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Martín Fernández de Enciso

Biografía

Fernández de Enciso, Martín. Sevilla o Enciso (La Rioja), c. 1469 – Sevilla, c. 1533. Descubridor y geógrafo.

Se carece de los datos precisos de nacimiento y muerte de Martín Fernández de Enciso. En cuanto al lugar, Roquette y Boyd-Bowman apuntan que su nacimiento tuvo lugar en Sevilla; Ibáñez Cerdá cree que aconteció en Enciso, pueblo próximo a Calahorra, en La Rioja española. La fecha tampoco es tema resuelto; según Roquette, debió de nacer a mediados del siglo xv, lo que equivaldría a afirmar que Fernández de Enciso contaba cincuenta y ocho años de edad cuando pasó a Indias y setenta y seis cuando tuvo la oportunidad de lograr una gobernación en Tierra Firme; demasiados, dadas las expectativas de vida de los siglos xv-xvi. Boyd-Bowman dice que hacia 1570 e Ibáñez deduce, de una declaración que Enciso presentó en Madrid (julio, 1525), que nació en 1469; lo que significa que contaba ya con treinta y ocho años cuando se verifica su presencia en la isla Española y cuarenta y nueve cuando ve publicada su Suma; son fechas razonables. Respecto a su deceso, es aceptado que falleció en Sevilla a fines del primer tercio del siglo xvi; en 1530 se hallaba en estado achacoso y presentaba las frecuentes reclamaciones que los “indianos” hacían a la Corona.

Las primeras noticias acerca del bachiller Enciso vienen dadas por Herrera (Década I), que lo estimaba, lo mismo que Navarrete e, incluso, Humboldt; Roquette no escatima elogios al afirmar que es el primer español que coordina los elementos de la ciencia hidrográfica en un tratado metódico del arte de la navegación. Cuando arribó a las Indias (1504), era inexperto e impulsivo; contaba treinta y cinco años y tenía alguna formación jurídica, cierta práctica en el oficio y un nivel cultural alto. Sus principios americanos permanecen también en la penumbra; debió de arribar a La Española como pasajero, en la expedición de Nicolás de Ovando, la que marca —como afirma Céspedes del Castillo— el comienzo de la población de las Antillas, el origen del Imperio español en América y la incorporación del pueblo hispano a la tarea nacional colonizadora.

En 1508 se hallaba bien instalado en Santo Domingo, ejerciendo su profesión de abogado. Había amasado cierta fortuna (“dos mil castellanos que eran más en aquel tiempo que ahora diez mil”, asegura Herrera en su Descripción de las Indias), la suficiente al menos para intervenir, económicamente, en apoyo de una empresa sobre Tierra Firme. Con ello, Fernández de Enciso quedó incorporado a la empresa descubridora y exploradora de América y consecuencia de ello en su obra geográfica, la primera de las Indias; una empresa que iba haciéndose más y más compleja tras una década prodigiosa por la acción de numerosos protagonistas y por la aparición de distintos escenarios geográficos. Una actuación que puso de manifiesto la realidad del mundo antillano y diseñó el perfil atlántico de un Nuevo Mundo, así como la apertura del océano Pacífico; entre tales protagonistas se halló el bachiller Martín Fernández de Enciso, al hilo de la acción de Ojeda y con la herencia científica de Juan de la Cosa.

La actividad de Alonso de Ojeda fue incansable, de una tenacidad prototípica; desde 1499 realizó varias expediciones sobre la costa septentrional de América del Sur, hasta que en 1508 se le otorgó la gobernación de la Nueva Andalucía, hacia donde partió al año siguiente (1509) llevando en la hueste un personaje anónimo que después haría resonar su nombre (Francisco Pizarro); en Santo Domingo quedaba Fernández de Enciso preparando una nave de apoyo, bien pertrechada, a su propia costa, con la que pretendía apoyar la expedición de Ojeda en Tierra Firme y, a cambio, obtener alguna prebenda en tierra continental, como una alcaldía o alguacilazgo mayor de la gobernación, al decir de Herrera (Década I). Cuando Fernández de Enciso se aproximaba al continente sudamericano con su sustanciosa aportación (ciento cincuenta hombres; entre ellos, Núñez de Balboa en calidad de polizón; víveres abundantes, armas y municiones además de otros implementos y animales propios de una colonización, como asnos y sementales, cerdos y berracos, etc.), lo que hizo nacer una permanente enemistad entre el futuro descubridor del Pacífico y Fernández de Enciso, éste se encontró con que Ojeda había fracasado y el mando de la hueste residual se hallaba en manos de Francisco Pizarro. La prosecución del viaje y la empresa siguió derroteros no planificados al comienzo; Núñez de Balboa quedaba como hombre fuerte y Fernández de Enciso, expulsado por él en 1511, retornaba a España absolutamente enfrentado a quien había sido su polizón, Balboa, a quien desacreditó cuanto pudo, a la par que se esforzó en resarcirse de sus gastos en la empresa de Ojeda.

El esfuerzo dio sus frutos. Partió de nuevo hacia América con la expedición de Pedrarias Dávila, una expedición extraordinariamente interesante desde varios puntos de vista entre cuyas novedades se halla el Requerimiento, portentoso documento en cuya redacción había intervenido el propio Fernández de Enciso, que iba nombrado alguacil de Tierra Firme como forma de resarcirse de los perjuicios que le había ocasionado Núñez de Balboa.

El impacto producido por la lucida expedición de Pedrarias sobre un medio en equilibrio inestable logrado por los trabajos de Balboa no pudo mantenerse.

La válvula de escape funcionó mediante la organización de continuas expediciones descubridoras y exploradoras radiales en el entorno ístmico, continental y marítimo inmediatos; fueron las acciones de grupos de conquistadores (Góngora), como los capitaneados por Carrillo, Ayora, Becerra, Morales, Téllez de Guzmán, Vallejo, Pedrarias el Mancebo, Escudero, Tavira, el propio Balboa y, también, Fernández de Enciso. El balance económico no fue despreciable; el geográficodescubridor, del mayor interés, pero el costo fue cuantioso y pagado a un alto precio, tanto por la población indígena como por los propios conquistadores.

La expedición de Fernández de Enciso estuvo orientada por el interés de Pedrarias Dávila en verificar la riqueza aurífera que evidenciaban algunas muestras recogidas en el istmo y el noroeste de América del Sur; nadie mejor que un hombre de confianza que además era un buen baquiano; fue entonces cuando tuvo ocasión de poner en escena la lectura preceptiva del Requerimiento con el resultado negativo que no pierden ocasión de recordar tanto Las Casas como Herrera y recuerda el propio protagonista en su Suma en palabras rotundas: “Yo requerí de parte del Rey de Castilla a dos caciques de estos del Cenú [...] y respondiéronme que en lo que decís que no había sino un Dios [...] que les parecía bien y que así debía ser; pero en lo que decía que el Papa era señor de todo el Universo en lugar de Dios y que él había hecho merced de aquella tierra al rey de Castilla, dijeron que el Papa debiera estar borracho cuando lo hizo pues daba lo que no es suyo y que el rey que pedía y tomaba tal merced debía ser algún loco [...]”.

Su experiencia norandina contribuyó a la ejecución de nuevas expediciones; traía noticias muy alentadoras sobre la existencia de oro fácil que dudó en difundir y en su Geografía recoge: “En esta tierra del Cenú hay mucho oro en poder de indios y muy fino; y [...] dicten los indios que lo traen de unas sierras de donde viene el río [...] y que lo cogen en los arroyos y valles; y cuando llueve atraviesan en los arroyos redes y que como crece el agua trae granos de oro grandes como huevos y que se quedan en las redes; y que de esta manera cogen los mayores granos [...] Yo tuve un cacique preso que me dijo que tres veces había él ido a aquellos lugares y lo había visto coger de esta manera y lo había él cogido”. No eran precisos más que unos razonables indicios y la difusión de noticias como ésta para que todos los ingredientes se unieran en una nueva fiebre del oro, y en la baja Centroamérica los indicios eran muchos en los adornos de los caciques y en sus ajuares funerarios.

Además de su experiencia descubridora, Fernández de Enciso tuvo otra dentro de su formación jurídica, relativa a lo que se ha denominado “lucha por la justicia”; sobre ella han cargado sus detractores con insistencia. La controversia emerge tras el sermón de Montesinos (1511) ante cuyas ideas Fernández de Enciso tomó una postura contraria; estaba presente a título de experto junto a fray Alonso del Espinar y al mercader García de Carrión que influyó en las Leyes de Burgos (1512) y otras adicionales, según afirma L. Hanke. Sus ideas y criterio influyeron en la propuesta de reglamentación que Gil González Dávila presentó al cardenal Cisneros sobre los repartimientos (1516); así lo considera Giménez Fernández y aprovecha para dedicarle duros calificativos; le llama “petulante bachiller” y le atribuye la idea de que “todos los indios eran perros salvajes”. Además, como se ha mencionado, Fernández de Enciso tampoco era ajeno a la redacción del Requerimiento, en una postura análoga a la de Palacios Rubios en defensa de la doctrina teocrática que el inefable y famoso documento recoge como realidad fehaciente (1514).

Su obra más conocida es la Suma de Geographia, que trata de todas las partidas y provincias del mundo, en especial de las Indias. Y trata largamente del arte del marear, juntamente con la espera en romance, con el regimiento del Sol y del Norte. Nuevamente hecha la Surra, se publicó en 1519, un año particularmente notable en la historia de España y América, y posteriormente reeditada en los años 1530 y 1546 (con correcciones), lo que supone un notable éxito editorial.

Como su título indica, se trata de una síntesis, resumen, compilación no exenta de elaboración del autor, donde recoge su sabiduría y su práctica (“la experiencia de nuestros tiempos es madre de todas las cosas”), didáctico, un compendio no excesivamente sintético de lo astronómico susceptible de aprovechamiento por la navegación práctica (“los pilotos sabrán de hoy en adelante”), escrita en romance y puesta al día (especialmente la edición de 1530). Donde lo especulativo (descripción de la esfera con sus puntos, líneas, movimientos, geocentrismo en un Universo poliesférico al estilo de la cosmografía clásica que va desde Ptolomeo hasta John de Holiwood) evoluciona hacia lo experimental, donde la navegación a la estima seguía en uso (“echan antes más leguas que menos porque se hagan con la tierra antes que lleguen a ella y haciéndose con ella vayan sobre aviso y velen las noches”), no obstante incorporó unas tablas del “regimiento del polo”, notablemente corregidas en la segunda edición; tuvieron larga vigencia.

Una obra en que la Geografía, que se menciona bajo conceptos cosmográficos, tiene una intencionalidad práctica, útil por encima de lo sencillamente curioso o puramente excepcional; el bachiller detalla “las costas de las tierras por derrotas y alturas, nombrando los cabos de las tierras y el altura y grados de cada uno”, describiendo desembocaduras, tierras inmediatas con notas de su historia natural, datos sobre sus pobladores, toponimia, etc., formando una verdadera descripción de una carta inexistente o en paradero desconocido.

Fernández de Enciso inicia su Geografía, “para que mejor se entienda”, marcando el ecuador y los hemisferios, también el occidental y el oriental, lo que significó la toma de posición sobre un meridiano cero o “diámetro” (sic), como tal considera el bachiller la Línea de Tordesillas, pero también hace mención al meridiano de Sevilla, a la isla de Santo Tomé y a la isla de El Hierro; tema más arduo y no bien resuelto fue el valor que dio al grado, menor, anticuado, con lo que el tamaño de la Tierra quedaba empequeñecido al estilo de los cálculos colombinos, por lo que la extensión del espacio correspondiente a España quedaba mejorado respecto a las pretensiones portuguesas en el Extremo Oriente.

La ausencia de una carta universal no es el mismo caso que Alonso de Chaves, cuya obra permaneció manuscrita; en el término de diecisiete años se habían hecho tres ediciones de la Suma de Geographia, luego no puede pensarse en pérdida u olvido; el hecho hace pensar en una actitud deliberada de impedir su divulgación por motivos políticos, de Estado. La descripción, narrativa, abarca todo el mundo conocido antes de 1519; del Viejo Mundo, incluyendo la legendaria isla nordatlántica del Brasil; además las islas del Atlántico próximo a Europa, y, ya en el Nuevo Mundo, las islas antillanas, desde Trinidad hasta Cuba, pasando por todo el arco insular [Tobabo, Barbados, Santa Lucía, Martinico, Dominica, Guadalupe, etc., con algún topónimo indígena interesante (Martininó)], con notas etnográficas, situación y distancias. E inmediatamente presenta la imagen del continente americano en la fachada atlántica (mar del Norte) y algún apunte en la del Pacífico (mar del Sur) con noticias de otros pueblos más avanzados, con códices (“y también hay tierras adonde los indios dicen que hay gente que tiene libros que escribe y leen como nosotros”).

 

Obras de ~: Suma de Geographia, Sevilla, J. Cromberger, 1519.

 

Bibl.: M. Roquette, Le cosmographe espagnol Martín Fernández de Enciso, Paris, 1869; J. T. Medina, Descripción de las Indias Occidentales por Martín Fernández de Enciso, Santiago de Chile, Imprenta Ercilla, 1897; J. F. Guillén, “Una nueva edición de 1530 de la Suma de Geografía del bachiller Martín Fernández de Enciso”, en Las Ciencias (Madrid) II, 1 (1935), págs. 300-308; J. Ibáñez Cerdá, “Introducción”, a M. Fernández de Enciso, Suma de Geografía, Madrid, Estades, 1948; A. Melón y Ruiz de Gordejuela, “La Geografía de Martín Fernández de Enciso”, en Estudios geográficos (Madrid), XI, 38 (1950), págs. 29-43; A. Melón, “Del portulano de Juan de la Cosa a la carta plana de Fernández de Enciso”, en Revista de Indias (Madrid), XLII (1950), págs. 811-817; C. Seco Serrano, “Algunos datos definitivos sobre el viaje de Ojeda-Vespucio”, en Revista de Indias, 59 (1955); G. Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, ed. de J. Pérez de Tudela, Madrid, Atlas, 1959; M. Góngora, Los grupos de conquistadores en Tierra Firme, Santiago de Chile, Universitaria, 1962; M. T. Zubiri, “La capitulación del bachiller Enciso para la costa del Aljófar: el tercer gobernador de Venezuela”, en XXXVI Congreso Internacional de Americanistas, Barcelona, Madrid, Sevilla, 1964; D. Ramos Pérez, “La capitulación del bachiller Enciso para la costa del Aljófar”, en Estudios de Historia venezolana (Caracas) (1976), págs. 179- 207; M. Cuesta Domingo, “Introducción”, en M. Fernández de Enciso, Suma de Geographia, Madrid, Alianza, 1987; A. de Herrera y Tordesillas, Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del mar océano, Madrid, Universidad Complutense (UCM), 1991.

 

Mariano Cuesta Domingo