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Corrado Giaquinto

Biografía

Giaquinto, Corrado. Molfetta (Italia), 18.II.1703 – Nápoles (Italia), 1766. Pintor.

Nació en una pequeña localidad situada junto a Bari, en la región de Abulia, al sur de Italia, en un territorio que, en aquella época, estaba sometido culturalmente a los intereses artísticos de Nápoles, la ciudad más cercana. A pesar de haber nacido en el seno de una familia desvinculada de las artes, era hijo de un sastre oriundo de Manfredonia, sus padres trataron de convencerle para que entrase en la Iglesia aunque muy temprano descubrieron su vocación artística. Determinante, en este sentido, fue su encuentro con el arquitecto lombardo Ludovico Vittorio Iacchini, un gran experto en Matemáticas que era, en aquella época, maestro de la Orden de San Dominico. Ambos se conocieron durante el período en el que Iacchini residió en Molfetta, mientras se concluían los trabajos de construcción de la iglesia local de San Dominico.

Allí conoció a Giacinto y le convenció para que consagrase su vida a la pintura. En aquel momento, el joven artista había iniciado su formación en el taller de Saverio Porta, un pintor local amigo de la familia que, el 27 de mayo de 1714, había sido su padrino de confirmación.

A partir del año 1719 se trasladó a Nápoles acompañando a monseñor De Luca, su primer valedor, quien le envió a completar su formación junto a Nicolò Maria Rossi. Al año siguiente, entró a trabajar junto a Francesco Solimena, uno de los más grandes artistas del período cuya personalidad ejercía una gran fascinación entre los más jóvenes. Una de las primeras obras realizadas por Corrado es una pequeña tela en la que representó a San Juanito, y que vendió al canónigo de Molfetta. En el año 1723, el propio obispo de su localidad natal, monseñor Pompeo Salerni, le recomendó en una carta a su hermano, el famoso cardenal Salerini, quien residía en la Corte pontificia. A su llegada a Roma, en donde residió prácticamente hasta 1753, su primer protector fue monseñor Ratta, auditor de la Cámara Apostólica. Uno de sus objetivos en aquella época era mejorar su técnica en el dibujo, puesto que él mismo era consciente de su potencial en este ámbito. En tales circunstancias, y ante las presiones a las que Sebastiano Conca, su maestro en Roma, le sometió, Corrado Giaquinto llegó a enfermar gravemente. Una vez restablecido, el cardenal Acquaviva, uno de los mecenas más importantes de la época, le encargó en el año 1725 la decoración al fresco del medallón central de la cubierta de la iglesia de Santa Cecilia in Trastevere, un espacio en el que representó la apoteosis de la santa. El 21 de enero de 1731 firmó su primer contrato de importancia con la Congregación de San Nicola dei Lorenesi, la cual le comisionó la decoración de la tribuna, la cúpula, las pechinas y toda la cubierta de la iglesia. Los frescos que pintó en este templo ponen de manifiesto su admiración por los grandes pintores-decoradores romanos del siglo xvii, así como la influencia que ejerció tanto en él como en otros pintores el pintor dálmata Francesco Trevisani.

En el verano de 1733, Filippo Juvarra le invitó a trasladarse a Turín, en donde trabajó en el programa decorativo de frescos de la Villa Regina. Para este palacete ideó dos frescos, en el primero representó al dios Apolo junto a Dafne y, en el segundo, La muerte de Adonis. Sus problemas de salud le obligaron a volver a su patria de una manera un tanto precipitada dos años más tarde. Su estancia en el norte de la península italiana le permitió conocer de cerca la obra de pintores de fresco tan importantes como Beaumont, Crosato, De Mura y Van Loo, artistas que influyeron en su producción posterior. A su regreso a Roma, en 1739, ejecutó un retablo por encargo del cardenal Ottoboni, con el tema de La Asunción de la Virgen destinado a la decoración de la colegiata de la Rocca di Papa. La prestigiosa Academia de San Lucas, el centro de formación artística más importante de la península italiana, lo designó como miembro de la institución a principios del año 1740, un nombramiento que le proporcionó nuevos contratos. En esta década tuvo tiempo de trasladarse a su localidad natal, en donde diseñó una serie de doce telas de temática mitológica, que se conservan todavía en la residencia de la familia De Luca. Una vez restablecido regresó a Turín, entre 1740 y 1742, para ocuparse de la decoración de la iglesia de Santa Teresa. Para este emblemático templo realizó dos lienzos, El descanso durante la huida a Egipto y El tránsito de San José y un gran fresco dedicado a la gloria de san José. Posiblemente también realizó seis pinturas sobre la vida de Eneas para la decoración del castillo de Moncalieri, que hoy se conservan en el palacio del Quirinal, residencia del presidente de la República Italiana en Roma.

Hacia 1753, afectado por la reciente muerte de su joven esposa, acepta el encargo de pintar la cubierta de la capilla Ruffo en la basílica de San Lorenzo in Damaso; el techo y el coro de la iglesia de San Giovanni Calibita en la isla Tiberina y el gran programa decorativo de la basílica de Santa Croce in Gerusalleme.

Para este último espacio ideó una compleja composición con la representación de La invención de la Cruz: La Virgen presenta a Santa Elena y Constantino ante la Santísima Trinidad, mientras que los frescos dedicados a la vida de Moisés los ejecutó en una fecha posterior. Esta composición, hoy perdida, fue pintada para la celebración del Jubileo de 1750, pero conocemos su contenido a través de un proyecto conservado en la National Gallery de Londres. Estos encargos marcaron, a su vez, tres etapas decisivas en la evolución del lenguaje y de la estructura escenográfica, que más tarde se convertirían en arquetípicos dentro de su producción. Al testimonio pictórico de estas recreaciones debemos unir el gran número de dibujos y bocetos de estas empresas que, en la actualidad, se conservan fundamentalmente en el Museo de San Martino de Nápoles. En este mismo período aceptó la propuesta de pintar al fresco varias salas de representación en el palacio Ercolani-Borghesi aunque su obra maestra de esta época es el retablo que ideó para el altar mayor de la iglesia de la Santísima Trinidad, la representación de La Trinidad con esclavos libertos, una obra inspirada en la obra de Mattia Preti.

Un proyecto de similar envergadura le llevó a pintar una escena del Bautismo de Cristo en la iglesia de Santa Maria dell’Orto, una pequeña parroquia situada en Trastevere que había sido decorada, prácticamente en su totalidad, por una serie de artistas de la escuela manierista romana. Al mismo tiempo, una intensa actividad le llevó a trasladarse durante breves períodos a diferentes localidades italianas. Así, en Fermo intervino en la decoración del Duomo, en Macerata decoró el palacio Bonaccorsi y Ricci mientras que en Cesena, a instancias del jurista Francesco Chiaramonti, fue convocado para pintar en el Duomo la cúpula de la capilla de la denominada como Virgen del Pueblo. Una de sus obras maestras, hoy conservada en el conservatorio de Bolonia, es el retrato del castrato Farinelli aunque otras importantes ciudades italianas también custodian obras del pintor, como la imagen de La Trinidad de Perugia; la Visión de Santa Margarita de Cortona en Macerata; la Natividad de la Virgen en el Duomo de Pisa; el Traslado de las reliquias de los santos, conservada en Palermo u otra escena con la representación de la Natividad de la Inmaculada, hoy en un museo de la capital de Cerdeña. El pueblo en el que nació Corrado Giaquinto, Molfetta, así como una serie de localidades cercanas, como Lecce, Taranto, Montefortino, Terlizzi o Bari custodian en varios museos, seminarios diocesanos e iglesias varias obras religiosas aunque algunas están, en la actualidad, en otras instituciones culturales europeas.

Fernando VI, a la sazón rey de España, le invitó a trasladarse a Madrid en el año 1753, probablemente para que continuase las obras que había dejado inacabas Jacopo Amigoni, quien había trabajado como pintor de corte y había asumido la dirección de la Academia de San Fernando. Corrado Giaquinto, a su llegada, fue nombrado director de esta institución, designación que le permitió formar a varias generaciones de discípulos, y supervisor de la Real Fábrica de Tapices de Madrid. Este período está marcado por una frenética actividad, de hecho, en 1755, asumió la dirección de las obras de decoración de la capilla real del Palacio Real, pintó siete lienzos para el Sitio Real de Aranjuez y ejecutó varios cuadros sobre la vida de san Francisco de Sales y Juana de Chantal para el famoso convento de las salesas. Para este emplazamiento también realizó los frescos de la bóveda de la iglesia y la cúpula, aunque esta comisión pictórica se retrasó hasta el año 1758. Mayor interés han despertado las intervenciones de Giaquinto en la ornamentación del salón de columnas del Palacio Real, en donde pintó la escena de El nacimiento del Sol y en la escalinata, espacio para el que ideó un fresco con el tema de España venerando la religión y la Iglesia.

Se conservan afortunadamente íntegros los bellísimos bocetos diseñados por Giaquinto para la cúpula de la capilla del Palacio Real, la bóveda de la escalera y el conjunto de lienzos de los oratorios del Rey y de la Reina. En esta época colaboró estrechamente con el arquitecto Sacchetti así como con los escultores encargados de las obras del nuevo palacio, como Olivieri, de Castro o los pintores González Velázquez y Castillo, artífices de varios diseños arquitectónicos y decorativos. En esta etapa también se distinguió por su pintura de caballete, aunque alcanzó una gran fama como artífice de originales escenas religiosas, mitológicas e incluso por sus retratos de Corte. En cuanto a su producción de obras de temática mitológica destacan aquellas en las que abordó el tema desde la perspectiva del estilo rococó como Venus y Adonis, las cuatro alegorías dedicadas a la Magnanimidad, la Paz, la Libertad y la Felicidad, así como El nacimiento del Sol, Gedeón y el Vellocino, Circe, Eneas y la sibila y Hermes mata a Argos. Similar interés presentan los retratos de santos como San Hermenegildo, San Leandro o San Isidro Labrador. Menor consideración ha recibido su trabajo como restaurador en el palacio del Buen Retiro, un espacio en el que se ocupó de restaurar la pintura La Orden del Toisón de Oro, realizada por Lucas Jordán. El rey Fernando VI y su esposa, Bárbara de Braganza, dispensaron al artista con todo tipo de distinciones e incluso mostraron su satisfacción por los brillantes resultados aunque la subida al trono de Carlos III y, sobre todo, la llegada a España del pintor Antón Rafael Mengs precipitaron, en cierto modo, su regreso a Italia. La historiografía artística ha destacado que, durante los nueve años en los que Corrado Giaquinto residió en España, realizó sus obras más maduras puesto que supo reinterpretar el estilo Barroco en el que se había formado adoptando, para ello, una nueva clave de lectura: delicada, sensual, espontánea y, sobre todo, muy moderna. En este sentido, su pésima salud y la irrupción del arte neoclásico frenaron, en cierta medida, su carrera en España e incluso frustraron su deseo de convertir las residencias reales más importantes de la época, es decir, el palacio del Buen Retiro, el Palacio Real de Madrid y el de Aranjuez en modelos por antonomasia de la estética del arte rococó.

La mayor parte de su producción artística española se conserva en los emblemáticos palacetes para los que fue creada, la mayor parte conservados por Patrimonio Nacional, así como en el Museo del Prado o el Museo de Capodimonte de Nápoles. Recientemente otras entidades más pequeñas, como el Museo Cerralbo de Madrid o el Museo Thyssen-Bornemisza han dado a conocer sendas obras del italiano en sus colecciones pictóricas. En el segundo caso, se conserva una rara obra de Corrado Giaquinto, un óleo sobre cobre de pequeño tamaño con la representación de El Bautismo de Cristo, que la crítica ha considerado como un boceto preparatorio para el retablo que realizó para la iglesia romana de Santa Maria dell’Orto.

El Museo Cerralbo, en cambio, ha señalado la posibilidad de que una pequeña obra con la representación de La Resurrección de Cristo hubiese sido realizada también por el artista italiano.

Sus intervenciones en las residencias reales ejercieron una gran influencia en los pintores españoles, de hecho, la producción artística de Goya, Antonio del Castillo, González Velázquez, Vicente López o Ramón Bayeu no puede desvincularse de los modelos compositivos creados por el italiano. El reconocimiento de Corrado Giaquinto como maestro de maestros ha sido puesto en evidencia en la reciente exposición organizada por el profesor Alfonso Pérez Sánchez en Madrid con el título Corrado Giaquinto y España. En el año 1762 decidió regresar a Nápoles, convertido ya en un auténtico maestro en las artes, una circunstancia que favoreció positivamente en su obra y en los numerosos jóvenes que trataron de emular su moderado clasicismo y su elegancia formal en la pintura. En su ciudad adoptiva, Nápoles, transcurrió sus últimos años de vida hasta su fallecimiento en el año 1766, víctima de un violento ataque de apoplejía.

Se ignora todavía el lugar en el que fue sepultado.

La crítica internacional ha destacado su maestría en la decoración de interiores que ya en su época se convirtieron en los más famosos de toda Europa. Asimismo, se ha ensalzado su habilidad en la realización de frescos y grandes lienzos destinados a embellecer los salones palaciegos y las iglesias, cuyas recreaciones parecen, en algunas ocasiones, más propias de los espectáculos teatrales.

 

Obras de ~: Frescos de Apolo junto a Dafne y La muerte de Adonis, Villa Regina, Turín, 1722; San Juanito; 1725; Apoteosis de la santa, iglesia de Santa Cecilia in Trastevere, Roma, 1725; Tribuna, la cúpula, las pechinas y cubiertas, Congregación de San Nicola dei Lorenesi, Roma, 1731; Retablo de la Asunción de la Virgen, colegiata de la Rocca di Papa, Roma, 1739; El descanso durante la huida a Egipto, El tránsito de San José y la gloria de San José, iglesia de Santa Teresa, Turín, 1740-1742; La invención de la Cruz, La Virgen presenta a Santa Elena, Costantino ante la Santísima Trinidad y frescos con la vida de Moisés, basílica de Santa Croce in Gerusalleme, Roma, c. 1750; Pinturas sobre la vida de Enea; cubierta de la Capilla Ruffo, basílica de San Lorenzo in Damaso, Roma, 1753; Techo y coro, iglesia de San Giovanni Calibita, Roma; La Trinidad con esclavos libertos, altar mayor de la iglesia de la Santísima Trinidad, Roma; Bautismo de Cristo, iglesia de Santa Maria dell’Orto, Roma; Retrato del Farinelli; Decoración de la capilla real del Palacio Real, Madrid; Bóveda y cúpula, iglesia de Las Salesas, Madrid; España venerando la religión y la Iglesia, salón de columnas del Palacio Real, Madrid; Venus y Adonis; Restauración de la pintura La Orden del Toisón de Oro de Lucas Jordán, Casón del Buen Retiro, Museo del Prado, Madrid.

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Macarena María Moralejo Ortega