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Eduardo Dato Iradier

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Biografía

Dato Iradier, Eduardo. La Coruña, 12.VIII.1856 – Madrid, 8.III.1921. Jurista, político, jefe del Gobierno y del Partido Conservador Perteneciente a un linaje hidalgo originario del Alto León, pero arraigado en la región de Murcia desde el siglo XIII, nació en La Coruña, donde su padre, el entonces teniente coronel Carlos Dato, se hallaba destinado; pero siempre se sintió más vinculado a Vitoria: su madre, Lorenza Iradier, había nacido en Lanciego (Álava) y en Vitoria nació su futura esposa, Carmen Barrenechea.

Como sus antepasados paternos, quiso seguir la carrera de las armas, pero el destronamiento de Isabel II en 1868 decidió a Carlos Dato a pedir el retiro y a apartar a su hijo de ese camino. Cursó la carrera de Derecho con gran aprovechamiento, licenciándose en 1875; ejerció como abogado, primero en el bufete de Mariano Aguilar, y luego en el de Gamazo, hasta que abrió bufete propio, alcanzando éxitos de gran resonancia, como el que obtuvo en la defensa de la duquesa de Castro-Enríquez, y en el pleito abierto en torno a la herencia del barón de Rotschild (lo que le convertiría en asesor jurídico del titular, en conexión con Bauer, su representante en España).

Su entrada en la política activa la hizo como diputado por el distrito leonés de Murias de Paredes, en el que ejercía un patriarcal cacicato la familia de los Álvarez Carballo, cuyos bienes había administrado con talento y fortuna, y que le respaldaron en todo momento. Figuró por primera vez en las Cortes en 1884, afiliado al Partido Conservador de Cánovas del Castillo, pero en 1885, al producirse la muerte de Alfonso XII, se sumó a la disidencia de Romero Robledo, disconforme con la decisión de Cánovas de ceder el poder a Sagasta —decisión con la que aquél había procurado, acertadamente, afianzar el Régimen en un momento crítico—. Vuelto a la obediencia canovista en 1887, figuró ya como subsecretario de Gobernación en el Gabinete conservador de 1892, y por encargo de Fernández Villaverde, titular de aquella cartera, redactó un informe ejemplar sobre las irregularidades registradas en el Ayuntamiento madrileño.

La resistencia de Cánovas a proceder —en consecuencia— contra el alcalde, Alberto Bosch, dio lugar a una crisis que provocó la nueva disidencia, esta vez iniciada por Silvela y Fernández Villaverde, a la que se sumó Dato.

Tras el asesinato de Cánovas en 1897 y el desastre ultramarino bajo el penúltimo Gobierno Sagasta, Dato entró en el Gobierno regeneracionista presidido por Silvela (1899-1900), en el que asumió la cartera de Gobernación, iniciando entonces una importante política social a través de dos Leyes (la de Accidentes del Trabajo y la que regulaba el trabajo de mujeres y niños en las fábricas), punto de partida de una inédita orientación intervencionista ya preconizada por Cánovas en el Partido Conservador, que enfrentaría a Dato con el empresariado catalán, según se puso de relieve durante su visita al principado en marzo de 1900 (jornadas de las “xiulades”), al paso que le ganaba la adhesión entusiasta del obrerismo no captado por la corriente socialista de la Unión General de Trabajadores (UGT) o por el anarquismo de inspiración italiana, muy activo por entonces en Cataluña. En cambio, sus primeros esbozos de un proyecto de administración descentralizada, preconizado por Silvela, no llegaron a cristalizar, al interponerse la crisis de octubre de 1900, que daría paso a una nueva alternativa liberal y al último Gobierno Sagasta, que presidió la jura de Alfonso XIII al alcanzar éste la mayoría de edad el 17 de mayo de 1902.

Ministro de Gracia y Justicia en el segundo Gobierno presidido por Silvela (1902-1904), puso en vigor la Ley de Descanso Dominical, pero la nueva crisis del partido, esta vez provocada por la disidencia de Villaverde —que presidía las Cortes recién elegidas— abrió paso a un nuevo turno liberal, durante el cual se produjo la retirada de Silvela de la política activa, tras señalar como su heredero al frente del partido a Antonio Maura, que había ingresado en él tras romper con el Partido Liberal juntamente con Gamazo.

Aunque hasta ese momento Dato había sido considerado como el lógico delfín de Silvela, la decisión de éste, seducido por la fuerte personalidad de Maura y la brillantez de su programa regeneracionista identificable con el suyo propio, contó con la leal aceptación de Dato, que se convirtió en uno de los principales apoyos del maurismo en la década inicial del siglo XX. Durante el gobierno largo de Antonio Maura (1907-1909), ocupó primero la alcaldía de Madrid, y, al reunirse las Cortes conservadoras fue elevado a la presidencia de la Cámara Baja, en la que se mantuvo durante toda esta laboriosa etapa, liquidada lamentablemente, tras sus éxitos iniciales, a consecuencia de los graves sucesos de Barcelona, provocados por la desafortunada campaña de Melilla y la imprudente movilización de los reservistas. La represión de la Semana Trágica, dirigida por Cierva, y concretamente el proceso y ejecución del anarquista Ferrer Guardia (ejecución que Dato había desaconsejado) provocaron la clamorosa reacción antimaurista que no se limitó sólo a las izquierdas españolas —incluidas las dinásticas— sino a las europeas en general, decidiendo a Alfonso XIII a despedir a Maura y a dar acceso al Gobierno liberal de Canalejas tras el breve paso de Moret por el poder.

La turbia campaña antimaurista había provocado la ruptura del Pacto de El Pardo y, por su parte, Maura declaró “implacable hostilidad” a los liberales. Aunque Canalejas intentó restaurar el Pacto durante su notable etapa de gobierno, su muerte en el atentado de Pardinas (1912) hizo imposible la reconciliación necesaria de ambos partidos. En 1913, agotada la situación liberal —que un débil Gobierno Romanones había prolongado— Alfonso XIII llamó a Maura al Poder, pero éste negó su colaboración al Rey, mostrándose incompatible con el liberalismo responsable de la crisis de 1909. Ante tal situación, la mayoría del Partido Conservador, entendiendo que no podía dejar sin asistencia al Monarca, se mostró favorable a que Dato asumiese la presidencia del Gobierno en lugar de Maura. Aunque la solución era perfectamente correcta bajo el punto de vista constitucional, desde entonces apareció el Partido Conservador dividido en dos facciones; la de los seguidores de Dato y Sánchez Guerra y la de los mauristas, que motejaron a aquéllos de idóneos; y aunque Dato rechazó, por lo pronto, la jefatura del Partido, al cabo hubo de aceptarla, respaldado por las Cortes (1914); por entonces, dejó de representar el distrito de Murias, que cambió por el de Vitoria, ciudad que le ha conservado una agradecida memoria.

Este primer gobierno de Dato coincidió con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, en la que la acertada y firme decisión de aquél de mantener la estricta neutralidad de España —de acuerdo con el Rey— abrió a nuestro país una coyuntura económica sumamente favorable, al paso que las gestiones de don Alfonso para aliviar la situación de las retaguardias en los países combatientes restauró la buena imagen de España, comprometida gravemente por la “ferrerada” de 1909. En cuanto al Pacto de El Pardo quedó en cierto modo restaurado: en 1915, Romanones encabezó un turno liberal, y en 1917 Dato volvió al poder al frente de los conservadores, en situación muy grave, pues hubo de hacer frente al movimiento militar de las Juntas de Defensa, al reto del regionalismo catalán (la “asamblea de Parlamentarios”, convocada por Cambó en Barcelona estando cerradas las Cortes) y, finalmente, a la huelga revolucionaria de agosto de ese mismo año, promovida por republicanos y socialistas, y estimulada por los inicios de la revolución bolchevique en Rusia. Dato aparcó el problema de las Juntas, disolvió la asamblea de parlamentarios, y logró superar la llamada “revolución de agosto” —que tuvo especial incidencia en la zona asturiana— contando con el Ejército, pero evitando derramamientos de sangre. Sin embargo, tras asegurar la pacificación del país hubo de dar paso a un nuevo turno liberal.

En el Gobierno Nacional de 1918, nueva modalidad política que pretendía superar la fragmentación de los partidos dinásticos frente a la crecida de las fuerzas adversas al régimen, y que el Rey consiguió que presidiera Maura, Dato asumió la cartera de Estado, en la que hubo de hacer frente al riesgo de ruptura con Alemania, provocada por la guerra submarina desencadenada por ésta, y que afectó a buques españoles.

Pero en octubre se produjo la crisis del Gobierno, dada la toma de posiciones de los partidos ante el final de la guerra y la construcción del nuevo orden mundial.

En la etapa que siguió, Dato se esforzó por lograr que Maura fuese restaurado en la jefatura del Partido, empeño en que no coincidían, en absoluto, todos los llamados idóneos. En 1920, y aunque se resistió a ello, Eduardo Dato hubo de volver a presidir un Gobierno, en momentos difíciles, condicionados por la crisis de la posguerra. Especialmente grave era la situación de Cataluña, en que la guerra social (sindicato único, cenetista, frente a sindicato libre, apoyado por la patronal) había obligado a los regionalistas a aparcar sus propias reivindicaciones, pero reclamando a Dato el nombramiento de un hombre fuerte que al frente del gobierno del Principado fuese capaz de frenar el pistolerismo convertido en ley. Dato, que se había esforzado por paliar la situación con medios estrictamente constitucionales, al paso que culminaba su programa social con la creación del Ministerio del Trabajo, hubo de ceder a las presiones de las llamadas fuerzas vivas de Cataluña, que le señalaron al general Martínez Anido como el “hombre fuerte” que venían exigiendo. Aunque a disgusto, Dato designó al general dándole carta blanca para que actuase según su criterio; pero la dureza de aquél en su gestión (que tuvo su expresión más significativa en la aplicación de la tristemente célebre ley de fugas) se volvió, no contra el general, que sabía protegerse muy bien, sino contra el jefe del Gobierno que le había situado en Barcelona. La consecuencia fue el crimen —programado por la Confederación Nacional de Trabajadores— que puso fin a la vida de Dato en la plaza de la Independencia madrileña, el 8 de marzo de 1921, por obra de cinco sindicalistas catalanes que ametrallaron el coche oficial del ministro cuando éste se dirigía a su domicilio en la calle de Lagasca. Como ya había sucedido en el caso de Canalejas, el sindicalismo revolucionario eliminaba así a quien había sido máximo promotor de la justicia social en España.

Dato se había casado, muy joven, con Carmen Barrenechea, natural de Vitoria, de la que tuvo un hijo —que murió niño— y tres hijas, Isabel, Carmen y Concha. El Rey otorgó al presidente el título ducal, que recibió su viuda y ésta transmitió a su hija Isabel.

Dato perteneció a las Academias de Ciencias Morales y Políticas y a la de Jurisprudencia y Legislación, que llegó a presidir y en la que publicó notables estudios jurídicos.

 

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Carlos Seco Serrano