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Francisco de Aguilera y Egea

Biografía

Aguilera y Egea, Francisco de. Ciudad Real, 21.XII.1857 – Madrid, 20.V.1931. Capitán general del Ejército, ministro de la Guerra, senador vitalicio.

Hijo de Domingo de Aguilera y de Mendoza, natural de Ciudad Real, y de Matilde Egea Salcedo, nacida en Totana (Murcia). Vástago de una acomodada familia de propietarios rurales afincados en la ciudad castellano-manchega, a la que permaneció vinculado durante toda su existencia y en la que residió largas temporadas. Su padre, como tantos otros agricultores de la época, le encauzó por la carrera de las armas, considerada una excelente vía de promoción social.

Suprimidas las academias militares en 1871, las llamadas “de distrito” se hicieron cargo de la formación de los futuros oficiales. Por ello, el 20 de diciembre de 1873, Aguilera, al filo de cumplir dieciséis años, solicitó ingresar en la Academia de Castilla la Nueva, ubicada en el Palacete de la Moncloa, a la que, tras superar el preceptivo concurso-oposición, se incorporó el 29 de enero de 1874. Decidido también que los alumnos fueran instruidos por maestros de cadetes de los cuerpos de guarnición en el distrito, sentó plaza en el Regimiento de Infantería Albuera n.º 26.

En el momento de ser filiado medía 1,40 metros y al alcanzar su pleno desarrollo, 1,67.

Aquella primavera el general Serrano, que desempeñaba la Presidencia del Poder Ejecutivo de la República desde el golpe de Estado de Pavía, había logrado que los carlistas perdieran por primera vez la iniciativa en la guerra iniciada en 1872. Sin embargo, tras obligarles a levantar el sitio de Bilbao y ponerse a la defensiva en Estella, el general Manuel Gutiérrez de la Concha, marqués del Duero, fue abatido por una bala perdida y el desmoralizado ejército liberal hubo de retornar al sur del Ebro. Para hacer frente al revés, Serrano creó un nuevo Ejército, llamado del Centro, y reclutó a ciento veinticinco mil soldados que encuadró en batallones provisionales. Esta circunstancia condicionó la promoción de los cadetes de las distintas academias, y Aguilera fue nombrado el 28 de agosto de 1874 alférez del Batallón Provisional de Castilla la Vieja.

Restaurada la Monarquía gracias al pronunciamiento realizado por Martínez Campos en Sagunto, Alfonso XII entró en Madrid el 14 de enero de 1875.

Una semana después, por consejo de Cánovas, tomó personalmente el mando del Ejército del Norte y ordenó atacar Pamplona. El percance de Lácar, donde el Rey estuvo a punto de morir, y la desbandada de los liberales, aconsejaron su regreso a Madrid. Durante estos meses, Aguilera permaneció combatiendo en la provincia de Cuenca, siempre integrado en el Ejército del Centro y a cargo de la Sección de Tiradores del Batallón de Reserva Jaén n.º 1, nombre dado a su unidad el 6 de noviembre de 1874.

En mayo de 1875 el escenario principal de la guerra se trasladó a Levante. El ministro de la Guerra, general Jovellar, reforzó el Ejército del Centro, se trasladó a Castellón con cerca de cuarenta mil hombres y entró en el Maestrazgo. El 29 de junio, en el barranco de Monlleó, cerca de Villahermosa del Río, estableció contacto con los doce mil soldados carlistas mandados por Dorregaray, a los que forzó a retroceder. Durante el combate, Aguilera fue herido en la mandíbula pero se mantuvo en su puesto, actitud que le valió el ascenso a teniente contando sólo diecisiete años.

Al día siguiente, Jovellar sitió Cantavieja, donde Dorregaray había dejado unos dos mil hombres para proteger su retirada. El 5 de julio, Aguilera volvió a distinguirse en el asalto a las trincheras, y fue recompensado con el grado de teniente, permutado un año después por la Cruz Roja del Mérito Militar, tras serle denegado su canje por el grado de capitán debido a su corta edad.

La capitulación de Cantavieja dejó zanjada la campaña del Maestrazgo y la acción se centró en Cataluña.

El batallón de Aguilera quedó encuadrado en una de las brigadas del ejército mandado por Martínez Campos, donde participó en la serie de combates que, remontando el valle del Segre, culminaron el 26 de agosto con la ocupación de La Seo de Urgel.

El 14 de diciembre, cuando la guerra había llegado a un punto que anunciaba su inminente final, Jovellar articuló los casi cincuenta mil hombres que estaban en armas en dos Ejércitos, denominados de la Derecha y de la Izquierda, para dar el golpe definitivo a los carlistas. El de la Izquierda, mandado por Quesada y con base de operaciones en Burgos, integró el Regimiento de Infantería del Infante n.º 5, de guarnición en Bilbao, al que Aguilera había sido destinado en noviembre. El de la Derecha, mandado por Martínez Campos, se concentró en Pamplona.

A finales de enero de 1876 se inició el amplio movimiento convergente que pondría término a la guerra. Martínez Campos se dirigió al Baztán, dejando a cargo de Primo de Rivera la conquista de Estella, y Quesada penetró en Guipúzcoa para forzar la línea del Oria. El 13 de febrero, en la acción de Mendaro, Aguilera fue recompensado con el grado de capitán y, a los ocho días, tras batir a los carlistas en Erniomendi, entró en Tolosa con Alfonso XII. Al terminar el mes, Carlos y los restos de su ejército, tras una azarosa marcha por Navarra, lograron franquear el paso de Roncesvalles y acogerse al asilo francés.

Finalizada la guerra, Aguilera quedó de guarnición en Tolosa, de donde marchó a Ciudad Real de permiso, y nada más reincorporarse a su regimiento solicitó destino al Ejército de Operaciones de Cuba, lo que llevaba aparejada la concesión del grado de comandante. El 19 de noviembre desembarcó en La Habana y, adscrito al Batallón de Cazadores de Guantánamo n.º 19, entró en combate en la provincia de las Villas, en la zona central de la isla, hasta el 30 de junio de 1877.

Al día siguiente pasó destinado al Batallón de Guerrillas de Bayamo, con el que participó en numerosos encuentros con los insurrectos en la provincia de Oriente, en la zona de Sierra Maestra. El 23 de marzo de 1878, contando apenas veinte años, fue promovido al empleo de capitán por llevar más de un año de operaciones, y el 21 de abril, en el combate del Cafetal La Dolorita, una bala le partió el fémur derecho, siendo evacuado al Hospital de El Cobre, en las inmediaciones de Santiago de Cuba.

Inhabilitado para el servicio y firmado el Pacto del Zanjón, solicitó regresar a la Península. El 13 de agosto, al desembarcar en Santander, supo que se le había recompensado con el empleo de comandante por los méritos contraídos en La Dolorita, quedando de reemplazo en Ciudad Real hasta ser destinado, en marzo de 1879, al Batallón de Depósito de Alcalá la Real n.º 69, de guarnición en Úbeda.

A principios de 1880 fue trasladado a Valencia, al Regimiento de Infantería España n.º 48, con el que, al mando de una columna, intervino en la persecución y dispersión de las partidas carlistas que continuaban activas en el Maestrazgo. Tras disfrutar dos meses de permiso en Ciudad Real, regresó a Valencia como ayudante de campo del general José Arrondo Ballester. En enero de 1882, al cesar éste como 2.º cabo de aquella Capitanía General, pasó a la situación de reemplazo en Ciudad Real. Allí permaneció ocho meses, y en agosto marchó a Bilbao, al Regimiento de Infantería Toledo n.º 35.

En 1883 fue nombrado alumno de la Escuela Central de Tiro, establecida en Toledo y, tras superar el curso, pasó a desempeñar el cargo de fiscal militar en su ciudad natal, donde, en noviembre de 1886 contrajo matrimonio con la granadina Paula Maurell y Béjar, de quien no tuvo descendencia. Tres años después, el 9 de julio de 1889, pasó destinado a la Inspección General de Infantería, y en abril de 1891, recién separado de su esposa, regresó a Ciudad Real, con destino en la Caja de Reclutas, donde permaneció otros cinco años.

El 29 de noviembre de 1895, al filo de cumplir treinta y ocho años y después de pasar diecisiete en el empleo de comandante, le llegó el ascenso a teniente coronel. Los cubanos llevaban nueve meses luchando por su independencia y, pese a las ingentes remesas de hombres y material enviadas por Cánovas, la insurrección se había extendido a la parte occidental de la isla y Máximo Gómez había llegado a las puertas de La Habana. Este hecho provocó la dimisión de Martínez Campos en la Capitanía General de Cuba, su relevo por Valeriano Weyler y el embarque de nuevos efectivos, momento aprovechado por Aguilera para solicitar destino a aquel Ejército.

Aguilera llegó a La Habana el 26 de febrero de 1896, diez días después de Weyler, quien le puso al frente del 1.er Batallón del Regimiento de Infantería Aragón n.º 21, que actuaba en la zona central de la isla. En mayo, trasladado al Batallón de Cazadores de Tarifa n.º 5, se incorporó a la Trocha de Mariel, barrera física concebida para aislar a Antonio Maceo en la provincia de Pinar del Río, al oeste de La Habana.

Destinado en julio al de Almansa n.º 18, comenzó a operar ininterrumpidamente en la provincia de La Habana hasta ser promovido a coronel por méritos de guerra, el 21 de abril de 1897. Entre las innumerables acciones en las que participó, cabe destacar la del ingenio “La Esperanza”, acaecida el 16 de octubre de 1896, que le valió una Cruz Roja del Mérito Militar pensionada, y por la que se le abrió el preceptivo juicio contradictorio para la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando, que finalmente no prosperó.

En la primavera de 1897 Weyler consideró finalizada la insurrección al oeste de la Trocha de Júcaro, que partía la isla en dos mitades, y decidió suspender las operaciones durante la estación de lluvias. Aguilera, en calidad de jefe de la 6.ª Zona del Cuerpo de Ejército de Occidente, se limitó a desarrollar acciones de limpieza en la provincia de La Habana.

El asesinato de Cánovas en agosto, y la decisión de Sagasta de nombrar a Ramón Blanco Erenas capitán general de Cuba, con instrucciones de renunciar a toda acción ofensiva, calmar los ánimos y timonear la implantación de la autonomía, forzaron su baja en aquel Ejército por excedente de plantilla.

Reincorporado a la Península el 18 de noviembre de 1897, tras concederle Weyler otras dos cruces rojas del Mérito Militar, quedó agregado a la Zona de Reclutas de Ciudad Real. Dos meses después, el 15 de febrero de 1898, el mismo día que hacía explosión el Maine en La Habana, se le confió el mando del Regimiento de Infantería Albuera n.º 26, de guarnición en Barcelona, donde no llegó a incorporarse por haber solicitado regresar a Cuba a fin de ponerse al frente del 1.er Batallón de su unidad, allí destacado, ante la muy probable ruptura de relaciones con Estados Unidos.

El 26 de marzo desembarcó en La Habana y Blanco le nombró 2.º jefe de la brigada mandada por el general José Marina Vega, dependiente de la División Ligera, desplegada en la zona de Bayamo, al norte de Sierra Maestra. Decidida por el Gobierno la suspensión unilateral de las hostilidades al objeto de impedir a todo trance el enfrentamiento con Estados Unidos, su brigada se encargó de evacuar las tropas que combatían en Sierra Maestra y escoltarlas hasta La Habana, acción que le valió la cruz de la Orden Militar de María Cristina, equivalente a la actual Medalla Militar.

El 15 de mayo, declarada la guerra hispano-americana, Aguilera, al mando de una brigada, asumió la defensa de la costa norte de la provincia de Pinar del Río con vistas a prevenir un previsible desembarco norteamericano al oeste de La Habana. Allí permaneció, ajeno a los luctuosos acontecimientos que se desarrollaron en Santiago a primeros de julio, hasta el final de la contienda.

A finales de octubre, Blanco le envió a exhumar los cadáveres de los generales Fidel Santocildes y Joaquín Vara de Rey, muertos en combate en Peralejo y El Caney, y los del soldado Eloy Gonzalo, héroe de Cascorro. Cumplida tan macabra tarea, condujo sus restos hasta el Cementerio de la Almudena de Madrid y, al término de aquel trágico año, marchó a Ciudad Real con dos meses de licencia.

El 28 de febrero de 1899 se incorporó a su regimiento en Barcelona y el 4 de julio de 1900 pasó a mandar la Zona de Reclutas de Ciudad Real, cargo que compatibilizó con el de vocal de la Comisión de Táctica de Infantería. El 15 de julio de 1903 se le confió el mando del Regimiento de Infantería León n.º 38, de guarnición en Madrid, en el que se mantuvo hasta que, el 17 de marzo de 1906, el general Agustín Luque Coca, ministro de la Guerra del fugaz Gobierno liberal presidido por Segismundo Moret, decretó su ascenso a general de brigada, cuando contaba cuarenta y ocho años.

Tras pasar un mes de reemplazo en Ciudad Real, Fernando Primo de Rivera, capitán general de Cataluña, le reclamó para que mandara la II Brigada de la 7.ª División, de guarnición en Barcelona, cargo que desempeñó dos años y por el que fue recompensado con la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco. A comienzos de enero de 1908, cuando Primo de Rivera pasó a desempeñar la cartera de Guerra del Gobierno de Antonio Maura, le arrastró consigo a Madrid y le confió el mando de la I Brigada de la 1.ª División, acantonada en Leganés.

Allí se encontraba cuando, el 9 de julio de 1909, los cabileños de Nador atacaron a los obreros del ferrocarril que construía la Sociedad Anónima Española del Norte de África, a la que El Roghi había concedido una explotación minera al sur de Melilla.

El general Marina, jefe de aquella pequeña guarnición, decidió penetrar en territorio marroquí y responder al ataque, pero no logró batir a los rifeños, enriscados en las laderas del Gurugú, impresionante macizo montañoso situado al suroeste de la plaza.

El general Arsenio Linares Pombo, ministro de la Guerra, ordenó la movilización inmediata de tres brigadas de cazadores, cuyo embarque dio ocasión a los luctuosos incidentes de la denominada Semana Trágica barcelonesa. El día 23, una vez en Melilla la primera de ellas, se atacó otra vez sin éxito el Gurugú, y el 27 lo volvieron a intentar las tropas recién llegadas de Madrid, siendo masacradas en el barranco del Lobo.

Debido a ello, Linares decidió poner a disposición de Marina otras dos divisiones reforzadas, con las que llegó a disponer de más de cuarenta mil soldados. El 6 de agosto desembarcó la 1.ª División Orgánica, mandada por Gabriel Orozco Arascot, a la que pertenecía la brigada de Aguilera. El objetivo seguía siendo proteger los derechos adquiridos por las compañías mineras, lo que exigía desalojar a los rifeños del Gurugú. Para ello se decidió envolver el macizo, en lugar de atacarlo de frente como se había intentado en julio.

Como primera providencia, la brigada de Aguilera se encargó de reconocer la región de Quebdana, amplia llanura situada al sur de Melilla, entre la Mar Chica y las estribaciones orientales del Gurugú, y habilitar un campamento divisionario en Zoco el Arbáa, en el extremo sur de Mar Chica. Las operaciones necesarias para lograr estos objetivos, desarrolladas entre el 24 de agosto y el 7 de septiembre, fueron un éxito, lográndose además la sumisión de las cabilas de la zona de Nador.

El 20 de septiembre, la División de Cazadores, en el ala derecha del dispositivo, ocupó el cabo Tres Forcas para aislar el Gurugú por el Norte. A continuación las operaciones se trasladaron a la zona sur.

El día 25, tras adueñarse la brigada de Aguilera de la loma de Tauima, su división completa se apoderó de Nador. Al día siguiente, con Marina al frente de las dos divisiones, se tomó la alcazaba de Zeluán. Por último, el 29, se obligó a los rifeños a desalojar el Gurugú y se recuperaron los cadáveres de los soldados que llevaban dos meses a merced de los buitres.

Sin embargo, el 17 de octubre, los rifeños volvieron a concentrarse en las vertientes orientales del Gurugú, desde donde comenzaron a hostigar Nador y Zeluán. Durante los siguientes días, la brigada de Aguilera tuvo que efectuar varias salidas hasta lograr dispersarlos definitivamente. Dos semanas después se dieron por concluidas las operaciones y las tropas regresaron a Melilla.

Aguilera, gravemente enfermo debido a los fuertes aguaceros que azotaron la zona de operaciones durante el mes de octubre, tuvo que ser hospitalizado y evacuado a la Península, llegando a Málaga el 16 de noviembre. A finales de este mes, todavía convaleciente, se trasladó a Ciudad Real, cuya población le rindió diversos homenajes.

El 8 de enero de 1910, fue ascendido a general de división por los méritos contraídos en Melilla, y en noviembre se le confió el mando de la 12.ª División, cargo que llevaba aparejado el Gobierno Militar de la provincia de Álava. Cuando llevaba cinco meses en Vitoria, fue nombrado gobernador militar de Cartagena, donde sólo permaneció un trimestre debido a la reproducción de incidentes armados en la zona melillense.

Aquella Capitanía General la desempeñaba entonces el general José García Aldave, quien había ordenado al jefe de Estado Mayor, el general Francisco Larrea Liso, establecer una línea fortificada en las alturas que dominaban el valle del Kert, al objeto de prevenir posibles ataques provenientes de las cabilas situadas entre Alhucemas y Melilla. Todo se venía desarrollando pacíficamente cuando, el 24 de agosto de 1911, una patrulla topográfica fue atacada en las cercanías del río, cerca de Izhafen. Como represalia, Aldave ordenó que la División Orgánica de Melilla, mandada por el general Salvador Díaz Ordóñez, ocupara dicha posición, a lo que el líder rifeño El Mizzian respondió atacando la línea española el 7 de septiembre.

Restablecida la situación, Luque se desplazó a Melilla a primeros de octubre al objeto de supervisar la situación y planear un posible desembarco en la bahía de Alhucemas, que no llegó a realizarse.

Estando allí, Díaz Ordóñez fue abatido por un disparo rifeño y Luque decidió que Aguilera ocupara su vacante. El 20 de octubre éste tomó posesión de su cargo y el 29 se trasladó al Kert. A lo largo de noviembre, hizo construir reductos defensivos en los poblados y alturas más inmediatas al río, tras lo cual regresó a Melilla por considerar suficientemente estable la situación.

Sin embargo, en la noche del 21 de diciembre, El Mizzian volvió a cruzar el río e invadió el territorio de los Beni-bu-Gafar. Aguilera retornó a la línea defensiva, forzó a los rifeños a retirase y, el 2 de enero de 1912, al frente de toda su división, inició una operación de castigo en la margen occidental del Kert, destruyendo los asentamientos de las cabilas rebeldes, tras lo cual se replegó a las posiciones de origen.

Entretanto, Aldave había decidido ocupar Monte Arruit, al objeto de enlazar el valle del Kert con la Quebdana, y encomendó la operación al recién ascendido Larrea, su antiguo jefe de Estado Mayor, al que puso al frente de una división integrada por los refuerzos llegados de la Península. Aguilera se consideró vejado y presentó la dimisión, pretextando encontrarse enfermo. Aldabe, por orden de Luque, le instó a reconsiderar su desplante, pero, tras un fuerte enfrentamiento entre ambos, el 17 de enero el Gobierno aceptó su dimisión. Vuelto a Ciudad Real, le llegó la comunicación de haber sido condecorado con la Gran Cruz de María Cristina, la más alta recompensa al valor después de la laureada, por las operaciones desarrolladas a finales de diciembre en la zona del Kert. Seis meses después, el 19 de mayo de 1912, Luque le puso a las órdenes de Weyler, capitán general de Cataluña, como gobernador militar de Barcelona, donde se encontraba cuando, el 12 de noviembre, fue asesinado Canalejas. Su sucesor, el conde de Romanones, mantuvo a Luque en la cartera de Guerra, pero se vio obligado a cesar al general Felipe Alfau Mendoza en la Alta Comisaría del Protectorado marroquí, organizado el 27 de febrero de 1913. Nombrado Marina para reemplazarle, decidió llevarse con él a Aguilera, quien llegó a Ceuta el 25 de agosto de ese año.

El objetivo en esta ocasión era garantizar las comunicaciones entre Ceuta y Tetuán, flamante capital del Protectorado, seriamente amenazadas por El Raisuni. Para ello Aguilera fue nombrado jefe de la zona de Tetuán y de las cuatro brigadas allí desplegadas.

Durante los diez meses que desempeñó el puesto se ocupó básicamente de crear una tupida red de puestos fortificados en los accesos de Tetuán, lo que dio lugar a diversos enfrentamientos armados, algunos muy reñidos. El más destacable tuvo lugar el 17 de diciembre en la llanura de Uad-Ras, en el que intervinieron las brigadas mandadas por Dámaso Berenguer y Miguel Primo de Rivera, y en el que los elementales aeroplanos pilotados por oficiales de Ingenieros lanzaron granadas de mano sobre las posiciones enemigas, acción considerada el primer bombardeo aéreo de la historia. Aunque por razones distintas, también cabe señalar la acción de Izarduy, el 12 de enero de 1914, punto de arranque de las fulgurantes carreras del capitán Emilio Mola Vidal y del teniente Francisco Franco Bahamonde.

El 4 de junio de 1914, Ramón Echagüe Méndez de Vigo, conde del Serrallo, ministro de la Guerra del Gobierno presidido por Eduardo Dato, promovió a Aguilera al empleo de teniente general, y a Miguel Primo de Rivera a general de división, en reconocimiento a los méritos contraídos por ambos en Tetuán.

Los tres años siguientes residió oficialmente en Ciudad Real, en situación de cuartel, equiparable a la actual de disponible forzoso, pero en realidad vivió, prácticamente recluido y muy espartanamente, en la recién adquirida finca de Los Cerrillos, una gran propiedad agrícola a orillas del Guadiana, a medio camino entre Argamasilla de Alba y las lagunas de Ruidera, que gustaba de gestionar personalmente con escaso provecho.

Los agravios comparativos provocados por el desigual reparto de recompensas en la campaña melillense, que primaron los servicios prestados por las unidades africanas en perjuicio de las peninsulares, la inmoderada promoción de la oficialidad destinada en las Fuerzas Regulares Indígenas, creadas en 1911, y las humillantes pruebas de aptitud para el ascenso de la oficialidad peninsular, decretadas por Echagüe y aplicadas por Luque, desencadenaron la creación de la Junta de Defensa y Unión del Arma de Infantería, incidente generador de la gran crisis nacional del verano de 1917.

La Junta de Barcelona, organizada en el primer trimestre de 1916, redactó un reglamento rayano en el sindicalismo, que remitió al resto de guarniciones.

El capitán general Alfau toleró estas actividades, pero el ministro Luque prohibió la distribución del reglamento y ordenó la disolución de la Junta. En esta tesitura, el 14 de marzo de 1917 Aguilera, muy crítico con la actividad y actitudes de los junteros, fue nombrado presidente de la Sala de Justicia del Consejo Supremo de Guerra y Marina, y veinte días después capitán general de la III Región Militar, con cabecera en Valencia.

El 19 de abril, el mismo día de su toma de posesión, el Gobierno liberal del conde de Romanones dio paso a otro del mismo matiz, presidido por Manuel García Prieto. La crisis sólo obedecía a intereses partidistas: un mero relevo de personas, sin consecuencia alguna de carácter político, en el que, por recomendación de Luque, Aguilera pasó a ocupar la cartera de Guerra. Lo más relevante de su fugaz gestión ministerial fue la firma del trascendental decreto de 30 de mayo de 1917, dirigido a regular de forma ecuánime la provisión de destinos, sujetos hasta entonces al libre albedrío del ministro de turno. Dictado coyunturalmente para contentar a los junteros, cuyo número crecía como la espuma, su eficiente letra permaneció en vigor durante el resto del siglo xx, y su espíritu inspiró la más tardía normativa civil sobre la materia.

Sin embargo, ya era tarde para aplacar a los sediciosos junteros. El 27 de mayo, Alfau, con el respaldo de Aguilera, decidió arrestar al coronel Benito Márquez, presidente de la autotitulada Junta Superior de Barcelona, y a los siete vocales que la integraban.

El 28, sin previa consulta, Alfau nombró juez instructor, quien dictó auto de prisión en el Castillo de Montjuich. El Gobierno le instó a suspender las actuaciones judiciales y, ante sus reparos sobre la irregularidad de la orden, decidió relevarlo por el general Marina.

Los oficiales de Infantería y Caballería del resto de España se solidarizaron con los arrestados y amenazaron con dejar de prestar servicio. Marina, llegado a Barcelona el 31 de mayo, decidió presidir las revistas de comisario que debían de celebrarse al día siguiente en los cuarteles, a fin de conocer personalmente la situación. En el curso del acto llegó a sus manos el famoso manifiesto de 1 de junio de 1917, suscrito por los encausados, con la exigencia de ser liberados antes de doce horas. Por la tarde, dio parte a Aguilera de haber constatado la actitud indisciplinada de la guarnición y, por propia iniciativa, revocó el auto de prisión.

Los junteros, crecidos por su victoria, le exigieron a Aguilera que sancionase su reglamento. Como medida transaccional se aceptó aprobar el artículo primero, simple declaración de principios sobre la necesidad de reformar la institución castrense. La intransigencia de la Junta, opuesta a cualquier tipo de negociación, provocó la dimisión del Gobierno de García Prieto, y su relevo por otro de carácter conservador, presidido por Eduardo Dato, en el que los junteros exigieron que un político civil desempeñase la cartera de Guerra. El puesto recayó en Juan de la Cierva Peñafiel, quien tomó posesión el 11 de junio, con el compromiso de atender la demanda de reformas de la oficialidad.

Tras su cese, Aguilera volvió a recluirse en Los Cerrillos, donde conoció que la Asamblea General de las Juntas de Defensa, celebrada en Barcelona a lo largo del mes de septiembre, había vetado su retorno al servicio activo. Sin embargo, cuando el 22 de marzo de 1918 Alfonso XIII decidió poner coto a los excesos de las Juntas y encargó a Antonio Maura formar Gobierno con los prohombres de los diversos partidos, fue rescatado de su exilio y nombrado capitán general de Madrid.

Los ocho inestables y fugaces Gobiernos que se sucedieron hasta las vísperas del desastre de Annual (22 de julio de 1921), le mantuvieron en el cargo y le cubrieron de honores: García Prieto le nombró senador vitalicio, Allendesalazar le concedió la Gran Cruz de Carlos III, y Dato le incorporó al Consejo de Estado. Sin embargo, durante esta etapa Aguilera se fue distanciando de Alfonso XIII, llegando incluso al enfrentamiento personal, debido a las continuas injerencias del Monarca en asuntos que aquél consideraba de su exclusiva competencia.

A principios de junio de 1921 falleció el capitán general Fernando Primo de Rivera, presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina. Al exigir la tradición que el cargo lo ocupara el más antiguo de los tenientes generales, pasó a desempeñarlo Aguilera, apenas un mes antes de que se produjera la debacle de Annual y el posterior hundimiento de la Comandancia General de Melilla. Esta circunstancia fue el origen de todas sus desdichas posteriores, al verse directamente implicado en la tramitación de las responsabilidades derivadas del desastre rifeño.

Suya fue la iniciativa de designar juez instructor a un consejero en situación de reserva, el general de división Juan Picasso González, como garantía de imparcialidad e independencia de criterio ante la encrespada opinión pública. Suya fue también la responsabilidad de defender la solvencia y ecuanimidad del Consejo Supremo de Guerra y Marina frente a los ataques de la prensa y de los políticos conservadores, deseosos de echar tierra sobre el asunto.

La firme defensa de la dignidad del tribunal que presidía le llevó a remitir un provocador e insultante desmentido al portavoz del Partido Conservador en el Senado, el ex-presidente del Consejo de Ministros Joaquín Sánchez de Toca, quien, el 28 de junio de 1923, sostuvo en la alta cámara que no se había tramitado reglamentariamente el suplicatorio del general Berenguer, principal encausado por el desastre de Annual. El 3 de julio, Toca leyó la injuriosa carta en el Pleno; el conde de Romanones, presidente de la Cámara, condenó sus términos, y la prensa exigió el fulminante cese de Aguilera. Tras negarse el Gobierno a cesarle, al tiempo que le disuadía de que se batiera en duelo, Aguilera decidió defender su postura ante el Senado.

Al filo de iniciarse la sesión del día 5, en el despacho de Romanones, Aguilera hizo un comentario que el ex-presidente José Sánchez Guerra consideró ofensivo. Éste se abalanzó sobre él y ambos cayeron sobre un sofá. Separados por los presentes, Romanones rogó que dieran por zanjado el incidente. En el Pleno, Aguilera, que tomaba la palabra por primera vez en su vida, mantuvo los términos del desmentido, y alegó que iba dirigido a la persona y no al senador.

El presidente del Senado, el presidente del Consejo de Ministros y el ministro de la Guerra intentaron en vano que se excusara, y el asunto se cerró en falso. El altercado con Sánchez Guerra trascendió a la prensa, se creó el mito de que éste le había abofeteado, y se abrió una encendida campaña periodística en defensa de la supremacía del poder civil.

Previamente, a partir del mes de mayo, Miguel Primo de Rivera, capitán general de Cataluña, comenzó a urgir insistente y reiteradamente a Aguilera para que liderara un golpe de Estado que pusiera fin al pistolerismo barcelonés, pero el presidente del Consejo Supremo eludió comprometerse hasta dejar zanjada la cuestión de las responsabilidades de Annual, y después el incidente con Sánchez Guerra le inhabilitó para encabezarlo. Primo de Rivera dejó de apremiarle y asumió él mismo la dirección de la trama que desencadenaría el golpe de Estado del 13 de septiembre de 1923.

Aunque Aguilera acudió a la Estación de Atocha para cumplimentarle a su llegada a Madrid, el dictador evitó todo ulterior contacto con él, y no tuvo la deferencia de consultarle sobre la formación del Directorio militar. En enero de 1924, sin contar tampoco con él, nombró dos nuevos vocales en el Consejo Supremo, proclives a eximir de responsabilidad a los implicados de Annual. El 1 de marzo se produjo un tercer nombramiento del mismo cariz, ante lo cual Aguilera alegó encontrarse enfermo y dimitió, quedando en situación de disponible en Madrid.

A los tres meses, el 22 de junio de 1924, comunicó estar recuperado, pero su carta no mereció contestación.

Enojado con el dictador, comenzó a entrevistarse con personalidades civiles y militares dispuestas a restaurar el régimen parlamentario. Entre las más destacadas de las primeras, Romanones, Melquíades Álvarez, Niceto Alcalá Zamora, Salvador Benítez de Lugo, Manuel Villanueva y Manuel Burgos y Mazo; y entre las segundas, los generales Weyler, Riquelme, Aguado y Queipo de Llano.

En abril de 1926, tras una estéril reunión con el Comité de Alianza Republicana, presidido por Manuel Azaña, aceptó ponerse al frente del movimiento de carácter militar que urdía un coronel retirado, Segundo García García, en connivencia con el comandante Juan Hernández Sarabia y el capitán Fermín Galán Rodríguez.

En mayo, el coronel García le comunicó que ya se contaba con la guarnición de Valencia, más alguna otra unidad de Andalucía, Galicia, Madrid, Tarragona y Zaragoza, por lo que acordaron que Aguilera marchara a Valencia, ocupara la Capitanía General, lanzara un manifiesto, redactado por Melquíades Álvarez y firmado por Weyler y él mismo, que diera paso a un Gobierno presidido por Melquíades Álvarez, con Romanones en Estado, Niceto Alcalá Zamora en Justicia, Carlos Blanco en Guerra, Benítez de Lugo en Hacienda, y Burgos y Mazo en Gobernación.

En el supuesto de que Alfonso XIII no aceptara la situación sobrevenida, se proclamaría la República y Aguilera presidiría el Gobierno provisional.

El 22 de junio, confiado en la total implicación de la guarnición valenciana, se trasladó por tren a Los Cerrillos y desde allí, acompañado sólo por su ayudante, el comandante Carlos Borrero Álvarez de Mendizábal, se dirigió en coche a Valencia. Cuando partió, Segundo García ya conocía que los jefes de las unidades valencianas se habían inhibido, pero esperaba que la presencia de Aguilera bastaría para levantar los ánimos, por lo que no se lo comunicó.

Estaba previsto que los militares implicados le salieran a recibir a Requena, pero sólo encontró un par de entusiastas civiles, que le condujeron a Godella, a la casa de verano de un concejal valenciano, donde le esperaba el coronel García. Allí, en la noche del 23 de junio, supo que estaba prácticamente abandonado. Sin embargo, decidió seguir adelante y al anochecer del 24, vestido de paisano, intentó infructuosamente acceder al Palacio de la Capitanía General, con el único apoyo de treinta y nueve jóvenes armados con pistolas.

El fracaso no le amilanó y decidió lanzar el manifiesto desde el Gobierno Militar de Tarragona, con el respaldo y ayuda del general Domingo Batet Mestres.

Al registrarse en un hotel y antes de ponerse en contacto con éste, fue detenido por el gobernador civil y la policía requisó las copias del manifiesto.

Trasladado a Madrid, Primo de Rivera le impuso una multa de doscientas mil pesetas, cuyo abono le obligó a vender Los Cerrillos, y un mes de arresto domiciliario.

Un mes después, el Consejo Supremo de Guerra y Marina le procesó como autor de un delito de proposición a la rebelión, y el general Francisco Franco le condujo a las Prisiones Militares de San Francisco el Grande. El 17 de abril de 1927 un consejo de guerra le condenó a seis meses y un día de prisión. Además, de forma bastante irregular, el ministro de la Guerra le inhabilitó para desempeñar cargos y decretó su pase a la situación de reserva.

Internado en el Castillo de Santa Catalina de Cádiz, Primo de Rivera le puso en libertad al cabo de un mes y le autorizó a fijar su residencia en Ciudad Real, donde permaneció hasta la proclamación de la República. El 2 de mayo de 1931, Azaña decretó su ascenso a capitán general “atendidos los eminentes servicios prestados a la causa de la libertad”, y le nombró presidente del Consejo de Administración de la Caja de Huérfanos de Guerra. Tras su toma de posesión el 11 de mayo, falleció en Madrid a los pocos días, con setenta y tres años.

 

Obras de ~: “Prólogo”, en R. Gómez Fernández, La Dictadura me honró encarcelándome, Madrid, Imprenta de Javier Morato, 1930, págs. 13-17.

 

Bibl.: VV. AA., La guerra en el Riff, Barcelona, B. Bauzá, s. f.; F. Hernando, La campaña carlista (1872 a 1876): recuerdos de la Guerra Civil, París, A. Roger y Chernoviz, 1877; A. Pirala, Anales de la Guerra de Cuba, Madrid, Imprenta de Felipe González Rojas, 1895; A. Serra Orts, Norte de África. Recuerdos de la Guerra del Kert de 1911-1912, Barcelona, Imprenta Elzeviriana, 1914; Documentos históricos. El asunto Sánchez de Toca-Aguilera, Madrid, Imprenta de El Financiero, 1923; V. Marco Miranda, Las conspiraciones contra la Dictadura (Relato de un testigo), Madrid, Imprenta de los Hijos de Tomás Minuesa, 1930; F. Martínez Ramírez, Hojas de la Historia. El General Aguilera, Madrid, Gráficas Reunidas, 1935; Servicio Histórico Militar, Historia de las Campañas de Marruecos, t. II, Madrid, Servicio Histórico Militar, 1951; D. B. Chidsey, La guerra hispano americana, 1896-1898, Barcelona, Grijalbo, 1973; F. Puell de la Villa, “Las Fuerzas Armadas en la crisis de la Restauración. Las Juntas Militares de Defensa”, en M. Hernández Sánchez- Barba y M. Alonso Baquer (dir.), Historia Social de las Fuerzas Armadas Españolas, pról. de A. Barahona Garrido, vol. 5, Madrid, Alhambra, 1986, págs. 81-126; F. Puell de la Villa, “Evolución de los sistemas de ascensos y destinos de la oficialidad española”, en Annexes aux Mélanges de la Casa de Velázquez, 4 (1989), págs. 163-176; C. Navajas Zubeldía, Ejército, Estado y Sociedad en España (1923-1930), Logroño, Instituto de Estudios Riojanos, 1991; F. Puell de la Villa, “La insurrección en Cuba y Filipinas”, en Revista Española de Defensa, 127 (1998), págs. 38-45; R. Muñoz Bolaños, “La campaña de 1909” y “Operaciones militares (1910-1918)”, J. L. de Mesa Gutiérrez, Las Campañas de Marruecos (1909- 1927), Madrid, Almena, 2001, págs. 8-127; F. Alía Miranda, Duelo de sables: el general Aguilera, de ministro a conspirador contra Primo de Rivera (1917-1931), Madrid, Biblioteca Nueva, 2006.

 

Fernando Puell de la Villa