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Diego Marín Aguilera

Biografía

Marín Aguilera, Diego. Coruña del Conde (Burgos), 1757 – 11.X.1800. Mecánico e inventor.

Hijo de Narciso y Catalina, fue bautizado en la parroquia de su pueblo natal por el presbítero arcipreste Jerónimo Coronel. Algunas circunstancias de su vida hacen suponer que su familia —gentes de escasos recursos, pero, según parece, sin agobios económicos— se pudo dedicar a la agricultura y ganadería. La muerte del padre le puso, como primogénito, al cargo de sus siete hermanos, circunstancia que fomentó su sentido de responsabilidad y el carácter emprendedor del que dio sobradas muestras, cuando sólo contaba catorce años.

Ingenioso en extremo, gran observador de la naturaleza y dotado de gran inteligencia natural, pese a ser analfabeto, ideó pequeños inventos llevado por la intención de facilitar el trabajo de sus vecinos, como un nuevo mecanismo —cuando sólo tenía once años— para hacer funcionar un molino que aún se conserva sobre el río Arandilla. Posteriormente, construyó otro artilugio con destino a una máquina para batanes y otra para aserrar los mármoles de las cercanas canteras de Espejón. Igualmente, creó un dispositivo para fustigar a las bestias durante las faenas de la trilla.

Sus largas horas de soledad, pues cuando no ayudaba en la fragua se dedicaba al pastoreo, agudizaron su espíritu reflexivo, mientras observaba el firme y sereno vuelo de las rapaces, especialmente las águilas, por encima de la almenada torre del viejo castillo, hoy en ruinas (declarado bien de interés cultural en 1983). Pasó mucho tiempo estudiando la forma de su vuelo, lo que le llevó a discurrir la construcción de un aparato volador, una especie de “pájaro mecánico”. Para ello decidió acumular la mayor cantidad posible de datos antes del inicio de la empresa.

Así, durante seis años consiguió atrapar —mediante trampas donde utilizaba como cebo carne de reses muertas— un buen número de águilas y buitres, a los que desplumaba, pesando por separado el plumaje y el cuerpo, midiendo la envergadura de las alas, hasta hacerse con una cantidad de plumas que guardaran proporción con el peso de su cuerpo y con las dimensiones del artilugio que tenía ideado.

Cuando Diego creyó hallarse en posesión de todos los datos —con la ayuda y complicidad del herrero del pueblo, de su único amigo Joaquín Barbero y de una hermana de éste—, inició la construcción de su máquina voladora que, por lo que se sabe, guardaba algún parecido con un “ala delta” actual, compuesta por una viga armada de madera y dotada de alas constituidas por varillas de hierro cruzadas de alambres en las que colocó telas y plumas; dichas alas tenían una envergadura de unos ocho metros, recordaban a las de las aves y se movían en abanico, mientras que la longitud del cuerpo propiamente dicho era de unos cuatro metros y medio.

En su centro de gravedad se situó Marín, en un pequeño bastidor de madera sujeto con correas para soportar su peso. Las alas se batían mediante unas manivelas, y con unos estribos, en la parte inferior, podía —con los pies— dirigir y orientar la cola del singular aparato. Naturalmente, se imponía el más absoluto sigilo, ya que en la España de la época tales actividades se consideraban más próximas a la brujería que a la ciencia.

La noche del miércoles 15 de mayo de 1793, ascendió, ayudado por sus amigos y confidentes, hasta la peña más alta del castillo, ya que era imposible que una sola persona pudiera manejar el aparato, y desde allí se lanzó al espacio. Se elevó unas cinco o seis varas (una vara burgalesa equivale a 0,835 metros) y salió volando en dirección al Burgo de Osma y Soria, donde tenía parientes a los que pretendía visitar. Pasó en vuelo rasante por encima de las casas del pueblo y recorrió una distancia de cuatrocientas treinta varas (trescientos cincuenta y nueve metros), cuando sufrió una avería que le hizo caer a tierra, cerca del cauce del Arandilla, al haberse roto una pernia del ala derecha, sin más consecuencias que la contrariedad sufrida.

Habiendo comprobado que su máquina funcionaba, pensó en reconstruirla y perfeccionarla, más convecinos y parientes, temiendo le ocurriese alguna irreparable desgracia, se la destrozaron y quemaron.

Triste y abatido, cayó en una profunda depresión que le llevó al sepulcro. Fue inhumado, como consta en el acta de defunción firmada por el párroco José Sacristán Marín y Aragonés, en el interior de la iglesia de San Martín de Tours del pueblo, no lejos del púlpito.

Dejó sus escasos bienes para misas y atenciones benéficas de la parroquia.

Diego Marín Aguilera fue, sin duda, el primer hombre de la historia que consiguió volar, tal como numerosos estudios y documentos lo demuestran —si bien su hazaña ha sido sistemáticamente ignorada por los estudiosos extranjeros—, adelantándose casi un siglo al ingeniero alemán Otto Lilienthal, muerto en 1896, a los cuarenta y ocho años, cuando experimentaba con uno de sus planeadores. Por tal motivo, el Ejército del Aire rinde merecido homenaje a Diego Marín como el antecesor de la Aviación Española.

En fechas recientes, su hazaña fue reconstruida en un aparato similar —no igual, ya que Marín no dejó ningún dibujo, descripción o testimonio de ninguna clase— al utilizado en 1793; eso sí, se emplearon para el programa televisivo Al filo de lo imposible idénticos materiales, construido en colaboración con la Facultad de Ingenieros Aeronáuticos de la Universidad Politécnica de Madrid.

El hecho también pasó al séptimo arte, con el filme La fabulosa historia de Diego Marín, dirigido por Fidel Cordero, en 1996, y premiado con un Unicornio de Plata en la I Semana de Cine Fantástico y de Terror en Estepona (del 11 al 16 de septiembre de 2000).

 

Bibl.: F. V. de la Cruz, Burgos, Torres y Castillos, Burgos, Caja de Ahorros Municipal de Burgos, 1978; A. González Bétez, Historia gráfica de la Aviación Española, Madrid, Colegio de Ingenieros Aeronáuticos de España, 2000; E. Herrera Alonso, “Diego Marín Aguilera. El primer hombre que voló”, en Revista Española de Historia Militar, 42, 18 de diciembre de 2003.

 

Fernando Gómez del Val