando a cabo de forma limitada y temporal alguno de sus postulados. La facción centrista de los moderados, dirigida por el general Narváez y entre cuyos componentes estaban Alejandro Mon y Pedro Pidal, fue la predominante y con la que cabe identificar lo fundamental de la labor de gobierno de este partido, en particular la Constitución de 1845 y la organización centralista del Estado liberal.

Ministro de Gobernación de octubre de 1856 a octubre de 1857, en el gobierno del general Narváez. Fue autor de un proyecto de ley de imprenta, muy restrictivo, que establecía la censura previa y la imposición de fuertes multas a los infractores de sus preceptos. En el seno del Ministerio se opuso al proyecto de ley de instrucción pública presentado por el titular de Fomento, Claudio Moyano, por considerar que no garantizaba suficientemente el control de la enseñanza por parte de la Iglesia; en la tramitación parlamentaria de este proyecto presentó varias enmiendas que fueron rechazadas, aunque contaron con el apoyo de más de sesenta diputados favorables a las tesis de Nocedal. Derrotado en las elecciones de 1858, estuvo ausente en las Cortes de la Unión Liberal.

En la última década del reinado de Isabel II radicalizó su posición en defensa de la Iglesia Católica y el Papa, distanciándose paulatinamente del Partido Moderado hasta llegar a su completa separación del mismo. Tras la publicación por Pío IX, en 1864, de la encíclica Quanta cura —a la que acompañaba un compendio o Syllabus de ochenta proposiciones heréticas—, Cándido Nocedal declaró que renunciaba por completo “a la calificación de liberal y de liberalismo”. En junio de 1865 se opuso en el Congreso al reconocimiento del reino de Italia que llevó a cabo el gobierno del general O’Donnell, llamando “vandalismo” y “piratería” a la unidad italiana y calificando de “gobiernos abyectos” a los que la reconocían. En julio de 1866, al acceder nuevamente al gobierno el general Narváez y dar por buena esta medida, Cándido Nocedal se apartó definitivamente de los moderados; renunció a la Cruz de Carlos III y rechazó las ofertas de presidir el Congreso de los Diputados y de ocupar la Embajada de Roma, que le hizo el gobierno. En lugar de ello, se propuso crear un nuevo partido político cuyo programa presentó en el Congreso en mayo de 1867: además de las ya conocidas tesis católicas, propugnaba la reforma constitucional, el cambio de la Ley electoral para introducir el voto corporativo en lugar del individual, la incompatibilidad absoluta de los diputados con cualquier cargo público y una amplia descentralización administrativa. Trató de poner al servicio de su proyecto al principal periódico neocatólico, El Pensamiento Español, pero ante la resistencia de su director, Francisco Navarro Villoslada, fundó, en diciembre de 1867, el periódico La Constancia, en el que participaron, entre otros, su hijo, Ramón Nocedal, y Juan Manuel Ortí y Lara y Gabino Tejado. Las agrias polémicas que con este motivo mantuvieron en la prensa destacados personajes y medios neocatólicos pusieron de manifiesto la profunda división existente entre los monárquico-religiosos. Al morir el general Narváez en abril de 1868, Cándido Nocedal, que contaba con una minoría en el Congreso de unos veinte diputados, confió en que Isabel II le entregara el poder, pero la Reina optó por la continuidad de los moderados con Luis González Bravo a la cabeza. A pesar de que Cándido Nocedal era concuñado de éste —por estar ambos casados con sendas hermanas del actor Julián Romea—, le criticó con dureza en La Constancia, periódico que fue objeto de una constante represión gubernamental y dejó de publicarse a finales de septiembre de 1868.

Cándido Nocedal vaticinó en el Congreso la caída del trono de Isabel II afirmando que él acompañaría a esta señora y su dinastía hasta la frontera y luego se quedaría esperando a que pasaran los ejércitos católicos para incorporarse a ellos. Así lo hizo tras el triunfo de la Revolución de septiembre de 1868. Como él mismo escribió a Isabel II el 25 de marzo de 1869, “la rama de don Carlos representa los buenos principios, únicos salvadores del orden social, de la unidad católica, de la monarquía verdadera. Los liberales [...] son monárquicos a medias, monárquicos de convención y de conveniencia. Con tales defensores y consejeros, impotentes para el bien y contemporizadores para el mal, no pueden permanecer en pie las monarquías y menos en tiempo de borrascas tan deshechas como las que presencia el siglo en que vivimos”. En otra carta a Isabel II, de 25 de marzo de 1871, ya en el reinado de Amadeo de Saboya, le confirmaba su apartamiento de la causa de Alfonso XII, en quien la Reina había abdicado el año anterior, por estar éste “irrevocablemente ligado con el principio liberal, que con todo mi corazón rechazo y condeno, porque es por su índole y esencia anticatólico y enemigo de toda paz, de todo sosiego y de toda felicidad de las naciones”. En la misma ocasión consideraba a los “liberales moderados y doctrinarios”, “los más temibles y peligrosos” porque “cubren con tapas de flores las bocas de los abismos para que en ellos caigan precipitados los inocentes pueblos y los cándidos ciudadanos que viven de su propiedad, de su industria o de su trabajo”.

Elegido diputado por Valmaseda (Vizcaya) en las elecciones de marzo de 1871 —las primeras del reinado de Amadeo de Saboya—, se convirtió en el principal líder político del carlismo gracias a la confianza de Don Carlos, y a pesar de la resistencia que los carlistas de siempre y otros neocatólicos presentaron a su rápido ascenso en el bando del pretendiente. Al frente de la minoría carlista en el Congreso, compuesta por 57 diputados, dio abundantes muestras de su capacidad de maniobra parlamentaria —en unión con las demás fuerzas de oposición al Gobierno (republicanos, moderados alfonsinos y montpensieristas)— y de una oratoria incisiva y eficaz. Confiaba en el triunfo de la causa del pretendiente por medios pacíficos y legales, oponiéndose a los que creían que la guerra era indispensable. Su opinión era que “la guerra era el único modo de alejar a don Carlos del trono; que sin guerra los gobiernos revolucionarios habrían acabado por disolver el ejército; que sin ejército, los desmanes de los alborotadores habrían dado lugar a que llamasen a don Carlos, para salvar sus escaparates, hasta los tenderos de Madrid”. En abril de 1872, al decretar don Carlos el levantamiento armado y el retraimiento parlamentario, dimitió de todos sus cargos.

Ya en la Restauración, en 1875, fundó El Siglo Futuro, periódico dirigido por su hijo Ramón, mediante el que trató de establecer una identificación absoluta y exclusiva entre carlismo y catolicismo; esto significaba no ya que todos los carlistas fueran católicos sino que todos los buenos católicos debían ser carlistas. En consecuencia, atacó violentamente las nuevas instituciones de la Monarquía liberal de Alfonso XII y a los católicos que se integraron en ella. También mantuvo fuertes disputas con otros periódicos carlistas como La Fe o El Fénix, que no aceptaban la autoridad de Cándido Nocedal.

El 6 de agosto de 1879 fue nombrado por Don Carlos su representante en España. Con esta medida, el pretendiente trató de reorganizar un partido que, tras la derrota militar, se hallaba en franca decadencia. La delegación de poderes duró hasta la muerte de Cándido Nocedal, en julio de 1885. Durante estos años se mantuvieron las disputas internas en la prensa y el retraimiento electoral del partido, con muy escasas excepciones. Especial importancia tuvo la oposición que desde El Siglo Futuro se hizo a la Unión Católica, el grupo que liderado por Alejandro Pidal se apartó del carlismo y, de acuerdo con la orientaciones del papa León XIII, trató de influir en sentido católico desde dentro de las instituciones liberales. A fines de 1881, ante los escasos resultados logrados, el alejamiento de buena parte de la jerarquía eclesiástica y el lamentable espectáculo que estaba dando la prensa carlista, Don Carlos, influido por un grupo dirigido por el marqués de Cerralbo que pretendía dar una nueva orientación al partido, decidió sustituir a Cándido Nocedal al frente del mismo. Pero el encargo de León XIII a los Nocedal de organizar una peregrinación —“romería” en la terminología de la época— de protesta y desagravio por la profanación de los restos de Pío IX, ocurrida en julio de aquel año, hizo que la medida quedara paralizada y se reforzara el liderazgo del dirigente neocatólico. En 1885, el marqués de Cerralbo decidió ocupar el escaño que por derecho propio le correspondía en el Senado. En protesta por esta decisión —contraria al retraimiento parlamentario—, Cándido Nocedal presentó su renuncia a don Carlos; murió antes de recibir contestación del pretendiente.

Además de su labor política y periodística, Nocedal ejerció ampliamente la profesión de abogado y participó en la vida cultural de su época. En 1841 se propuso escribir un Compendio de la Historia de España desde Ataúlfo hasta nuestros días, del que no apareció más que el primer volumen dedicado a los reyes visigodos. Más adelante impulsó la publicación de la Biblioteca de Autores Españoles desde la formación del lenguaje hasta nuestros días, por Manuel Rivadeneyra, proyecto en el que colaboró con la edición en dos volúmenes, en 1858 y 1859, de las obras completas de Gaspar Melchor de Jovellanos; las introducciones biográficas incluidas en ellos fueron publicadas posteriormente como Vida de Jovellanos. En 1860 ingresó en la Real Academia Española con un discurso sobre la novela, en el que no condenó el género pero sí el curso que seguía en la época, ya que, en su opinión, como todos los demás géneros literarios, se proponía “indignamente atacar la organización social y [...] destruir el principio de autoridad”. En aquella ocasión fue contestado con el duque de Rivas que alabó el conocimiento profundo del idioma del nuevo miembro de la Academia como se manifestaba, sobre todo, en sus improvisaciones parlamentarias, donde “abunda[ba]n los giros más castizos, las frases más correctas y la propiedad más exquisita”. Participó en diversos actos de la institución, como la sesión necrológica dedicada a Antonio Aparisi y Guijarro, el 5 de diciembre de 1872, y la recepción del novelista Pedro Antonio de Alarcón, en 1877. En 1866 fue elegido presidente de la Real Academia Matritense de Jurisprudencia y Legislación, inaugurando sus sesiones con un discurso en el que defendió la libertad de testar, en contra de las limitaciones que a favor de los hijos establecía la legislación vigente en la mayor parte del país. El 30 de septiembre de 1857 fue nombrado por la Corona, a propuesta del Gobierno y por única vez, junto a otras diecisiete destacadas personalidades, individuo fundador de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Ocupó la medalla número 4 hasta que renunció el 18 de febrero de 1868 y le fue admitida la renuncia el 24 de marzo siguiente.

Estuvo casado dos veces; la primera con Manuela Romea, que murió en 1875; su segunda esposa fue Concepción Gámiz, que murió en 1879.

 

Obras de ~: Compendio de la historia de España desde Ataúlfo hasta nuestros días, Madrid, Miguel de Burgos, 1841; Obras publicadas e inéditas de don Gaspar Melchor de Jovellanos, colección hecha e ilustrada por ~, Madrid, Rivadeneyra, 1858- 1859, 2 vols.; Discursos leídos ante la Real Academia Española, en la recepción pública de don ~ el día 15 de mayo de 1860, Madrid, Rivadeneyra, 1860; Vida de Jovellanos, Madrid, Rivadeneyra, 1865; Discurso leído en la [...] Real Academia Matritense de Jurisprudencia y Legislación, Madrid, Eduardo Cuesta, 1866; Discursos [...] sobre el reconocimiento del llamado reino de Italia, Madrid, Tejado, 1866; Discurso necrológico de D. Antonio Aparisi y Guijarro leído en la Real Academia Española, Madrid, Pérez Dubrull, 1873; Discursos leídos ante la Real Academia Española en la recepción pública de [...] D. Pedro Antonio de Alarcón el 25 de febrero de 1877, Madrid, Víctor Saiz, 1877.

 

Fuentes y bibl.: A. Pidal y Mon, “Balmes y Donoso Cortés. Orígenes y causas del ultramontanismo. La historia y sus transformaciones. Relaciones del Estado con la Iglesia Católica y con la Santa Sede”, en La España del siglo XIX, Madrid, 1887, págs. 441-500; C. Botella y Serra, D. Cándido Nocedal (1821-85), Hijos de M. G. Hernández, 1913; M. Ferrer, Historia del tradicionalismo español, ts. XXVII y XXVIII, Sevilla, Editorial Católica Española, 1959; J. L. Comellas, Los moderados en el poder, 1844-1854, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), 1970; A. Ollero Tassara, Universidad y política. Tradición y secularización en el siglo XIX, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1972; B. Urigüen, “Candido Nocedal y Rodríguez de la Flor”, en Q. Aldea Vaquero, T. Marín Martínez y J. Vives Gatell (dirs.), Diccionario de Historia Eclesiástica de España, Madrid, CSIC, Instituto Enrique Flórez, 1973; F. Cánovas Sánchez, El partido moderado, Centro de Estudios Constitucionales, 1982; B. Urigüen, Orígenes y evolución de la derecha española: el neocatolicismo, Madrid, CSIC, 1986; C. Robles, Insurrección o legalidad. Los católicos y la Restauración, Madrid, CSIC, 1988; J. M. Cuenca Toribio y S. Miranda García, El poder y sus hombres. ¿Por quiénes hemos sido gobernados los españoles? (1705-1998), Madrid, Editorial Actas, 1998, págs. 690-693; J. Canal, El carlismo, Madrid, Alianza, 2000.

 

Carlos Dardé Morales