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Nicolás María Rivero

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Biografía

Rivero, Nicolás María. Morón (Sevilla), 6.XII.1814 – Madrid, 5.XII.1878. Fundador, portavoz y figura destacada del Partido Demócrata.

Existe incertidumbre en torno a la fecha de nacimiento de Nicolás María Rivero. En alguna publicación se recoge la noticia de que fue abandonado la noche del 3 de febrero de 1814 en la Casa de Expósitos de Morón. Por su parte, Cristóbal de Castro sostiene en su Estudio biográfico que nació en el hogar de artesanos en Sevilla el 3 de febrero del año siguiente, 1815. Atendiéndose al expediente de diputado del Archivo del Congreso, se señala la fecha del 6 de diciembre de 1814.

A pesar de la modestia de sus orígenes familiares, Rivero realizó sucesivamente sus estudios primarios y de latinidad en el colegio Santo Tomás de Sevilla y cursó los de Medicina en la Universidad. Ante la dificultad para costearse los materiales y libros que necesitaba para sus estudios médicos, sus profesores, Porrillo y Hoyos Limón, se convirtieron en sus protectores, y Hoyos le consiguió una plaza como escribiente en la Diputación. Cuando todavía no había completado la carrera de Medicina, en 1834 la primera epidemia de cólera en España le llevó a diversos pueblos para luchar contra la enfermedad.

Una vez licenciado, fue nombrado ayudante por uno de sus profesores, Porrúa, pero pronto abandonó la medicina para inclinarse hacia el derecho y el periodismo, vocación que nació en tertulias sobre la filosofía alemana, a la que asistían varios amigos, entre ellos Fernando de Castro. Mientras trabajaba en la Diputación e impartía clases en una academia, cursó la carrera de Derecho. La amistad con jóvenes intelectuales sevillanos —Fernando de Castro, Federico Rubio y Gali, Manuel Cantero— le orientó definitivamente hacia la política. Como apóstol del progresismo se asentó en Écija, donde conoció a su esposa, Loreto Custodio, matrimonio que solventó sus problemas económicos. En 1845 se instaló en Madrid.

Cantero le presentó a un grupo de políticos democráticos, varios de ellos de convicciones republicanas, y Rivero empezó a ser conocido por sus colaboraciones en El Siglo y por su apasionada oratoria.

Para la legislatura 1847-1848, decisiva por las graves circunstancias continentales, fue elegido diputado a Cortes por Écija, escaño en el que inmediatamente brilló por su elocuencia. Estaba naciendo el partido demócrata —según Hennesy, una iniciativa de Rivero—, en el cual se fusionarían los progresistas- demócratas (extrema izquierda del progresismo), los republicanos y los republicanos socialistas, defensores del cuarto estado e imbuidos de las teorías de los socialistas utópicos franceses. A raíz de los sucesos del 48 y de la represión de Narváez, Rivero apoyó un programa radical elaborado por Ordax Avecilla. Finalmente, el 6 de abril de 1849, aparecía en Madrid el manifiesto del partido demócrata (llamado inicialmente progresista-democrático), firmado por Aguilar, Ordax Avecilla, Aniceto Puig y Nicolás María Rivero, manifiesto cuyas ideas serían difundidas por periódicos como El Amigo del Pueblo, El Siglo, La Asociación, etc. El nuevo partido presentaba una declaración de derechos individuales (inviolabilidad de domicilio, libertad de conciencia, libre expresión del pensamiento, derecho de reunión y asociación), principios políticos (soberanía nacional, poder legislativo en las Cortes, independencia de jueces y magistrados y juicio por jurados, elección popular de ayuntamientos), económicos (contribución única y universal, desamortización civil y eclesiástica) y sociales (instrucción primaria universal, obligatoria y gratuita, hospitales de beneficencia, supresión de quintas, etc.). Defendido en las Cortes por los cuatro diputados que habían suscrito el manifiesto fundacional, Rivero se convirtió en cabeza y portavoz del nuevo grupo político.

Para evitar su ilegalización, los demócratas ocultaban su tendencia republicana en la prensa pero la defendían verbalmente en los mítines celebrados en clandestinidad en locales de Madrid. Desde enero de 1854, la capital se convirtió en un centro conspiratorio casi universal contra el largo monopolio gubernamental de los moderados, conspiración en la que participaban los restantes partidos y la mayoría de los órganos de prensa. El Conde de San Luis intentó mediante una política represiva sofocar los incendios, y en febrero de 1854 fue detenido en casa de Becerra el comité democrático (Rivero, Ordax Avecilla, Sixto Cámara), no obstante Rivero aún pudo continuar desde la cárcel del Saladero su labor de proselitismo dirigido a provincias y sus contactos con los conspiradores.

Al triunfar la Revolución de Julio, en la cual los demócratas tuvieron una participación destacada, Rivero fue nombrado gobernador de Valladolid. Dimitió de este cargo cuando fueron convocadas elecciones para Cortes constituyentes y solicitarle sus amigos de Écija que optara a diputado por el distrito. Sevilla era su bastión pero fue elegido además por Valencia, elección que demostraba su popularidad fuera de Madrid, pues recogió 7762 votos en el distrito levantino, alrededor de dos mil menos que O’Donnell. Aunque se situaba en posiciones templadas, no coincidentes siempre con los sectores republicanos, votó contra la permanencia de Isabel II en el trono en la sesión de 30 de noviembre de 1854. Bien pronto se vio que el proyecto de Constitución —la nonata de 1856— no recogía los puntos esenciales del ideario demócrata.

Situándose en una posición crítica, fue en esta legislatura del bienio cuando Rivero exhibió sus dotes de parlamentario en su madurez, con rotundos discursos en defensa de la libertad total de la imprenta, la implantación del jurado para todos los delitos, la descentralización y el sufragio universal, discursos que lo convirtieron en el jefe del partido demócrata.

En marzo de 1856 aparecieron dos diarios demócratas: La Asociación, dirigido por García Ruiz, y La Discusión, el más importante, rotativo que acudió ininterrumpidamente a su cita con los lectores hasta la víspera de la sublevación del cuartel de San Gil (junio de 1866), para reaparecer en octubre de 1868, tras el triunfo de la Revolución de Septiembre.

Su fundador y primer director, Nicolás María Rivero, reunió a su alrededor desde la primera hora a un grupo de demócratas destacados: Orense, Figueras, Pi y Margall, entre otros; posteriormente aparecerían en sus páginas colaboraciones de Cristino Martos, Ruiz Pons, Sorní, prácticamente la nómina completa de la democracia. Representó este órgano de prensa una de las aportaciones más importantes de Rivero a la causa del partido demócrata. Sorteando las posiciones de los grupos más radicales, que reclamaban la República como punto primero del programa, el director imprimió a la línea editorial un sesgo que le permitiera ser puente entre los demócratas moderados y los progresistas puros, el ala izquierda del progresismo.

En el editorial del primer número, Rivero sintetizó el programa: sufragio universal, libertad absoluta de imprenta, unidad de jurisdicción y fuero, reforma radical de las contribuciones, instrucción primaria gratuita para las clases pobres, abolición de las quintas.

Durante el gobierno largo de O’Donnell (1858- 1863), caracterizado por una especial preocupación por la política exterior, Rivero incorporó a su actividad parlamentaria este campo, hasta entonces marginal dentro de sus intereses. Considerando inexcusable la presencia en Marruecos, exigida por la presencia francesa en Argelia: “no hay más arbitrio que, o consentir que el Mediterráneo sea un lago francés, o compartir nosotros con la Francia la dominación de África”, se opuso por el contrario a la expedición a México, con el argumento de que se romperían los “lazos de origen, de lengua, de raza, que debían unirnos [...]. Todo esto debía meditarse antes de llegar a Méjico con las armas en la mano”.

En el inicio de la década de 1860 eran perceptibles las diferencias internas entre los demócratas, primero entre Orense y Garrido, más tarde entre Pi y Margall y Castelar. Cuando en diciembre de 1863 Castelar fundó el diario La Democracia, Rivero perdió el control y la jefatura del Partido Demócrata. Sin embargo, el deterioro del régimen isabelino se convirtió en una oportunidad de oro para un político que siempre había postulado el entendimiento entre el Partido Demócrata y el Progresista, puesto que la coalición antidinástica se inició y basó en la colaboración entre ambas fuerzas políticas. Fueron años en que el político sevillano volvió a ejercer sus habilidades de conspirador. Desde dos centros revolucionarios se orquestaba el alzamiento contra Isabel II: Bruselas, donde Prim encabezaba un comité progresista, y París, donde actuaba el comité democrático encabezado por Pi y Margall. En contacto con éste un grupo de dirigentes demócratas, animados por Rivero, alimentaban la agitación en Madrid.

Esta actividad clandestina en el centro político de la nación lo situó en la primera fila del nuevo régimen cuando triunfó la Revolución de Septiembre (1868), que destronó a la Reina. Al entregar el poder el general Concha a Madoz, gobernador civil interino, surgieron dos juntas, una formada por progresistas y unionistas y otra por demócratas, que se fusionaron para formar una Junta Provisional de gobierno, en la cual Rivero ocupó la vicepresidencia. Resulta innegable el papel principal de Rivero en los primeros pasos de la revolución; varios de los documentos definitorios del régimen naciente se debieron a su mano —así el Manifiesto a las provincias, en el que se ensalzaban como principios irrenunciables la soberanía nacional y el sufragio universal— mientras en otros aparece entre los firmantes y redactores.

No aceptó un puesto en el gobierno provisional presidido por Serrano porque no se le podía asignar la cartera de Gobernación, prometida a Sagasta, y porque no se incluía a más demócratas en el gabinete. En compensación se le ofreció la alcaldía de Madrid y, en su momento, la presidencia de las Cortes constituyentes.

El primer nombramiento se hizo efectivo en la sesión de 10 de octubre de la Junta superior revolucionaria, presidida por Joaquín Aguirre. En la alcaldía, la influencia de Rivero se convirtió en determinante cuando demostró dotes de gobierno en la solución de los graves problemas que perturbaban la vida de la Villa, los más importantes la crisis de las subsistencias y el paro, solventando el abasto con importaciones de choque y el paro con un programa acelerado de obras públicas. Con el prestigio ganado en la alcaldía no le resultó difícil a Rivero revalidar el puesto en las elecciones municipales de diciembre, convocadas por sufragio universal. Pero más relevante resultó su papel en las elecciones generales de enero de 1869. Considerándose fundamental para la suerte del régimen el distrito de la capital, se formó una candidatura monárquicodemocrática, encabezada por Prim y completada por las principales figuras de la revolución, y que consiguió los siete escaños del distrito. Lo llamativo fue que Rivero, el más votado, con 34.399 votos —de un censo electoral de 82.000—, dejó a Prim, héroe de la revolución, a mil de distancia y a Serrano, presidente del gobierno provisional, a dos mil quinientos.

Desgajados los republicanos del tronco demócrata, sus órganos de prensa atribuyeron a Rivero el triunfo gubernamental. Así lo recogía La Discusión, el otrora feudo periodístico del político: “Hay también muchos trabajadores pagados por el Ayuntamiento, y que en su mayoría han votado por el sr. Rivero, es decir por la candidatura monárquica”. Y concluía: “Hubieran votado con nosotros si el Rivero de 1868 hubiera sido consecuente con el Rivero de 1854”.

Iniciaron su andadura las Constituyentes el 22 de febrero; la víspera fue elegida la Mesa, bajo la presidencia de Nicolás María Rivero, quien había sido propuesto el día 12. Desde el 23 de febrero de 1869 sería presidente titular de la Cámara. En la Comisión de Constitución, tarea esencial de aquellas Cortes, se integraron equilibradamente los tres partidos de la revolución: progresistas, unionistas y demócratas, con cinco miembros cada uno. Los demócratas eran amigos de Rivero, encabezados por Martos, quienes aceptaban la posibilidad de la monarquía como salida del proceso abierto en septiembre.

En el primer gobierno del sexenio, presidido por Prim, ocupó Sagasta la cartera de Gobernación, pero en la segunda remodelación que experimentó se adjudicó esta cartera a Rivero (4 de enero de 1870). Y en este despacho le correspondió defender una severa ley de orden público, con la cual el gobierno intentaba cimentar el régimen frente a las emboscadas desde la derecha y la izquierda, llamando el ministro “parricidas de la libertad” a quienes se levantaban contra el Estado en un país con sufragio universal y reconocimiento de los derechos individuales.

Las medidas enérgicas con que hizo frente al bandolerismo, plaga endémica del campo andaluz, provocaron repetidos debates en el hemiciclo con Cánovas y Figueras, opositores por la derecha y por la izquierda que dibujaban el sendero estrecho por el que avanzaba el proceso revolucionario. Cubierto el complicado trámite de encontrar un titular para el trono, Rivero figuró entre los ciento noventa y un diputados que votaron a favor del duque de Aosta (16 de noviembre de 1870), abriendo la puerta a la monarquía de Amadeo I.

Durante la vigencia del régimen amadeísta, participó con Ruiz Zorrilla en la formación del partido radical. Después de acceder éste a la presidencia del gobierno, fue elegido por segunda vez presidente de las Cortes (15 de septiembre de 1872). Y en este sitial hubo de asumir la responsabilidad de la conducción de un tránsito histórico. Presentado el documento de abdicación del Monarca a Ruiz Zorrilla y Rivero, el presidente del Congreso acordó con Figuerola la reunión de diputados y senadores en Asamblea Nacional para aprobar el documento de renuncia y declarar como forma de gobierno de la nación la República (11 de febrero de 1873). Al día siguiente Rivero remitió su dimisión de presidente de las Cortes, cargo en el que fue sustituido por Martos.

Como consecuencia de una frustrada intentona radical contra la República (23 de junio de 1873) se exilió temporalmente a Francia y se retiró de la vida política, aunque asistiría, excepcionalmente, a la reunión convocada por el general Pavía después de la disolución del Congreso el 3 de enero de 1874. Incluso se apartó de la vida social, que redujo a sus jornadas en el Ateneo, donde formó tertulia con Campoamor, Valera y Sanz del Río. Falleció en Madrid el 5 de diciembre de 1878.

 

Obras de ~: intr. a A. Borrego: Episodios de Historia Contemporánea: extracto de la obra inédita titulada memorias históricas de mi tiempo y autobiográficas, Madrid, Alfonso Rodero, 1889.

 

Bibl.: Semblanza de los 340 diputados a Cortes, 1849-1850, Madrid, 1850; Los diputados pintados por sus hechos. Colección de estudios biográficos sobre los elegidos por el sufragio universal en las Constituyentes de 1869, Madrid, 1869-1870, 3 vols.; F. Cañamaque, Los oradores de 1869, Madrid, M. G. Hernández, 1879; R. Muñiz, Apuntes históricos sobre la Revolución de 1868, Madrid, 1884-1886, 2 vols.; D. F. de Cuéllar y J. Burell, Antología de las Cortes Constituyentes de 1869 y 1870, Madrid, Congreso de los Diputados, 1913-1914, 3 vols.; C. de Castro, Estudio biográfico del Excmo. Sr. D. Nicolás María Rivero, Madrid, Congreso de los Diputados, 1915; A. Eiras Roel, El partido demócrata español (1849-1868), Madrid, Rialp, 1961; C. A. M. Hennesy, La república federal en España. Pi y Margall y el movimiento republicano federal. 1868-1874, Madrid, Aguilar, 1966; V. Bozal, Juntas revolucionarias. Manifiestos y proclamas, Madrid, Edicusa, 1968; V. G. Kiernan, La revolución de 1854 en España, Madrid, Aguilar, 1970; M.ª V. López Cordón, La Revolución de 1868 y la Primera República, Madrid, Siglo XXI, 1980; J. R. de Urquijo y Goitia, La revolución de 1854 en Madrid, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1984; G. de la Fuente Monge, Los revolucionarios de 1868. Elites y poder en la España liberal, Madrid, Marcial Pons, 2000; R. Serrano (ed.) “El sexenio democrático”, en Ayer, n.º 44 (2001); A. Fernández García, “El estreno del sufragio universal en Madrid (1869)”, en Cuadernos de Historia Contemporánea, vol. 25 (2003).

 

Antonio Fernández García