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Joaquín Camargo Gómez

Biografía

Camargo Gómez, Joaquín. El Vivillo. Estepa (Sevilla), 4.III.1866 – Buenos Aires (Argentina), 17.VII.1929. Bandolero andaluz.

Nacido en una modesta casa de la calle de la Verdad, era el décimo de los dieciséis hijos de una humilde familia campesina. Todos sus hermanos, salvo José, quince años mayor que él, murieron prematuramente.

A los cinco años le llevaban a la escuela, donde no tardó en destacar por la viveza de su genio, de ahí su alias, manifestando las cualidades que le definirán como adulto: voluntarioso, descarriado, de ánimo resuelto e impetuoso. El maestro aconsejó a la familia que le dieran estudios superiores, mas la defunción de la madre el 10 de diciembre de 1871, dio al traste con el proyecto.

Pasó algún tiempo en la casa paterna. Pero en 1878 su padre contrajo nuevo matrimonio con Pilar Galván, bajo cuya influencia el muchacho fue tratado con excesivo rigor. Joaquín huyó del hogar y fue a Osuna a reunirse con su hermano (12 de mayo), quien le devolvió al mismo. Marchó de nuevo a Osuna, donde, recomendado por José, trabajó como mozo —por ochenta reales, cama y comida— en la posada del Chepe. El domingo 11 de septiembre de 1881, le avisaron de que su padre estaba agonizando. Acudió rápidamente, pero ya fue tarde. Al día siguiente, tras el sepelio, echó a la madrastra de la casa, que ocupó entonces con su hermano y la familia de éste, y ambos se dedicaron al cultivo de las pocas tierras heredadas.

El jueves 10 de mayo de 1888 casó, tras un largo noviazgo, con Dolores Jiménez Reina de Estepa, de la que tuvo cinco hijos. Poco después se le sabe dedicado a la compra-venta de diversos objetos, convirtiéndose, además, en un experto en caballos, con los que traficaba.

En marzo de 1890, en unión de un amigo y una pequeña partida, se inició en el contrabando, adquiriendo en Gibraltar varios fardos de tabaco, que, vendidos a buen precio en la serranía de Ronda, le produjeron —en sólo tres viajes— un beneficio neto de doce mil pesetas.

Debido a las súplicas de su mujer, permaneció inactivo entre 1891 y parte de 1892, pasando el tiempo en las tabernas, jugando, bebiendo, frecuentando a una amante y dejando casi desatendida a su familia.

Se le conoce, a mediados de 1892, dedicado a la venta ambulante de paños y telas, procedentes de Gibraltar, por pueblos de Jaén, Córdoba y Granada, cuando fue acusado de participar en un sonado asalto seguido de robo. La noche del 19 de septiembre (lunes), un grupo de tratantes y ganaderos, que acudían a la feria de Villamartín (Cádiz), fueron atracados por una cuadrilla de forajidos, entre los que parecía figurar El Vivillo. El botín ascendió, se dijo, a un millón de reales; pero, en la refriega, uno de los salteadores, José Castellano, resultó herido de bala. La Guardia Civil registró, detuvo e interrogó a varias personas sin obtener resultados. Finalmente, aparecieron en un lugar manchas de sangre y una cédula personal a nombre de Castellano, que admitió haber participado en el delito e implicó a Camargo.

La noche del jueves, 17 de mayo de 1894, la Guardia Civil irrumpió en su casa y, tras esposarle, le llevó a la cárcel de Jerez, donde permaneció una semana.

Luego, en conducción ordinaria, le llevaron a pie a Osuna, en lento y fatigoso viaje, cargado de cadenas.

De prisión en prisión, tras quince días en Utrera (Sevilla), casi al mes de haber salido de Jerez, llegó a su destino donde fue encerrado.

En junio de 1895, Camargo y Castellano fueron trasladados a Cádiz, en cuya Audiencia había de celebrarse el proceso. En el juicio oral todas las pruebas le favorecieron. Los atracados —¿incertidumbre o miedo?— dijeron no reconocerle; varios vecinos de su pueblo afirmaron que aquel día había estado con ellos y el propio Castellano rectificó sus declaraciones y afirmó conocerle sólo “de vista”, lo que dio por resultado su absolución.

El 4 de septiembre se produjo, en el camino que separa las localidades cordobesas de Cabra y Priego, un asalto muy similar al de Villamartín. En la madrugada del 8 fue nuevamente detenido y encerrado en la cárcel de Estepa, a disposición del juez de Cabra, en cuya prisión ingresa el 19. Le tomaron declaración y le carearon con otros tres detenidos, ninguno afirmó reconocerle; además, consiguió probar que el día 4 lo había pasado en una taberna de Estepa. No confiando esta vez en salir absuelto, decidió fugarse. Alguien le proporcionó unas herramientas con las que la noche del 17 de octubre de 1896 consiguió perforar el techo del calabozo y, saltando por los tejados de las casas próximas, salir al campo, llegando agotado a su pueblo, donde se refugió en casa de un pariente.

Tras pasar algún tiempo en el Campo de Gibraltar, dedicado —en colaboración con sus antiguos compañeros— al contrabando, que le proporcionó pingües beneficios, decidió, acosado por los carabineros y la Guardia Civil, marchar a Orán con su familia. Consiguió, para ello, que un amigo le cediera su cédula y la de su familia, pasando a ser José Sánchez, su esposa, Florentina Calvo y los hijos también cambiaron de nombre.

Tras superar alguna dificultad, el 17 de junio de 1898, llegaron a su destino sin novedad. Allí tomó en traspaso, por dos mil quinientas pesetas, una casa de comidas, la Fonda Española, no tardando en contar con numerosa clientela y consiguiendo excelentes beneficios, mas un incidente relacionado con su afición al bello sexo produjo no pocos disgustos familiares y hubo de vender la fonda. Se dedicó durante algún tiempo a la adquisición de comestibles en los almacenes de la ciudad, para venderlos en las poblaciones inmediatas con excelentes ganancias.

Mientras, en la Península, otros cometían delitos que le eran achacados a él.

El 16 de abril de 1902, dos hombres fueron asaltados, en la plaza del León de Orán, por dos individuos que despojaron a uno de ellos, un comerciante hebreo, de diversos valores y más de treinta mil francos; el otro, un español, pudo avisar a la policía, asegurando haber reconocido entre los delincuentes a su compatriota José Sánchez, apodado El Malagueño.

Detenido Camargo al día siguiente, no tardó en ser puesto en libertad por falta de pruebas.

Pronto advirtió que las cosas no le iban como antes, vigilado siempre por las autoridades locales que, finalmente, le obligaron a abandonar aquel territorio.

De nuevo en España, comprendió que no le quedaba otra salida que irse a las Américas en pos de tranquilidad y de fortuna. El 7 de abril de 1904, embarcó con el falso nombre de Lorenzo Vicent rumbo a Buenos Aires. A finales de otoño recibió la noticia del encarcelamiento de su mujer bajo una grave acusación. Regresó a España; Dolores había sido puesta en libertad, pero él había sido declarado en rebeldía, por lo que no se atrevió a acercarse a Estepa, permaneciendo los primeros meses de 1905 en el Campo de Gibraltar.

Ya en su pueblo, prefirió vivir en otro lugar a hacerlo en su casa.

El 20 de septiembre de 1906, se produjo otro asalto parecido al de Villamartín o al de la carretera de Cabra a Priego. Todos atribuyeron el delito a la pandilla de Camargo. Se endureció la acción policial, pero sin obtener resultados, lo que causó no pocas protestas.

Por Madrid circulaban unos ripios debidos a la ingeniosa pluma de Luis de Tapia: “Pasan las gentes curiosas / al cine de la actualidad. / Dos películas preciosas / verán de gran novedad: / ‘José Nakens con esposas’ / y ‘El Vivillo en libertad [...]’”.

Puso nuevamente los ojos en América, llegando el martes 24 de septiembre de 1907 a Buenos Aires, haciéndose llamar esta vez Antonio Barceló Rubio.

No tardó la policía española en interceptar una carta que revelaba su nombre y paradero, y Madrid solicitó de Buenos Aires la extradición del delincuente, que fue capturado el 24 de diciembre y embarcado para España el 1 de febrero de 1908. Ya en Cádiz recibió tratos vejatorios y los carceleros sevillanos se comportaron con idéntica dureza. Le comunicaron que tenía doce causas pendientes en Sevilla y dos en Córdoba. En su defensa recurrió a sus excelentes facultades intelectuales y a dos buenos abogados, el criminalista Banco Garzón y el diputado republicano Rodrigo Soriano, director del diario madrileño España Nueva, no tardando en verse libre de los cargos.

Ya en Córdoba, donde recibió mucho mejor trato, se señalaron los días 22 de mayo y 21 de junio de 1911 para la vista de las restantes causas. Consiguió gracias a su abogado, el prestigioso José María Ortega Contreras, quedar absuelto de toda culpa y, encima, protegido de cualquier otra inculpación, según el artículo 325 del Código Penal vigente, e incluso la posibilidad de procesar por calumnia o difamación a quien osase formular cualquier acusación contra él.

A las once de la mañana del 23 de junio abandonó la prisión. El mismo día pagó la minuta de su defensor, intercalando algún billete falso entre los buenos.

Al día siguiente regresó a Estepa, siendo recibido como un héroe. Agotado y convencido de que los buenos tiempos habían pasado —tenía ya cuarenta y seis años—, decidió buscarse alguna ocupación honrada, explotando su todavía gran popularidad.

El 13 de julio partió para Madrid; allí trató de hacer amistad con personas bien relacionadas. No logró, esta vez, sus propósitos y hubo de conformarse con ingresar en la cuadrilla del torero Antonio Moreno, Moreno de Alcalá, como picador, debutando el domingo 17 de septiembre en Linares (Jaén); pero el primero de octubre, su falta de práctica y el peso de los años le hicieron fracasar en el madrileño ruedo de Vista Alegre.

Intentó, sin éxito, otras actividades. Decidió escribir sus memorias, para lo cual se puso en contacto con el director de España Nueva, que le envió a su alojamiento de la calle de las Huertas —frente al palacio de Canalejas— a uno de sus más hábiles redactores, Miguel España. El libro se vendió bien, pero apenas le produjo beneficios.

Regresó a Estepa, y en abril de 1912 abandonó definitivamente su pueblo natal con su familia y se estableció en Buenos Aires, donde abrió un modesto negocio de chacinería en el Mercado de Flores, no tardando en labrarse una holgada posición. Tras la defunción de su esposa, en 1915, se produjo un brusco cambio en su vida. Siguió con su puesto, pero poco a poco, afectado de una grave depresión, se distanció de sus amigos e hijos, ya casados. El 17 de julio de 1929, puso fin a su vida ingiriendo una fuerte dosis de cianuro potásico en su domicilio, la casa número 378 de la calle Azul.

Luis de Tapia, en La Libertad del 20 del mismo mes cantó el final de “El Bandido robado”: “¡Con gesto triste y sencillo / se ha suicidado ‘El Vivillo’! [...] / ¡Ha muerto el señor Joaquín!”.

 

Obras de ~: Memorias del Vivillo, Madrid, Antonio Marzo, 1911 (ed. de F. Durán López, Sevilla, Espuela de Plata, 2008).

 

Fuentes y bibl.: Dirección General de la Guardia Civil (Madrid), Servicio de Estudios Históricos.

A. de Vukkafranca, Los bandoleros. Mito y realidades, Barcelona, Dux, Ediciones y Publicaciones, s. f.; F. Hernández Girbal, “Entre bandolero y quinqui, El Vivillo”, en Historia y Vida (Barcelona), n.º 64 (julio de 1973); L. Alonso de Tejada, Gente de Trabuco. Historia del bandolerismo español, Barcelona, Editorial Bruguera, 1976.; www.ucm.es/info/museoafc/ loscriminales/criminales/paginas/vivillo.html.

 

Fernando Gómez del Val