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Catalina de Erauso

Biografía

Erauso, Catalina de. La monja Alférez. Alonso Díaz y Ramírez de Guzmán. San Sebastián (Guipúzcoa), 10.II.1592 ant. – Cuitlaxtla (México), 1650. Religiosa dominica (OP), heroína.

Su vida novelesca la convierte en figura de fábula o de leyenda, mas fue mujer de carne y hueso. Fue bautizada en la parroquia donostiarra de San Vicente por el vicario Albisua el 10 de febrero de 1592. Su notoriedad histórica conoce dos momentos distantes entre sí: el primero, el siglo xvii en que vivió y murió, ya que en vida suya aparecieron en Sevilla y Madrid diversas Relaciones que dicen proceder “de su mesma boca”; Pérez de Montalbán escribió una comedia sobre su vida (1629), y diversos historiadores de aquel siglo certifican haberla conocido y tratado personalmente: así Salazar de Mendoza, Gil González Dávila y el italiano Pietro della Valle Peregrina. Sus méritos militares en América fueron certificados en Madrid por generales que le conocieron en la guerra del Arauco (Madrid, 1624-1625).

El segundo momento se ubica en el siglo xix. Tras largo silencio en el siglo xviii, comparece de nuevo ante la Historia gracias a Joaquín María Ferrer, liberal pasaitarra exilado en París, quien editó la Historia de la Monja Alférez Doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma e ilustrada con notas y documentos (París, 1829). El texto, no autógrafo, hasta entonces inédito y desconocido, escrito en primera persona —“Yo nací”— procedía de los papeles del poeta sevillano Cándido María Trigueros y ya inspiró reservas a su editor, pues se inicia en sus primeros párrafos con dos errores de bulto: el primero atribuirse más años de los que tenía, pues dice haber nacido en 1585, y el segundo, situar su viaje a América en 1603, cuando en tal fecha y años siguientes consta que vivió en San Sebastián.

La edición de Ferrer, en castellano y en París, en la época del Romanticismo, tuvo resonancia europea y así se ocuparon de la Monja Alférez la Revue enciclopedique (1829), el Magasin Pittoresque de París (1836), el Semanario Pintoresco (1838), la Revue des deux Mondes (1847), la Revue britannique (1869), a los que siguieron literatos americanos como Ricardo de Palma, Valle Arizpe, González Obregón, José María Heredia y, en España, Sánchez Moguel, Pío Baroja, Luis de Castresana, José Berruezo. La figura de la Monja Alférez renace, por tanto, en los siglos xix y xx.

La llamada autobiografía necesita una revisión crítica que le dé valor de tal, si bien sigue editándose como tal y traducida a varias lenguas europeas. Otros documentos auténticos permiten recomponer su figura histórica. El descubrimiento de unos pleitos del abuelo de Catalina de Erauso, Miguel de Erauso (senior), ha permitido trazar el árbol genealógico y describir las cuantiosas posesiones de la familia, en casas, caserías, viñedos y manzanales y, sobre todo, en barcos que navegaban a Terranova a la pesca de ballenas y bacalaos, a Nantes portando lanas de Castilla, y a Lisboa y Sevilla llevando hierro y vendiendo en este último puerto sus naves, altamente cotizadas.

Miguel de Erauso (junior) se casó con María de Galarraga. Del matrimonio nacieron los varones Miguel, Domingo y Martín, que pasaron a América, y las hijas Mari Juan, Jacinta, Isabel —monjas profesas dominicas en San Sebastián—, Mariana, que se casó con un Arellano, y Catalina. Ésta estuvo como educanda en el convento en que estaban sus tres hermanas, pero no llegó a profesar; su padre abonó al convento por los alimentos de Catalina, no así por su dote. Así pues, no fue monja, si bien adujo tal condición cuando se vio en aprietos con la justicia y en peligro se muerte en América y ello le salvó la vida por la intervención del obispo de Huamanga, quien remitió su caso canónico al Papa.

Hacia 1607 huyó del convento. Tras pasar por Vitoria, Valladolid, Toledo, Madrid y Pamplona en traje de varón y en diversos servicios, embarcó en Pasajes camino de Sevilla para desde allí pasar a América en la nao del general de Mar Echazarreta, buen amigo de su casa. A partir de ese momento, siempre se hizo llamar con nombre y apellidos postizos: Alonso Díaz y Ramírez de Guzmán, más tarde Francisco de Loyola, Portobello, Cartagena de Indias, Trujillo la vieron empleada en servicio de vascos (Ibarra, Urquiza); en Lima sirvió a Diego de Olarte, en tareas de comercio y ganadería. Al fin, sentó plaza de soldado en Chile. Ocultando su apellido, sirvió en Santiago a su hermano, el alférez Miguel de Erauso y por méritos de guerra ascendió a alférez en lucha con los araucanos. Pasó por Potosí, Chuquisaca, Lima, Cuzco, Huamanga, con innumerables lances de espada, hasta que amenazada por la Justicia, reveló su condición de mujer y de monja. Dada la gravedad de esta última condición, fue remitida a Europa para que pudiese arreglar su situación ante el Papa. A Sevilla llegó en 1624, ya desvelada su condición de mujer y en Sevilla se editaron las primeras Relaciones sobre su vida. Consta que llegó a Pamplona, porque de esta ciudad partió hacia Roma con dos acompañantes, viéndose presa de soldados franceses cuando ya llegaba a la frontera con Saboya. Volviendo a Pamplona hizo levantar acta notarial de aquel percance. En un segundo intento, acaso por mar, llegó a la Ciudad Eterna, donde despertó gran curiosidad. Allí la conoció Pietro della Valle y vio las cicatrices de sus heridas. Llegó a estar con Urbano VIII y a lograr de éste el permiso para seguir vistiendo de hombre. Vuelta a España, ya revelado su misterio —firma algún documento como el alférez Catalina de Erauso—, obtuvo el reconocimiento de sus méritos militares y embarcó esta vez para Nueva España, pasando por Sevilla, donde la retrató Pacheco. Este retrato, fechado en 1630, pasaría siglos más tarde a Joaquín María Ferrer de manos de un anciano militar alemán que había combatido en España a las órdenes de Napoleón y lo compró en Sevilla. A mediados del siglo xx, pasó a poder de la Caja de Ahorros Municipal de San Sebastián.

Nada se sabría de la vida de la monja alférez en Nueva España, si no fuese por otra Relación editada en México a raíz de la muerte de la protagonista. Por ella se sabe que haciéndose pasar por hombre y con el nombre de Antonio de Erauso, trabajó en la arriería entre Veracruz y México con una recua de animales durante muchos años ayudada de muleteros y en uno de sus viajes murió con muerte ejemplar en Cuitlaxla en 1650. La noticia de su muerte llegó a Orizaba, desde donde lo más lucido de la ciudad acudió a su entierro “por ser amada de todos los muleteros”. Curiosamente se dice en la dicha Relación, que rezaba lo que era de obligación de las monjas profesas, que ayunaba la Cuaresma y el Adviento, que tres veces por semana se disciplinaba, y que oía misa todos los días. A esto añade que el célebre obispo de Puebla, Palafox, hizo poner en su sepulcro un epitafio honroso y hasta intentó, sin éxito, enterrarla en Puebla. Con ella se extinguía toda la familia Erauso. El caso ha despertado el interés de los psiquiatras, que intentan explicar endocrinamente su personalidad. Su vida ha sido llevada al cine, donde fue representada por la actriz María Félix.

 

Bibl.: J. Pérez Montalbán, La Monja alférez: comedia famosa, Madrid, 1629; P. della Valle Peregrina, De’viaggi di Pietro della Valle il pelegrino..., vol. III, Roma, 1663, págs. 499- 500; P. Salazar de Mendoza, Monarchia de España o Deducción histórica y jurídica de los derechos del Rey Católico a todos los estados que poseía año de 1622 [...], Madrid, 1622 (en la Biblioteca Nacional, ms. n.º 12982) (ed. Madrid, 1771, vol. III, pág. 156); L. de Martínez de Isasti, Compendio historial de Guipúzcoa, 1625 (ed. de San Sebastián Ignacio Ramón Baroja, 1850, págs. 159-160); G. González Dávila, Monarquía de España, Madrid, 1771; J. M.ª Ferrer, Historia de la Monja Alférez, París, Imprenta de Julio Didot, 1829 [reseñada en Revue enciclopedique, 43 (1829), págs. 742-744]; Semanario pintoresco, 2 (1838), págs. 650-652; Revue des deux Mondes, 1847, págs. 589-637; J. Mañé y Flaquer, El oasis: viaje al país de los fueros, Barcelona, Imprenta de Jaime Jesús Roviralta, 1880, págs. 124-30; J. M.ª Heredia, La Nonne Alferez, París, Alphonse Lemerre, 1884 (Santiago de Chile, 1906); A. Sánchez Moguel, en La Ilustración Española, 36 (1892), págs. 6-7; A. del Valle Arizpe, Virreyes y virreinas: Leyendas, tradiciones y sucedidos del México Virreinal, Madrid, Biblioteca Nueva, 1933, págs. 109-131; L. González Obregón, “Las calles de México”, en Leyendas y sucedidos, México, Ediciones Botas, 1944 (6.ª ed.), págs. 85-91; R. Palma, Tradiciones peruanas, vol. II, Madrid, Aguilar, 1952, págs. 62-66; L. de Castresana, Catalina de Erauso, la monja alférez, Madrid, Afrodisio Aguado, 1968; J. I . Tellechea Idígoras, La Monja Alférez Doña Catalina de Erauso, San Sebastián, Sociedad Guipuzcoana de Ediciones, 1992.

 

José Ignacio Tellechea Idígoras