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Tristán de Luna y Arellano

Biografía

Luna y Arellano, Tristán de. Borobia (Soria), 1514 – Ciudad de México (México), 16.IX.1573. Conquistador, gobernador de La Florida.

Hijo de Carlos de Arellano y Luna, mariscal de Castilla, señor de Ciria (Soria) y de Borobia (Soria), y de Juana Dávalos Manrique, su segunda mujer. Nieto de otro Carlos de Arellano y Sarmiento, mariscal de Castilla (éste, nieto materno, a su vez, de Diego Gómez Sarmiento, mariscal de Castilla, de quien heredó la mariscalía), y de Aldara de Luna y Pentinat, hija de Jaime Martínez de Luna, alférez mayor de Aragón, primo hermano del condestable Álvaro de Luna, quien donó propter nupcias a Aldara los señoríos de Ciria y Borobia en Soria. Al tener el padre de Tristán varios hijos varones de su primer matrimonio, su partida a Indias parecía una salida natural. Así, partió por primera vez a Nueva España en 1530, junto con Luis de Castilla Osorio, quien sería su gran amigo durante toda su vida. Acompañaban ambos a Hernán Cortés, quien regresaba allí en 1530, después de sus gestiones ante Carlos V en defensa de sus derechos, y después de haber casado aquél en España con Juana de Zúñiga, que también le acompañaba, hija de Carlos de Arellano y Mendoza, conde de Aguilar de Inestrillas, pariente (primo tercero) de Tristán de Luna.

Tristán retornó temporalmente a España, haciendo su segundo viaje a Indias en 1535, acompañando ahora al recién nombrado primer virrey de Nueva España, Antonio de Mendoza y Pacheco (hijo del I marqués de Mondéjar).

En 1540 formó parte de la expedición de Francisco Vázquez de Coronado, gobernador de Nueva Galicia, que pretendía descubrir las riquezas, se suponía que de oro, de las Siete Ciudades de Cíbola y el reino de Quivira. Desde el punto de vista económico la expedición fue un fracaso, pues se demostró que su existencia era sólo un mito; pero, en cambio, a los expedicionarios les cupo la gloria de descubrir el Cañón del Colorado. En esta expedición, que duró hasta 1542 y en la que participaron mil cuatrocientos hombres, empezó Tristán como capitán de caballos, fue ascendido a maestre de campo y terminó como lugarteniente de Vázquez de Coronado, esto es, como segundo de la expedición. El fracaso significó la apertura de un proceso de investigación, que concluyó declarando la inocencia de los expedicionarios.

Pero Tristán volvió herido y enfermo y, como había invertido en la expedición la totalidad de sus escasos recursos (“gastó mucho e quedó muy adeudado”, escribió Tristán de sí mismo), hubo de ser acogido por su amigo Luis de Castilla.

Se trasladó a Oaxaca, donde en 1545 contrajo matrimonio con Isabel de Rojas, señora de cierta fortuna, viuda sucesivamente de los conquistadores Juan Velázquez y Francisco Maldonado (fundador en Oaxaca del monasterio de Santo Domingo), de quienes había heredado varias encomiendas. Por encargo del virrey, hizo frente en esta provincia a una sublevación de nativos, “con gran costa e gasto de su hazienda”, pacificación que consiguió “haziendo Justicia”. Su mujer perdió un pleito sobre las encomiendas, por lo que “conforme e la calidad de sus personas, no se pueden sustentar”. Fallecido Hernán Cortés en 1547 y como viviera en España su hijo Martín Cortés (II marqués del Valle de Oaxaca), fue nombrado Tristán de Luna en 1551 gobernador de los “estados del marqués del Valle”. Hacia 1550 escribió al Rey solicitando, en recompensa de sus méritos y de los de los anteriores maridos de su mujer, que “se le haga merçed en el repartimiento”.

Florida había sido oficialmente descubierta por Ponce de León en 1513, aunque algunos navegantes habían ya conocido, pocos años antes, parte de su costa; pero no fue conquistada por él. Posteriormente, hubo varios viajes de exploración y de intento de conquista, como los de Diego de Miruelo, Álvarez de Pineda, Vázquez de Ayllón, Pánfilo de Narváez y Hernando de Soto. Los intentos habían fracasado, pero, al menos, habían servido para conocer algo mejor la costa y tener una idea sobre su interior, considerado insalubre y de poco interés económico. Por ello, desde la expedición de Hernando de Soto en 1542, no hubo nuevos intentos durante quince años. Sólo algunos franciscanos y los obispos de México y de Cuba presionaban por razones de evangelización. Sin embargo, Felipe II decidió, a la vista del riesgo constatado de que franceses o escoceses establecieran asentamientos en su costa atlántica, que había llegado el momento de poblar La Florida. Además, se pretendía “convertir los yndios naturales y ponellos debaxo del dominio de su magestad...”. En diciembre de 1557 el Rey ordenó al virrey de México, Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, que nombrase un gobernador para La Florida y Punta de Santa Elena, junto con unas minuciosas instrucciones, casi todas de orden administrativo.

Se trataba, básicamente, de fundar tres asentamientos de población: uno en la costa de Florida del golfo de México, inmediato al puerto de Ochuse; otro en la “provincia de Coosa” (actual noroeste de Alabama), en el interior; finalmente, el tercero estaría en la costa atlántica (al que se pudiera acceder por el interior, evitando el rodeo a la península de La Florida), en un lugar llamado Punta de Santa Elena (actual Port Royal, en Carolina del Sur, según Priestley; cerca de Tybee Island, Georgia, según Hoffman y otros autores), que, aunque conocido desde la expedición de Hernando de Soto, no estaba plenamente identificado. Se reforzaría así la protección, que hasta entonces sólo otorgaba a La Habana, al canal de las Bahamas y, para ello, se enviaría una expedición “a poblar la tierra de la florida y punta de santa elena y a predicar nra santa fee católica [...] sin hazelles guerra fuerza ni mal tratamiento [...] y en darles a entender que V.m los ama y manda q sean tratados como vasallos libres”, en palabras del propio virrey.

El 30 de octubre de 1558 Tristán fue nombrado “gobernador y capitán general de las provincias de La Florida y Punta de Santa Elena”, jurando solemnemente su cargo en la catedral de México el 1 de noviembre.

La expedición fue preparada minuciosamente, pues no se trataba ahora de perseguir una quimera. Se reclutaron quinientos soldados, algunos acompañados de sus mujeres e hijos, que serían futuros pobladores.

Los civiles ascendían a unos mil, entre los que había labradores y unos cien artesanos, además de escribanos, oficiales reales y seis frailes dominicos. Iban con abundantes víveres, doscientos cuarenta caballos y herramientas para la construcción y la agricultura. Llevaban incluso instrucciones para el urbanismo (“la traça”) de las nuevas poblaciones (la primera población en la costa del golfo tendría la estructura de un campamento fortificado, con ciento cuarenta parcelas, una plaza desde la que “se vean las quatro puertas que el pueblo ha de tener y que sea bastante para rrecoger toda la gente”, plaza que contaría con un monasterio, una iglesia, la casa del gobernador, etc.). Tristán, ya viudo y con dos hijos menores de edad (su hijo Carlos, de ocho años, y quizá también su hija, quedarían bajo la custodia del virrey durante la ausencia de su padre), había invertido en la expedición todos sus recursos y, además, había obtenido un préstamo de la hacienda virreinal con la garantía de la renta de las encomiendas (propiedad de sus hijos, de los que había vendido también algunas propiedades en Granada). Solicitó un salario, que fue fijado por el virrey en 8.000 ducados anuales, que consideró insuficiente, teniendo en cuenta los gastos que tendría que afrontar.

El 24 de abril de 1559 salieron los expedicionarios de Ciudad de México, acompañados por el virrey, para dirigirse hacia San Juan de Ulúa (Veracruz), donde les esperaban trece navíos, que zarparon el 11 de junio. Antes de partir, y otra vez durante el trayecto, había escrito al Rey solicitando mayor salario y “ayuda de costa”, porque “todo es y sera para mejor servir a V.m.”, y también que ordene “hazer suelta” de la deuda contraída con la hacienda virreinal, porque de lo contrario quedarán “dos hijos que tiene en gran necesidad”, añadiendo que “he gastado todo quanto tengo y obligándome a muchas debdas con dificultad me he podido proveer de todas las cosas necesarias [...]” y que “esta adeudado y dexa enpeñada toda su hazienda”.

Finalmente, tras haber sido desviados a la bahía de Mobile (Alabama), el 14 de agosto consiguieron arribar a la ya conocida bahía de Ochuse (hoy Pensacola, Florida), que fue rebautizada, en honor de Felipe II, como bahía Filipina, dándole al puerto el nombre de puerto de Santa María (por haber desembarcado el 15 de agosto). Satisfecho con la bahía y su puerto, en apariencia muy seguro, pues “los hombres de mar dicen que es el mejor que hay en Indias” (se creía que el puerto era tan seguro para las naves que “ningun viento les puede hazer daño ninguno”), sin resistencia de los escasos nativos, aunque con el inconveniente “de que aquí no ay manera para poderse al presente sustentar tanta jente”, eligió Tristán de Luna el emplazamiento (“una punta de tierra alta que cae sobre la baia”) para la primera población (“el biso Rey don luis de belasco me dio por ynstruiçion q se hiziese aquí un pueblo”). Pero “en la noche diez y nueve deste mes de setiembre se lebanto de la parte del norte una tempestad braba que corriendo por veinte y quatro oras por todos los bientos hasta la misma ora que començara no parando syno siempre yendo en crecimiento hizo en las naos del harmada daños yrreparables con perdida de muchos hombres de la mar y pasajeros asi de sus bidas como de sus haziendas, echando al trabes las naos todas que dentro este puerto estavan con ser uno de los buenos que hen todas estas Indias ay açeto una carabela y dos barcas que escaparon”, escribió Tristán al Rey el 24 de septiembre. Conocidas las pérdidas, el virrey le escribió que “pues nuestro señor lo ordeno asy no ay que decir syno dalle muchas graçias y pedille que en lo que resta de hazer guie a V. S.”, prometiéndole el envío de “bastimentos”, esto es, nuevo material y víveres, “añadiendo que ha sido informado por el maestre de campo, por los capitanes, y también por los frailes, de “la buena orden y diligencia que V. S. en todo a puesto y pone y el gran satisfecho que tienen de su prudençia y valor”. Este suceso, que dio lugar a la primera descripción de los, luego, bien conocidos huracanes de Florida, dejó a la expedición casi sin víveres, forzando una precipitada y angustiosa incursión tierra adentro en busca de comida.

Tristán envió un destacamento de doscientos hombres que, avanzando a lo largo de un río (según Priestley sería el río hoy llamado Alabama, que desemboca en la actual Mobile Bay), dio con un poblado llamado Nanipacana, donde encontraron alimento. Al cabo de cuarenta y cinco días unos soldados trajeron la información a Ochuse. Entretanto, el gobernador enfermó de unas calenturas “de las quales vino el dicho don Tristan a desatinar e perder el seso y dezia desbarios y desatinos”. No quería moverse de Ochuse, pero fue finalmente convencido, y todos, salvo un retén que quedó en el puerto, se dirigieron a Nanipacana. En el camino “torno a desvariar [...] y no atinaba en lo que hablaba”, se recoge en el testimonio escrito que depusieron varios soldados. Al llegar, rebautizaron el poblado como Santa Cruz de Nanipacana. Pero los nativos, que no opusieron resistencia, sin embargo, habían hecho desaparecer los víveres e inutilizado cuantos frutos o hierbas pudieran ser comestibles.

Por ello, el destacamento de Nanipacana había partido hacia Coosa, de donde recibió órdenes del gobernador de volver a Nanipacana. Cuando volvieron, con grandes penalidades, se encontraron que el gobernador y el resto de la expedición habían vuelto ya a Ochuse, esperando el auxilio por mar. Tristán, a la desesperada, planteó que la expedición se desplazara hacia Coosa, en un último intento de acercarse al Atlántico desde el interior. Ahora se bordeó la insubordinación de los soldados y colonos, y tuvo que desistir. Los mil quinientos expedicionarios padecieron hambruna: comieron primero los caballos, luego la suela de los zapatos; muchos murieron de hambre o al comer hierbas venenosas. Tampoco consiguieron llegar a la Punta de Santa Elena, pues fracasó la pequeña expedición que Tristán envió por mar.

Enfermo, con su autoridad perdida por las calamidades y las órdenes contradictorias, enfrentado a su maestre de campo, Jorge Cerón Saavedra, a sus capitanes y a los frailes de la expedición, todos ellos enviando informes negativos al virrey Luis de Velasco, Tristán solicitó ser sustituido, y que los hechos fueran investigados. Fue destituido por el virrey en enero de 1561, concediéndosele autorización para ir a España a defender sus intereses, siendo nombrado como sustituto Ángel de Villafañe, que llegó a Ochuse en abril de 1561, partiendo entonces Tristán hacia La Habana.

Vuelto a España ese mismo año, no consiguió que el Consejo de Indias le resarciera de los gastos incurridos en la expedición. Envió a Nueva España a unos criados para que trajeran a España a sus hijos.

En 1564, perdida la esperanza de ser resarcido, consiguió licencia para volver a México, retornando desvalido y arruinado (“trabajado por la adversidad y abandonado de la gente”, en expresión de Fernández Duro). Fue acogido nuevamente en casa de su fiel Luis de Castilla, quien hubo de pagarle incluso el entierro en 1573. No pudo disfrutar de la herencia que dejó en España su medio hermano Pedro de Luna y Arellano, fallecido sin sucesión apenas nueve meses antes que él, pasando la mariscalía de Castilla y los señoríos de Ciria y Borobia al hijo de Tristán, Carlos de Luna (designado heredero por su tío).

Villafañe tampoco tuvo éxito en su intento de llegar a la Punta de Santa Elena y la expedición fue cancelada.

Pedro Menéndez de Avilés recibiría el encargo en 1565 de proseguir con el proyecto de la costa atlántica de Florida (fundando la ciudad de San Agustín, considerada la ciudad más antigua de Estados Unidos), quedando abandonada durante años la costa de Florida del golfo de México, por ser “tierras malditas”.

Hasta 1698 no se fundaría, o refundaría, la actual ciudad de Pensacola, pero a Tristán de Luna le cabe el honor de haber fijado el primer asentamiento de población, Ochuse (“Ochuz”, “Ichuse”) en la bahía de Pensacola.

Con su mujer, Isabel de Rojas (hija de Bartolomé Díez de Aux y de otra Isabel de Rojas), tuvo a sus hijos Carlos y Juana. Ésta casó, sin sucesión, con Mateo de Mauleón y Navarra. Carlos de Luna y Arellano (también conocido como Carlos de Arellano y Luna), bautizado en la catedral de México en 1547, sería con el tiempo mariscal de Castilla, señor de Ciria y Borobia, alcalde mayor de Michoacán, de Puebla de los Ángeles (1590-1595) y de Xochimilco y capitán general del Yucatán (1604-1612), falleciendo en México en 1630. Viudo de Leonor de Ircio y Mendoza (sobrina del virrey Antonio de Mendoza, con quien había casado en 1567), casó Carlos de Luna en España por segunda vez (aún casaría dos veces más) en 1577 con María Colón de la Cueva (hija de Juana Colón y Toledo, nieta ésta de Cristóbal Colón, y de Luis de La Cueva y Toledo, hijo del II duque de Alburquerque), con quien tuvo a Tristán (con sucesión), Juana e Isabel. Esta última Juana, conocida como Juana Colón de la Cueva, pretensa duquesa de Veragua y de La Vega, había nacido en México, donde casó en 1600 con Francisco Pacheco de Córdoba y Bocanegra (nieto materno de Francisco Vázquez Coronado, gobernador y capitán general de Nueva Galicia, y bisnieto de Alonso de Estrada, gobernador y capitán general de México), quien sería caballero de la Orden de Santiago (1609), I marqués de Villamayor de las Ibernias (1617) y I adelantado mayor de Nueva Galicia.

Son progenitores de los sucesivos marqueses de Villamayor de las Ibernias y de Agrópoli, de quienes proceden los marqueses de Bélgida y de Mondéjar, y a través de éstos, entre otros, los marqueses de Villanueva de Duero y de Villariezo, los condes de Bornos y, más tarde, los condes del Campo de Alange y los marqueses de Guadalcázar.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General de Indias (Sevilla), Patronato, 179, n. 5, r. 1, Carta a S.M. de don Tristán de Luna, su gobernador de La Florida (relato del huracán, 24 de septiembre de 1559); Patronato, 19, r. 10, Testimonio e información sobre la jornada de La Florida, 1561; Patronato, 19, r. 6, Juramento y pleito homenaje de don Tristán; Patronato, 19, r. 9, Relación del virrey Luis de Velasco, 24 de septiembre de 1559; Patronato, 231, n. 4, r. 15; Indiferente, 1966, l. 14, fols. 110-110v.; Indiferente, 1966, l. 15, fols. 72-72v.; Real Academia de la Historia, Col. Salazar y Castro, D-31 fol. 75, D-33 fols. 94-96v., M-9 fols. 329v.-330v.

A. López de Haro, Nobiliario genealógico de los Reyes y Títulos de España, Madrid, 1622 [reimpr. Ollobarren (Navarra), Wilsen Editorial, 1996, vol. II, pág. 59]; L. Salazar y Castro, Historia genealógica de la Casa de Lara, Madrid, Imprenta Real, 1696 (reimpr. Bilbao, Wilsen Editorial, 1988, t. I, pág. 382); F. Fernández de Bethencourt, Historia genealógica y heráldica de la Monarquía Española y Grandes de España, Madrid, 1897 (reimpr. Sevilla, Fabiola de Publicaciones Hispalenses, 2001-2003, t. IX, págs. 474-491); F. A. Icaza, Conquistadores y pobladores de Nueva España. Diccionario autobiográfico sacado de los textos originales, vol. II, Madrid, 1923, págs. 10-11; A. y A. García Carraffa, Enciclopedia heráldica y genealógica hispano- americana. Diccionario de Apellidos, t. XI, Madrid, 1923, págs. 27-29; H. I. Priestley, The Luna papers. Documents relating to the expedition of don Tristán de Luna y Arellano for the conquest of La Florida in 1559-1561, 1928 (reimpr. Freeport New York, Books for Libraries Press, 1971, vols. I y II); Tristán de Luna, Conquistador of the Old South. A Study of Spanish Imperial Strategy, 1936 (reimpr. Filadelfia, Estados Unidos, Porcupine Press, 1980); R. Nieto Cortadellas, Los descendientes de Cristóbal Colón, La Habana, Sociedad Colombista Panamericana, 1952, págs. 19 y ss.; A. Trueba, Las 7 Ciudades. Expedición de Francisco Vázquez Coronado, México, Editorial Campeador, 1955; VV. AA., Historia, biografía y geografía de México, México, Editorial Porrúa, 1964 (2.ª ed.), pág. 918; C. Fernández Duro, Armada Española. Desde la unión de los Reinos de Castilla y de Aragón, t. II, Madrid, Museo Naval, 1972, págs. 199 y 210; M. C. García Bernal, Yucatán. Población y Encomienda bajo los Austrias, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1978; J. I. Rubio Mañé, El Virreinato, vol. II, México, Fondo de Cultura Económica, 1983, págs. 73- 81; P. E. Hoffman, “Legend, religious idealism, and colonies: the Point of Santa Elena in History, 1552-1566”, en The South Carolina Historical Magazine, vol. 84, n.º 2, Charleston, Carolina del Sur, South Carolina Historical Society, 1983, págs. 59-71; R. Himmerich Valencia, The Encomenderos of New Spain, 1521-1555, Austin (Estados Unidos), University of Texas Press, 1991; M. A. Sáinz Sastre, La Florida, siglo xvi. Descubrimiento y conquista, Madrid, Editorial Mapfre, 1992 (2.ª ed.); I. Arenas Frutos, “Intentos colonizadores en Florida a mediados del siglo xvi”, en VV. AA., Congreso de Historia del Descubrimiento (1492-1556). Actas (Ponencias y comunicaciones), t. III, Madrid, Real Academia de la Historia, CECA, 1992, págs. 11-25.

 

Pedro Rodríguez-Ponga y Salamanca