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Yusuf I

Biografía

Yūsuf I: Abū l-aŷŷāŷ Yūsuf b. Ismācīl b. Faraí b. Ismācīl b. Yūsuf b. Muḥammad b. Aḥmad b. Muḥammad b. Jamīs b. Naîr b. Qays al-Jazraíī al-Anîārī, al-Mu'ayyad bi-[A]llāh. Granada, 28.IV.718 H./29.VI.1318 – 1.X.755/19.X.1354. Emir de al-Andalus (1333-1354), séptimo sultán de la dinastía de los Nazaríes de Granada (precedido por Muḥammad I y sucedido por Muḥammad V).

Nació el 28 de rabīc II de 718/29 de junio de 1318 en la Alhambra. Era el tercero de los cuatro hijos varones que tuvo Ismācīl I (1314-1325). Su madre era una umm walad (esclava que al dar un hijo a su dueño es liberada a la muerte de este) llamada Bahār (Primavera, o nombre de una planta olorosa), que solo tuvo a Yūsuf I. Cuando accedió al Trono, su abuela paterna Fāðima todavía vivía por su longevidad (murió nonagenaria el 7 de dū l-ḥiíía de 749/26 de febrero de 1349), mujer libre, hija de Muḥammad II (1273-1302), de extraordinarias cualidades, capacidad e influencia política que sin duda utilizó para ayudar a su joven nieto durante casi todo su emirato, además de ejercer su tutela durante los primeros años. En relación con sus lazos familiares, también hay que indicar que casó a sus dos hermanas —hermanastras: solo compartían el padre—, Fātima y Maryam, con dos parientes.

Dado que le correspondía el tercer lugar en la línea de sucesión, no estaba llamado a ocupar el Trono, ni siquiera a la muerte de su hermano -hermanastro: tenían distinta madre- Muḥammad IV (1325-1333), el primogénito de los cuatro varones, que fue asesinado por una conspiración tras la reconquista islámica de Gibraltar en 1333 y que no dejó descendencia. Sin embargo, tras el magnicidio, que se perpetró en el río Guadiaro próximo al Peñón, los conjurados, los Banū Abī l-cUlà, que eran jefes de los combatientes de la fe norteafricanos, hicieron venir a Yūsuf y lo proclamaron emir. Aunque las fuentes cristianas aseguran, en cambio, que fue el visir Ri¼wān el que, desde el real de Guadiaro, se dirigió apresuradamente a Granada (a más de doscientos kilómetros de distancia) para proclamar al nuevo Sultán, lo que sí parece seguro es que el acto de proclamación (el juramento de fidelidad) se realizó en el real de los musulmanes cercano a Gibraltar. En lo que sí coinciden las fuentes árabes y cristianas es en que Yūsuf no era el mayor de los hermanos, sino Faraí, a pesar de lo cual fue entronizado.

No se conocen las razones de esta elección; podrían ser la minoridad de Yūsuf, que exigiría su tutela inicial y la posibilidad de controlar el poder por los cortesanos, pues Faraí, aunque solo un año o dos mayor, había alcanzado ya los dieciséis o diecisiete años y podría ejercer el emirato de forma directa desde el primer momento. Sí tenemos constancia, en cambio, de que Faraí estuvo alejado de al-Andalus desde la muerte de su hermano Muḥammad IV —y consiguiente entronización de Yūsuf I—, después anduvo por las provincias y murió preso en Almería el año 751/1350-1351, asesinado por orden de su hermano Yūsuf  I, sin duda por móviles políticos. Además, quizás esta misma justificación cabría atribuir al hecho de que el otro hermano, Ismācīl, el menor de todos, sufriera una terrible prisión durante su juventud, en el tiempo del gobierno de su hermano Yūsuf I, de la que solo fue liberado por el sucesor de este, Muḥammad V (1354-1359 y 1362-1391), aunque posteriormente se estableció en el Magrib.

En cualquier caso, con tan solo quince años, Yūsuf I se convirtió en el séptimo sultán de la dinastía nazarí. Fue proclamado el 14 de ¼ū l-ḥiíía de 733/26 de agosto de 1333, solo un día después de que su hermano fuese asesinado.

Cuando accedió al poder, adoptó un laqab (sobrenombre honorífico): al-Mu'ayyad bi-Llāh (el Apoyado por Dios), retomando una práctica que desde el fundador de la dinastía, Muḥammad I (1232-1273), no se había ejercido por los cinco emires que le sucedieron pero que a partir de Yūsuf I se generalizará a casi todos los sultanes hasta el final de la dinastía. Igualmente, su kunya (prenombre de paternidad) Abū l-Ḥaííāí, fue seguida por todos los sultanes posteriores de este mismo nombre (Yūsuf).

De su descripción física se conoce que era de tez blanca, ojos grandes, cabellos lacios y negros y barba espesa. Aficionado a las edificaciones, a los trajes y a coleccionar alhajas y tesoros, su semblanza personal se puede completar indicando que fue un hombre culto, poeta, protector de ciencias y letras. Tuvo inclinaciones místicas, como prueba el aprecio y veneración que profesaba, a pesar del desprecio de algunos alfaquíes de su Consejo, por al-Gazālī (1058-1111), denominado Algazel por los cristianos y uno de los mayores teólogos y filósofos del islam, a la vez que místico y teórico del sufismo ortodoxo cuyas doctrinas fueron criticadas y perseguidas por los sectores intelectuales y políticos más reaccionarios e intransigentes.

Empezó su emirato bajo la tutela de su abuela Fāðima y el gobierno de Ri¼wān, pero enseguida tomó las riendas del poder y llevó el emirato andalusí a su esplendor político, cultural y socio-económico, con la eficiente colaboración del citado visir, que pronto aumentó su autoridad y se convirtió en el principal dirigente civil y militar del Estado tras el sultán, lo que le permitió desarrollar una intensa y fructífera actividad.

La primera actuación que el nuevo emir debía efectuar era la renovación de la tregua recién pactada con Castilla, pues la muerte de su hermano la dejaba invalidada, en principio. A ambos estados interesaba la tregua y enseguida, mientras se negociaba el tratado general más amplio, se acordó una tregua inmediata hasta mediados de diciembre de 1333; esta tregua corta fue convenida ya antes del 18 de muḥarram de 734/29 de septiembre de 1333, fecha en la que Yūsuf I consultaba a Alfonso IV de Aragón si quería incorporarse a la misma, posibilidad que el propio texto de la tregua contemplaba. El soberano aragonés respondió afirmativamente.

Posteriormente, una vez finalizadas las negociaciones, se firmó ese nuevo tratado de paz general más amplio, de cuatro años, que Muḥammad IV negociara en Gibraltar y que ahora se firmaba en Fez el 26 de febrero de 1334 entre Castilla y los Benimerines, estos últimos representando además a los Nazaríes, con vigencia a partir del marzo siguiente.

Para al-Andalus era un tratado ventajoso pues, además de los cuatro años de paz, el soberano castellano renunciaba a las parias, que ya habían sido acordadas en Gibraltar y antes en Teba, algo verdaderamente extraordinario en la historia de las treguas entre Castilla y el emirato nazarí. Además, por lo que respecta a los Benimerines, Castilla exigió que no pasaran a la Península más que los contingentes necesarios para la renovación de la guarnición de las plazas meriníes (Algeciras, Gibraltar, Marbella y Ronda), lo que, en una situación de paz con los reinos cristianos, era una garantía de independencia frente a sus correligionarios norteafricanos cuyos afanes imperialistas latentes no dejaban de ser una amenaza para el pequeño emirato andalusí.

Por lo que respecta a Aragón, el tratado contemplaba, como en otras ocasiones, la posibilidad de que se sumara al mismo, por lo que Yūsuf I escribió a Alfonso IV proponiéndole la adhesión. Pero como el Monarca aragonés no había participado en la elaboración de este tratado, quiso negociar personalmente un acuerdo bilateral para preservar su independencia. Tras un año de conversaciones, se estableció un tratado específico que ratificaba el anterior castellano y que firmó el Rey de Aragón el 3 de junio de 1335 mientras que el Emir nazarí lo hacía un mes y medio después, el 27 de ¼ū l-qacda de 735/19 de julio de 1335. Tras la muerte de Alfonso IV, su sucesor Pedro IV el Ceremonioso aceptó prorrogar dicho tratado en febrero —lo firmó en abril— de 1336, mientras que Yūsuf I hacía lo propio posteriormente, el 4 de ¼ū l-ḥiíía de 736/14 de julio de 1336 (o algunos días antes).

Aunque aparentemente la batalla del Estrecho quedaba así resuelta, realmente se trataba de un equilibrio inestable y la paz no podía ser duradera porque las dos grandes potencias de uno y otro lado del Estrecho, Castilla y el Magrib benimerín, tenían fuertes intereses en cambiar la situación: Alfonso XI quería apoderarse de Gibraltar y Algeciras para cerrar la entrada a la Península de los Benimerines mientras que Abū l-Hasan (1331-1351) tenía aspiraciones expansionistas en la misma. Por ello, con el objetivo de controlar las aguas y el tránsito por el Estrecho, ambos monarcas desarrollaban paralelamente su respectiva flota con la ayuda de catalanes en el primer caso y ḥafîíes en el segundo. Esta carrera naval acabó con la victoria de los Meriníes, que tras un enfrentamiento en Šawwāl de 740/abril de 1340 destruyeron la flota cristiana en las aguas de Algeciras.

Esta victoria venía a añadirse a las dos campañas benimerines de Abū Mālik (que murió en la segunda) en la Península en 738-739/1338-1339, además de otros éxitos nazaríes, como la conquista en 740/1339 de Carcabuey.

En estos años Yūsuf I tomó una importante decisión estratégica: la deportación a Túnez de los Banū Abī l-cUlà, instigadores del asesinato de su hermano Muḥammad IV, especialmente a Abū Tābit, a pesar de lo cual había seguido en el cargo de Šayj al-guzāt, jeque de los combatientes de la fe norteafricanos. Fue destituido el 29 de rabīc I de 741/22 de septiembre de 1340 —quizás dos años antes, en 1338— y expulsado a Túnez junto con sus tres hermanos y toda su familia de acuerdo con el sultán de Fez para evitar que estos, disidentes de su gobierno, interfiriesen en las operaciones meriníes en la Península. Finalmente, Yūsuf I podía castigar así a los responsables del crimen de su hermano que durante años no tuvo más remedio que mantener en el cargo por el gran poder que detentaban.

La superioridad naval y las campañas benimerines citadas no eran más que el preámbulo de una nueva y gran expedición para la que los Benimerines realizaron amplios preparativos militares y gran concentración de tropas. El viernes 9 de îafar de 741/4 de agosto de 1340 el sultán Abū l-Ḥasan cruzó a Algeciras y asedió Tarifa once días después con un gran ejército. Los cristianos, que también se habían ido preparando y, tras dejar de lado sus diferencias Alfonso XI de Castilla, Pedro IV de Aragón (que solo participó con galeras) y Alfonso IV de Portugal, los tres grandes reinos Peninsulares unieron sus fuerzas ante Abū l-Ḥasan y Yūsuf I.

El lunes 7 de íumādà I de 741/30 de octubre de 1340 tuvo lugar el enfrentamiento entre ambos ejércitos junto a la Peña del Ciervo y el arroyo Salado, por lo que los cristianos llamaron a esta célebre y decisiva batalla “del Salado”, denominada “batalla de Tarifa” en las fuentes árabes. Gracias al ataque de una columna cristiana que había entrado por sorpresa en Tarifa la noche anterior al combate y que en el momento decisivo salió para embestir la retaguardia de los Benimerines sembrando el desconcierto y provocando la huida, la derrota de los musulmanes fue tremenda y Alfonso XI obtuvo una resonante victoria con el apoyo decisivo de su suegro Alfonso IV de Portugal, que se había encargado de enfrentarse al Ejército andalusí de Yūsuf I y lo había derrotado mientras el Monarca castellano hacía lo mismo con el meriní, a pesar de, al parecer, la superioridad numérica de los musulmanes.

El desastre militar y humano, por la gran cantidad de muertos y cautivos que realizaron los cristianos aparte del cuantioso botín, fue de grandes proporciones y el mismo sultán meriní, que perdió incluso a su esposa y otras mujeres de su familia y varios hijos, tuvo que retirarse precipitadamente a Algeciras y luego al Magrib, donde su poder estaba siendo amenazado por una nueva rebelión interna. Por su parte, Yūsuf I se retiró a Granada para afrontar, además de las grandes pérdidas materiales de la batalla (el botín fue enorme), la desaparición de numerosos sabios, intelectuales y políticos que fallecieron en la batalla, a la que habían concurrido como voluntarios.

Por su parte, Alfonso XI aprovechó su situación de ventaja para atacar plazas fronterizas de la relevancia de Alcalá de Benzaide (QalcaṭBanī Sacīd, posteriormente Alcalá la Real), ciudad fortificada nazarí de gran trascendencia por su estratégica posición y su proximidad a la capital andalusí (a una jornada de marcha). Ello provocó la reacción de Yūsuf I, que se situó en Pinos Puente para defender la entrada a la misma Vega de Granada. El castellano reunió abundantes fuerzas y máquinas de guerra para el asedio, durante el cual además taló Montefrío, Priego, Íllora (cuyos arrabales saqueó) y Locubín, plaza que asedió y, tras un tiempo cercado, la sometió a un intenso ataque de artillería que la obligó a capitular.

Pero Alcalá era tan inexpugnable que Alfonso XI, además de bombardear las murallas en general y la gran coracha (torre que protegía el pozo del agua) en particular, ordenó una zapa con la que derribó esta torre para rendir por sed a la población. No obstante, los de Alcalá tenían otro suministro, una mina de agua secreta, pero fue descubierta por la traición de un musulmán alcalaíno cautivo en Martos.

Ante la situación desesperada, Alcalá solicitó angustiosamente ayuda a Yūsuf I, que acudió junto con un pequeño contingente benimerín de Algeciras. Pero las fuerzas musulmanas estaban muy mermadas tras la rota de Tarifa y no podían afrontar un combate general, por lo que se situaron en la cercana fortaleza de Moclín sin poder levantar el cerco, por lo que finalmente Alcalá de Benzaide tuvo que capitular en 742/20 de agosto de 1341.

Ante su impotencia, el Sultán nazarí intentó entonces llegar a un acuerdo de paz ofreciendo vasallaje y parias al Rey castellano, pero este exigió que el de Granada rompiera su acuerdo y relaciones con el emir de Fez, algo inaceptable para Yūsuf I, por lo que siguió la guerra.

Así, en esta misma campaña los castellanos también se apoderaron de Priego (que resistió varios días antes de capitular), Carcabuey (que resistió quince días), Rute (resistió doce días), Benamejí (tres días) y la torre de Matrera (cinco días).

Sin embargo y a pesar de su rotunda victoria en Tarifa, la cuestión del Estrecho seguía sin resolverse. Los Benimerines todavía podían cruzar el mar para ayudar a Yūsuf I y atacar los territorios castellanos ya que mantenían en su poder la puerta de entrada, Algeciras, además de Gibraltar, y con ellas el control de ambas orillas.

Para acabar con este dominio, Alfonso XI decidió poner cerco a una de las ciudades y puertos más codiciados por todas las potencias: Algeciras. Para ello, mientras el Emir de Fez se recuperaba y rearmaba, el Soberano castellano fue dominando las aguas del Estrecho con ayuda de las galeras aragonesas y portuguesas, que derrotaron y destruyeron en varias ocasiones a las meriníes, dificultando así enormemente el traslado de tropas norteafricanas desde Ceuta. A continuación, el rey castellano inició el asedio el 3 de agosto de 1342 con la ayuda de tropas venidas de toda Europa (además de Navarra, llegaron de Francia, Inglaterra y Alemania).

Por su parte y para intentar debilitar el cerco, Yūsuf I y los contingentes benimerines de Ronda atacaron en noviembre de 1342 las tierras de Écija, cuyos arrabales destruyeron, y entraron y saquearon Palma del Río. Dos meses después, en enero de 1343, el Emir granadino reconquistó Benamejí y entró en Estepa, cuyo alcázar estuvo a punto de tomar, y durante los dos meses posteriores siguieron lanzando ataques sobre la frontera castellana. El Emir granadino también intentó la vía diplomática y envió a su gran visir Ri¼wān en febrero y hacia junio de 1343 a negociar una tregua, sin resultado.

Tras varios meses esperándolas, las tropas meriníes lograron cruzar el Estrecho en octubre de 1343 y, tras una última petición del emir andalusí al Rey castellano para establecer una tregua sin respuesta positiva, el enfrentamiento tuvo lugar el 11 de diciembre de 1343 con derrota de los musulmanes.

Aunque aislada y sin apoyos, todavía Algeciras resistió más de tres meses, pero, finalmente, Yūsuf I tuvo que entregarla puesto que la situación, tras veinte meses de asedio, ya era insostenible y el final inevitable. El acuerdo se produjo el 25 de marzo de 1344 a cambio de un tratado de paz en el que se incluía al emir de Fez, al Rey de Aragón y a la república de Génova. La paz se concertó por un periodo de diez años y exigía el vasallaje de Yūsuf I a Castilla y el pago de doce mil doblas (dinares) anuales por el emirato nazarí. El 12 de ¼ū l-qacda de 744/27 de marzo de 1344 se completó la entrega final de la ciudad. Posteriormente, Aragón exigió la firma de un acuerdo de paz específico para ratificar el anterior, para lo que Yūsuf I envió a Ibn KumāŠa a Barcelona y se cerró el pacto por diez años incluyendo a Fez.

Sin embargo y a pesar del tratado de paz, las pretensiones expansionistas de Alfonso XI no se detuvieron y antes de que hubiera transcurrido la mitad de la tregua no vaciló en violar el tratado de paz. Así, en el momento en el que se encontró en condiciones de atacar y aprovechando los conflictos internos de los Benimerines (Abū l-Ḥasan había sido destronado por su hijo Abū cInān en rabīc I de 749/junio de 1348), el Rey castellano inició el asedio de Gibraltar en la primavera de 1349.

Sin poder recibir ayuda de allende el Estrecho, solo Yūsuf I pudo enviar algunas tropas de arqueros e infantería para socorrer a los sitiados al mismo tiempo que realizaba diversas operaciones de distracción por distintos puntos de la frontera: una atrevida incursión por los alfoces de la ciudad de Alcaraz, cuyos campos y alquerías devastó, asedio de Écija con tala de sus campos y saqueo de los arrabales de Quesada con destrucción de sus castillos y cosechas. Además de estas aceifas en el verano, prosiguió durante el invierno con otra algazúa hacia la región de la Hoya (al-Hufra) occidental, adonde envió a su gran visir y alcaide Ri¼wān al frente del ejército para sitiar Cañete la Real, plaza que tras dos días capituló a pesar de haber recibido refuerzos y aprovisionamientos antes del cerco.

Sin embargo, estas acciones no disuadieron a Alfonso XI del sitio de Gibraltar, aunque, finalmente y tras un año de resistencia, el asedio fracasó gracias a la muerte del Monarca castellano en marzo de 1350 por la peste negra, iniciada en 1348 y que también asoló el real cristiano frente a Gibraltar. El heredero de Castilla, Pedro I el Cruel o el Justiciero, firmó un acuerdo de paz con Yūsuf I.

Este acuerdo con los castellanos provocó, en cambio, un enfriamiento de las relaciones de los Nazaríes con Benimerines, sobre todo porque, además, Yūsuf I acogió en la Alhambra a los príncipes meriníes rebeldes Abū l-Fa¼l y Abū Sālim, hermanos del sultán Abū cInān (1348-1358), quien protestó airadamente y solicitó al emir nazarí su expatriación. Aunque Yūsuf I resistió las presiones de Fez, finalmente aconsejó al primero de ellos recurrir a Castilla, donde Pedro I le facilitó los medios para desembarcar en el Sūs y atacar al Sultán benimerín.

A pesar de la transitoria violación de la tregua por Alfonso XI, que, como se ha visto, tampoco tuvo grandes consecuencias en el emirato, Yūsuf I mantuvo un largo periodo de paz exterior que le permitió desarrollar un amplio y variado programa de actuaciones interiores que proporcionaron al emirato una gran estabilidad política y prosperidad económica, social y cultural. Y todo ello a pesar del pernicioso acontecimiento internacional que se produjo estos años, la citada peste negra de 1348, que también en al-Andalus tuvo enormes efectos negativos, entre otros, la descomposición de los cuadros dirigentes y administrativos por el gran número de ulemas fallecidos a causa de la epidemia en las tres grandes capitales nazaríes: Granada, Málaga y Almería.

En primer lugar, Yūsuf I aprovechó el final de la guerra para revisar y reforzar sus defensas. Así, con el objetivo de inspeccionar una serie de plazas fronterizas, el Emir inició un viaje oficial acompañado de su corte el 17 de muḥarram de 748/29 de abril de 1347 durante el que visitó, a lo largo de veintidós días (regresaron a Granada el 8 de îafar de 748/20 de mayo de 1347), una veintena de lugares y poblaciones de la región oriental andalusí, llegando a Almería, donde se le dispensó una majestuosa recepción, aunque también en todos los lugares por los que pasó fue recibido y aclamado por la población al completo.

Además, su influyente visir Ri¼wān, que también ejerció el cargo los cinco primeros años de su hijo y sucesor Muḥammad V, de 1354 a 1359, ordenó, la construcción de más de cuarenta torres atalayas (burí) desde la frontera de Vera en la costa oriental hasta los alfoces de la Algarbía.

Uno de los ámbitos de desarrollo y mayor esplendor fue el urbanismo y las edificaciones. Se realizaron importantes obras, tanto civiles como militares, ya citadas. Las más brillantes fueron, lógicamente, las de carácter áulico que el emir efectuó en la Alhambra, donde realizó cinco de las más espectaculares y famosas construcciones de la misma que nos han llegado: el Palacio de Comares, la Puerta de la Justicia, la Torre de la Cautiva, el oratorio del Partal y la Puerta de los Siete Suelos.

Pero también fuera de los espacios palatinos, en la propia ciudad, realizó importantísimos edificios, como la madraza o madrasa, fundación de enseñanza superior equivalente a las universidades europeas medievales de Bolonia, París u Oxford; ubicada frente a la mezquita aljama de la capital donde todavía hoy se conserva el oratorio, fue realizada por iniciativa del gran visir Ri¼wān, que la dotó de cuantiosas rentas y estableció en ella viviendas para los profesores; se inauguró en muḥarram de 750/22 de marzo a 20 de abril de 1349. El mismo visir también levantó la cerca del arrabal del Albaicín y llevó el agua al barrio del Mawrūr. Igualmente, otros lugares y puertas (Bibataubín, Birrambla, Puerta de Elvira) de la muralla de la ciudad fueron reforzadas.

No solo la capital se benefició de este programa constructivo de Yūsuf I, sino que también otras ciudades se vieron favorecidas por diferentes actuaciones, como el caso de Málaga, donde se hicieron importantes reformas en el castillo de Gibralfaro y la Alcazaba.

En el ámbito jurídico-administrativo y económico, Yūsuf I desarrolló múltiples actividades, desde la acuñación de moneda de gran calidad (se nos han conservado bellos ejemplares de dinares de oro batidos a su nombre) hasta la promulgación de numerosos decretos —alcanzó gran experiencia en documentos y decretos reales— de distintos contenidos —por ejemplo, el repartimiento de aguas— pasando por la audiencia que el propio sultán concedía a sus súbditos todas las semanas, lunes y jueves por la mañana, en la sala de justicia de la Alhambra, para que cualquier persona pudiera acceder al soberano; en dichas audiencias, tras leer un fragmento del Corán y algunas tradiciones del Profeta, el visir recogía las demandas que la gente le entregaba para presentarlas al sultán, que estaba asistido por los principales miembros de su familia y otras personalidades.

También atendió en esta época sus responsabilidades familiares y el 24 de îafar de 752/22 de abril de 1351 casó a una de sus hermanastras con el arráez Abū l-Ḥasan cAlī, uno de los numerosos parientes de la extensa familia real nazarí, que entregó un cuantioso acidaque de mil dinares. Además, este matrimonio tenía un propósito político: reforzar los vínculos con las ramas laterales del tronco dinástico nazarí, utilizando el parentesco cognático para crear linajes afectos a la dinastía.

En el ámbito de las relaciones internacionales, además de las desarrolladas con las potencias peninsulares y norteafricanas, mantuvo contactos con El Cairo mameluco, al que solicitó ayuda con el fin de superar la dependencia del Magreb en su lucha contra los cristianos. Aunque los orientales se excusaron diciendo que necesitaban las tropas para su propia defensa y solo respondieron con declaraciones de buenas intenciones y mejores deseos, las relaciones diplomáticas quedaron establecidas.

Sin embargo, en pleno periodo de auge y prosperidad del Estado, con paz exterior y estabilidad del poder, Yūsuf I, como su hermano Muḥammad IV y su padre Ismācīl I, sus inmediatos antecesores, no pudo escapar a una muerte prematura y violenta que segó su vida cuando tan solo tenía treinta y seis años y un magnífico futuro político. Un individuo loco y de baja condición social que pasó desapercibido por su insignificancia se abalanzó por sorpresa sobre el sultán mientras este hacía la última prosternación de la oración y lo atravesó con un puñal. El hecho tuvo lugar en un día de gran relevancia social y religiosa: la fiesta de ruptura del ayuno, el primero de Šawwāl de 755/19 de octubre 1354, en el momento solemne de la oración en la mezquita mayor de la Alhambra. El sultán fue sacado malherido de la mezquita por encima de las cabezas de la gente y llevado hasta sus aposentos, pero enseguida falleció. El asesino, tras ser capturado e interrogado, respondió con palabras confusas y fue entregado a la gente del pueblo, que lo despedazó y quemó.

Aunque algunas fuentes árabes relatan el hecho como un repentino acto de locura, otras informan de que el asesino, un esclavo negro idiota que trabajaba en las caballerizas del emir, había nacido de una de las mujeres negras del palacio y se le consideraba o se sospechaba que era hijo del fallecido Muḥammad IV, hermano de Yūsuf I; se decía que había sido incitado al magnicidio por terceras personas que habían dado pábulo a unas pretensiones al trono descabelladas. Oscuros intereses políticos de fondo parece que planearon sobre la muerte de Yūsuf I, en ese momento fuertemente enemistado con el sultán Abū cInān de Fez por apoyar el nazarí a candidatos al trono disidentes y opositores del meriní.

El emir fue enterrado en la rauda (raw¼a), el cementerio familiar de la dinastía nazarí situado en los jardines contiguos al palacio real, al este de la mezquita mayor de la Alhambra, junto a su padre. Tras la conquista de Granada en 1492 sus restos fueron trasladados, junto a los de otros miembros de la familia real, por Muḥammad XI, Boabdil, a Mondújar, en las posesiones que a este le concedieron los Reyes Católicos.

Dejó nueve hijos, tres varones y seis mujeres: de su esclava Butayna tuvo a su heredero Muḥammad (V: 1354-1359 y 1362-1391) y a c}'iŠa, mientras que de su sierva Maryam tuvo a Ismācīl (II, que destronó a su hermano: 1359-1360), Qays, Fāðima, Mu'mina, Jadīía, Šams y Zaynab.

El balance de su reinado es muy positivo y se considera clave en la dinastía. A pesar de la pérdida de Algeciras —bajo poder benimerín cuando fue conquistada por los cristianos— y su derrota en la batalla de Tarifa/el Salado, Yūsuf I consiguió conservar el resto del territorio nazarí frente a una de las mayores amenazas de la historia nazarí: el poderoso y beligerante Alfonso XI, al que hizo frente mediante su capacidad militar y, sobre todo, diplomática, ayudado, además, por la buena fortuna que supuso la muerte del castellano. Consiguió, además, una estable y duradera paz exterior que al final de su gobierno le permitió superar la dependencia de los Benimerines. Consumado político y buen administrador, pudo así ganarse la confianza de sus súbditos e iniciar la época de esplendor del emirato nazarí con una economía y sociedad florecientes y una brillante actividad intelectual, científica y artística.

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Francisco Vidal Castro