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Abbas b. Firnas b. Wardas, Abu l-Qasim

Biografía

Abbās b. Firnās b. Wardas Abū l-Qāsim: Abū l-Qāsim Abbās b. Firnās b. Wardas. Ronda (Málaga), c. 800 – Córdoba, 887. Cortesano, poeta, científico e inventor andalusí.

Su nombre completo era Abū l-Qāsim Abbās b. Firnās b. Wardas. No se ponen de acuerdo los arabistas sobre el linaje de este español universal. Algunos lo hacen descender de una familia de ascendencia bereber; por tanto, de etnia distinta a la árabe, que residía en el distrito de Korah Tarkn, la actual Ronda. Otros, como Francisco Javier Simonet, le suponen de origen andaluz, de familia cristiana posteriormente convertida al Islam. En todo caso, conviene tener muy en cuenta que los autores musulmanes daban a España, refiriéndose principalmente a la España musulmana, el nombre de al-Andalus. De sus datos biográficos se tienen muy escasas referencias. Se sabe que fue mawlà (o “cliente”) omeya y que estuvo al servicio de los emires al-Ḥakam I (180/206 H.- 796/822 C.), Abd al-Raḥmān II (206/238 H.-822/852 C.) y Muḥammad I (238/273 H.-852/886 C.).

En al-Andalus, que no tardaría en ocupar un primer puesto en la cultura universal, germinaron las ciencias modernas, la aritmética y el álgebra (cuyo nombre recuerda su origen árabe). Lo mismo puede decirse de la medicina, la agricultura y de numerosas innovaciones técnicas.

Desde muy pronto los musulmanes andalusíes viajaron a Oriente, tanto para estudiar como para cumplir el precepto de la peregrinación a La Meca, y a su regreso traían las últimas novedades. Fundada en el año 786 la Mezquita de Córdoba, se convirtió pronto en importantísimo centro cultural y, paulatinamente, la medicina, las matemáticas o la astronomía (confundida con la astrología) se fueron introduciendo en la enseñanza superior que se impartía en mezquitas o casas particulares.

Inteligente y estudioso, Ibn Firnās llegó a ser uno de los más notables eruditos del siglo IX, destacando en tantas y tan diversas ramas del saber que el historiador andalusí Ibn Ḥayyān le dio el sobrenombre de Hakim al-Andalus (“el sabio de al-Andalus”). Su constancia y su gran capacidad de trabajo le permitieron dedicarse al cultivo de casi todas las disciplinas, tanto en el área de la investigación científica y técnica como en la creación literaria y de la música. Citando al filólogo sevillano del siglo X al-ZubaydĪ, Elías Terés Sádaba dice de él que era uno de los hombres de mayor capacidad y penetración “para captar los conceptos más sutiles y los secretos de las bellas artes”.

Los conocimientos de Abbās Ibn Firnās abarcaban casi todas las ramas del saber de su época, destacando en las artes como músico (la música estaba considerada entonces como una parte de las matemáticas) y cantante, tal como lo cuentan al-ZubaydĪ y el magrebí al-MaqqarĪ, prestidigitador e ilusionista; en las letras, por sus conocimientos de filosofía y poesía, cultivando el género áulico, lo que le ayudó a mantener su posición como cortesano tantos años, durante tres reinados, y el “abad”, género literario que comprende el conocimiento de cualquier hombre culto y que, a la vez, pretende instruir y distraer, habiendo llegado hasta la actualidad algunos de sus poemas, a través de Muktabis de Ibn Ḥayyān.

Coinciden las crónicas arábigo-andalusíes en presentarlo, tal vez un poco exageradamente, como uno de los primeros ilustrados de al-Andalus, y le atribuyen el desciframiento del tratado de métrica árabe del famoso filósofo, maestro de la escuela de Basora, al-Jalil b. Ahmad, el Kitab al arūd, traído a Córdoba por un mercader, y cuyas reglas prosódicas y paradigmas de escansión, nadie entendía, por lo que estaba abandonado. Tan pronto lo hojeó ibn Firnās captó el sentido del texto, por lo cual el amir Abd al-Rahmān le otorgó un premio de 300 dinares y le regaló lujosos vestidos. A los soberanos andalusíes les gustaba rodearse de una pléyade de científicos, astrólogos y poetas ­—a la manera de los príncipes del Renacimiento en Italia— por el prestigio que para ellos suponía. Conviene recordar, asimismo, que los poetas, literatos o filósofos de los que se rodearon los emires omeyas tenían todos ellos un rasgo común; en su mayor parte cultivaban la astrología.

En este sentido, por encima de su vasta erudición, cabe destacar de Abbās b. Firnās su extensa sabiduría científica y sus aplicaciones tecnológicas e invenciones. De regreso de una misión de Irak se trajo las tablas astronómicas de Sind Hind, de tradición hindú, muy posiblemente en la redacción que hacia el año 830 hiciera de ellas el célebre astrónomo y matemático oriental al-JwarizmĪ, que introdujo en al-Andalus, en los años de Abd al-Raḥmān II, tablas imprescindibles para el posterior desarrollo científico europeo, siendo, al parecer, el introductor en el continente europeo del principio de la brújula y de la numeración arábiga. Otro esfuerzo de su actividad científica fue la solución matemática relativa a la regularidad de los prismas cristalinos.

Ibn Firnās instaló en una habitación de su casa un planetario, que sería —al parecer— el primero en la historia, en el que se reproducía el firmamento con los movimientos del Sol, la Luna, los planetas y las constelaciones entonces conocidos y en cuyo interior se representaban los fenómenos meteorológicos fundamentales, acerca del cual existen muy pocas reseñas; no obstante, se sabe que los visitantes quedaban impresionados —eso era lo que se pretendía— por la aparición de nubes, relámpagos y truenos; por cierto, comparados éstos por su rival, el poeta satírico Mumin b. SaĪd, con las desagradables ventosidades que se le escapaban a su inventor.

Como complemento del planetario diseñó una esfera armilar (dhat alhakak), la primera documentada en al-Andalus, y valiéndose de sus conocimientos de astronomía construyó una especie de reloj al que denominó al-Maqata, que regaló al emir Abd al-Raḥamān II. Posteriormente fabricó un reloj de agua (o clepsidra), dotado de unos autómatas móviles, que permitía determinar la hora cuando no había sol ni estrellas que pudieran servir de guía y que obsequió al emir Muhammad I.

Como alquimista llevó a cabo experimentos importantes con minerales, descubriendo (más bien, redescubriendo) fórmulas para la preparación del cristal o del vidrio a partir de la arena y otros minerales, hecho de enorme importancia para el precoz desarrollo de la industria andalusí del vidrio y su posterior repercusión en el mundo occidental. Construyó para ello hornos especiales, con los que favoreció la implantación y el desarrollo de la industria del cristal en Córdoba, material que antes debía ser importado, con los consiguientes quebrantos económicos.

Con el invento de un aparato volador, se adelantó Ibn Firnās varios siglos a otros ensayos aeronáuticos similares. Todas las crónicas coinciden en el relato de un vuelo, realizado en fecha no bien determinada —pero que puede situarse hacia el año 852, bajo el emirato de Abd al-Raḥmān II—, con un ingenio mecánico proyectado y construido por él mismo.

Dicho artificio consistía en unas alas articuladas y movibles, proporcionadas a su peso, y no a su estatura (como dicen las crónicas de la época), debiendo tener éstas una superficie análoga a la de los actuales parapentes (o paracaídas planeadores). Estas alas estaban hechas de seda y plumas artificiales del mismo material, y en él se metería en una especie de funda, confeccionada también de seda.

En consecuencia, Ibn Firnās debería pender del centro de sustentación de cada ala, articuladas una con la otra. Dado que la fuerza muscular del hombre no podía hacerlo volar, cabe suponer dispusiera de unas barras de accionamiento manual, que irían de la articulación de dichas alas a la barra que servía para que el piloto fijase sus manos; el accionamiento debería ser manuable, como se ha indicado, y se fijaría en vuelo —mediante un trinquete— a las barras de suspensión. Cabe hablar, por tanto, más de un “planeador” que de un “artilugio volador”, que podría tener algún parecido con el “planeador-ornitóptero” del ingeniero alemán Karl Friedrich Meerwein (1781), éste de madera, o con el “ornitóptero” del relojero suizo Jacob Degen (1809), que no pasaron de dar unos simples saltos, nada semejante a un verdadero vuelo.

Habiendo residido en Córdoba, desde muy joven, si no había sido testigo del fallido intento de volar de Armen Firman —personaje cuya existencia algunos ponen en duda—, unos años antes, no resulta imposible que hubiera oído hablar de él. Estudioso del vuelo de las aves, Firman saltó desde una torre de la ciudad de Córdoba, envuelto en unas voluminosas prendas, en la creencia de que así podría volar, pero fracasó; afortunadamente para él, según testimonios contemporáneos, “los pliegues de su vestimenta contenían bastante aire y el golpe contra el suelo le permitió no sufrir heridas de consideración”, lo que más bien parece aludir a un “paracaídas” que a un “planeador”.

Cuando Ibn Firnās hubo concluido su ingenio invitó a los cordobeses, incluido el propio emir, a que fueran testigos de su vuelo. Desde lo alto de una torre de la Rusāfa se lanzó al aire desde unos cien metros de altura, demostrando poseer no sólo una excelente forma física, a su edad, sino un valor sin límites y una gran confianza en su aparato. Durante muy poco tiempo consiguió mantenerse en el aire, mas las dificultadas no tardaron en presentarse cuando fatigado por el tremendo esfuerzo trató de tomar tierra, lo que se produjo con cierta brusquedad.

En sus trabajos acerca de este vuelo, Abbās ibn Frinās y Sobre el “vuelo” de Abbās ibn Firnās, fechados en 1960 y 1964, respectivamente, Elías Terés recoge las dos únicas fuentes acerca del mismo que han llegado hasta nuestros días: el Mugrib, biografía número 239 dedicada por Ibn SaĪd a Ibn Firnās: “Se las ingenió para que su cuerpo volara. Se revistió con plumas sobre tiras de seda. Entonces le fue posible dar un salto en el cielo de la zona de la Rusafa, alzarse por el aire y planear sobre él hasta que cayó a una considerable distancia”, y el Nafh al-tĪb de al-Maqqarī: “Se las ingenió para que su cuerpo volara. Se revistió con plumas y se colocó dos alas. Voló por el aire una gran distancia; porque el ingenio no le sirvió en la caída, porque se dañó el trasero. No tuvo en cuenta que el ave cae sobre el arranque de su cola y no se fabricó ninguna”.

Lo único cierto es que este hecho le valió a Abbas otra sátira de su rival Ibn SaĪd; en todo caso, el eco de este experimento permaneció en la memoria colectiva durante siglos, incluso después de la expulsión de los moriscos. Lamentablemente, no se han conservado los planos del aparato ni las observaciones sobre el vuelo (o vuelos, si los hubo) escritas por el propio Ibn Firnās.

Pese a todo lo expuesto, Abbās b. Firnās fue, en palabras de Julio Samsó Moya, “una figura excepcional dentro del siglo IX, pero no se trata de un científico auténtico sino más bien de un cortesano dotado de una curiosidad enciclopédica que sabía aprovechar muy bien sus conocimientos”.

A causa de algunas de sus prácticas y en particular por sus estudios y conocimientos de las ciencias ocultas, fue acusado, más de una vez, de heterodoxia por parte de los alfaquíes de la nueva escuela malĪkĪ (introducida en al-Andalus, en el año 816), que ponía en duda la sinceridad y el fundamento de sus creencias.

La figura de ibn Firnās trascendió su espacio y tiempo. Muchos escritores árabes actuales recurren al glorioso pasado de al-Andalus, símbolo de la fusión entre Oriente y Occidente, como motivo de inspiración para plantearse en sus obras la cuestión de su identidad frente a Occidente, los problemas que acucian al árabe actual, la situación política del momento, la relación con el pasado y la propia tradición, etc. En este sentido, cabe destacar dos narraciones cortas del sirio Zakariyyā Tāmir (nacido en 1931): al-Tāir (“El aviador”) y Yukkà an Abbās ibn Firnās […] (“Se cuenta de Abbās ibn Firnās […]”), publicadas en 1973 y 1994, respectivamente.

Su experiencia, aunque fallida, ha sido reconocida mundialmente por la comunidad histórica y científica, tal como la han recogido en numerosos libros y artículos investigadores norteamericanos, británicos, franceses, italianos, portugueses, españoles, rusos, griegos y especialmente en el ámbito musulmán. Su fascinante personalidad fue premiada por Libia, que recientemente le dedicó la emisión de un sello conmemorativo. En Irak le fue erigida una estatua (un hombre erguido con alas en los brazos abiertos, listo para saltar al vacío) en la autopista que conduce al aeropuerto internacional de Bagdad, con la siguiente inscripción: “Abbās ibn Firnās. Primer aviador árabe nacido en al-Andalus”. Por su parte, las autoridades del aeropuerto internacional de Doha (Qatar) dieron su nombre al sistema de gestión y administración del mismo.

No terminan aquí las muestras de admiración hacia este irrepetible andalusí, pues, como manifiesta el profesor Paul Kunitzsch, entre los cráteres de la Luna bautizados con nombres de científicos musulmanes se halla el de Ibn Firnās, situado en las coordenadas 7º norte y 122º este. Asimismo, en España, el Congreso de Ministros del 13 de febrero de 2004 autorizó la licitación de las obras de la autovía de acceso al aeropuerto de Córdoba, las cuales contemplan un puente sobre el Guadalquivir, el Puente de Ibn Firnās, proyectado por José Luis Manzanares, catedrático de Estructuras en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla, cuyo emplazamiento es próximo al lugar donde en la primera época califal se encontraban los palacios de verano.

 

Fuentes y bibl.: Información aportada por Agustí Bachs y Galí (Barcelona), periodista e investigador.

Nueva Historia de España, Madrid, Edaf, 1980; R. Arié, España Musulmana (Siglos VIII/XV), Barcelona, Labor, 1984; M. Anglucci, Gran Altas de la Aviación, Madrid, Sarpe, 1985; D. Escudero López, “El precursor de la Aeronaútica Mundial”, en Revista de Aeronaútica y Astronaútica (RAA) (Madrid, Ministerio de Defensa), 338 (enero de 1995); J. Samsó Moya, “Ciencia musulmana en España”, en Cuadernos de Historia 16 (Madrid), 92 (1997); J. Sánchez Méndez, “Abbās ibn Firnās, primer aviador de la Historia”, en RAA, 729 (diciembre de 2003); M. Aragón Huerta, “Abbās ibn Firnās: de personaje histórico a personaje literario, en la obra narrativa de Zakariyyā Tāmir”, en Al-Andalus-Magreb, 7 (1999), págs. 21-42; M. Aragón Huerta, "´Abbas ibn Firnas ", en J. Lirola Delgado y J. M. Puerta Vílchez (ed. y dir.), Biblioteca de al-Andalus, vol. III, Almería, 2004, págs. 168-172; Antonio R. Acedo del Olmo Ordóñez, Abbás Ibn Firnás. El sabio de al-Ándalus, Alcalá del Valle (Cádiz), Editorial La Serranía, 2013.

 

Fernando Gómez del Val