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Carolina Coronado Romero

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Biografía

Coronado Romero, Carolina. Almendralejo (Badajoz), 1820 — Lisboa (Portugal), 1911. Escritora adscrita al Romanticismo.

La vida de Carolina Coronado es exponente de su mayor preocupación feminista: apoyar y defender la reivindicación social y cultural de la mujer, y por ello formó parte, con plena voluntad, de la llamada “hermandad lírica femenina” que —encabezada por Gertrudis Gómez de Avellaneda— procuró conseguir el reconocimiento y digna consideración de la mujer-artista en la segunda mitad del siglo XIX. Hija de un militar, la tercera de ocho hermanos, padeció las contrariedades familiares en la “Ominosa Década”, cuando su padre, secretario de la Diputación pacense, fue encarcelado por “liberal y antifernandino”. En una carta, probablemente de 1842, dirigida a quien fuera su mentor en la Corte, el escritor Juan Eugenio de Hartzenbusch, hace un breve balance de lo que había sido su vida en el ámbito provinciano extremeño: “Dedicada hasta ahora poco a las ocupaciones domésticas, no conocía más que la lectura de unas cuantas novelas bien escritas y tal cual libro de poemas. Siempre me había resistido a emplear mi tiempo en tareas que me parecían extrañas a mi sexo, sacrificando mi decidida inclinación por la literatura. Hace poco más de un año que, atropellando todos los inconvenientes, hice mis primeros ensayos, exponiéndome a la crítica de mis conocidos”. En efecto, en el diario madrileño El Piloto del 22 de diciembre de 1839 se encuentra la primera composición impresa de esta escritora, “A la palma”, que mereció el decisivo elogio de su paisano Espronceda, casi a la vez que se difundía una falsa noticia que ayudó a darle una temprana fama en los mentideros literarios madrileños: su falsa muerte (Carolina Coronado sufrió algunos ataques catalépticos en vida que le llevaron a un miedo cerval a los enterramientos de sus seres queridos). Movida por esta fama, y aconsejada por el buen criterio de Hartzenbusch, Carolina publica en 1843 su primer ramillete de poemas y hace su primer viaje a la Corte, probablemente hacia 1848, tras una estancia en la Baja Andalucía para reponer una salud que fue siempre quebradiza. Aquella primera estancia en Madrid le supuso el respaldo, en forma de homenaje, del Liceo Artístico y Literario.

Tras un posible y misterioso amor por un tal Alberto del que prácticamente nada se sabe, conoce a quien va a ser su marido, el diplomático americano Horacio Perry Spragne, con quien se casa (en doble rito, el católico y el protestante) en 1852, tras ser liberada del voto de castidad que había contraído en la catedral de Sevilla en uno de los “deliquios misticoides” a los que era dada la escritora por su marcada hiperestesia (que se acercó al histerismo senil en los últimos años de su silencio y encierro lisboeta): hay una parte en su poesía dedicada a la contemplación y exaltación de la divinidad a través de la naturaleza, de la que su mejor ejemplo (y una de las cimas de la poesía de esta autora) es el poema “El amor de los amores” que vio la luz, por vez primera, en la importante revista del siglo XIX Semanario Pintoresco Español. Ese mismo año del casamiento aparece el segundo, y definitivo, libro poético de Carolina (posteriormente, y hasta su muerte, sólo publicó medio centenar de composiciones en diversas revistas, periódicos y álbumes, muchas de ellas circunstanciales).

Durante dos décadas (1853-1873) Carolina Coronado llevó en la Corte una vida de dama distinguida, amiga personal de la reina Isabel II y de muchas otras damas de la aristocracia, organizó fiestas sociales y tertulias literarias y musicales en su palacete madrileño de Besecur y hasta intervino en alguna intriga política (se dice que escondió en su casa, ocultándolo a la policía, al entonces revolucionario Castelar) y hasta comprometió a su mismo marido, ante el Gobierno estadounidense, por declararse abolicionista de la esclavitud y contraria a la postura americana en este aspecto y en sus apetencias sobre la isla de Cuba.

Pero la muerte de sus seres próximos, empezando por la de su primogénito, empezó a golpear duramente la vida de la Coronado, aunque ella llegó a ser nonagenaria.

Son los años en que la retrata —muy bella, con una elegante mantilla de blonda negra enmarcando su pálida cara ovalada— Federico Madrazo, cuadro que hoy puede verse en el Museo del Prado. El cese del puesto diplomático de Horacio, la alterada vida social tras los sucesos de “La Gloriosa”, la instauración de la Primera República, los nuevos brotes carlistas y la muerte de la hija mayor impelen a la familia Perry-Coronado a trasladarse a Portugal en 1873, además del hecho de que el marido había sido nombrado agente de la Compañía Eastern Telegraph, que había instalado una estación de cable submarino en el pueblo luso de Carcavelhos, negocio que acabó provocando graves quebrantos económicos a la familia en 1889, dos años antes de la muerte del esposo. Durante esos años lisboetas Carolina prolongó, inicialmente, la vida social que había llevado en Madrid, pendiente de los avatares de la política española, pero esa vida cesa y se traduce en un casi absoluto apartamiento, en su residencia de Mitra, frente a la desembocadura del Tajo, tras la muerte de Perry, a quien mantuvo insepulto mucho tiempo. Cada noche (como cuenta, tal vez con escorzo novelístico su sobrino-nieto Ramón Gómez de la Serna) la anciana silenciosa se asomaba a la capilla del palacete de un antiguo obispo “para saludar con los ojos mudos al esposo embalsamado y descubierto en el reposorio del desván último”. Se negó a renunciar a su encierro doméstico, incluso a recibir el homenaje (coronación incluida) que le propuso la Diputación de Badajoz en 1889. Tiene tiempo, todavía, de vislumbrar la grave crisis finisecular de la España que no ha olvidado. De unos meses antes de su muerte parecen ser estos versos que ratifican su silencio pleno de “dolorido sentir”: “Quejarse es protestar; la pena es muda / cuando oprime con ruda persistencia; / sólo el silencio al desgraciado escuda / para ocultar al mundo su existencia”.

Además de una importante, amplia y variada obra poética (por la que se le reconoce un puesto de segundo orden en la historia literaria del siglo XIX), la obra de Carolina Coronado abarcó otros géneros, incluido el teatro (recientemente se ha logrado recuperar uno de sus dramas: El cuadro de la Esperanza). Fue autora de un breve libro de viajes (Del Tajo al Rhin, 1851-1852), de un curioso ensayo (Los genios gemelos: Safo y Santa Teresa —1850— en el que aproxima dos personalidades tan diversas, pero que son para ella equivalentes paradigmas de la mujer valiente y reivindicadora de lo femenino), de una deliciosa semblanza, en prosa poética (Anales del Tajo —1875— en la que aflora su profundo lusismo y su sueño de “unidad ibérica”) y de una serie de interesantes novelas (largas y cortas) en las que predominan la defensa y exaltación de la mujer frente al cerco masculino que la intenta postergar o delimitar: Paquita, Adoración, Jarilla, Luz, La rueda de la desgracia, El oratorio de Isabel la Católica y la más ambiciosa de todas, La Sigea, basada en la vida y trabajos de la erudita castellana Luisa Sigea en la Corte portuguesa de Manuel I, y de sus posibles y controvertidos amores con Luis de Camoens: unión de feminismo y lusismo en un mismo texto, además de una obra inconclusa —Harnina— sobre la fundación de su Almendralejo natal, publicada por entregas a lo largo de 1880 y 1882. A todo ello hay que sumar un buen puñado de artículos sobre muy diversas cuestiones recogidos en la edición de la Obra en prosa de Carolina Coronado.

 

Obras de ~: Poesía, Madrid, Alegría y Charlain, 1843; Jarilla, Madrid, Biblioteca Universal, 1850 (Madrid, Imprenta Tello, 1873; París, Centro de Publicidad Hispanoamericana, 1882; Barcelona, Montaner y Simón, 1943; ed. est. prelim. y notas de M. Z. Hafter, Badajoz, Diputación, 2001); Paquita. Adoración, Cádiz, Imprenta y Librería Española, 1850; Los genios gemelos. Primer paralelo: Safo y Santa Teresa, en Semanario Pintoresco Español, Madrid, 1850; Luz, en El Clamor Público, Madrid, julio-septiembre de 1851; La Sigea, primera parte en Semanario Pintoresco Español, 1851 (Madrid, Ed. Anselmo de Santa Coloma, 1854, 2 vols.); Un paseo desde el Tajo al Rhin, descansando en el Palacio de Cristal, en La Ilustración. Periódico Universal, Madrid, 1851-1852; Poesías, Madrid, Biblioteca Universal, 1852 (ed, est. prelim. y notas de N. Vallis, Madrid, Castalia, Instituto de la Mujer, 1991); España y Napoleón, Madrid, Imprenta Manuel Galiano, 1861; La rueda de la desgracia, Madrid, Tello, 1873; Anales del Tajo, Lisboa, Lallemant Fréres, Typ, 1875; Harnina, en Revista de Almendralejo, 1880 y 1882; Poesías Completas, México, Librería Hispano Mexicana, 1884; El oratorio de Isabel la Católica en La Ilustración Artística, Barcelona, Montaner y Simón, enero de 1896 (con el título El Pagaré) y en El Siglo Futuro, Madrid, 1896; Obra poética, ed., est. prelim. y notas de G. Torres Nebrera, Mérida, Editora Regional de Extremadura, 1993, 2 vols.; Obra en prosa (novelas, teatro, ensayos, artículos y cartas), ed. est. prelim. y notas de G. Torres Nebrera, Mérida, Editora Regional de Extremadura, 1999.

 

Bibl.: J. Cascales Muñoz, “Biografía de Carolina Coronado”, en España Moderna, 268 (1911), págs. 40-64; A. Sandoval, Carolina Coronado y su época, Zaragoza, Librería General, 1946; R. Gómez de la Serna, Mi tía Carolina, en Obras Completas I, Barcelona, AHR, 1956, págs. 1153-1256; J. M.ª Díez Taboada, “El germanismo y la renovación de la lírica española en el siglo xix (1840-1870)”, en Filología Moderna, Madrid, 1961, págs. 33-35; G. Diego, “Primavera de Carolina Coronado”, en Boletín de la Biblioteca Ménéndez y Pelayo (Santander), XXXVIII (1962), págs. 385-401; I. Fonseca Ruiz, “Cartas de Carolina Coronado a Juan Eugenio Hartzenbusch”, en VV. AA., Homenaje a Guillermo Guastavino, Madrid, 1974, págs. 171-199; J. W. Cortada, “An isabeline poet, Carolina Coronado, a biographical note”, en Revista de Estudios Hispánicos (Universidad de Alabama), XII, 2 (1978), págs. 313-320; M. Z. Hafter, “Carolina Coronado as novelist”, en Kentucjy Romance Quarterly XXX, 4 (1983), págs. 403-418; A. Castilla, Carolina Coronado de Perry, Madrid, Beramar, 1987; L. Trevizán, “Carolina Coronado y el canon”, en Monographic Review/Revista Monográfica (Dallas, Texas), VI (1990), págs. 25-35; S. Kirpatrick, Las Románticas. Escritoras y subjetividad en España. 1835-1850 Madrid, Cátedra, Universidad de Valencia e Instituto de la Mujer, 1991, págs. 195-216; N. Valis, “La segunda sombra de Carolina Coronado”, en Revista de Estudios Extremeños (Badajoz), XLVIII, 2 (1992), págs. 541-554; G. Torres Nebrera, “Introducción” a C. Coronado, Obra Poética, op. cit., vol. I, págs. 11-93; A. Kaminsky, “The construction of inmortality: Sappho, Saint Teresa and Carolina Coronado”, en Letras Femeninas (Beaumont, Texas), XIX, 1-2 (1993), págs. 1-13; J. Hara, “Lamanrtine’s influence in the Poems of Carolina Coronado”, en Crítica Hispánica (Pittsburgh), XVI, 2 (1994), págs. 297-306; M. Mayoral, “La narrativa de Carolina Coronado”, en G. Carnero (ed.), Historia de la Literatura española. Siglo XIX (I), Madrid, Espasa Calpe, 1997, págs. 713-722; S. Rolle Rissetto, “Fases evolutivas y vertientes temáticas en la poesía de Carolina Coronado”, en Monteagudo (Murcia), n.º 3 (1998), págs. 103-116; Á. Geist, Das bild der frau bei Carolina Coronado, Frankfurt am Main, Lang, 1998; G. Torres Nebrera, “Introducción” a C. Coronado, Obra en prosa, op. cit., vol. I, págs. 11-97; I. M.ª Pérez González, Carolina Coronado. Del Romanticismo a la crisis fin de siglo, Badajoz, Los Libros del Oeste, 1999.

 

Gregorio Torres Nebrera