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Roberto Robert Casacuberta

Biografía

Robert Casacuberta, Roberto. Barcelona, 12.IX.1827 – Madrid, 18.IV.1873. Periodista, literato y político republicano.

Huérfano de padre, asistió a un colegio particular desde los seis a los doce años de edad. Su madre, por falta de recursos para que siguiese estudiando, le colocó de aprendiz de joyero diamantista y, más adelante, en vista de su poco aprecio al oficio y de su afición a los libros, en las oficinas de una casa comercial, donde trabajó dos años sin mucho interés por el cálculo mercantil.

Su formación autodidacta le llevó a aprender francés y latín y a leer a los románticos, que le despertaron su vocación de literato, publicando sus primeras poesías en la prensa de Barcelona. En 1851 se trasladó a Madrid para probar suerte como escritor, entrando en la redacción de La Europa, periódico demócrata que fue cerrado quince días después por el gobierno de Bravo Murillo. A finales de ese año, fundó el Diario Madrileño, significándose en él al no condenar el atentado regicida del cura Merino. Para entonces militaba ya en las filas del Partido Demócrata y frecuentaba la Escuela del Pueblo (o del Trabajo) que dirigía el republicano Antonio Ignacio Cervera, a la que asistían Federico Carlos Beltrán, su paisano Pi y Margall, recién llegado también a la capital, y otros escritores de ideas avanzadas. Al cesar la publicación de su diario, fue redactor de los periódicos fundados por Cervera, El Taller, La Granja, El Observador Público, El Nuevo Observador (1852), y de La Voz del Pueblo (1853), dirigido éste por el catalán Miguel Surís Baster y en el que escribían Beltrán y Antonio Altadill. También trabajó en ese tiempo de corrector de La Sagrada Biblia que, en la traducción del latín del padre Scio, publicaron los editores Gaspar y Roig (1852-1854). Tomó parte, junto a Eduardo Chao y otros demócratas, en la revolución de julio de 1854, siendo uno de los que penetraron en el Gobierno Civil y protagonizaron las movilizaciones populares de los días siguientes. Al reaparecer La Europa, trabajó nuevamente en su redacción los pocos meses que duró este periódico. En 1855 fundó y dirigió el satírico El Tío Crispín, cuyo primer número fue denunciado por un artículo suyo titulado “Quisicosas de la Reina y el Rey”, siendo encarcelado por ello en el cuartel de San Martín. A los tres meses de cautiverio, se celebró el juicio y, a pesar de la defensa de su abogado Pi y Margall, fue condenado por el Jurado a dos años de prisión en una fortaleza, logrando el diputado Figueras que cumpliese la condena en la cárcel civil del Saladero y no en el fortín de Peñas de San Pedro. En el Saladero de Madrid pasó catorce meses y durante este tiempo, además de estudiar y contraer la tisis, colaboró en los periódicos La Voz del Pueblo (1855) de Roque Barcia, El Padre Cobos Liberal y La Democracia (1856) de Cervera, Beltrán y Fernando Garrido.

El tiempo que estuvo encerrado lo aprovechó también para hacer traducciones del francés y escribir una novela de costumbres, titulada El último enamorado. A finales de 1856, salió de la cárcel y entró de redactor en La Península (1856-1857) y, poco después, en el diario demócrata La Discusión, que dirigía Nicolás María Rivero, encargándose de las noticias del extranjero y, más tarde, de las crónicas parlamentarias. Sus reseñas de las sesiones parlamentarias durante el gobierno largo de O’Donnell (1858-1863) le hicieron un periodista famoso en toda España, siendo sus artículos considerados, por amigos y enemigos, como modélicos en su género. En noviembre de 1860 firmó la Declaración de los Treinta, por la que los demócratas trataron de zanjar la disputa entre Garrido (más defensor del derecho de asociación que “socialista”) y José María Orense (liberal individualista), por la que se reconocía como demócrata a todo aquel que defendiese las libertades individuales y el sufragio universal, con independencia de sus ideas económicas y sociales. Al fundar Castelar La Democracia y pasar Pi y Margall a dirigir La Discusión en 1864, abandonó la redacción de este diario por desacuerdo con la nueva línea editorial, pues, en la nueva polémica surgida en el seno del partido, se encontraba distante tanto de los demócratas individualistas de Castelar como de los socialistas de Pi (defensores de la intervención estatal en la cuestión social), por estar su pensamiento más próximo al societario de Garrido. Entre 1856 y 1864 se labró un nombre en Madrid como escritor político y literario, publicando su citada novela y colaborando con artículos literarios en El Museo Universal y La América de los hermanos Asquerino. También en esos años se publicaron sus traducciones del drama El conde de Selmar (1857); de la Historia de Grecia de Víctor Duruy (1859); de los Sofismas económicos (1859), Cuestiones económicas y Capital y renta (1860) de Federico Bastiat, incluida su polémica con Proudhon; de la Defensa de la propiedad de Gustavo de Molinari (1860), y de La Teoría de la Contribución del citado Proudhon (1862), trabajos de economía política a los que se sumaron sus colaboraciones en La Riqueza Española, de Nilo Fabra, y El Fomento (1862). Esta serie de trabajos la completó con su participación en la colección Prisiones de Europa, que publicó el editor Inocente López Bernagosi de Barcelona, escribiendo El Saladero de Madrid (1863). Una cárcel que, por desgracia, conocía bien y a la que volvió, aunque por poco tiempo, por hallarse unas proclamas de la sociedad secreta carbonaria en su mesa de la redacción de La Discusión.

En 1864 volvió a Barcelona, donde se casó el 1 de abril de 1865 con Juana López Martínez, natural del Ferrol. Desde allí medió en la polémica demócrata con el folleto Al Partido Demócrata (1865), en la que trató de conciliar las dos posturas adversarias, la individualista y la socialista. Pero su nueva etapa barcelonesa la dedicó sobre todo a sus labores literarias, en colaboración con la Librería Española del republicano López Bernagosi, y sus traducciones, trasladando al español novelas francesas para la editorial de José Espasa. López Bernagosi le publicó una colección de artículos y poesías festivas de otros autores con el título de El Mundo riendo y le encargó de la dirección del Almanaque El Tiburón, en el que colaboraron los principales escritores y poetas de Madrid y Barcelona. También escribió en el almanaque que lo sustituyó, Lo Xanguet, del que se encargaban el poeta Conrado Roure y el dramaturgo Federico Soler. Por entonces, Alberto Llanas publicó la revista humorística ilustrada Lo Tros de Paper, primer semanario escrito exclusivamente en catalán, y en él publicó una serie de veintiséis artículos bajo el seudónimo de X., en los que retrataba al modo romántico y satírico de Larra la vida barcelonesa de 1865. Estos artículos, de los pocos que escribió en catalán, fueron considerados, tras su muerte, el punto de partida de la literatura costumbrista en lengua catalana, por lo que la Biblioteca Popular Catalana, con el título de Colecció de travalls literaris (1893), y la Biblioteca Popular de L’Avenç, con el de Barcelonines (1907), publicaron la mayoría de ellos, que han seguido editándose con diferentes títulos hasta la actualidad.

En 1866 fue secretario de los Juegos Florales de Barcelona, escribiendo la Memoria de los mismos y algunas poesías en catalán, haciéndose muy popular una titulada Pobre Llatzer! También durante esos años ejerció el periodismo como redactor o colaborador de El Comercio de Barcelona (1864-1866), del que era editor responsable López Bernagosi, y El Telégrafo. A raíz del fracasado levantamiento de Prim de agosto de 1867, momento en que conspiraba en una junta republicana clandestina, tuvo que esconderse el día 19 para no ser detenido por el capitán general conde de Cheste, pero esta persecución cesó pronto, lo que le permitió volver enseguida a sus tareas cotidianas. Éstas eran, por entonces, escribir una novela llamada Julieta y Romeo, que firmó como Enrique Villalpando de Cárdenas, y cuyo segundo volumen concluyó Manuel Angelón al año siguiente. Con este seudónimo no sólo hizo este trabajo para la editorial Espasa, sino que también refundió en castellano otras obras de autores extranjeros, como Los huérfanos de la aldea, La expiación de un padre y El niño del bosque de Ducray Duminil (1866) y Óscar y Amanda de Regina María Roche (1868). Al triunfar la revolución de Septiembre, la Junta de gobierno le nombró concejal del Ayuntamiento revolucionario de Barcelona, cargo que ocupó entre octubre y diciembre de 1868. También desde primeros de octubre de ese año, y hasta mediados de noviembre, dirigió el periódico festivo-revolucionario El Cohete, editado también por López Bernagosi, que tuvo un tono anticlerical y se volcó en la campaña por el derribo de la Ciudadela. Formando parte de la candidatura del Partido Republicano Federal en las elecciones de enero de 1869, fue elegido diputado por Manresa de las Cortes Constituyentes, por lo que fue homenajeado, junto a otros diputados federales, durante el Té político que organizó la Dirección central de las Sociedades Obreras de Barcelona el 5 de febrero de 1869.

Trasladado nuevamente a Madrid y formando parte de la minoría republicana de las Cortes, participó activamente en los debates parlamentarios, en los que se mostró como un orador correcto y de fácil palabra, enérgico en la expresión y de ideas claras. Durante la elaboración de la Constitución por la mayoría monárquica, destacó por sus discursos en defensa del derecho de asociación, que pidió sin ningún tipo de restricción, cosa que no consiguió. En ese tiempo colaboró estrechamente con su íntimo amigo Fernando Garrido, antiguo defensor del asociacionismo obrero que estaba trabajando en su Historia de las Clases Trabajadoras. Desde su llegada a la capital, fue redactor del periódico satírico Gil Blas, donde destacó por su tono anticlerical y sus críticas a las tradiciones que impedían la consolidación de la plena libertad en España, como eran la “caduca” monarquía y el fanatismo religioso. Estas críticas políticas y sociales, propias de la ideología republicana, aparecieron también en los tres libros, o colección de artículos, que publicó en los años 1869 a 1871: Los cachivaches de antaño, Los tiempos de Mari-Castaña y La espumadera de los siglos, a los que cabe sumar su folleto El Gran Tiberio, donde contaba las protestas que habían llevado a cabo los liberales madrileños el día de la celebración del veinticinco aniversario de la coronación del papa Pío IX, en 1871. En esta misma línea de pensamiento cabe mencionar también su traducción de El origen de todos los cultos de Carlos F. Dupuis (1870). Algunos de sus libros (Los cachivaches, La espumadera) y de los escritos incluidos en ellos (“El Santo Oficio”, “El diablo”, “Los judíos”, etc.) se convirtieron con el tiempo en textos clásicos del anticlericalismo español, siendo reeditados como Artículos escogidos en 1885 y, sobre todo, a principios del siglo xx por las editoriales Domingo Blanco de Madrid y Sempere de Valencia (para la que trabajaba por entonces su hijo), formando parte en la primera de ellas de la Biblioteca de la Inquisición y de la del Apostolado de la Verdad de José Nakens. La traba al progreso que representaba la Monarquía también le llevó a escribir dos obras con ocasión del asalto del Teatro Calderón por la Partida de la Porra durante la representación de la obra Macarronini I, de su correligionario Navarro Gonzalvo, en noviembre de 1870. La prohibición violenta de la representación de esa obra, en la que se ridiculizaba la figura de Amadeo de Saboya, que acababa de ser elegido rey por las Cortes, le llevó a proseguir la campaña contra el monarca “extranjero” escribiendo dos nuevas obras de teatro: Crítica de la bufonada cómica Macarronini I y La Corte de Macarronini I. La primera de ellas era un diálogo entre transeúntes que pasaban por delante del Calderón y en él se condenaba el atentado contra la libertad de expresión llevado a cabo por los milicianos monárquicos e, igualmente, se igualaba el gobierno del presidente Prim (que moriría asesinado unos días después) con el de los moderados más reaccionarios.

La edición de la Crítica fue secuestrada por el gobierno, pero el autor ofreció desde los periódicos republicanos un ejemplar de la misma a todo el que se la solicitara, por lo que fue de sobra conocida. La segunda obra, La Corte, fue una obra más difundida y el autor tuvo cuidado de que el Rey sólo apareciese un momento en la escena final, sin decir palabra y al tiempo de caer el telón, y en ella transmitía el mensaje de que el reinado de Amadeo I sería parecido al de Isabel II por la influencia que seguiría ejerciendo el clero en la Corte española. Desde 1870, año en que colaboró en el Anuario Republicano Federal, se encargó interinamente de la dirección del periódico Gil Blas, pero fue su fundador, Luis Rivera, el que suscribió como director del mismo la Declaración de la prensa republicana de mayo de 1870, donde se criticaba el federalismo pactista de Pi y Margall y se defendía otro de tipo organicista compatible, en la práctica, con la república unitaria. Tras no salir elegido diputado de las primeras Cortes del reinado de Amadeo I (1871-1872) y ser uno de los republicanos militantes o simpatizantes de la Asociación Internacional de Trabajadores, participó en el Té de fraternidad entre franceses y españoles que organizaron los internacionalistas madrileños en el Café Internacional el día 2 de mayo de 1871, reunión en la que se mostró la solidaridad con la Comuna de París, pronunciando él su intervención en francés y español, y que fue disuelta a golpes por la Partida de la Porra. Ese mismo año se encontró entre los socios fundadores de la Asociación de Escritores y Artistas de España. Al morir Rivera, dirigió el Gil Blas desde julio a septiembre de 1872, en que cesó su publicación, colaborando también en La Ilustración Española y Americana. En las elecciones de agosto de 1872, volvió a ser elegido diputado, ahora por el distrito de Barcelona, formando también parte de la Asamblea Nacional que proclamó la República en febrero de 1873. En ese tiempo, dirigió en Madrid su último semanario satírico, El Cohete, que publicó, ilustrado por su amigo Pellicer, entre octubre de 1872 y marzo del año siguiente. Nombrado ministro plenipotenciario de España en Suiza por el ministro Castelar el 13 de marzo de 1873, no llegó a tomar posesión del cargo por falta de salud, falleciendo poco después de tuberculosis. Fue enterrado civilmente en el cementerio de las afueras del Puente de Toledo de Madrid. Había vivido siempre humildemente de su trabajo intelectual y, tras su muerte, su viuda recibió un estanco que perdió, al parecer, al inicio de la Restauración.

Su hijo Roberto fue, también, entre otras cosas, traductor de francés.

 

Obras de ~: El último enamorado. Novela de costumbres españolas, Madrid, Imp. de Ginés Hernández y Artes, 1857 (2.ª ed., 1858); El Saladero de Madrid. Sus costumbres, su estadística, su organización, Barcelona, I. López Bernagosi, 1863; Al Partido Democrático. Folleto político, Barcelona, López Bernagosi, 1865; (ed.), El Mundo riendo. Gracias y desgracias, chistes y sandeces..., con dibujos de T. Padró, Barcelona, López Bernagosi, 1866 (2.ª ed.); Julieta y Romeo (Los Amantes de Verona), Barcelona, Espasa Hnos., 1868, 2 vols. (reed. 1894; ed. en portugués, 1920); Los cachivaches de antaño, Madrid, Imp. de J. E. Morete, 1869 (2.ª ed., 1879); Los tiempos de Mari- Castaña, Madrid, Morete, 1870 (reed., 1902); Crítica de la bufonada cómica Macarronini I, Madrid, Morete, 1870; La Corte de Macarronini I. Conjetura cómica en un acto, Madrid, Morete, 1870; “Introducción” a Lamartine et al., Los hombres de la Revolución, Madrid, Morete, 1870; La espumadera de los siglos, Madrid, Morete, 1871; El Gran Tiberio del siglo entre luces y pedradas. Jolgorio celebrado en Madrid con motivo del 25.º aniversario de Pío IX, Madrid, Morete, 1871; (dir.), Las españolas pintadas por los españoles, Madrid, Morete, 1871-1872; Artículos escogidos, Madrid, Tipografía de Dionisio de los Ríos, 1885; Colleció de travalls literaris, Barcelona, Biblioteca Popular Catalana, 1893 (reeds., 1907, 1935, 1965, 1989, 2004); Barcelona avui en dia, ed. de E. Cassany, Barcelona, Empúries, 2004.

 

Bibl.: C. Rubio, Historia filosófica de la Revolución española de 1868, t. II, Madrid, Imprenta de M. Guijarro, 1869, págs. 379- 381; VV. AA., Los diputados pintados por sus hechos. Colección de estudios biográficos sobre los elegidos por el sufragio universal en las Constituyentes de 1869, t. II, Madrid, R. Labajos y Cía., 1869- 1870, págs. 287-293; Anuario Republicano Federal, Madrid, J. Castro y Cía., 1870, págs. 1442-1452; M. Fernández y González, Retratos y semblanzas, Madrid, Imp. de la Biblioteca de Instrucción y Recreo, 1872, págs. 75-77; E. Rodríguez Solís, Historia del Partido Republicano español, t. II, Madrid, Imp. de F. Cao y D. del Val, 1893, pág. 492-493; A. Elías de Molíns, Diccionario biográfico y bibliográfico de escritores y artistas catalanes del siglo XIX, t. II, Barcelona, 1895, págs. 464- 467; M. Ossorio y Bernard, Ensayo de un catálogo de periodistas españoles del siglo XIX, Madrid, Imp. de J. Palacios, 1903, pág. 382; F. Gras i Elias, Siluetes de escriptores catalans del segle XIX, 2.ª serie, Barcelona, L’Avenç, 1909, págs. 82-98; J. J. Morato, Líderes del movimiento obrero español, 1868-1921, selecc. y notas de V. M. Arbeloa, Madrid, Cuadernos para el Diálogo, 1972, págs. 147-154; J. Lanes Marsall, “La visibilité comme symbole de l’acte politique dans le théâtre anti-amédéen de Roberto Robert”, en M.-L. Ortega, Ojos que ven, ojos que leen. Textos e imágenes en la España isabelina, Madrid, Visor, 2004.

 

Gregorio de la Fuente Monge