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Hidacio

Biografía

Hidacio. Hidacius Lemicensis. Lemica civitas, alto Limia (Orense), f. s. IV – ¿Chaves (Portugal)?, c. 469. Obispo de Chaves (Aquae Flaviae) e historiador.

Es el propio Hidacio quien en su Cronicón ha transmitido los datos básicos sobre su vida, o que sirven para reconstruirla. Por ello es seguro su nacimiento en el territorio correspondiente a la Lemica civitas, correspondiente al alto valle del río Limia, en Orense, y más concretamente en el actual Ginzo de Limia o en sus proximidades. Hidacio debió de nacer en el seno de una familia acomodada, posiblemente de origen curial pero tal vez privilegiada recientemente por la dinastía de Teodosio el Grande (fallecido en 395). Pues lo cierto es que dicha familia comparte algunos de los rasgos esenciales de la llamada nobleza hispana, y más concretamente de la provincia de Galecia: su acendrado cristianismo y su peregrinación a los lugares santos del Oriente, una moda especialmente seguida a finales del siglo IV por varias féminas de la Casa Imperial. De esta manera, con poco más de diez años de edad Hidacio acompañó a sus padres hacia 406 o 407 en su viaje a Tierra Santa. Es posible que la familia de Hidacio, al igual que otras de la nobleza galaica vinculada a la casa de Teodosio, huyera también de la toma del control de las provincias hispánicas por el usurpador Constantino III (muerto en 411). Allí conoció en su retiro de Belén a san Jerónimo (fallecido en 419-420). Aunque su estancia en Palestina no se demoraría más de tres años, sin duda le marcó indeleblemente. Además de establecer su vocación clerical, serviría para completar su formación en la cultura cristiana, siendo bastante probable que aprendiera algunos rudimentos de la lengua griega. Y, desde luego, hasta el final de sus días Hidacio tuvo un especial interés por conocer los avatares de la cristiandad e Iglesia orientales, aunque cada vez le fuera más difícil encontrar informantes seguros.

Hidacio y su familia estarían de vuelta en Galecia hacia el 410. Posiblemente el regreso pudo decidirse el año anterior, al conocerse el momentáneo acuerdo alcanzado entre el gobierno del emperador legítimo Honorio (muerto en 423) y el usurpador Constantino III, que supuso el reconocimiento de éste por aquél. Sin embargo, llegados a la Península se encontrarían con una situación muy diferente a la esperada. La entente entre Honorio y Constantino III se había roto definitivamente y en septiembre del 409 habían entrado por los Pirineos navarros los guerreros y pueblos de las “Monarquías militares” de los vándalos hasdingos y silingos, de los alanos y de los suevos, en principio al servicio de un nuevo usurpador, Máximo (fallecido en 422), y de su valedor el generalísimo Geroncio (fallecido en 411). La impresión sobre el joven Hidacio de los actos de pillaje de esas tropas bárbaras, junto con la hambruna y la epidemia de peste bubónica que asolaron las tierras hispanas en esos años, debió de ser enorme. De tal forma que Hidacio no esperaría al restablecimiento de la situación por el gobierno de Honorio, y en el 416 sería consagrado de presbítero. Once años después Hidacio lo fue como obispo de una nueva diócesis galaica, la de Aquae Flaviae (Chávez), donde su familia, sin duda, debía de tener intereses.

Como obispo de Chávez, Hidacio desarrolló en los años sucesivos una evidente actividad de liderazgo eclesiástico y político, no exenta de oposición y contratiempos. La situación periférica de esas tierras galaicas y el menor potencial bélico de la “Monarquía militar” sueva posibilitaron la perduración de ésta en el noroeste hispano tras la restauración del poder del Gobierno imperial de Rávena a partir del 418. Esa situación convirtió a los obispos, con sedes catedralicias situadas en núcleos de población bien provistos de defensas, en los líderes naturales de sus comunidades frente a los bárbaros y ante las más o menos lejanas autoridades civiles y militares imperiales. Las propias anotaciones de Hidacio en su Cronicón constituyen el mejor testimonio de su liderazgo político-eclesiástico, sirviendo de excelente guía para conocer las vicisitudes del mismo.

De esta manera, la vida y actividad política de Hidacio se vio condicionada por dos factores completamente ajenos a su voluntad y a su misma capacidad de actuación: por un lado, la mayor o menor fuerza militar y autoridad de la pequeña “Monarquía militar” sueva frente a sus propios guerreros bárbaros, la aristocracia y población galaicorrromana y el gobierno y autoridad imperiales; y, por otro, por la capacidad e interés del gobierno imperial de Rávena de intervenir y hacer sentir directamente su autoridad en el lejano noroeste hispano. Bajo estas condiciones se pueden distinguir cuatro períodos sucesivos.

El primero se extiende hasta el 429, cuando la más poderosa “Monarquía militar” de los vándalos hasdingos abandonó el suelo peninsular y se trasladó al África romana. Durante estos años la débil Monarquía sueva se encontró a la defensiva, enfrentada a los hasdingos y al Imperio. Fueron años en los que este último, con fuerzas militares propias y con el auxilio de tropas federadas del reino godo de Tolosa, trató repetida y decididamente de restaurar su pleno control sobre toda la Península Ibérica, favoreciendo así la continuidad de la hegemonía social de una aristocracia senatorial hispana en buena medida ligada a la dinastía imperial. En las tierras galaicas eso pudo suponer hasta la utilización por el Imperio de la pequeña fuerza militar sueva como federada, salvándola incluso de su destrucción por los más temibles hasdingos en el 420, que se vieron obligados a evacuar las tierras más occidentales galaicas, incluida la capital provincial de Braga. La ausencia de noticias bélicas referidas a la Galecia occidental en esos años en el Cronicón de Hidacio es buen testimonio de esa restauración imperial, que sin duda era del agrado de Hidacio y de las gentes de su entorno social y político. Y bajo estas condiciones políticas y sociales Hidacio asumió en 427, como ya se ha dicho, el episcopado de la nueva sede de Chávez.

Desgraciadamente esa situación se quebró unos dos años después de que Hidacio hubiera asumido la mitra episcopal. La marcha de los vándalos hasdingos de la Península dejó el campo libre a la Monarquía sueva para recuperar su plena autonomía, reforzándose con bandas guerreras bárbaras residuales y con los descontentos de la plena restauración del poder imperial y de la hegemonía social de esa aristocracia hispano-romana vinculada a la dinastía teodosiana. Desgraciadamente para los intereses de éstos, el gobierno imperial se tuvo que enfrentar en los años sucesivos a retos más urgentes y graves fuera de la Península, impidiendo el envío de tropas suficientes para detener el expansionismo suevo.

A lo largo de la década del 430 la Monarquía sueva se asentó definitivamente en la Galecia occidental, ocupando las estratégicas plazas de Braga, Lugo, Oporto y Astorga. Y en la siguiente década los suevos, bajo el rey Réquila (muerto en 448) y su hijo y sucesor Requiario (fallecido en 456), trataron de extender su poder o influencia por toda la mitad occidental peninsular, hasta Sevilla y la fértil Bética. En su Cronicón Hidacio es un narrador excepcional de las difíciles relaciones entre suevos y aristocracias locales y regionales galaico-romanas en esos años. El propio Hidacio jugó un papel destacado en ellas, buscando soluciones de coexistencia y de salvaguardia de los intereses de la aristocracia galaico romana y de la Iglesia católica. Aunque abandonados un tanto a su suerte, Hidacio y sus aliados trataron también de preservar en esos años a toda costa una relación, eso sí, distante, con el gobierno imperial. Testimonio de ello sería la embajada encabezada por Hidacio a las Galias en 431 para solicitar, en vano, ayuda militar al general imperial Ecio (fallecido en 454). La mejora de la situación para el poder imperial en las Galias y el pleno control por Ecio de su ejército permitiría un nuevo intento de Rávena de establecer su autoridad sobre todo el territorio hispánico, que tan sólo sería frenado por el desastre del general romano Vito en la Bética en el 446 por la defección de sus tropas godas, cuyo rey Teoderico I (muerto en 451) estableció una alianza, incluso familiar, con la Monarquía sueva. El peligro que el ataque de Atila (fallecido en 453) supuso para el Imperio y para el reino godo de Tolosa, y la gran victoria sobre aquél en la batalla de los Campos Cataláunicos (20 de junio de 451), abrió una nueva posibilidad de restauración de la autoridad imperial en las Españas. Con razón Hidacio daría cuenta en su Cronicón de esa victoria en términos incluso sobrenaturales.

Pero cuando los éxitos imperiales, con el apoyo principal de tropas godas, en el nordeste hispano, hacían presagiar su extensión al resto de la Península, incluida la Galecia occidental, los asesinatos sucesivos de Ecio en septiembre del 454 y del emperador Valentiniano III en marzo del 455, supusieron un brusco giro de la historia para todo el Occidente, para Galecia occidental, para la aristocracia galaicoromana vinculada a la dinastía de Teodosio, y para el propio Hidacio. Con razón, este último dio noticia de ambos acontecimientos en su Cronicón con tintes un tanto escatológicos.

El fin de la dinastía de Teodosio alejaba la esperanza de la plena restauración de la autoridad imperial en las tierras galaicas. O al menos de la restauración que a Hidacio y a sus amigos y aliados, vinculados a aquélla, interesaba. Por eso cuando el godo Teoderico II destruyó la Monarquía sueva del católico Requiario en la batalla del Órbigo de octubre del 456, y en diciembre del mismo año ocupó Braga y ejecutó al fugitivo rey suevo, Hidacio no creyó que todo ello se hacía en nombre del Imperio, tal y como el godo proclamaba. Los años sucesivos, hasta el 464 con la restauración de una nueva Monarquía sueva, fueron caóticos en la Galecia occidental y muy duros para Hidacio y la aristocracia galaico romana. La incapacidad goda de imponer un orden nuevo en ese territorio tan distante posibilitó la formación de dos pequeñas Monarquías militares suevas rivales entre sí, pero ambas forzadas a vivir del saqueo de las ciudades y villae castilladas donde se había hecho fuerte la aristocracia galaico romana. Con gran desazón describe Hidacio los acontecimientos de esos años, con una visión cada vez más encerrada en su tierra galaica y con una creciente ansiedad apocalíptica. A todo ello contribuyó su propia experiencia personal. Pues entre agosto y noviembre del 460 Hidacio fue prisionero de uno de los dos reyezuelos suevos, de Frumario (fallecido en 464). La ocasión para ello fue la retirada del último representante del Imperio que visitó Galecia, el general romano Nepociano (muerto en 465?), y de las tropas de federados godos que le acompañaban. Pero, para mayor desventura de Hidacio, habían colaborado con los suevos que le hicieron prisionero galaico-romanos contrarios, a lo que parece, a cualquier restauración de la autoridad imperial, que ya de hecho suponía el intervencionismo godo, odioso para muchos por las violencias cometidas en la campaña de hacía cuatro años.

Ciertamente que esos enemigos de Hidacio serían completamente derrotados con la restauración de una nueva Monarquía sueva reunificada en la persona de Remismundo en el 464. Pero esa restauración se hacía con el del reino godo de Tolosa. Hegemónico ya éste en la Península Ibérica, imponía ahora en la Galecia occidental una Monarquía sueva vasalla suya. Y esto último se testimoniaba en un terreno especialmente sensible para Hidacio: con la conversión al arrianismo godo del suevo y el envío de obispos misioneros arrianos. Y en ese contexto político viviría sus últimos cinco años Hidacio, hasta su muerte en 469. Pues, aunque Remismundo rompió con la alianza goda en 467 y pudo hasta reconocer nominalmente al efímero emperador Antemio (467-472), también atacó a miembros de la aristocracia hispano-romana con la que simpatizaba Hidacio. Al final esta última se habría visto forzada a buscar un acomodo con el poder suevo, en una posición subordinada y olvidando ya toda esperanza de restauración de los viejos buenos tiempos teodosianos. Hidacio era ya muy viejo para acomodarse a la nueva situación. Los últimos apuntes de su Cronicón testimonian ese camino del futuro, pero también lo poco que le gustaba, ya que éste se cerrará con unos inquietantes y escatológicos prodigios sucedidos no lejos de su residencia. Sin duda que Hidacio moriría al poco pensando que el final de los tiempos era inminente. En el 468 se habría cumplido el cuarto centenario de la destrucción del segundo Templo de Jerusalén y podía haber culminado un ciclo de la vida del mitológico ave Fénix. Curiosamente Hidacio terminaba su obra con una críptica alusión a este símbolo de la mántica pagana que también había infestado a algunos cristianos, maniqueos o sucesores galaicos de Prisciliano, a los que con tanto denuedo había denunciado y combatido durante todo su episcopado.

Como escritor, Hidacio fue autor de un Cronicón que quiso que fuera una continuación del de su admirado san Jerónimo, insertándose así en la tradición de la historiografía universalista cristiana iniciada por Eusebio de Cesárea (c. 260-340). Por eso Hidacio trató de anotar con una precisa cronología, basada en la sucesión de olimpiadas y de emperadores romanos, acontecimientos de orden político y de la Iglesia que afectaban a toda la ecumene romana. Una ambición que desgraciadamente Hidacio se vio cada vez más incapaz de satisfacer. A partir del 440 sus noticias se reducen prácticamente al ámbito hispano y al mediodía galo; y en los últimos diez años, hasta su final en 468, ya casi al galaico. A pesar de sus deficiencias y errores de información, el Cronicón de Hidacio constituye una fuente principal para conocer la historia hispana entre el 418 y el 468, sobre la que se basó la posterior historiografía. El afán de Hidacio por la cronología se vería reforzado si fuera realmente el autor de los llamados Fastos hidacianos, que figuran en la tradición manuscrita delante del Cronicón. Son éstos una lista de los cónsules entre el 379 y el 427, basada en la Crónica consular de Constantinopla, que Hidacio utilizó. En todo caso, la obsesión cronológica se corresponde muy bien con las crecientes y angustiosas expectativas escatológicas que tuvo Hidacio, y de las que dejó constancia en su obra, anotando cuidadosamente cualquier prodigio que pudiera considerarse premonitorio.

 

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Luis Agustín García Moreno