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Cuauhtémoc

Biografía

Cuauhtémoc. Guatimozin. Tenochtitlan (México), 1496-1502 – Izancanac (México), 28.II.1525. Último emperador de Tenochtitlan.

La fecha de nacimiento de Cuauhtémoc no se conoce con exactitud, pues algunos creen que esto ocurrió en 1496 y otros opinan que sucedió en 1502.

Cuauhtémoc fue hijo de una princesa de Tlatelolco de nombre Tilalcápatl, aunque otras versiones dicen que era hijo de una princesa chontal. Su padre fue Ahuitzotl, quien gobernó el imperio azteca entre 1496 y 1502. A la muerte de su padre subió al trono Moctezuma II, a quien correspondió afrontar la llegada de los españoles a tierras de Mesoamérica. Al respecto, hay que recordar que, a diferencia de las Casas Reales europeas, entre los aztecas el cargo de gobernante no se daba por descendencia directa de padre a hijo, sino que podía aspirar al mando cualquier miembro de la familia que hubiera destacado en dos aspectos: por su religiosidad y por su comportamiento militar. De esta manera, tanto el control ideológico como el coercitivo recaían en el gobernante máximo o tlatoani, nombre de en lengua náhuatl designaba a quien ostentaba el poder y que quiere decir “el que habla”, el que tiene el don de la palabra.

El nombre con que se le conoce —Cuauhtémoc— quiere decir, en lengua náhuatl, “águila que desciende”, haciendo alusión al momento en que ésta ave rapaz ataca a sus presas bajando a gran velocidad para atraparlas con sus garras. El águila, en el México prehispánico, estaba considerada como un símbolo solar o equivalente al sol, pues, al igual que éste, era el ave que volaba más alto. De esta manera, Cuauhtémoc era un nombre relacionado con el águila/sol (identificado también con Huitzilopochtli, dios solar y de la guerra) en el instante del ataque. Y fue precisamente en la guerra donde demostró su capacidad y su arrojo.

Cuauhtémoc debió de recibir la estricta educación que se daba a los jóvenes en cuanto ingresaban en el Calmécac o escuela destinada a los miembros de la nobleza. En ella había maestros que preparaban al alumno en diversos menesteres, ya de carácter religioso, como saber leer los códices, cantos, etc., ya de contenido filosófico y también en las artes marciales.

La enseñanza era rigurosa y de ella han dejado noticia algunos cronistas, pues se trataba de formar jóvenes fuertes con conocimientos amplios, que pudieran cumplir la misión que se les encomendaría como sacerdotes, administradores o como capitanes del ejército imperial.

Se tienen someras descripciones de cómo era Cuauhtémoc físicamente, según las versiones tanto de Hernán Cortés como de Bernal Díaz del Castillo. Ambos coinciden en que se trataba de un individuo joven.

Para el primero era un mancebo de dieciocho años y para Bernal Díaz tendría unos veinticinco o veintiséis años, “de buena disposición y rostro alegre” y de color más claro que el común de los indios, casado con una mujer muy bella, hija de su tío Moctezuma, el emperador. Debió de tener un carácter fuerte y decidido y el mismo cronista dice que era “bien gentil hombre” y esforzado y era temido por los suyos, aspectos tales que demostró frente a las vicisitudes que hubo de afrontar desde el momento en que fue elegido tlatoani de Tenochtitlan en aciagas condiciones, como se verá más adelante.

Pero hay que atender a lo que ocurría poco antes de la llegada de los españoles. Algunos malos presagios que se habían presentado tenían a Moctezuma sumido en profundas cavilaciones. Eran éstos una serie de acontecimientos que no tenían explicación al decir de los relatos que han llegado hasta hoy a través de algunos cronistas del siglo xvi, como fray Bernardino de Sahagún y Diego Muñoz Camargo. Señalan estos autores que ocurrieron ocho presagios considerados funestos: una especie de llama que aparecía en las noches diez años antes de la llegada de los peninsulares.

El segundo fue que el templo de Huitzilopochtli ardió sin que hubiera mano de por medio y, a medida que se le echaba agua, el fuego se enardecía más. El tercero fue un rayo que cayó sobre el templo de Xiuhtecutli sin escucharse el trueno. Otro más fue un fuego que salió por el poniente y se dividió en tres partes, causando mucho alboroto entre la gente. El quinto presagio fue que el agua hirvió y anegó las casas con los destrozos consiguientes. El sexto fue la aparición de una mujer que recorría las calles de Tenochtitlan con gritos lastimeros. El siguiente fue la captura en el lago que circundaba la ciudad de una grulla que tenía un espejo en la cabeza. El octavo y último era la aparición de personas deformes con un solo cuerpo y dos cabezas, que luego desaparecían. Unido a lo anterior, en 1519 llegaron noticias inquietantes a Moctezuma II. En la costa del Golfo se avistaron naves con personas de físico diferente al de los indígenas.

Se pensó en un principio que se trataba del regreso de uno de sus dioses principales, Quetzalcóatl, que según los relatos antiguos había desaparecido por la costa oriental para convertirse en lucero del alba y por ese mismo lugar regresaría. Pronto se darían cuenta de que no se trataba del dios, sino de Hernán Cortés y sus huestes que, conocedores de la situación de vasallaje en que Moctezuma tenía sometidos alrededor de trescientos setenta pueblos indígenas, les prometieron librarlos del tributo que tenían que rendir periódicamente a Tenochtitlan. De inmediato contó Cortés con el apoyo de los tributarios de los aztecas y poco a poco se fueron uniendo a las fuerzas peninsulares para así liberarse del yugo azteca.

Llegados a Tenochtitlan, los españoles son recibidos y aposentados en el palacio de Axayácatl. Sin embargo, a raíz de la partida de Cortés hacia Veracruz por la llegada de Pánfilo de Narváez que traía instrucciones del gobernador de Cuba Diego Velásquez para someter a Cortés, Pedro de Alvarado quedó al mando de los contingentes españoles y cometió una imprudencia que trajo graves problemas al ejército peninsular: estando los aztecas celebrando una de sus festividades en el patio del Templo Mayor, fueron atacados por los españoles, quienes tras una tremenda matanza se apoderaron de las joyas de oro que portaban los participantes. Esto provocó una violenta reacción entre las huestes indígenas, que de inmediato atacaron y cercaron a los españoles. Cortés, una vez vencido Narváez, regreso en grandes jornadas, pues supo del levantamiento ocurrido en Tenochtitlan. El día de san Juan de junio de 1520 llegó a la ciudad y de inmediato increpó a Alvarado por aquellos acontecimientos. Los ataques prosiguieron y se solicitó a Moctezuma que, desde la azotea del lugar en donde se encontraban los españoles, hablara ante los sublevados aztecas, pero grande fue el pesar del Emperador al saber que ya habían elegido a otro señor por tlatoani, de nombre Cuitláhuac, señor de Iztapalapa.

Según la versión de Bernal Díaz, los guerreros aztecas empezaron a lanzar piedras y otras armas con las que hirieron de muerte a Moctezuma, en tanto que versiones indígenas señalan que, al no serles ya de utilidad, fue muerto por los españoles. Sea como fuere los combates continuaron haciendo cada vez más difícil la situación de los peninsulares. Cortés ordenó entonces la retirada furtiva de la ciudad en la noche que fue conocida desde entonces como Noche Triste, pues las bajas españolas fueron numerosas y otro tanto ocurrió con sus aliados indígenas. Pese a todo, lograron escapar para reagruparse y más tarde volver a atacar la ciudad de Tenochtitlan.

Poco tiempo estuvo Cuitláhuac al frente de los aztecas, pues murió de viruelas al contagiarse de un soldado del ejército español que las padecía. Fue elegido entonces el joven Cuauhtémoc, quien de inmediato se aprestó a la defensa de su ciudad. A partir de aquel momento los encuentros fueron cotidianos y sangrientos.

Cortés mandó cortar el agua potable que venía desde Chapultepec, al mismo tiempo que dividía a su tropa en tres grandes contingentes apoyados por miles y miles de guerreros indios. Mandó hacer bergantines que atacaban por agua a las canoas que eran numerosas y poco a poco y no sin esfuerzos, se fueron ganando partes de la ciudad de Tenochtitlan.

Los relatos indican cómo un día se avanzaba en determinada posición y al día siguiente era recuperada por el enemigo. Pero la situación se hizo apremiante para los defensores, pues faltaba el agua y los alimentos y la muerte estaba presente por doquier. Hubo un momento en que Cortés envió a tres capitanes aztecas que estaban prisioneros para que hablasen con Cuauhtémoc y que se hicieran las paces, pero éste se negó y dio orden a sus huestes de que ninguno viniera a hablarle de cesar las hostilidades, pues lo mandaría matar. Acordaron seguir peleando hasta la muerte, si era preciso, en defensa de su ciudad.

Los combates prosiguieron y llegó un momento en que toda defensa era imposible. Después de cerca de tres meses de asedio constante —setenta y cinco días señala Cortés en su tercera carta de relación al rey de España— fue atacado por los bergantines el lugar en donde se hallaba Cuauhtémoc, quien se embarcó junto con otros capitanes y mujeres para tratar de ganar tierra firme, pero fue capturado por García Holguín, quien luego lo llevó ante Cortés. Entonces se dio el encuentro histórico entre los dos capitanes, entre dos culturas diferentes que ahora estaban frente a frente. Aquel encuentro ha sido relatado por Bernal Díaz, quien cuenta la manera en que llega el joven tlatoani ante el capitán español y le dice: “Ya he hecho lo que soy obligado en defensa de mi ciudad, y no puedo más, y pues vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma ese puñal que tienes en la cintura y mátame luego con él”. Aquí es necesario hacer un alto para entender cabalmente el contenido de estas palabras, pues de esta manera le fueron traducidas a Cortés por Jerónimo de Aguilar, quien hablaba el maya después de su larga permanencia en Cozumel y Yucatán; Marina o Malinche, quien fungía como intérprete, conocía tanto el maya como el náhuatl, lengua esta última hablada por Cuauhtémoc. En esta triangulación de lenguas se perdió el sentido de lo que realmente pedía el gobernante vencido. Era costumbre que los guerreros muertos en combate o en sacrificio se les destinara acompañar al sol desde su salida por el oriente hasta el mediodía, privilegio sólo concedido a los guerreros para que junto con Huitzilopochtli (dios solar y de la guerra) anduvieran esa parte del firmamento. Por lo tanto, lo que el Soberano azteca pidió a Cortés era que, al ser su prisionero, luego se le sacrificase para completar su ciclo como gran capitán del ejército azteca y poder acompañar al sol. Pero Cortés no entiendió esto y lo perdonó.

Todo esto ocurrió el día 13 de agosto de 1521. Lo que sigue ya es historia. Fue tanta la mortandad que hubo por uno y otro bando, que los canales y albarradones estaban llenos de cadáveres. Las palabras de un cronista soldado como lo era Bernal Díaz del Castillo no se prestan a dudas. Dice así: “Yo he leído la destrucción de Jerusalén; mas si fue más mortandad que ésta, no lo sé cierto, porque faltaron en esta ciudad tantas gentes, guerreros de todas las provincias y pueblos sujetos a México que allí se habían acogido, y todos los más murieron; y, como ya he dicho, así el suelo y laguna y barbacanas todo estaba lleno de cuerpos muertos, y hedía tanto que no había hombre que lo pudiese sufrir”.

Con esto terminaba la lucha armada en contra de los aztecas, la que habría de extenderse a otras regiones y pueblos diversos, pero faltaba una lucha más ardua aún: la de tratar de cambiar la manera de pensar de un pueblo. Si las armas peninsulares y sus miles de aliados les habían dado la victoria, correspondería ahora al aparato ideológico representado por la Iglesia hacer su parte. Empezaba, pues, el siglo de la evangelización.

No debió de ser nada fácil para Cuauhtémoc sobrellevar la derrota y el dolor de ver a su pueblo vencido y sojuzgado. Se les torturó a él y al señor de Tacuba, Tetlepanquetzal, para saber el lugar en donde se encontraba guardado el oro tan caro para los vencedores.

Temiendo un posible alzamiento, Cortés decide que Cuauhtémoc lo acompañe en la expedición que emprende hacia las Hibueras o Higueras junto con el señor de Tacuba, su primo. Se hace acompañar por muchos vasallos aztecas y entre los expedicionarios se encuentra Marina o Malinche, que servía de traductora entre el capitán español y los naturales, pues era ella persona de mucho conocimiento y hablaba varias lenguas, como quedó dicho. El motivo de ir a ese lugar (hoy en territorio de Honduras) es porque mucho se dijo de grandes riquezas de oro que en ella se encontraba, además de que había enviado expediciones como la de Cristóbal de Olid y la de Francisco de las Casas que a poco se le rebelaron. Cerca del pueblo de Izancanac, según relata Cortés, que se ubica en lo que es hoy Tabasco, corren rumores de que se está tramando un levantamiento por parte de Cuauhtémoc y los otros señores en contra de Cortés y su gente. Cortés ordena indagar sobre el particular y el mismo Cuauhtémoc es obligado a confesar: dice que está enterado de algo, pero que no tiene mayor participación en ello.

Lo anterior es suficiente para que Cortés tome la determinación de condenar a muerte a Cuauhtémoc y al señor de Tacuba. La orden se lleva a cabo y, en el momento de ser ahorcados, el primero dice sus últimas palabras que transmite Bernal Díaz del Castillo: “¡Oh, Malinche, días hacía que yo tenía entendido que esta muerte me habías de dar y había conocido tus falsas palabras, porque me matas sin justicia! Dios te la demande, pues yo no me la di cuando a ti me entregué en mi ciudad de México”. Agrega el cronista que consideró “esta muerte que les dieron muy injustamente, y pareció mal a todos los que íbamos”.

Con su muerte, Cuauhtémoc pudo, finalmente, cumplir con el ciclo que le estaba destinado como guerrero y jefe del ejército azteca, pues al ser prisionero de los vencedores y morir por esto, su destino pudo cumplirse aunque no de la manera como lo indicaban sus costumbres: la muerte a filo de obsidiana.

No se sabe a ciencia cierta en dónde quedaron los restos de Cuauhtémoc. En 1949 corrió la noticia de que en el pueblo de Ichcateopan, en el actual estado de Guerrero, se habían encontrado debajo del altar principal de una iglesia del lugar los huesos del Emperador.

Después de indagaciones minuciosas por parte de dos comisiones nombradas oficialmente para atender el caso, se llegó a la conclusión definitiva de que los huesos correspondían a por lo menos ocho individuos y que los huesos del cráneo eran de una mujer mestiza. Se trataba, pues, de un fraude que no logró su objetivo.

En Tlatelolco, ciudad vecina de Tenochtitlan en la que se llevó a cabo la última resistencia indígena en contra de los españoles y sus aliados enemigos de los aztecas, hoy puede leerse una placa de mármol que reza así: “El 13 de agosto de 1521, / heroicamente defendida por Cuauhtémoc, / cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. / No fue triunfo ni derrota, / fue el doloroso nacimiento / del pueblo mestizo / que es el México de hoy”.

 

Bibl.: H. Cortés, Cartas de Relación de la Conquista de América, México, Editorial Nueva España, s. f., págs. 93-591; B. Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, México, Editorial Nuevo Mundo, 1943; E. Matos Moctezuma, “La muerte de Cuauhtémoc”, en Hernán Cortés y la conquista de México, México, Pasajes de la Historia, 2003, págs. 73-80; “Ichcateopan y los restos de Cuauhtémoc”, en Arqueología Mexicana (México), n.º 82 (2006), págs. 58-61.

 

Eduardo Matos Moctezuma