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Beata Ana de San Bartolomé

Biografía

Ana de San Bartolomé, Beata. Almendral de la Cañada (Toledo), 1.X.1549 – Amberes (Bélgica), 7.VI.1626. Ilustre carmelita descalza (OCD), compañera de Santa Teresa que expandió el Carmelo Teresiano en Francia y Flandes, beata.

Ana García Manzanas era la sexta de los siete hijos de Hernán García y María Manzanas, personas muy devotas que cimentaron durante la infancia de su hija el camino de profunda espiritualidad que desarrolló a lo largo de su vida. En 1558, cuando Ana tenía nueve años, murió su madre y un año después, su padre, quedando la pequeña al cuidado de sus hermanos.

Muy pronto tuvo que ayudar al mantenimiento familiar y se hizo cargo del cuidado del rebaño en los campos aledaños a Almendral. Fue entonces cuando comenzó a sentir junto a sí la presencia del Niño Jesús, sin sobresaltos, como algo connatural a ella misma, y empezó a experimentar profundos recogimientos. La contemplación del paraje que la rodeaba y el silencio fueron un inmejorable caldo de cultivo para desarrollar ese don que fue horadando una profunda vida interior.

Sólo compartía su secreto con su prima Francisca, a la que le unía la misma edad y, sobre todo, idénticas aspiraciones espirituales. A medida que crecían las dos jóvenes huían de pasatiempos mundanos y de reclamos matrimoniales soñando con una vida de pleno retiro sin saber qué camino tomar para encontrarla.

Un día Ana tuvo una visión en la que sintió que la Virgen le decía: “Hija, no tengas pena, yo te haré monja en mi casa” y unas monjas que le ofrecían un vaso de agua. Poco después, cuando tenía diecisiete años, llegó a Almendral un clérigo nuevo que al escuchar el relato de su extraña visión reconoció rápidamente el convento de San José de Ávila, cuna del Carmelo Descalzo que acababa de fundar la entonces controvertida Teresa de Jesús. Ana compartió el gozo de haber descifrado su misterioso sueño con su prima Francisca a la que también implicaba la visión y que tenía sus mismos ideales de vida monacal. Pero su alegría duró poco tiempo, ya que chocó con el temido rechazo familiar. Sus hermanos quisieron desvanecer pronto lo que consideraban una absurda pretensión, y le buscaron candidatos a su mano para que un matrimonio de conveniencia pusiese fin a todas sus ensoñaciones.

En tales tribulaciones Ana sólo encontraba refugio y comprensión en su prima que anhelaba la misma vida. Los hermanos, ante la imposibilidad de disuadirla, optaron por multiplicar su trabajo para vencer su hostilidad al matrimonio.

Al fin, siguiendo las indicaciones del clérigo, el 29 de junio de 1570, fiesta del apóstol San Pedro, la llevaron a Ávila para conocer el supuesto convento de sus sueños, convencidos de que al comprobar la dureza de esa vida abandonaría la idea de ser monja.

Pero, al entrar, Ana sintió una gran afinidad con el lugar y reconoció la cara de la monja que, como en la visión, le entregaba un vaso de agua. Ya no hubo argumentos ni opciones que en el mundo la hiciesen desistir de seguir el camino que la Virgen le había indicado. Tras fuertes enfrentamientos, la familia aceptó su vocación religiosa a condición de que ingresase en una orden de prestigio y no siguiendo los pasos de la “loca Teresa de Jesús”, cuyos escándalos fundacionales y guiños con la Inquisición eran conocidos en toda Castilla. Ni las amenazas de sus hermanos, ni las apetecibles propuestas de otras órdenes religiosas de menor rigor, la hicieron torcer su deseo de entrar en el primer Carmelo Descalzo. Además les confesó su anhelo de ser hermana lega o de velo blanco, es decir, monja exclusivamente dedicada a las tareas de servicio a la comunidad y sin posibilidad de ejercer ningún cargo conventual, lo que todos consideraron una grave afrenta familiar. Fueron tales las presiones a que fue sometida para desistir, y tal su empeño en defender su vocación, que somatizó tanta presión, tanta lucha interna y externa, y su salud se resintió hasta el punto de quedar prácticamente inválida. Sus hermanos, angustiados ante esta inesperada situación, ofrecieron una novena por su curación al apóstol san Bartolomé y, alrededor de su fiesta —24 de agosto— de aquel año de 1570, la llevaron hasta una ermita dedicada a él donde al entrar se sintió repentinamente curada. En gratitud al apóstol san Bartolomé que ella consideró siempre el artífice de su curación, le eligió para su nuevo nombre de carmelita. Al fin, vencidas las últimas dificultades, el 1 de noviembre de ese año emprendió el viaje a Ávila, encaminando sus pasos hacia otra vida de retiro y soledad y alejándose para siempre de los campos y montes de su infancia.

Al atardecer del día siguiente, 2 de noviembre —festividad de las Ánimas—, Ana cruzó la puerta reglar del convento de San José y fue recibida por María de San Jerónimo que, en ausencia de Santa Teresa que estaba fundando en Salamanca, dirigía la vida conventual.

Tres meses antes había cruzado la misma puerta otra gran carmelita, Ana de Jesús (Ana Lobera). Dos mujeres, dos Anas que entonces se engarzaron como dos piedras preciosas en la incipiente corona del Carmelo Teresiano que, andando el tiempo, ellas implantarían en Francia y Flandes. El encuentro de Ana de San Bartolomé con Santa Teresa debió tener lugar entre la Navidad de 1570 y la primavera de 1571 y sería breve, ya que la Santa iniciaba entonces su conflictivo trienio como priora en el monasterio de la Encarnación de Ávila. Por esta razón no pudo estar presente el 15 de agosto de 1572 en la sencilla ceremonia de profesión de Ana de San Bartolomé, la primera hermana lega, freila o también llamada de velo blanco, que admitió en su primer Carmelo. En su ausencia, Santa Teresa dio instrucciones para la ceremonia en la que predicó un jesuita y Ana firmó en el Libro de Profesiones con una simple cruz. Durante el noviciado atravesó grandes tribulaciones que cribaron su alma aligerándola para alzar el alto vuelo de la espiritualidad del Carmelo. Pero pronto la gran exigencia con que vivía su entrega al Señor hizo mella en su salud, convirtiendo a la otrora recia campesina en un ser débil y enfermizo. En octubre de 1574 Santa Teresa finalizó su priorato en la Encarnación y en enero de 1575 quiso que Ana la acompañara a fundar el Carmelo de Beas de Segura, pero su delicado estado de salud no se lo permitió.

En 1577, cuando por graves problemas internos de la Orden del Carmen hacia la naciente Descalcez, ordenaron a Santa Teresa retirarse a uno de sus conventos y no fundar más, regresó a su primera fundación donde se reencontró con Ana de San Bartolomé que, a partir de ese momento, se convirtió en su compañera inseparable. Fue entonces cuando, viendo su estado de debilidad y reconociendo en ella sus propios padecimientos espirituales de otros tiempos, Santa Teresa decidió distraerla de tanto ensimismamiento interior ocupándola en atender a las demás, sobre todo a las que no gozaban de buena salud, nombrándola “priora de enfermas”. Poco después Santa Teresa rodó por la escalera del convento rompiéndose el brazo izquierdo y quedando imposibilitada para manejarse con él, por lo que Ana de San Bartolomé se convirtió en su enfermera.

El año siguiente le reportó una gran alegría ya que, el 3 de julio 1578, su prima Francisca profesó en el Carmelo de Medina del Campo, también como hermana de velo blanco, con el nombre de Francisca de Jesús. En 1579 empezaron a ceder los problemas con la Orden y Santa Teresa fue autorizada a visitar los conventos ya fundados y a fundar otros nuevos.

Desde entonces Ana de San Bartolomé se convirtió, junto a ella, en andariega de caminos, y participó en la fundación de los cuatro últimos Carmelos: Villanueva de la Jara, Palencia, Soria y Burgos. Durante una visita al Carmelo de Salamanca, en 1579, le pidió Santa Teresa que la ayudase a contestar su numerosa correspondencia, a lo que Ana de San Bartolomé le contestó que le diese una carta suya para aprender a escribir, y a partir de ese momento, y con una letra tan parecida que era difícil distinguir la grafía de una y otra, se convirtió también en su secretaria. Santa Teresa se acercaba al final de su vida y, conocedora de la valía de su fiel hermana lega y de sus dotes para ocupar cargos relevantes en sus Carmelos, le propuso en varias ocasiones el cambio de velo para que, como monja de coro, pudiese desempeñarlos. Pero Ana de San Bartolomé, a pesar de la pena que le causaba no complacerla, siempre rechazó tal propuesta basándose en su vocación de servicio. El gran aprecio que Santa Teresa le profesaba quedó plasmado en una frase que ha conservado la tradición oral del Carmelo Teresiano: “Ana, Ana, tú eres la santa, yo tengo la fama”.

El otoño de 1582, cuando regresaban al Carmelo abulense tras llevar a cabo la fundación de Burgos, en Medina del Campo recibió Santa Teresa una inesperada orden que desvió sus pasos hacia la villa ducal de Alba de Tormes, donde llegó moribunda. En el momento de su muerte, al anochecer del 4 de octubre de 1582, reclamó junto a sí a Ana de San Bartolomé para morir entre sus brazos. Desde entonces la beata fue considerada heredera del carisma teresiano y un nuevo horizonte se abrió en su vida.

En 1604, cuando se tramitaba la implantación del Carmelo teresiano en Francia, los delegados franceses solicitaron que ella y Ana de Jesús encabezasen la expedición de las seis carmelitas descalzas elegidas para fundar en París. Por mandato papal tuvieron que aceptar los superiores del Carmelo Descalzo la marcha de estas insignes hijas de Santa Teresa que, en el país vecino, quedaban bajo la autoridad de tres superiores franceses hasta que fundasen los frailes carmelitas, momento en que volverían a su jurisdicción. Con este compromiso, el 29 de agosto de 1604 salieron las monjas del convento de San José de Ávila camino de la capital francesa, donde llegaron el 15 de octubre.

Tres días después fundaron en París el Carmelo de la Encarnación del que quedó priora Ana de Jesús, y pronto recibieron la visita de la reina María de Médicis que quería conocer y apoyar la obra teresiana. Las vocaciones francesas crecieron con inusitada rapidez y Ana de San Bartolomé tuvo que encarar el doloroso asunto de aceptar de manos extranjeras el cambio de velo que no había aceptado de la propia Santa. Al fin, el 13 de enero de 1605, en aras de la expansión de la obra de su querida Madre y Maestra, aceptó que le impusieran el velo negro de monja de coro que la capacitaba para ser fundadora de nuevos Carmelos.

Tres días después fundó el Carmelo de Pontoise del que fue nombrada priora y que dedicó a la tan teresiana advocación de San José. A los nueve meses tuvo que abandonarlo para hacerse cargo, el 9 de septiembre de 1605, del priorato del Carmelo de París donde dio el hábito a dos damas protestantes de la corte de la reina. A partir de entonces inició Ana la “noche oscura” de su vida, ya que tuvo graves enfrentamientos con Pierre Bérulle, uno de los superiores franceses, por mantenerse fiel al carisma teresiano frente a sus injerencias para manipularlo. A consecuencia de ello, y a pesar de ser la priora, fue separada del gobierno de sus hijas y aislada dentro del propio convento. Dada la difícil situación que vivían las carmelitas, Ana de Jesús valoró regresar a España pero, al fin, optó por ir a fundar en Flandes y, en 1607, abandonó Francia para fundar el Carmelo de Bruselas. A su paso por París le propuso a Ana de San Bartolomé irse con ella, pero la beata había aceptado ir a Francia como un sacrificio en aras a la difusión del Carmelo Teresiano y no estaba dispuesta a ceder ante la manipulación de su carisma, por lo que prefirió quedarse en espera de la llegada de los frailes carmelitas. En este triste período compuso, transformando a lo divino al estilo de Santa Teresa, uno de sus poemas más bellos Si ves mi pastor como un reclamo a su Esposo y Señor en esas horas de honda tribulación. En marzo de 1608 renunció a su cargo de priora en París y partió para fundar en Tours, donde el benefactor del nuevo Carmelo exigía que ella fuese la fundadora. Pero, a pesar de la distancia, P. Bérulle siguió controlando su vida y su correspondencia. Allí tuvo Ana de San Bartolomé la visión en que Santa Teresa le indicaba el camino de Flandes. Al finalizar el priorato de Tours, en junio de 1611, le ofrecieron fundar en Ruan, pero prefirió volver a París para gestionar su vuelta a la jurisdicción de la Orden con los frailes carmelitas que ya se habían establecido en Bruselas.

Fiel a su destino, en octubre de 1611, Ana de San Bartolomé, con sesenta y dos años, abandonó Francia camino de Flandes. En el Carmelo de Mons pasó un año en espera de ir a fundar a Cracovia o a Amberes.

Al fin se despejó la duda y el 17 de octubre de 1612 partió hacia Amberes. De camino pararon en la palacio de Mariemont porque la infanta Isabel Clara Eugenia —hija de Felipe II— y su esposo, el archiduque Alberto de Austria, entones Soberanos de los Países Bajos, querían conocer a la hija tan querida por Santa Teresa que, al fin, fundaba en sus tierras atendiendo a sus deseos de enraizar la fe católica a través de la implantación de órdenes religiosas que combatieran, como bastiones de oración, el imparable avance protestante. Ese primer encuentro fue el inicio de una relación que convirtió a la beata en íntima amiga y consejera de la infanta. Después Ana de San Bartolomé y sus compañeras pasaron unos días en el Carmelo de Bruselas, donde Ana de Jesús la recibió como recibían a Santa Teresa en sus fundaciones: con capa blanca, velas encendidas en las manos y cantando un Te deum.

A finales de octubre de 1612 Ana de San Bartolomé llegó a la ciudad de Amberes que acogería su vejez y su muerte, y donde el 6 de noviembre fundó el Carmelo que, una vez más, dedicó a la advocación de San José. A la primera novicia flamenca le impuso el nombre de Teresa de Jesús. En este tiempo tuvo la alegría de reencontrarse con el padre Gracián —primer provincial que había tenido la Descalcez e hijo predilecto de Santa Teresa—, con quien tuvo importantes conversaciones sobre el discurrir de su vida que quedaron plasmados en sus Diálogos. Mientras consolidaba la fundación belga recibió una de las noticias más felices de su vida: la elevación a los altares de Teresa de Jesús, la mujer que ella siempre había considerado santa en vida. Y fue Ana de San Bartolomé, su fiel hermana lega convertida en andariega de caminos extranjeros quien, tras la beatificación el 24 de abril de 1614, dedicó por primera vez en todo el mundo un Carmelo a su advocación. Así el Carmelo de Amberes pasó a llamarse desde ese día de Santa Teresa y San José. En 1619 ingresó en el Carmelo una dama de la infanta, Clara de la Cruz, que, como un día hizo ella a petición de Santa Teresa, pronto se convirtió en su secretaria. Y el 12 de marzo de 1622 la comunidad celebró con gozo la canonización de Teresa de Jesús, cuya devoción, día a día, ella tanto contribuía a difundir en Centroeuropa. A pesar de su vida de rigurosa clausura, Ana de San Bartolomé ejerció una importante influencia en la sociedad flamenca de su época, ya que fue íntima amiga y consejera de la infanta y de numerosos soldados y generales de los famosos Tercios de Flandes que, entonces, luchaban contra el avance protestante. En dos ocasiones se consideró vencido el peligro del asedio a la ciudad de Amberes gracias a su intercesión. La primera fue en diciembre de 1622, cuando Mauricio de Nassau, príncipe de Orange, intentó tomar la ciudad y Ana de San Bartolomé, alertada interiormente de que algo grave ocurría, despertó a la comunidad para acudir al coro a rezar toda la madrugada. La gran tormenta que inesperadamente se cernió sobre Amberes trocó la esperada victoria del holandés en una retirada. Este hecho despertó gran interés por la hija de Santa Teresa y su fama de santa se extendió rápidamente. La segunda ocasión en que, también por su intercesión, se consideró infructuosa la invasión de los protestantes fue dos años después, en octubre de 1624, durante el famoso asedio de Breda. Entonces Amberes estaba desprotegida porque el mayor efectivo de tropas estaba en el asedio al mando del general Espínola, por lo que el príncipe de Orange consideró llegado el momento oportuno de tomar la ciudad. De nuevo el sobresalto nocturno de Ana de San Bartolomé y sus rezos fueron considerados la causa de otra gran tempestad que hizo naufragar nuevamente los intentos del holandés. La creencia general —encabezada por la propia infanta que escribió minuciosamente lo ocurrido a su sobrino el rey Felipe IV—, de que había sido la providencial intercesión de la carmelita la que había frenado el asalto protestante a la ciudad, hizo que el obispo abriese una diligencia sobre el asunto en la que declararon todos los testigos. A resultas de ello las autoridades civiles, eclesiásticas y militares reconocieron a Ana de San Bartolomé como libertadora de Amberes.

El 5 de junio de 1625 el general Espínola logró la rendición de Breda. Cuando un mes después, la infanta se dirigía hacia allí se detuvo en el Carmelo de Amberes para visitar a su amiga y protectora de la ciudad, y al reanudar el viaje hacia Breda, considerado muy peligroso, la infanta le rogó, hincada de rodillas, que les bendijese a ella y a toda su corte.

Los dos últimos años de su vida padeció varias enfermedades. En enero de 1626 se agravó su delicado estado de salud y tan sólo le preocupaba morir en paz, como ella decía “sin ruido ni barahúnda”, ya que cada vez que empeoraba, la infanta mandaba a su médico personal para atenderla y toda la corte estaba pendiente de ella. El 19 de marzo murió su prima Francisca y esta noticia apagó aún más su vida. En los últimos meses pedía a sus hijas que le cantasen los versos de San Juan de la Cruz ¿Adónde te escondiste, Amado? Al fin se cumplió su deseo y cuando el 4 de junio tuvo una recaída no pareció de gravedad. Pero poco después empeoró y, ante su inminente muerte, con gran serenidad pidió una reliquia de su querida madre Teresa de Jesús. Murió como ella quiso, rodeada de sus hijas y sin llamar la atención, el atardecer del domingo 7 de junio de 1626, festividad de la santísima Trinidad, misterio del que era muy devota.

Cientos de personas de toda clase y condición social se acercaron hasta el Carmelo para venerarla como una santa. El confesor de la infanta, el agustino fray Bartolomé de los Ríos, ofició dos funerales, uno en Amberes, previo al entierro, ante el obispo y todas las autoridades; y otro, muy solemne, en la catedral de Bruselas, presidido por la infanta y su corte.

Poco después de su muerte sus hijas eligieron como nueva priora a la que había sido su primera novicia flamenca: Teresa de Jesús, que tuvo el difícil papel de sustituir a la única priora que habían conocido y encauzar su proceso de beatificación y canonización.

Pronto se multiplicaron los milagros, el primero tuvo lugar pocas horas después de su muerte mientras la veneraban; la infanta Isabel Clara Eugenia, junto con la reina María de Médicis, fueron grandes impulsoras del proceso. Uno de los dos milagros valorados para la beatificación de Ana de San Bartolomé fue la curación instantánea por imposición de su capa blanca a la propia reina María de Médicis en 1633; el otro fue la curación de un fraile carmelita del convento de Amberes en 1731. A pesar de las numerosas gracias y milagros testificados, el proceso se alargó interminablemente en el tiempo, en gran parte debido a las circunstancias políticas que atravesó Flandes hasta que en 1830 se constituyó el reino católico de Bélgica y se retomó la causa. Al fin el 6 de mayo de 1917, en plena Primera Guerra Mundial, el papa Benedicto XV elevó al honor de los altares a esta ilustre carmelita que había sido un faro de espiritualidad en la Centroeuropa del siglo xvii, y que en la solemne ceremonia de beatificación en la basílica de San Pedro en el Vaticano, fue invocada como Defensora de la Paz.

Sus escritos complementan magníficamente las obras de Santa Teresa de Jesús y constituyen un valioso legado de la historia de la expansión del Carmelo Teresiano, ya que narran las vicisitudes de los últimos años de Santa Teresa y los avatares de las fundaciones en Francia y Flandes.

 

Obras de ~: Autobiografía, s. f. (ms.) (M.M. Carmelitas de Amberes); Autobiografía, s. f. (ms.) (M.M. Carmelitas de Bolonia); Defensa de la Herencia Teresiana, s. f. (ms.) (M.M. Carmelitas de Amberes); Conferencias Espirituales, s. f. (ms.) (M.M. Carmelitas de Amberes); Diálogos sobre su espíritu, s. f. (ms.) (M.M. Carmelitas de Amberes); Cartas, 670 repartidas en diversas naciones (España, Bélgica, Polonia, Francia, Inglaterra, México, etc.).

 

Bibl.: C. Enríquez, Historia de la vida, virtudes y milagros de la venerable madre Ana de San Bartholomé, compañera inseparable de la santa Madre Teresa de Jesús. Propagadora insigne de la Reforma de las Carmelitas Descalzas, y Priora del Monasterio de Amberes. Dedicada a la Sereníssina Señora Doña Isabel Clara Eugenia, Infanta de España, Bruselas, en casa de la viuda de Huberto Antonio, llamado Velpius, en el Águila de oro, cerca de Palacio, 1632; F. del Niño Jesús, OCD, “La solemne beatificación de la Venerable Ana de San Bartolomé”, en Revista Monte Carmelo, 405 (1917), págs. 360- 368; La beata Ana de San Bartolomé, compañera y secretaria de santa Teresa de Jesús (Compendio de su vida), Burgos, 1917 (Madrid, Ed. Espiritualidad, 1948); J. Urkiza, “La beata Ana de San Bartolomé y la trasmisión del espíritu teresiano”, en Monte Carmelo, 84 (1976), págs. 115-301; B. Jiménez Duque, Ana de San Bartolomé, Madrid, ed. Espiritualidad, 1979; A. de San Bartolomé, Obras Completas, t. I, ed. crít. de Julián Urkiza, OCD, Roma, Ed. Monumenta Histórica Carmeli Teresiani 5, 1981; Obras Completas, t. II, Cartas, Edición Crítica preparada por Julián Urkiza, OCD, Roma, Monumenta Histórica Carmeli Teresiani 7, 1985; Obras Completas, edición preparada por Julián Urkiza, Burgos, Editorial Monte Carmelo (colección Maestros espirituales cristianos, vol. 16), 1999; B. Yuste, “450 años de Ana de Almendral (II). Paralelismo vital entre santa Teresa y la beata Ana de Almendral”, en Boletín informativo Asociación cultural Ana de Almendral, 37 (2001), págs. 9-11; B. Yuste, Coloquio de Amor. Reseña histórica de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y la Beata Ana de San Bartolomé, Madrid, RTVE-Música, 2003 (edición de lujo Madrid, RTVE-Música y Conferencia Episcopal Española, 2004); J. Urkiza, Ana de San Bartolomé (1549-1626). Compañera inseparable de Teresa de Jesús. Breve biografía y novena, Burgos, Editorial Monte Carmelo, 2004; B. Yuste y S. L. Rivas-Caballero, “Ana de San Bartolomé y la expansión del Carmelo Descalzo”, en Revista Espiritualidad, 63 (2004), págs. 301-345; “Vida y obra de la Beata Ana de San Bartolomé (I-II)”, en Revista Teresa de Jesús (RTJ), 131 y 132 (2004), págs. 199-202 y págs. 249- 252, respect.; “Ana de San Bartolomé, a la sombra de Santa Teresa”, en Revista Ecclesia, 3260 (2005), págs. 35-36; “Ana de San Bartolomé, su larga andadura hacia el Carmelo [III]”, y E. Llamas, “La fama de la Beata Ana de San Bartolomé en su tiempo”, en RTJ, 134, 135 (2005), págs. 77-81 y págs. 119-122, respect.; B. Yuste y S. L. Rivas-Caballero, “Vida y obra de la Beata Ana de San Bartolomé (IV-V)”, en RTJ, 136 y 138 (2005), págs. 164-167 y págs. 250-252, respect.; “Ana de San Bartolomé, a la sombra de Teresa de Jesús”, Madrid, Boletín del Cuerpo de Intendencia, 1 (2005), págs. 54-57; J. Urkiza, S. L. Rivas-Caballero y B. Yuste, Beata Ana de San Bartolomé: Pensamientos y vivencias (Llamaradas de luz y amor), Madrid, Asociación Amigos de Ana de San Bartolomé, 2005; B. Yuste y S. L. Rivas-Caballero, “Vida y obra de la Beata Ana de San Bartolomé (VI-X)”, en RTJ, n.os 139, 140, 141, 142 y 144 (2006), págs. 29-32, págs. 73-76, págs. 123-126, págs. 162-166, págs. 254-257, respect.; Una carmelita en Flandes. Vida de Ana de San Bartolomé, compañera inseparable de Teresa de Jesús (1549-1626), Madrid, Editorial Edicel, 2006; “Vida y obra de la Beata Ana de San Bartolomé (XI-XIV)”, en RTJ, n.os 145, 146, 148 y 149 (2007), págs. 35-38, págs. 79-82, págs. 121, 125 y págs. 211-214, respect.; (XV-XVII), n.os 151, 152 y 153, (2008), págs. 35-38, págs. 79-82 y págs. 123-126, respect.; El arca de las tres llaves (La reforma de Santa Teresa), Madrid, Homolegens, 2008; Ana de San Bartolomé (La compañera de Teresa de Jesús), Madrid, Edibesa, 2009.

 

Belén Yuste y Sonnia L. Rivas-Caballero