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Luis de Velasco y Alarcón

Biografía

Velasco y Alarcón, Luis de. Señor de Salinas del Río Pisuerga (III). Velasco el Viejo. Carrión de los Condes (Palencia), c. 1511 – Ciudad de México (México), 31.VII.1564. Segundo virrey de Nueva España (1550-1564).

Hijo primogénito de Antonio de Velasco, II señor de Salinas del Río Pisuerga, y de su primera esposa Ana de Alarcón, de modesto origen conquense. Este personaje sólo tuvo una hermana, Antonia, que casó con Rodrigo de Vivero y fue dama de la emperatriz Isabel, cuyo hijo Rodrigo de Vivero y Velasco pasó a América en el séquito de su tío, llegando después a ser un hombre poderoso y rico dentro de la sociedad virreinal mexicana. Del segundo matrimonio de Antonio con María Manuela Sarmiento nació otro varón (Francisco, también incluido en el acompañamiento de Luis hasta la Nueva España), al que Luis siempre consideró como un hermano, y tres mujeres.

La relación de sus servicios indica que comenzó a servir al Emperador en 1525, a la edad de catorce años. Después se le hizo capitán de armas y estuvo en las jornadas iniciales de la guerra de Carlos V contra Francia. Como gozaba de la confianza del Monarca, recibió el puesto de veedor y capitán general de las Guardias de España, encargado de abastecer a los tercios, y su último destino peninsular, siempre en esa línea de importancia, sería el de virrey del Reino de Navarra (1547-1548), zona de anexión reciente, situada en la frontera con Francia, y que en la parte denominada Baja Navarra seguía independiente y bajo protección gala.

Gracias a su vinculación creciente con la Corte, contrajo matrimonio con una dama de estirpe muy ilustre, Ana de Castilla, hija de Diego de Castilla, señor de Gor y biznieto del rey Pedro, y de Beatriz de Mendoza, a su vez hija del I duque del Infantado, Diego Hurtado de Mendoza, y, por tanto, nieta del marqués de Santillana y sobrina del primer virrey de México del mismo apellido, con los cuales los dos gobernantes establecieron cierto grado de parentesco antes de ocupar sus cargos. De esta unión nacieron dos varones (Francisco y Luis) y dos hijas (Ana y Beatriz) y puede decirse que los llamados igual que sus padres, así como sus descendientes, arraigaron después en México contrayendo matrimonios muy ventajosos por la importancia social y la riqueza de sus consortes, María de Ircio y Mendoza, en el caso del futuro triple virrey (de Nueva España, el Perú y otra vez en el primer territorio) denominado Velasco el Joven, y el famoso minero y fundador de Zacatecas Diego de Ibarra como esposo de la segunda, llamada también Ana de Castilla, igual que su madre. Todavía en su último testamento, de 16 de julio de 1564, reconocía este virrey las deudas que tenía desde que acordó esos importantes enlaces de sus vástagos y le encargaba el pago pendiente a su hermano Francisco, lo cual parece ser que no se cumplió.

El primogénito, también llamado Francisco, nunca viajó a México y, al morir en España sin herederos, sus derechos pasaron a su hermano residente en América; igualmente se quedó en la Corte Beatriz, casada con su pariente Juan de Velasco, de los que no se indica si tuvieron descendencia, siendo esta pareja integrada en el séquito del príncipe Carlos, hijo de Felipe II.

En 1549, la Corona se planteó la sustitución de los máximos gobernantes de Nueva España y del Perú y los reyes de Bohemia, regentes en ausencia de Carlos V, escribieron a don Luis el 16 de abril de 1549 informándole de su designación como virrey, gobernador y capitán general del territorio mexicano, mientras que su predecesor Antonio de Mendoza debía pasar a Lima, como nuevo primer gobernante de la jurisdicción peruana. Pero, al conocerse el mal estado de salud del segundo, se ordenó a Velasco que, en caso de mantenerse la enfermedad del saliente mandatario novohispano, fuera él quien pasara a regir el virreinato sudamericano, después de comentar en México el problema con Mendoza. El 4 de julio de 1549, el Emperador ratificaba desde Bruselas su doble nombramiento, explicando las atribuciones que tendría en cada caso, y aunque don Luis decidió en principio viajar hasta los Países Bajos para hablar con el Monarca, al no estar de acuerdo con la designación bajo esa fórmula, finalmente aceptó dirigirse hacia las costas novohispanas con la incertidumbre de su destino final.

En esa misma fecha de 4 de julio de 1549, Carlos V envió a los oficiales de la Real Hacienda de México otra cédula estableciendo el salario anual de 10.000 ducados para el recién nombrado mandatario, los cuales comenzarían a contar desde el día en que su barco se hiciera a la mar partiendo de España. El siguiente agosto, también los oficiales de la Casa de Contratación recibieron nuevas órdenes reales de entregar a Velasco 4000 ducados de ayuda de costa y otros 2000 más adelantados, que más tarde se le descontarían de su sueldo. Una concesión de futuro rendimiento fue el que pudiera llevar cien esclavos negros, para luego usarlos a su servicio o venderlos, pero eximiéndole de pagar los dos ducados de licencia por cada uno. Lo mismo ocurrió con la libranza del impuesto naval de almojarifazgo para todo lo que portaran el virrey y su familia, y ese derecho se le mantendría cada año al recibir de la Península lo que necesitara, hasta un valor de 1000 ducados. Lo cierto es que el principal problema de este nuevo gobernante era la falta de fondos, a pesar de esas aportaciones, y llegó a solicitar el pago de su salario por adelantado desde la partida de la Corte, e incluso a partir de su salida de casa, manteniendo durante todo su gobierno las protestas y solicitudes para mejorar el estado de sus bienes y vivir con una holgura acorde a su rango.

Como reflejo de su ascenso, Velasco había recibido también en 1549 el hábito de la Orden de Santiago, para el cual tuvo que hacer información de su linaje en Carrión de los Condes. Además, el 24 de octubre de 1549 fundaba en Palencia, en compañía de su esposa, un mayorazgo que incluyó los bienes de ambos en aquellas tierras castellanas. En esa misma ciudad hizo testamento el futuro virrey el 25 de febrero de 1550 y después partieron hacia Sevilla, adonde llegarían el 7 de mayo siguiente, hospedándose en el Alcázar, aunque se le pusieron obstáculos para ello, y ocupó una atarazana con toda la carga que llevaban.

Por entonces la gravedad de Mendoza hizo que se pensara más decididamente en preparar el paso de su posible sucesor hacia el Perú, ordenando la preparación de los barcos y otras ayudas económicas para ese segundo viaje que partiría desde México.

Probablemente por ese motivo, una vez en Sanlúcar de Barrameda, se embarcaron en la nao San Miguel y zarparon enseguida, el 23 de mayo. Integraban el séquito su segundo hijo varón, Luis, de once años, su hermano de padre Francisco y su sobrino, Rodrigo de Vivero y Velasco, junto a otros parientes de segundo grado. Además del enlace del futuro virrey homónimo, que ya se ha señalado, también estos otros dos allegados contrajeron luego en México nupcias con mujeres ricas pertenecientes a la mejor sociedad de conquistadores y encomenderos: el primero con Beatriz de Andrada, señora ya mayor, viuda del conquistador Jaramillo y poseedora de la mitad de la encomienda de Xilotepec y otras riquezas, que fue presionada para casarse con él, y Rodrigo casaría con Melchora de Aberruza, igualmente viuda del importante encomendero Alonso Valiente y que heredó las tierras y riquezas de éste.

Respecto a las hijas, en un principio Ana se quedó en la Corte con los tres hijos restantes, pero hacia 1553 pasó a México acompañada por su hija del mismo nombre. Poco tiempo después su delicado estado de salud hizo que regresara a España, probablemente tras el matrimonio de Ana con Ibarra en 1556, y murió en Palencia, después de haber redactado un nuevo testamento el 31 de enero de 1561.

El resto del acompañamiento lo componían criados, amigos y otros conocidos, agrupados bajo la designación de “paniaguados”, y que también intentaron conseguir cargos, ayudas, consortes ricas y otras mejoras, formándose así un grupo de poder alrededor de Luis que luego fue reconstruido en forma de acusaciones contra este gobernante al final de su vida, a raíz de la visita general de Jerónimo de Valderrama, como se recoge en varios documentos.

El 17 de julio de 1550 estaban en La Española y una semana después partían hacia las costas del Caribe mexicano, arribando a San Juan de Ulúa el 23 de agosto siguiente. Tras desembarcar, Velasco anunció su llegada a Mendoza y comenzó la dura marcha hacia la capital, interrumpida por las fiebres tercianas que sufrieron varios integrantes, incluyendo al propio mandatario, por lo que tuvieron que parar en Puebla de los Ángeles durante dos semanas para reponerse.

Desde allí se intercambiaron mensajeros, al alcanzarles Francisco de Mendoza llevando los saludos de su padre, muy enfermo, y ser enviado a la Ciudad de México el hermano del nuevo virrey con la noticia de su pronta entrada.

Reunido el Cabildo de México en sesión el 3 de septiembre de 1550, se informó sobre el arribo de la expedición que traía al segundo virrey y se mandaron dos regidores a presentarle sus respetos, en nombre de la máxima institución local, y para ir preparando la futura recepción oficial. Finalmente, al sentir cierta mejoría de sus males y aconsejado por su hermano el marqués de Mondéjar, que entonces era presidente del Consejo de Indias, ante rumores de que se quería perpetuar como gobernante de México y vincular a su hijo para sucederle, Mendoza decidió pasar al Perú y antes de dirigirse hacia el Pacífico, se entrevistó con su sucesor en Cholula el 10 de octubre de 1550.

Pocos días después, Velasco reanudó su marcha hacia México, en donde se le recibió el 22 de noviembre, mientras el gobernante del Perú todavía se detuvo en Oaxaca durante las Navidades, redactando allí la Memoria de Gobierno destinada al segundo mandatario, para llegar finalmente a Nexapa, donde embarcó el 15 de enero de 1551.

Por tanto, se iniciaba un largo periodo de gobierno, de casi catorce años, para el que sirvieron de ayuda tres documentos: las reales instrucciones, dadas por los reyes de Bohemia el 16 de abril de 1550 (47 apartados), otra instrucción de esos mismos Monarcas, de igual fecha y con 26 apartados, centrada en el fomento de la Real Hacienda, y la Memoria de Mendoza ya aludida, escrita meses más tarde. Eran textos referidos a la transición que el territorio estaba experimentando, llena de cambios y a veces de problemas, ante la creciente organización española que se iba aplicando en los diferentes ámbitos. La temática de las primeras, por su variedad referida a lo material y a lo espiritual, merece un comentario: desde impulsar la acción evangelizadora vinculada a la Iglesia secular más que a las órdenes religiosas (hasta entonces sólo los franciscanos, dominicos y agustinos) para evangelizar, así como cuidar a los indígenas y educar a los niños mestizos en el nuevo Colegio de San Juan de Letrán, a lo económico, donde debía fomentar el cultivo de moreras para la fabricación de seda, de la caña de azúcar y también la ganadería, en pro de españoles e indios. Otro tema problemático fue la aplicación y cumplimiento de las llamadas Leyes Nuevas, puestas en suspenso por su antecesor Mendoza después de su promulgación en 1542-1543, al ver el riesgo de revueltas de españoles por prohibirse en ellas la esclavitud, los trabajos personales forzados y el uso de personas —los denominados tamemes— para llevar grandes cargas, todo ello referido a los habitantes originarios de aquellos territorios; y, en general, la protección de estos últimos y la vigilancia de los descendientes de conquistadores, centrada en la primera generación criolla y en los mestizos, descontentos por que no se cubrían sus expectativas de cargos, pensiones y mercedes de tierras.

En los primeros años de este gobierno, llenos de actividad, hubo momentos destacados como la apertura de la Universidad en 1553, el descubrimiento de minas de plata y la consiguiente fundación de ciudades como Zacatecas. Junto a ello, problemas con la Real Audiencia y con la Iglesia jerárquica secular, que fueron dando lugar a que Velasco se definiera hacia uno de los bandos siempre en pugna, tanto entre los oidores del máximo tribunal de justicia, como vinculándose a las órdenes religiosas frente a la autoridad del arzobispo de México fray Alonso de Montúfar, precisamente dominico.

En ese tiempo era un amante del arte de la jineta y todo tipo de deportes de signo caballeresco, al que se le reconoce el fomento de la cría caballar y de las corridas de toros, y que demostró su destreza en las fiestas organizadas en 1555 al recibirse las noticias de haber vencido a los participantes en la revuelta contra la Corona encabezada por Hernández Girón. Pero a partir de 1558, con la subida al Trono de Felipe II, empezaron sus problemas: crecientes protestas de los españoles, tanto encomenderos como miembros de la Audiencia y de la jerarquía eclesiástica, enviadas al nuevo Rey, junto al decaimiento de su salud, provocaron su desánimo y las primeras peticiones de ser cesado.

Sin embargo, no dejó sus tareas, enfrentándose a la expansión hacia el norte, donde se consolidaba la Audiencia que se denominó Nueva Galicia, vinculada inicialmente al conquistador Beltrán Nuño de Guzmán, enemigo de Hernán Cortes. Abundaron las sublevaciones de los indios llamados bárbaros o chichimecas, motivando las expediciones y fundaciones de villas, a las que se llevarán naturales tlaxcaltecas para mezclarlos con los primeros y así facilitar su asentamiento “en policía” (bajo las normas españolas para ser considerados gente racional) y la posterior evangelización. Y aún más ambiciosas fueron dos organizaciones de envergadura, buscando la primera la expansión hacia Florida, dirigida por Tristán de Luna de Arellano y que fracasó en 1559, y la segunda que se encaminó hacia las futuras islas Filipinas, consiguiendo su objetivo en 1565, bajo el mando de Miguel López de Legazpi, después de morir este gobernante, encargado de la organización y que se preocupó de todo el proceso durante varios años, aunque no pudo verlo culminado.

El cansancio y la mala salud de Velasco se hicieron notorios en 1562, al diagnosticársele gota, pero a esto se unieron problemas varios, derivados de las protestas contra él enviadas al Monarca, y sobre todo de la llegada de Martín Cortés, II marqués del Valle de Oaxaca, y su rápida conversión en un verdadero representante, elegido por el grupo de los hijos de conquistadores y primeros pobladores para reivindicar sus derechos ante Felipe II.

Pronto surgieron tensiones con el máximo gobernante, como pudo observarse durante la entrada oficial en México del visitador general Jerónimo de Valderrama, que tuvo lugar el 16 de agosto de 1563, como resultado de las cartas en su contra recibidas por el Monarca, y que llevaba amplísimos poderes de inspección de las principales instituciones bajo la autoridad virreinal, lo cual también molestó a éste. Dicho juez, por su parte, fomentó la tensión entre el heredero de Hernán Cortés y don Luis al decidir que se establecería en la casa del marqués.

Al aumentar las malas relaciones con el mandatario enfermo, Martín remitió el 10 de octubre de 1563 una carta a Felipe II, manifestando esas dificultades, al tiempo que llegaba a criticar su labor de gobierno, en general, y respecto a la jurisdicción del señorío concedido a su padre, más en concreto. Y para culminar esos tiempos difíciles, el llamado problema del sello, cuando ese noble empezó a usar oficialmente uno nuevo y ostentoso, que fue prohibido por Velasco considerando que con él se pretendía evitar el uso de papel sellado y además opacaba el sello real. Ante tantos motivos, y siempre con sus dificultades económicas, este gobernante comenzó a solicitar su relevo del cargo “para volverse a morir a España”, donde ya reposaban los restos de su esposa.

Desde que había abandonado las llamadas casas reales, para cedérselas en 1563 al citado marqués como residencia provisional acorde con su rango, el enfermo había pasado a residir en la vivienda de su amigo Ortuño de Ibarra, factor de la Real Hacienda de México, donde fue cuidado, puesto que sus familiares más cercanos tenían ya sus propias casas, después de haber contraído los matrimonios señalados. En el último año de su vida se complicaron sus dolencias y, al ver cercana la muerte, decidió otorgar un nuevo testamento ante el secretario Antonio de Turcios, el 16 de julio de 1564, y el siguiente 27 dictó un codicilo con sus órdenes postreras. En el primer documento daba instrucciones sobre la comitiva de autoridades civiles y eclesiásticas que debían acompañarle en su último acto público, después de muerto, para ser enterrado en el Convento de Santo Domingo, encargando setecientas misas por su alma e incluyendo una serie de mandas piadosas y ayudas caritativas, pero también reconocía sus deudas respecto a la dote de su hija Ana y de la cantidad que se comprometió a pasar como pensión antes del enlace de su hijo, el futuro virrey, Velasco el Joven. En el codicilo introdujo recomendaciones a criados suyos para cargos y ayudas, órdenes para López de Legazpi y su expedición a las Filipinas, y, con el fin de dejarlo todo listo, mandaba entregar al visitador Valderrama las últimas reales cédulas que le habían llegado. También encargaba del gobierno interino a su muerte, mientras el Rey nombraba un sucesor en el virreinato, a una comisión de tres miembros de la Real Audiencia de México, encabezados por el oidor Ceinos.

El 29 de julio de 1564 se trató en la reunión del Cabildo de la capital sobre el estado del gobernante, empezándose los preparativos para asistir de forma corporativa al sepelio. Los temores se hicieron realidad, ya que Velasco murió el último día de julio, a las dos de la madrugada. El entierro, primero de esta importancia que se preparó allí, fue organizado solemnemente: tras la representación familiar, iba presidido por el arzobispo Montúfar, acompañado de los seis obispos asistentes por entonces al segundo Concilio provincial mexicano que se celebraba en la Ciudad de México, y seguidos por el Cabildo catedralicio y los provinciales y cargos destacados de las diversas órdenes religiosas; luego el duelo civil, encabezado por el visitador Valderrama y los miembros de la Real Audiencia, y a continuación el Cabildo de la ciudad y los tres oficiales de la Real Hacienda; pasaba después una representación de los encomenderos y personajes destacados, con la cabeza descubierta, y cerraba la marcha el capitán Miguel López de Legazpi, portador del pendón real, con más de seiscientos soldados reclutados para el viaje a las futuras Filipinas, llevando insignias de luto y las picas en tierra en señal de duelo y respeto.

Una multitud presenció el paso de este cortejo desde la casa de Ortuño de Ibarra hasta el Convento principal de los dominicos, donde se celebraron solemnes honras fúnebres, siendo allí enterrado el extinto virrey, en cumplimiento de una de sus últimas voluntades; treinta años más tarde (1594) y siendo su hijo el máximo gobernante de la Nueva España en su primera etapa, se trasladaron sus restos a la nueva iglesia del citado convento, en una gran ceremonia.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General de Indias (Sevilla), México, 1089, fols. 179-188 y 188-192v., Reales Instrucciones generales y las especificas sobre Real Hacienda, 16/IV/1550; Patronato Real, 182, Ramo 13, Acusaciones contra el virrey y sus “paniaguados”, México 1564; Biblioteca Nacional de España, ms. de América, 2816, fols. 127-139, Relación, apuntamientos... de Mendoza a Velasco, 1550.

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María Justina Sarabia Viejo