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José Celestino Mutis y Bosio

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Biografía

Mutis y Bosio, José Celestino. Cádiz, 6.IV.1732 – Santafé de Bogotá (Colombia), 11.IX.1808. Médico, botánico, director de la Expedición botánica a Nueva Granada.

Gaditano de nacimiento, se formó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla y en el Real Colegio de Cirugía de Cádiz, siendo por tanto hábil en las dos disciplinas, que se ejercían desde antiguo de forma separada. La Armada había encargado a Pedro Virgili la fundación del Colegio de Cádiz, con especial dedicación a la disección anatómica, las ciencias modernas y la enseñanza de la clínica y de las especialidades. Allí se interesó José Celestino Mutis por la anatomía y la historia natural, así como por la física, la química y las matemáticas. Antonio Orozco Acuaviva, en el homenaje que la Real Academia Nacional de Medicina dedicó a Mutis en 1996, puntualiza los estudios del sabio botánico. Consigue tres cursos y un “cursete” entre 1750 y 1753 en la Universidad de Sevilla, recibiendo el grado de bachiller en Medicina en 2 de mayo de 1753. En 1757 obtiene el reconocimiento de dos años de práctica en el Hospital Real de la Marina con el médico Pedro Fernández de Castilla y la licencia del Protomedicato. Los papeles de la Facultad de Medicina de Cádiz reconocen que estuvo también en el Real Colegio de Cirugía entre 1749 y 1752, en que se retiró por enfermedades. Pasó a Madrid en 1757, en el Real Jardín Botánico, con Miguel Barnades, y en el Hospital General aumentó este interés por las ciencias y realizó vivisecciones en animales.

En 1760 salió de Cádiz y llegó a Cartagena de Indias, como médico del virrey Pedro Mesía de la Cerda, yendo luego a Santafé. Entusiasmado por su riqueza natural, planeó un mejor conocimiento y explotación de la rica flora americana. Una vida más confortable y sana, así como el lujo y la riqueza se podían obtener a partir de los ricos productos del virreinato.

Quería que se prosiguiera la tradición de las expediciones científicas a América, que se iniciaron con Francisco Hernández, quien como protomédico fue enviado por Felipe II a Nueva España. También recordaba las colaboraciones con los sabios europeos, así con La Condamine, quien, con Jorge Juan y Antonio de Ulloa, había medido el grado de meridiano en Perú; o bien el envío por Linné de su discípulo Löfling para estudios botánicos.

Formuló en memoriales de los años 1763 y 1764 una propuesta de expedición científica, que sería muy útil para la ciencia, la Corona y sus vasallos. Se beneficiarían la minería, la agricultura, la medicina, las industrias y el comercio, siendo necesarias ayudas de la Corona para los muchos gastos. Quiso escribir una historia natural del virreinato, comprensiva de la geografía, las riquezas y los recursos, al menos, sin olvidar quizá los aspectos políticos y humanos o morales. En Madrid, el Jardín Botánico o el Gabinete de Historia Natural servirían para la centralización, y él pretendía estar al frente. También quiso una academia de científicos, como la francesa, que apoyase, controlara y proyectase la ciencia. Realizó unos dibujos en forma de emblemas como los de Saavedra Fajardo, para que los poderosos visualizasen en estos símbolos el papel de la Corona en el apoyo de la ciencia, las artes, la política y la economía. Sin embargo, la torpeza de los funcionarios y los cambios de virreyes no permitirían llevar adelante de momento esos proyectos. Además, las peleas de Quer y el Jardín Botánico con Linneo, alejaban por unos años la moderna nomenclatura de los espacios españoles. Continuó de momento Mutis su vida oscilando entre la actividad pública y la privada, ejerció la medicina, enseñó a jóvenes en aulas, tuvo empresas mineras y agrícolas y se ordenó como clérigo; fue, además, asesor de poderosos y sabio independiente.

En su papel de profesor, hay que destacar su defensa de la obra de Copérnico en el Colegio del Rosario, ante el virrey Guirior, en el año 1773; antes y después de esta fecha, se muestra baluarte del heliocentrismo. La enseñanza de las Matemáticas y la Física modernas fueron la base de la formación de una juventud renovadora, como muestran sus apuntes para la docencia, permitiendo a la vez un adecuado estudio de la Medicina, que necesitaba de estas ciencias. Luis Carlos Arboleda ha insistido en la importancia de la traducción de Newton que acometió, sin duda con estos fines. Realizó una traducción incompleta de Principia en 1772-1773. Conocía bien la obra de Wolff, además de los continuadores de la obra de Newton. Las ideas newtonianas, que venían a sustituir a las cartesianas, fueron difundidas por él en la Cátedra de Matemáticas y Física del Colegio del Rosario entre 1762 y 1766. En 1802-1803 se construyó a sus expensas un observatorio astronómico, que todavía puede ser visitado.

Un ilustrado personaje iba a permitir un cambio de rumbo en su vida. Se encontró en 1782 con el virrey y arzobispo Caballero y Góngora, en visita pastoral, en el yacimiento minero de El Sapo, cerca de Ibagué. Se interesó éste por sus proyectos, que se enmarcaban en los de la Corona española. Visitó máquinas, oficinas y minas, celebró misa y bendijo el yacimiento. Este clérigo, pacificador y buen gobernante, lo tomó como asesor y recibió con gusto la petición de formar una expedición científica, que él mismo puso en marcha.

La Corona se interesaba por las materias primas, que fomentaban la farmacia, la industria y el comercio. Se emprendió de forma racional y útil la explotación de las riquezas americanas, buscando unidad, control, centralización y modernización. Se habían actualizado o creado instituciones científicas en Madrid, la expedición al Perú estaba también en marcha.

En marzo de 1783 se solicitó otra vez la expedición, que el virrey aprobó, pidiendo apoyo a Gálvez, impulsor de estas políticas americanas. Mutis fue nombrado director de la expedición, establecida en Mariquita, y astrónomo y botánico del Rey a finales del año. Precisó mucha ayuda, tanto en dinero como en instrumental, colaboradores y libros, con el fin de seguir en su proyecto de escribir una “historia completa en lo geográfico, civil y político”. Él se consideraba responsable del envío a América de sabios químicos, así como de mineros y metalurgistas. A fines de 1783 se decidió enviar a América a los hermanos Elhuyar —Juan José a Nueva Granada, Fausto a Nueva España—, quienes se acompañaron de técnicos alemanes.

Fueron las minas de Mariquita las primeras en ser explotadas, prefiriendo en principio el método de fundición. A la tradición española de amalgamación con el mercurio se quiso superponer las opiniones europeas sobre el mejor método de extracción de la plata. Mientras Fausto se decantó rápido por el método tradicional, diversas experiencias, acompañadas de cambios en el poder virreinal hicieron que la explotación neogranadina fuese de bajo éxito. Las minas debían quedar en manos de la Corona, empleando mano esclava, pues no había ni técnica, ni capital ni iniciativa privada, si bien Mutis tuvo sus propios negocios.

La mayor aportación de José Celestino Mutis a la terapéutica se centró en la quina, que hizo objeto de su estudio y comercialización. Útil contra las fiebres, fue un éxito su uso contra el paludismo. Estudiada por La Condamine en su Expedición, nombrada por Linneo como Cinchona, Mutis estableció una excelente relación con el sabio sueco y le mandó muestras gracias a Miguel de Santisteban, quien debía trabajarlas por encargo virreinal. Las señaló éste entre Quito y Bogotá, Mutis cerca de la capital en 1772, en el monte de Tena, al volver de El Sapo, y en el monte Pantanillo, al ir a Honda. Pensaba en estudiarlas y en promover su cultivo y estanco. El virrey Manuel Guirior pidió informe a Sebastián López Ruiz, quien intervino en varias ocasiones para opinar sobre el estanco de este producto y atribuirse su nuevo descubrimiento, con gran pesar de Mutis.

Como ha señalado Marcelo Frías, las peticiones de este estanco empezaron a mitad de siglo, Mesía de la Cerda dio más tarde apoyo a los memoriales de Mutis citados. Se pedía el estanco por bien de la defensa de los montes, la sanidad y el erario público, en contra de la libertad de comercio. En 1773, Guirior quería que este comercio pasase a la Real Hacienda, Caballero y Góngora, que se decidió por los planes de Mutis, consiguió el estanco, en marzo de 1783 y en octubre de 1785, mandando preservar los montes de Loja y Cuenca. Previendo su agotamiento, se quiso también proteger los productos de las zonas septentrionales, incluyendo Santafé.

La dificultad de la recolección, comercio y uso del producto, las discrepancias entre las autoridades, las opiniones diversas de médicos y políticos dificultaron el logro del estanco. Los informes de López Ruiz desde la colonia y de Gómez Ortega y sus discípulos desde la metrópoli fueron un obstáculo para Mutis. Éste se lanzó a ponerse al frente del estanco y en abril de 1787 remitió al virrey su plan. Reivindicó su descubrimiento de la quina de Nueva Granada, atacó el desorden y abuso en la recolección, queriendo controlar a comerciantes y contrabandistas, también la que se proveía en hospitales y boticas. Se consiguió mejor precio con una compañía, al estilo de los holandeses, así como con una factoría en Honda, con más empleados y trabajadores esclavos.

Defendiendo el libre comercio, la Corona y sus ministros no querían ni factorías ni empleados nuevos, tal vez que se ocupasen los de otras rentas. Tras distintas consultas a notables médicos, los protomédicos, los de cámara y familia y a la Real Botica, entre 1785 y 1787, se dudaba del valor de la quina de Santafé. En enero de 1788 se pidió a Caballero que detuviese las remesas, y en 1789, a Gil de Lemos se le mandó cesar. Se abandonó el tema, dejando la quina peruana y la libertad de comercio, salvo los montes de Loja, que abastecían desde 1790 la Real Botica. Se concentró Mutis en sus láminas y estudios naturalistas y médicos de la quina. Al establecerse en Santafé olvidó el estanco, pero prosiguió con Salvador Rizo y Sinforoso Mutis sus acopios y comercio, que llegó hasta Cuba entre 1803 y 1808.

Llamada “quina” o “cascarilla”, fue estudiada por Mutis en sus aspectos botánicos, agrícolas, comerciales y médicos. Señaló las especies fundamentales de quinos, con cuatro especies activas en medicina, la naranjada, que prefiere, la roja, la blanca y la amarilla; hizo hincapié en las hojas y en los efectos y hablaba de propiedades febrífugas, además de las balsámicas, astringentes y antisépticas. Sus resultados fueron difundidos en el Papel periódico de Santa Fe en 1793 y 1794, así como en manuscritos y publicaciones a ambos lados del Atlántico. Se publicó El Arcano de la Quina en Madrid en 1828, había sido llevado por mano del secretario del virreinato Ignacio Sánchez de Tejada en 1807. En el “Prólogo”, el editor Hernández de Gregorio ofrecía la historia de las quinas, además se incluía la biografía y un elogio por Caldas. La primera parte del libro se ocupaba de los errores que los médicos cometían con la quina; la segunda trataba del modo de conocer las especies, con sus virtudes y la preparación, llevaba un apéndice del editor. En ella, distinguía las cuatro especies por su anatomía, caracteres organolépticos, técnicas analíticas y propiedades; prescribía distintas fórmulas, dosis y administración; y, por su sabor amargo, recomendaba preparaciones y mezclas de varias quinas con otros productos, que como el agua, la miel y el azúcar facilitaban su utilización en la clínica. La tercera parte se interesaba por las propiedades terapéuticas y por la administración de este producto en distintas patologías. En 1809 estaba ya preparada por Sinforoso la edición, que denomina Historia de los Árboles de la Quina, ampliada con una parte sistemática, gracias a su propio trabajo y a las noticias que le llegaban a través de Caldas.

Este manuscrito con sus láminas fue publicado y comentado por Enrique Pérez Arbeláez y Fernando Fernández de Soto Morales en 1957 en el tomo 44 de la Flora de la Real Expedición. Proyectada en 51 volúmenes, esta extraordinaria colección de láminas y manuscritos de la flora novogranadina se inició en 1954 por acuerdo entre los gobiernos colombiano y español, editada por magníficos institutos y estudiosos de ambos países. Es reflejo de la estética neoclásica, una belleza basada en la utilidad y en el buen gusto, pero también recoge las tradiciones técnicas y las escuelas de pintores americanos. La belleza de la naturaleza, reflejada en esas pinturas, fue admirada por Alexander von Humboldt —origen del interés romántico por el paisaje americano—, quien se admiró de las instalaciones y logros de Mutis, con quien contacta en 1801. Fue amigo del sabio gaditano, dedicándole algunas de sus páginas sobre geografía de las plantas andinas. Sin duda, en la segunda mitad del siglo XVIII coincide esa estética sensual con la preocupación por el interés de la economía y el uso en las industrias y el comercio. El “buen gusto” defendido por los escritores y la belleza suntuaria de los artistas influyen en la obra mutisiana.

Empiezan las láminas con Pablo Antonio García — señala Marcelo Frías—, quien trabajaba con pinturas de tamaño natural y al miniado y no al aceite. En un principio, Juan Eloy Valenzuela era quien dirigía los dibujos, mientras Francisco Javier Matís colaboraba en los herbarios. Santiago Díaz-Piedrahita ha estudiado la primacía de este pintor en hallazgos botánicos y en el estudio de la anatomía vegetal. En 1784 se incorporó Salvador Rizo, quien con su original estilo dirigió la escuela de dibujo, primero en Mariquita a partir de 1786, y desde 1791 en Santafé, al establecerse allí la expedición. Ejerció de dibujante, pintor y mayordomo con alto salario.

García desapareció y se buscaron pintores quiteños a través del presidente de la Real Audiencia de Quito. Quería Mutis pintores jóvenes, obedientes y piadosos, a los que pudiera imponer su estilo y sus normas de vida y trabajo, pues desconfiaba de los españoles. Los eligió entre los veinte y los treinta años, que manejaran el pincel al óleo y los introdujo en la pintura al temple sobre papel. Vivían en casa separada, pero en su trabajo debían someterse a las órdenes. Cumplían nueve horas de trabajo, estipulando condiciones, así con la familia de los Cortés, quienes se incorporaron en 1787. Aunque se le enviaron dos pintores de la Real Academia de San Fernando en 1788-1790, pero no pensaba que pudieran tener estilo y costumbres convenientes; uno murió y el otro fue desviado al servicio del virrey. Se incorporaron artistas de Popayán y Santafé, incluso desde 1801 de la escuela de Rizo. Los dibujos eran al natural sobre completos ejemplares, cuidando su recolección y conservación. Se buscó siempre usar los colores de los vegetales de la tierra. Se recogían las ramas cargadas de flores, con anatomía de las partes de la fructificación, al pie. La parte literaria fue lenta, a diferencia del herbario que se desarrollaba de forma activa.

Entre las características más sobresalientes de la Ilustración española, hay que señalar el proceso de institucionalización de la ciencia y la enseñanza. Se crearon muchas nuevas instituciones y se reformaron las heredadas de la dinastía Austria. El papel que tenían en este proceso las expediciones científicas era muy notable, preparando las estructuras necesarias para una mejor administración, a corto plazo, y, a largo plazo, para la constitución de nuevas naciones y sociedades distintas. Pretendían, de forma más o menos consciente, mejorar las administraciones civil y militar y las explotaciones de los dominios ultramarinos, protegiéndolos y mejorándolos. A la vez, fueron un impulso racional que criticaba la forma de vida y gobierno. En este sentido, hay que entender a ese Mutis profesor, consejero, reformador, estudioso y clérigo.

Frecuentó las tertulias, alguna mundana, pero otras ilustradas o políticas. Se buscaba allí introducir las novedades estéticas, docentes y reformadoras. Se deseaba mejorar la patria, se relacionaban con las prensas y las aulas, con los colegios de San Bartolomé y Rosario, pero también con el mundo político y las nuevas ideas francesas o norteamericanas. En la de Antonio Nariño, con Pedro Fermín de Vargas, asistiendo Sinforoso Mutis, Zea, Lozano..., destacaban la biblioteca y las revistas que se leían, pero también la cercanía a círculos políticos. Nariño y Vargas querían mejorar ciencia y educación, técnica e industria, pero eran mirados con desconfianza. Al caer en prisión Nariño, fueron castigados sus discípulos, saliendo su sobrino Sinforoso y Zea hacia España, donde colaboró de forma estrecha con Cavanilles.

Junto a las reformas universitarias y a su expedición, hay que señalar su papel en la aparición en 1801 de la Sociedad Económica de Amigos del País de Bogotá. Allí, junto a Mutis, se encontraban Isla y destacadas familias, como los Caycedo y los Lozano. En sus palabras de inauguración quiso la mejora de la agricultura, la ganadería y los oficios en la capital y sus cercanías. Como director quedó Mutis; como protectores, el virrey y el arzobispo; los fiscales, como censores para impresiones y proyectos, tal como se hacía en las instituciones de la época para el buen gusto y el control político y eclesiástico. Pero las autoridades la limitaron a la administración y las materias primas, quedando, por tanto, en el cuidado de la agricultura, el comercio y las minas. La Corona se interesó por los metales preciados y por los productos médicos, textiles y alimenticios, también por la unión comercial de las provincias entre sí y con la costa por medio de buenos caminos. Se apoyaron desde los intercambios con otras instituciones científicas hasta la apertura de fábricas de hilados y tejidos de lana y algodón, para desterrar la ociosidad, la pobreza y la inmoralidad, empleando a mujeres sin familia. Se completó con una escuela de dibujo para industrias y artes.

Era patente que el cuidado sanitario del virreinato era muy malo, tanto en las instituciones reales como eclesiásticas, en las boticas, los hospitales y las cárceles. Funcionaban mal el Protomedicato; los médicos y los cirujanos eran malos y escasos; los títulos, falsos, frecuentes las estafas y falsedades. Los médicos de la segunda mitad de siglo que venían de fuera advertían esta situación, que Mutis quiso también solucionar. Emilio Quevedo y Amarillys Zaldúa han analizado estas propuestas, así en el Informe que escribió en 1801. Se quisieron reformar todas estas instituciones, traer libros, saberes y profesionales de la metrópoli, o bien enviarlos allá a aprender. Mutis pronto quiso que los médicos, y también los mineros, se formasen en el virreinato. Entre las novedades terapéuticas de la época destacó la defensa que hizo de la nueva vacunación.

Emilio Quevedo subraya la introducción, gracias a Mutis, de las ciencias médicas en el Colegio del Rosario de Bogotá. Ya en 1768 y en 1774 con el virrey Guirior, el fiscal de la Audiencia Francisco Antonio Moreno y Escandón intentó la creación de una Universidad pública, con las instalaciones de los jesuitas expulsos. Es un intento ilustrado, apoyando el regalismo, la utilidad, la ciencia moderna, así las matemáticas y la física experimental, una posición ecléctica y que balanceaba la autoridad escolástica. Se admitió en julio de1778, aunque no se concedieron fondos ni poder suficientes, pero se consiguieron buenos profesores y alumnos, se formó en el Colegio del Rosario entonces la generación de la independencia. Mutis lo apoyó o, al menos, lo vio con simpatía, prosiguiendo esta línea en el plan que hizo para el virrey Caballero y Góngora en 1787. Fueron propuestas dos Cátedras de Medicina, también las de Química, Botánica, un teatro anatómico, esqueletos y cuerpos artificiales. Los profesores vendrían de España, la enseñanza sería práctica con jardín y laboratorio para materia médica. También se quiso renovar la Cátedra de Matemáticas con Fernando de Vergara.

En 1801 propuso otra vez Mutis la creación de una cátedra médica en el Colegio del Rosario, que debía regentar Miguel de Isla, quien solicitó título y grado necesarios para poder enseñar, pues venía de la iglesia y la práctica. Era un buen momento, pues el Colegio disponía de dinero por herencia de un rector y uno nuevo ilustrado a su frente. Hubo una dura disputa entre sus superiores, el fiscal y la Audiencia en contra de Isla, apoyado por el virrey Mendinueta y por Mutis. Las razones que Quevedo apunta son varias y, sin duda, confluentes. Hubo enfrentamientos profesionales y otros entre grupos de intelectuales; así, escolásticos contra ilustrados, pero también pelearon unas y otras autoridades, siendo diverso el papel de los virreyes y de las autoridades locales. En fin, la ciencia y la medicina eran armas que ponían en cuestión la estructura jurídico-política de la colonia, que la burguesía criolla criticaba.

Mutis e Isla redactaron planes médicos en 1802, 1804 y 1805, en los que se recogía la tradición ilustrada española, así las reformas de Pablo de Olavide. Se establecían en el Plan de 1805 nueve cátedras estables, que eran: Anatomía, Operaciones de Cirugía, Obstetricia y demás; Fisiología o primera parte de Instituciones; las cuatro restantes partes; Doctrina Hipocrática; Clínica; Matemáticas; Física Experimental; Historia Natural y Química. Se pedía en 1802 al virrey Mendinueta la apertura de la Cátedra de Matemáticas para Jorge Tadeo Lozano. Funcionaría la enseñanza de la Medicina con Isla y luego con Vicente Gil de Tejada, por la enfermedad y la posterior muerte de aquél en 1807.

Sin duda, las novedades muestran la importancia que se concedía a la filosofía natural de las ciencias modernas, que son necesarias y previas a la medicina, junto con el latín, el griego, la lógica, la ética y las lenguas vivas: inglés, italiano y sobre todo francés. Se introdujeron los libros usados por los estudiantes españoles, así Boerhaave, Gorter, o bien Piquer, pero se acompañaban los libros de los cirujanos Martínez y posteriores, los formados en hospitales y colegios. Se defendía la unión de la medicina y la cirugía, la disección y la anatomía comparada. La nueva nosotaxia, es decir, la clasificación de enfermedades, se tomaba de Sauvages y Cullen, no faltaron los sistemáticos como Hoffmann, la escuela de Viena con van Swieten y de Haën. Para química se usaron Lavoisier, Fourcroy y Chaptal, en fisiología Haller, en historia natural los elementos de Ortega y Palau, pero también Linneo y Buffon. Propio de la época y de su formación era la devoción por Hipócrates, que siguió con Sydenham, Baglivi y Ramazzini. Su hipocratismo le permitía ser ecléctico, contrario a los sistemas, antiescolástico, si bien era admirador del mecanicismo newtoniano. Para la enseñanza práctica se ordenaron historias clínicas, con cuadernos y observaciones meteorológicas. Quiso un laboratorio, útil para la enseñanza práctica y el estudio químico, pero la docencia fue sobre todo oral y teórica. Los antiguos autores, si bien fueron desplazados, se conocían a través de la historia de la medicina.

Había cambiado mucho la actitud de Mutis; incluso con Cavanilles, su amigo, al frente del jardín madrileño, se negó a mandar las láminas. Para la formación de las nuevas elites quería escuelas e instituciones propias, era partidario de aprovechar los profesores que allí existían, o enviar jóvenes a Europa que luego volvieran y formasen a los nuevos estudiantes. Tal fue su logro en medicina; por su parte, en minería quiso imitar el sistema mexicano siguiendo fiel a su amigo Elhuyar tras su muerte, pero fracasó. La expedición debía quedar en manos de su escuela, pero, si era posible, convertida en institución pública. Confió la botánica a su sobrino Sinforoso, la astronomía a Francisco José Caldas, la zoología a Jorge Tadeo Lozano y la pintura a Salvador Rizo. Él quedó en la memoria como la imagen de la ciencia colombiana naciente; sus discípulos fueron sabios, héroes y políticos al servicio de la nueva patria. Tras su muerte en 1817, muchos de sus materiales fueron llevados a España y presentados al rey Fernando; se depositaron en las reales colecciones del Gabinete de Historia Natural y Jardín Botánico, donde con el tiempo serían editados y estudiados.

 

Obras de ~: El Arcano de la Quina. Discurso que contiene la parte médica de las cuatro especies de Quinas oficinales, sus virtudes eminentes y su legítima preparación. Obra póstuma [...] Dála á luz pública [...] el Doctor D. Manuel Hernández de Gregorio, Madrid, Ibarra, 1828; Flora de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1954, 51 ts. proyectados; Escritos científicos de don José Celestino Mutis, ed. de G. Hernández de Alba, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, Editorial Kelly, 1983, 2 vols.; Diario de observaciones, ed. de G. Hernández de Alba, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, 1983 (2.ª ed.), 2 vols.; Archivo epistolar del sabio naturalista Don José Celestino Mutis, ed. de G. Hernández de Alba, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, Editorial Presencia, 1983 (2.ª ed.), 4 vols.

 

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José Luis Peset