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Alfonso Salmerón

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Biografía

Salmerón, Alfonso. Toledo, 8.IX.1515 – Nápoles (Italia), 13.II.1585. Jesuita (SI), cofundador de la Compañía de Jesús, conciliarista.

Puede ser definido como un jesuita de una notable preparación intelectual, dotado de una extraordinaria memoria, capaz de dominar lenguas antiguas y clásicas y de expresarse en un latín elegante. Contó con una sobresaliente capacidad de estudio durante muchas horas al día. Presentaba un físico atrayente, destacando especialmente en los púlpitos como predicador de prestigio, exponiendo temas novedosos. Participaba de los ambientes culturales de los lugares por donde pasó —que fueron muchos—, siendo un conversador alegre y de agudos recursos. Era hijo de Alonso Salmerón y Marina Díaz. Realizó sus primeros estudios en su ciudad natal. Posteriormente, fue enviado al Colegio Trilingüe de Alcalá de Henares, pudiendo estudiar en el mismo las Lenguas Latina y Griega, así como la Filosofía. Contó, muy pronto, con la amistad de Diego de Laínez —nacido en Almazán—. Consideró proseguir su formación en la Universidad más prestigiosa de Europa, París, en el otoño de 1532, llegándose a graduar de maestro en Artes en 1536. Para entonces, ya había conocido al vasco Íñigo de Loyola, con el que empezó a participar de un proyecto espiritual, culminado en un primer momento a través de la realización de los ejercicios espirituales, junto con Diego Laínez y bajo la dirección del vasco Loyola.

Los primeros compañeros que se habían unido, entre los que había estudiantes universitarios de diferentes nacionalidades, habían realizado voto de viajar a Tierra Santa, en la famosa fecha de Montmartre el 15 de agosto de 1534. Se pusieron un plazo determinado y una decisión de encontrarse a disposición del Papa para la misión que los encomendase en el caso de que aquella intención no prosperase. El viaje habría de dirigirse hacia Venecia, puerto de embarque de aquel destino y allí llegaron el 8 de enero de 1537.

Decidieron, en marzo de ese mismo año, acudir al papa Pablo III para solicitar su licencia, con la cual marchar a Tierra Santa. Aquellos “sacerdotes reformados” fueron contemplados favorablemente por el Pontífice, sobre todo en el desarrollo de la disputa teológica que sostuvieron ante su persona. Aquel Papa del Renacimiento, perteneciente a la familia de los Farnesio, les expuso que “buena Jerusalén” era aquella Roma que les contemplaba. De buenísima utilidad serían aquellos compañeros que todavía no habían decidido en firme constituir una nueva Orden Religiosa. El propio Alonso Salmerón obtuvo la dispensa para poder ordenarse antes de la edad canónica. Antes regresó a Venecia, recibió diferentes órdenes menores e hizo voto solemne de pobreza ante el nuncio. Junto con Francisco Javier, se retiró a Monselice (Padua), con el fin de prepararse para recibir el sacerdocio. Su primera misa la cantó en Vicenza. Tampoco estuvieron de brazos cruzados ante la espera del barco y se repartieron ámbitos territoriales cercanos para desarrollar su actividad pastoral. Siena fue el escenario de los trabajos de Alonso Salmerón y Pascual Broët. Finalmente, Tierra Santa fue un sueño imposible para los primeros compañeros.

Antes de concluir el año 1540, y tras algunos debates, Pablo III aprobaba la Compañía de Jesús a través de la bula Regimini Militantes Ecclesiae. El 22 de abril de 1541 pronunció la profesión solemne en la Basílica romana de San Pablo extramuros y tras este momento, Pablo III le remitió a Irlanda, una misión que se prolongó hasta el año siguiente. Regresó a la Ciudad Eterna entre junio de 1542 y abril de 1543. El cardenal Giovanni Morone pidió que el ya jesuita acudiese a Módena, aunque a finales de 1544 fue llamado de nuevo a Roma, pues se habían suscitado diferentes controversias acerca que los sermones que había predicado contra los “novatores”. De nuevo, en la Ciudad Eterna destacó como predicador cuando predicaba en el tiempo de adviento ante el embajador del emperador Carlos V, Juan de Vega —el cual protegería la expansión de la Compañía— e incluso, meses más tarde, ante la marquesa de Pescara, Vittoria Colonna.

Fue uno de los tres jesuitas —junto con Laínez y Fabro— que fueron designados para acudir desde febrero de 1546 al Concilio de Trento, aunque antes de partir predicó la cuaresma en Bolonia. Fabro murió nada más llegar de España y disponerse a incorporarse a esta misión. Salmerón, inicialmente, tenía encomendado la atención espiritual de los asistentes al Concilio, pero de manera inmediata fue incluido entre los teólogos, donde destacó especialmente. Cuando la reunión conciliar se trasladó a Bolonia en 1547, Salmerón viajó a aquella ciudad donde se terminó suspendiendo. El jesuita continuó hacia Padua donde experimentó un importante deterioro de su salud, del que se pudo recuperar. Acompañó, posteriormente, a su amigo Diego de Laínez a Venecia. Allí tenían que tramitar la adquisición del priorato paduano de Santa María Magdalena. El obispo Luigi Lippomano le llamó a Verona para que se encargase de los sermones, entre otoño de 1548 y febrero de 1549, predicando además la cuaresma en Belluno.

Existía espacio para continuar la formación y recibió el título de doctor en Teología por la prestigiosa Universidad de Bolonia, junto a los jesuitas Claudio Jayo y Pedro Canisio, que tanto habría de destacar en el ámbito de la controversia religiosa en Alemania. Era octubre de 1549. Inmediatamente, los superiores pensaron que Salmerón era el hombre adecuado para enseñar Teología en Ingolstadt, en la Baviera católica, ciudad en la que los jesuitas habrían de tener tanta importancia. De nuevo, por invitación del citado obispo Lippomano y tras el fallecimiento de Guillermo IV de Baviera, Salmerón regresó a Italia, pasando primero por Verona y recalando en la cuaresma de 1551 en Nápoles —un ámbito que sería muy apreciado por Salmerón— donde se disponía a abrirse un colegio de jesuitas. La segunda sesión de Trento le requería de nuevo. El entonces pontífice Julio III había conocido la valía de Laínez y Salmerón como teólogo en la primera sesión cuando era el cardenal Juan María Ciocchi del Monte. En esta ocasión, el jesuita toledano acompañaba a un hombre de la Reforma católica, muy próximo a la Compañía: el cardenal Marcello Cervini, elegido en 1555 papa con el nombre de Marcelo II. En esta segunda sesión, Laínez y Salmerón acudieron como teólogos del papa Julio.

El Concilio se suspendió por segunda vez en abril de 1552 y Salmerón se dedicó a predicar en verano en la ciudad de Florencia. Por todos los lugares por donde pasaba, el jesuita toledano cosechaba una importante fama como predicador. Cuando acudió a Roma para presentar sus respetos al recién elegido papa Marcelo II, éste ya había fallecido —pues su pontificado solamente se prolongó por espacio de veintidós días, “¡Oh infortunado papa, que apenas ha tocado la tiara!”— y el jesuita se encontró con un pontífice de signo más adverso, Pablo IV, el cual le envió a la Dieta de Augsburgo, formando parte del séquito del obispo Lippomano, con el cual prosiguió después viaje hacia Polonia.

Cuando regresó a Roma, se le encomendó una nueva misión en Bélgica, dos viajes sucesivos con una estancia intermedia en Nápoles. Eran tiempos de negociación de paz con España y de la muerte de su prepósito general Ignacio de Loyola. Participó físicamente en la Ciudad Eterna en la primera congregación general, en la que habría de elegirse al primer sucesor del fundador, en la persona de su cercano Diego de Laínez. Entonces, se erigió la provincia de Nápoles, de la cual sería Salmerón el primero de sus superiores. Sin embargo, no habría de asentarse. Laínez le envió al Coloquio de Poissy, siendo además vicario general de la Compañía hasta 1562. De nuevo, partió hacia Trento para participar en la última de las sesiones del Concilio, de nuevo como teólogo del Papa. Entre las controversias teológicas de aquel tiempo en las que participó Salmerón, se hallaban la dimensión de derecho divino de la residencia de los obispos en sus diócesis, la petición de que la asamblea se pronunciase oficialmente sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía; trató de evitar el límite de intervención de los teólogos; defendió la consideración de la misa como sacrificio, además de las discusiones sobre el sacramento del Orden, la doctrina de las indulgencias, el purgatorio, el culto de los santos o las imágenes, no faltando en buena parte de las batallas conciliares. Al concluir el Concilio, Salmerón regresó a Nápoles, continuando con sus lecciones sacras durante el tiempo de la cuaresma. Los Papas le llamaron a Roma, como ocurrió con Pío V, aunque el jesuita expuso su deseo de residir en “su reino”: Nápoles.

No contó con tantas responsabilidades administrativas como otros jesuitas, pues bajo su jurisdicción no se hallaban, inicialmente, más que los Colegios de Nápoles, Nola y Catanzaro, en la recién constituida provincia. No deseaba fundaciones de pequeño tamaño y expuso sus directrices para que el noviciado no se estableciese en un espacio peligroso. Puso mucho interés en la adecuada administración económica de los colegios a través de limosnas procedentes de familias acomodadas. En su epistolario expresó su inquietud acerca de la opinión que los superiores expresaban acerca de su forma de gobierno, no gustándole que los visitadores inspeccionasen su trabajo. A pesar de todo, continuaría siendo provincial hasta 1576. Se dedicó mucho a la ciudad de Nápoles, contribuyendo a la limpieza de personajes extraños dotados de una aparente dimensión espiritual, elevó la predicación como actividad prestigiosa y favoreció la intensificación de la vida cristiana. Como predicador destacó no solamente por los contenidos —repletos de su extraordinaria cultura— sino por la forma de exponerlos, lo que favorecía el clima de conmoción generalizada, apreciándose un notable conocimiento sobre las Sagradas Escrituras.

Una vez que estuvo libre de sus cargos de gobierno, se dedicó con asiduidad a la composición de sus comentarios bíblicos. Con todo, el vicario de la Compañía le solicitó su presencia en la congregación general IV, convocada en 1581, a la muerte de Everardo Mercuriano. El nuevo prepósito, precisamente napolitano de nacimiento, Claudio Aquaviva, manifestó una estrecha confianza en él y le solicitó su asesoramiento en el proceso de elaboración de las disposiciones pedagógicas de la Compañía, previa a la promulgación de la Ratio Studiorum —cuya edición definitiva no llegó hasta 1599—. No era partidario Salmerón de que todos debiesen elegir a un mismo autor, pues lo que debía unir intelectual y teológicamente a los jesuitas eran las Sagradas Escrituras, además de las enseñanzas de los santos padres y de la Iglesia. Aquaviva valoró profundamente a este compañero de Ignacio de Loyola y le hubiese gustado contar con una revisión detallada del conjunto de su obra.

 

Obras de ~: Oratio in Conc. Tridentino de vera Praelatorum forma, Roma-París, 1547; Commentaria in Sacrosancta Jesu Christi Evangelia, Matriti, Ludovicus Sanchez, 1597; Disputationes in Epistolas D. Pauli, Madrid, apud Ludovicum Sanchez, 1597-1602, 4 vols; Commentarii in evangelicam Historiam, Madrid, apud Ludovicum Sanchez, 1598-1601, 11 vols; Sermones in parabolas evangelicas, Amberes, ex officina Petri Belleri, 1600; In Acta Apostolorum. In Epistolas Canonicas. In Apocalipsim, Colonia, apud Ludovicum Sanchez, 1604; Doctrina de iurisdictionis episcopales Origine et ratione, Maguncia, 1871; Monumenta Historica Societatis Iesu. Epistolae P. Alphonsi Salmeronis (1), vol. 30, Roma, Institutum Historicum Societatis Iesu, 1972; Monumenta Historica Societatis Iesu. Epistolae P. Alphonsi Salmeronis (2), vol. 32, Roma, Institutum Historicum Societatis Iesu, 1972.

 

Bibl.: G. Boero, Vida del Siervo de Dios P. Alonso Salmerón, cuatro de los primeros compañeros de San Ignacio de Loyola en la Fundación de la Compañía de Jesús, Barcelona, Imprenta Francisco Rosal, 1887; C. Sommervogel, Bibliothèque de la Compagnie de Jesús, Bruxelles, O. Schepens, 1894, vol. VII, págs. 478-483, vol. XII, págs. 784-786 y 1211; F. Cereceda, “Laínez y Salmerón y el proceso del catecismo de Carranza”, en Razón y Fe 100 (1932), págs. 212-266; P. de Ribadeneira, “La vida del P. Salmerón”, Historias de la Contrarreforma, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1945, págs. 583-599; M. Andrés, “La compasión de la Virgen al pie de la cruz deducida de su triple gracia según Salmerón”, en Estudios Marianos, 5 (1946), págs. 369-388; J. Olazarán, “En el IV centenario de un voto tridentino de Alonso Salmerón sobre la doble justicia”, en Estudios Eclesiásticos, 20 (1946), págs. 211-240; C. Gutiérrez, Españoles en Trento, Valladolid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Jerónimo Zurita, 1951, págs. 54-67; M. Scaduto, L’Epoca di Giacomo Lainez: L’azione, Il governo, Roma, La Civiltà Católica, 1964; C. Gutiérrez, Trento, un Concilio para la unión. Fuentes y Estudio, Madrid, 1981, 3 vols.; M. Scaduto, L’opera di Francesco Borgia 1565-1572, Roma, La Civiltà Católica, 1992; J. C. Hughes, “Alonso Salmerón: his work at the Council of Trent”, tesis doctoral, Kentucky University, 1974; W. J. Bangert, Claude Jay and Alonso Salieron. Two early Jesuits, Chicago, 1985; M. Scaduto, “Salmerón, Alfonso”, en Ch. O’Neill y J. M.ª Domínguez, Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús, vol. IV, Roma-Madrid, Institutum Historicum Societatis Iesu, Universidad Pontificia de Comillas, 2001, págs. 3474-3476.

 

Javier Burrieza Sánchez