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Rodrigo de Ceballos

Biografía

Ceballos, Rodrigo de. Aracena (Huelva), c. 1534 – Granada, 1581. Maestro de capilla y compositor.

Pertenecía a una amplia familia de músicos al servicio de la catedral de Burgos. El apellido de estos músicos suele venir escrito, en las fuentes originales, en varias formas: Ceballos, Cevallos, Çauallos... El primer Ceballos que se encuentra documentado es Rodrigo de Ceballos, que fue recibido como cantor y maestro de capilla de la catedral el 19 de enero de 1503; parece que al momento de ser recibido era cantor de la capilla del obispo; debió de morir hacia 1532, pero llevaba varios años incapacitado, por lo que le ayudaba su hijo Francisco de Ceballos, que a su muerte (c. 1555) le sucedió en el cargo; otro hijo de Rodrigo, Juan, fue recibido como cantor y capellán el 29 de julio de 1532, y fue el padre de Rodrigo de Ceballos.

Nada se sabe de la formación musical de este Rodrigo de Ceballos, pues los pocos documentos que hay anteriores a 1556 son, aparentemente, contradictorios.

He aquí los principales: que fuese natural de Aracena consta explícitamente por un documento de la capilla real de Granada; que fuera hijo de Juan de Ceballos, cantor de la catedral de Burgos, y sobrino de Francisco, maestro de capilla de la misma, consta también categóricamente por uno de la catedral de Burgos; pero hay un Juan de Ceballos, maestro de capilla, que emigró a América hacia 1536. La primera conclusión a que parece poder llegarse sería que este Juan de Ceballos, que parece era buen músico y compositor, y que probablemente aspiraba a ser maestro de capilla, cargo que no podía conseguir en Burgos por estar ocupado por su hermano Francisco, decidiese emigrar a América, para lograr allí un buen puesto, y que antes de embarcar se hubiese casado en Andalucía, donde habría nacido su hijo Rodrigo. De hecho, el primer documento seguro sobre Rodrigo de Ceballos es el acuerdo capitular del cabildo de Sevilla, de 7 de octubre de 1553, por el que el cabildo determina escribir tres grandes libros de polifonía y encarga de ello “a Rodrigo de Ceballos, músico, que al presente se halla en esta ciudad desocupado y es hábil para ello”; y hay que tener en cuenta, a este respecto, que en aquel momento Aracena pertenecía a la diócesis de Sevilla.

Se podría, pues, pensar que la formación musical la hubiera recibido Ceballos en la catedral de Sevilla; pero la redacción del documento que se acaba de mencionar parece desmentir esta suposición, ya que da la impresión de que, aparte de ser joven, no era demasiado conocido en la catedral, pues si antes hubiera sido, por ejemplo, mozo de coro allí, o algo similar, la redacción del acta habría sido diversa. Que era joven y sin grandes pretensiones se deduce de que esa misma acta dice explícitamente que por ese trabajo no recibiría remuneración económica alguna, sino tan sólo, como dice el acta, “al cual los dichos señores mandaron dar lo que fuere justo para su sustentación mientras durare el tiempo de la dicha obra”.

La otra noticia contradictoria es el acta capitular de la catedral de Burgos del 3 de septiembre de 1554, que dice que se acordó escribir al obispo de Málaga y al cabildo de aquella catedral pidiéndoles que favoreciesen “al hijo de Juan de Ceballos y sobrino de Francisco de Ceballos, maestro de capilla, que va a la oposición de maestro de capilla de aquella santa iglesia”.

No solían los cabildos españoles comprometerse de esa manera para personas desconocidas; por ello, y por el compromiso que esa recomendación suponía para el cabildo de Burgos respecto del de Málaga y del obispo de esa diócesis, y hasta por la redacción misma del acta, “que va...”, parece deducirse que había, por parte del cabildo de Burgos, un interés no pequeño, casi personal. No parece que para esa decisión bastara que el maestro de capilla —si es que Juan, el padre de Rodrigo, no estaba ya en Burgos, como parece— se lo hubiera pedido al cabildo.

Ciertamente, en aquel momento Ceballos seguía en Sevilla —a menos que se hubiera trasladado momentáneamente a Burgos, por el motivo que fuere, cosa que parece del todo inverosímil—, ya que el Cabildo de Málaga, tras esas oposiciones a maestro de capilla, a las que se presentaron, además de Ceballos, otros cinco opositores, al darles ayuda de costa, decidió que a tres de ellos se les diesen diez ducados a cada uno, y a los otros tres, “por vivir más cerca”, sólo cinco; y entre los tres a los que sólo se les dieron cinco ducados estaba Ceballos, lo que indica claramente que vivía “cerca” de Málaga. No ganó esa oposición, aunque tuvo varios votos para el primer lugar y mayoría de ellos para el segundo. De todas formas, si para 1554 podía ya opositar a un magisterio de capilla, y precisamente a uno de la importancia de Málaga, significa que no podía tener para entonces menos de unos veinte años, lo que confirmaría la fecha de nacimiento propuesta, en torno a 1534, o quizás algo antes, aunque no mucho, pues el acta citada de Sevilla parece presuponer que en 1553 era todavía un joven.

Debe, pues, quedar así, en suspenso, toda esta primera parte de la biografía de este gran maestro, a la espera de que aparezca algún documento o dato nuevo que aclare alguna de estas numerosas incógnitas que en este momento existen.

El siguiente dato ya es más claro: el 31 de enero de 1556 se vio en el cabildo de la catedral de Córdoba una carta escrita por un canónigo de la propia catedral, que entonces estaba en Sevilla, “diciendo que en Sevilla estaba un cantor tiple de muy buena voz y habilidad, y que tenía concertado con él que viniese a esta santa iglesia a servir por el partido que en Sevilla se le daba, que eran mil reales y dos cahices de trigo”, y que ese cantor —que era Ceballos— se iría a Córdoba por la misma cantidad que tenía en Sevilla.

El cabildo acordó, ese mismo día, recibirlo con ese salario. Parece claro que había algo más, pues sería impensable que Ceballos cambiara de catedral por el mismo salario, si no hubiera habido algún motivo adicional. Y lo hubo: pocos meses después de recibido fue nombrado ayudante del maestro de capilla, que era muy anciano y no podía cumplir con los deberes de su oficio, y menos de un año después ya fue nombrado maestro de capilla de pleno derecho, aunque no propietario, que lo seguía el maestro titular, que, aunque jubilado, vivía todavía.

Finalmente, en 1561, y previa una dura oposición, fue nombrado maestro de capilla de la capilla real de Granada; la Real Cédula de nombramiento está fechada el 28 de junio de ese año. Ya no se movería de Granada, manteniendo ese cargo —que era muy honroso, pues llevaba consigo el ser capellán real con todos los honores y preeminencias de estos capellanes, incluida la de voz y voto en cabildo— hasta su muerte, que, como queda dicho, acaeció en 1581, sin que se sepa la fecha exacta.

Ceballos fue un compositor muy admirado en vida y después de su muerte. Lo expresó Vicente Espinel (La casa de la memoria, Madrid, 1591) cuando escribió: “[...] estaba el gran Ceballos, cuyas obras / dieron tal esplendor en toda España”. Pero no tuvo la fortuna de los otros cuatro grandes compositores de ese siglo —Morales, Victoria, Guerrero y Juan Navarro— de ver publicadas sus obras en vida. Por ello su recuperación en los tiempos modernos fue lenta, aunque siempre en aumento: desde que Hilarión Eslava publicó varios motetes suyos en 1852 hasta que, en 1995, Robert Snow comenzó a publicar sus obras completas (que concluyó en 2002), pasando por las ediciones de Pedrell, Elústiza- Castrillo y el padre Samuel Rubio, Rodrigo de Ceballos fue siendo más y más conocido y admirado, como ya lo había sido en vida, según se desprende de las numerosas copias de sus obras, que existen en muchas catedrales de España y de Hispanoamérica.

En efecto, Ceballos es uno de los más eximios compositores españoles del que con toda justicia es llamado El Siglo de Oro de la música española. Las obras suyas que, según la edición de Snow, se conservan son: cuatro misas —todas a cuatro voces, pero todas con el segundo Agnus Dei a cinco voces—; veintitrés motetes a cuatro voces y dieciocho a cinco; cuarenta composiciones varias en latín y ocho canciones en castellano. Una producción menos numerosa que la de los otros grandes compositores hispánicos de ese siglo, pero es que se ha perdido la mayoría de sus obras, ya que consta que compuso muchas más, e incluso comienzan a descubrirse algunas, que Snow no conoció, que parece podrán constituir un volumen más, a añadir a los cinco publicados por el sabio hispanista. Desgraciadamente, una de las fuentes más importantes, un códice de la catedral de Toledo, es ilegible, por estar comido el papel por la tinta.

Todas sus obras son de una pureza contrapuntística verdaderamente modélica. Como sucede con las de Victoria, y aun con las de Guerrero y Juan Navarro, casi no contienen cánones, y ciertamente ninguno “enigmático”, sino que se reducen, en los Agnus Dei a cinco voces, a cánones a diversas alturas sobre una voz escrita; además, en varias de las fuentes esos cánones aparecen ya resueltos.

Todo eso se refiere a las obras en latín, que, en verdad, son ejemplos supremos de la perfección, estilística y espiritual, a que había llegado la música española postridentina.

Las canciones en castellano, en cambio, merecen un comentario más detallado, por el profundo significado que tienen. Son todas profanas; es decir, no se conserva ninguna de las numerosas que compuso en castellano para determinadas festividades de la capilla real de Granada, y probablemente también para la catedral de Córdoba: “villancicos”, “chanzonetas”, etc., para los maitines de la noche de Navidad, la procesión del Corpus y otras festividades. En estas canciones profanas, pues, el lenguaje musical que usa Ceballos es notablemente más sencillo que el de las obras litúrgicas en latín, abundando en ellas los pasajes homorrítmicos, con frecuentes pasajes en dúos y hasta cierta preponderancia de una voz sobre las demás, como también ciertas fórmulas expresivas, así como otros elementos compositivos que, en cierto modo, superan ya el lenguaje renacentista y anticipan la nueva estética prebarroca, que por aquellos años comenzaba a gestarse en España.

Se trata, en todo caso, de canciones “de cámara”, similares a los madrigales italianos de la época, aunque el sabor es típicamente hispánico; pero, de todas formas, de una perfección, técnica y estilística, y de una belleza parangonables a las mejores composiciones en este estilo, de cualquier nación o compositor que fuere.

 

Obras de ~: eds.: H. Eslava, Lira Sacro Hispana, vol. I (1852): Tres motetes, que Eslava atribuye eróneamente al tío de Rodrigo, Francisco de Ceballos; F. Pedrell, Hispaiae Schola Musica Sacra, vol. VI, Leipzig-Barcelona, 1897 (reed. facs., New York, 1971): ocho salmos en fabordón; J. B. Elúztiza y G. Castrillo, Antología musical. Siglo de oro de la música litúrgica de España. Polifonía vocal. Siglos xv y xvi, Barcelona, 1933: 6 motetes a 4 voces; S. Rubio, Antología polifónica sacra, vol. I, Madrid, 1954: 2 motetes a 4 voces; R. Snow, Obras completas de Rodrigo de Ceballos, Granada, Centro de Documentación Musical de Andalucía, 1995-2002, 5 vols.

 

Bibl .: R. Stevenson, Spanish Cathedral Music in the Golden Age, Berkeley/Los Angeles, University of California Press, 1961 (ed. esp.: La música en las catedrales españolas del Siglo de Oro, Madrid, Alianza Editorial, 1993); A. Llordén, “Notas históricas de los maestros de capilla y organistas, mozos de coro y seises de la catedral de Málaga (1498-1583)”, en Anuario Musical, XVI (1961), págs. 99-148; J. López-Calo, La música en la catedral de Granada en el siglo xvi, Granada, Fundación Rodríguez-Acosta, 1963; R. Snow, The extant music of Rodrigo de Ceballos and its sources, Detroit, Detroit Studies in Music Bibliography, 1980; R. Stevenson, La música en la catedral de Sevilla, 1478-1606. Documentos para su estudio, Madrid, Sociedad Española de Musicología, 1985; J. López-Calo, Catálogo del archivo de música de la Capilla Real de Granada, vol. I, catálogo, Granada, Centro de Documentación Musical de Andalucía, 1993; Documentario musical de la Capilla Real de Granada, vol. I. Actas Capitulares, Granada, Centro de Documentación Musical de Andalucía, 2005.

 

José López-Calo