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Toda Aznárez

Biografía

Toda Aznárez. La reina Toda. ?, c. 890 – c. 965. Reina de Pamplona.

A la legitimidad de ejercicio ganada en los campos de batalla por su marido el rey Sancho I Garcés añadió la legitimidad de sangre de su linaje, hasta el punto de que la nueva Monarquía se podía considerar en cierto modo homologada a escala europeo-occidental cristiana. Para estrechar más los lazos entre ambas familias su hermana Sancha había contraído matrimonio con Jimeno Garcés, hermano de aquel Soberano. Eran ambas hijas de Aznar Sánchez de Larráun y su esposa Ónneca, hija ésta a su vez de Fortún Garcés y nieta, por tanto de García Íñiguez. Descendían, pues, las dos por vía materna de Íñigo Arista, su tatarabuelo y primer “príncipe” pamplonés de nombre conocido.

En medio de las continuas gestas militares de su marido (905-925), cabe atribuir a Toda en buena parte el diseño del amplio y trascendental programa de enlaces conyugales conducentes a una estrecha y variada compenetración política de la naciente dinastía regia de Pamplona con los poderes condales circundantes y sobre todo con el Reino de León. Ella debió de inspirar, pues, los sucesivos matrimonios de sus hijas, hacia el año 924 y en vida todavía de su esposo, el de Sancha con el rey leonés Ordoño II, seguido pronto por los de Ónneca con Alfonso IV (925-931) y Urraca con Ramiro II (931-951). La menor seguramente de sus hijas, Belasquita, tuvo como esposos primero a Momo, conde de Vizcaya, luego a Galindo, hijo del conde Bernardo de Ribagorza, y finalmente al magnate pamplonés Fortún Galíndez. Viuda muy pronto de Ordoño II, la citada Sancha se volvió a casar, primero, con el conde Alvaro Herrameliz de Alava y, de nuevo viuda, hacia los años 931/932 con Fernán González, conde de Castilla. Por otra parte, el enlace conyugal de su hijo García I Sánchez con Andregoto Galíndez supondría el encuadramiento en los dominios pamploneses del condado de Aragón a pesar de la posterior disolución de estas nupcias, provocada presumiblemente por el deseo de reforzar la red de parentescos leoneses mediante unas segundas nupcias hacia el año 941 del joven Monarca con su prima Teresa, hija de los aludidos Ramiro II y Urraca. Más adelante su nieta Urraca Garcés, hija de García I Sánchez y Teresa, se uniría (963/964) con el mencionado conde Fernán González y, viuda de éste (970), con el conde Guillermo Sancho de Gascuña. Y, en vida todavía de la reina Toda, otra nieta suya, Urraca Fernández, fruto del referido primer matrimonio del mismo Fernán González con Sancha, se casaría sucesivamente con los reyes leoneses Ordoño III y Ordoño IV y, por último, hacia el año 962 con el futuro Sancho II Garcés, primogénito y sucesor de García I Sánchez.

En tan complejo anillo familiar se habían ido engastando, en suma, los linajes de todos los gobernantes cristianos de la periferia pamplonesa, una tupida red de parentescos urdida de una u otra forma por la reina Toda a lo largo de su ajetreada vida.

Paralelamente y muerto ya su esposo, debió de educar personalmente a su hijo García I Sánchez que con sólo cinco o seis años de edad heredó el Reino y, como ya era sin duda tradicional en la sociedad pamplonesa, fue tutelado y suplido en sus funciones hasta cumplir los catorce años por el pariente varón más próximo y capacitado en calidad de ayo o “eitán”, un cometido que en este caso correspondía a Jimeno Garcés, el citado hermano del difunto Monarca y cuñado de Toda por doble concepto a través de su marido y de su hermana. Se convirtió luego Toda en la principal mentora de su hijo en cuanto éste dio comienzo a su reinado efectivo y tuvo que empezar a afrontar ante todo el problema de las cambiantes relaciones con los musulmanes. Alegando arteramente los lazos familiares de su madre Ónneca, abuela de ‘Abd al-Rahmān III, consiguió mediante una entrevista celebrada en Calahorra (julio de 934) que el califa cordobés reconociera de manera expresa como señor de Pamplona a García I Sánchez, a cambio de una fidelidad política que, tácita pero significativamente, descartaba el vínculo de dependencia representado por el tributo anual debido teóricamente al Islam que había caracterizado el régimen de los anteriores “príncipes” pamploneses. Sin embargo, al considerar tres años después que los pamploneses habían roto aquel pacto al apoyar una rebelión del valí o gobernador tuyibí de Zaragoza, el soberano musulmán procedió a asolar en dos incursiones los márgenes fronterizos de los dominios de la “bárbara” Toda, como la denigra un texto árabe, y tras el asedio y rendición de Uncastillo, continuó las depredaciones por las tierras próximas, “hasta el corazón del país”, para salir por Tafalla no sin haber prendido fuego a la población. Arrasó moradas, quemó alquerías, abatió fortalezas, taló los árboles frutales “frecuentes en aquella zona”, pero halló todos los lugares abandonados y, conforme a la táctica tradicional de defensa del país, ninguna unidad armada pamplonesa se aventuró a hacerle frente en campo abierto (agosto de 937). En diciembre siguiente las fuerzas cordobesas cayeron ahora sobre el sector occidental de la frontera y en el llano dominado por la fortaleza de San Esteban (Monjardín) aventajaron e hicieron huir a las unidades pamplonesas de caballería ligera habituadas a refugiarse en los parajes más escabrosos.

Con cuantioso botín y muchos cautivos el destacamento sarraceno regresó por la fortaleza de al-Monastir o Almonasterio, cerca de San Adrián, “en el confín del país de Pamplona”, donde se entregaron y fueron decapitados el “conde” o alcaide, “uno de los más nobles vascones”, y sus sesenta compañeros.

Parece que Toda y su hijo se avinieron entonces a negociar el oportuno cese de hostilidades, pero al cabo solamente de dos años sumaban sus guerreros a los de Ramiro II de León en la espectacular victoria cristiana sobre ‘Abd Al-Raűmān III tanto en las cercanías de Simancas (6/8 de agosto de 939) como en la subsiguiente emboscada tendida a las fuerzas califales en retirada por el paraje de Al-Handaq, Alhándega.

La contribución pamplonesa debió de ser tan notable que los ecos de la batalla llegaron hasta el lejano Monasterio de Saint-Gall (Suiza), donde al cabo de menos de veinte años reseñaban en sus anales como protagonista de tan memorable suceso a “cierta reina llamada Toia”, es decir, la incansable Toda. Parece que en aquellos momentos para la Corte cordobesa era precisamente el Rey de Pamplona su peor enemigo, hasta el punto de que, para otorgar la paz, al conde barcelonés Suñer le exigió que renunciara al proyectado matrimonio de una hija suya con García I Sánchez (940), quien había quedado además excluido del tratado de paz acordado poco antes por el Califa con Ramiro II y sus condes, aunque no dejó por ello de contar enseguida con el socorro de tropas castellanas en una de sus refriegas fronterizas con el valí de Zaragoza.

El silencio de los textos invita a suponer que siguió una fase de calma siquiera relativa en el frente musulmán con el consiguiente alivio en especial para el campesinado de las altas riberas pamplonesas.

Muerto luego Ramiro II (enero de 951), no habían tardado en reproducirse las discordias por la sucesión en el Trono leonés. Alentado seguramente por su abuela Toda, Sancho I el Craso había intentado suplantar a su hermanastro Ordoño III, pero sólo la muerte de este último (septiembre de 956) le permitió convertir en realidad semejante pretensión con apoyo de su tío materno García I Sánchez. Comprobada, sin embargo, muy pronto por los magnates del Reino su evidente ineptitud para la guerra, a comienzos de 958 fue desplazado por su primo Ordoño IV, hijo de Alfonso IV y la pamplonesa Ónneca y, por otro lado, casado con su sobrina segunda Urraca Fernández, hija del conde castellano Fernán González y viuda de Ordoño III. Refugiado Sancho I en los dominios pamploneses, por iniciativa sin duda de su abuela Toda y el respaldo de García I Sánchez, se entablaron las negociaciones que en el verano del mismo año les permitieron a los tres entrevistarse con ‘Abd al-Raűmān III en su propio palacio cordobés para solicitar la oportuna ayuda militar. Curado, además, allí de su obesidad por el médico judío Abū Yūsuf asday ben Shapruţ, acabó recobrando el Trono leonés acompañado por las tropas musulmanas (959/960). Las disensiones entre los príncipes cristianos, que evidentemente favorecían al soberano cordobés, no concluyeron con esta reposición de Sancho I en el Reino de León, sino que por haber apoyado quizás al derrocado Ordoño IV, yerno suyo, el conde castellano Fernán González fue apresado por García I Sánchez que lo retuvo durante unos meses (961/962), pero no accedió a entregarlo al nuevo califa Al-Űakam II, como este reclamó en cuanto se hizo cargo del califato (16 de octubre de 961). Con el posterior enlace matrimonial del conde con Urraca Garcés, hija del monarca pamplonés, se reafirmaba una vez más la solidaridad familiar entre los príncipes cristianos. No tardaría, por ello, en producirse la enérgica e insistente reacción cordobesa y el general Galib dirigió, entre los años 963 y 967, sucesivas campañas contra la frontera castellana del Duero y alguna de ellas debió de afectar también a los dominios pamploneses. Se ha pensado así por algún autor que en la primera se tomó por asalto Calahorra, coincidiendo además con una incursión del valí zaragozano Yaűyà b. Muűammad. Más que los detalles, importa constatar aquí la reanudación del estado de guerra que culminaría con la reafirmación del dominio musulmán sobre todo el valle del Cidacos y la restauración del recinto amurallado de aquella ciudad (agosto de 968), con lo que la frontera najerense ganada por Sancho I Garcés retrocedió para largo tiempo hasta el valle del Leza y el Jubera. Entre tanto había fallecido el monarca leonés Sancho I (966), sucedido por su hijo de cinco años Ramiro III, y en el curso de estos últimos acontecimientos se desvaneció políticamente la figura de Toda, cuyas menciones documentales se interrumpen al comenzar aquella década. Quizá dedicó los últimos años de su vejez a rememorar las vicisitudes familiares hasta su tatarabuelo Íñigo Arista y facilitar una serie de informaciones orales que permitirían establecer la red pamplonesa de parentescos que, junto con las noticias de la también longeva reina Andregoto, facilitarían la preparación del excepcional corpus escrito conocido como “Genealogías de Roda”, copiadas hacia 992 en el llamado “Códice Rotense” (Biblioteca de la Real Academia de Historia, códice 78).

 

Bibl.: G. H. Pertz (ed.), “Annales Sangallenses”, en Monumenta Germaniae Historica. Scriptores, vol. I, Hannover, 1848, pág. 78; J. M. Lacarra, “Textos navarros del Códice de Roda”, en Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón, 1 (1945), págs. 230-250; E. Levi-Provençal, “España musulmana hasta la caída del califato de Córdoba (711-1031 d. C.)”, en J. M.ª Jover Zamora (dir.), Historia de España Menéndez Pidal, t. IV, Madrid, Espasa Calpe, 1950 (5.ª ed., 1985), págs. 291-378; R. d’Abadal i de Vinyals, Els comtats de Pallars i Ribagorça, t. I, Barcelona, Institut d’Estudis Catalans, 1954, págs. 116-127; A. Ubieto Arteta, “Los reyes pamploneses entre 905-970”, en Prnícipe de Viana, 24 (1963), págs. 77-82; “La elaboración de las Genealogías de Roda”, en Miscelánea José María Lacarra de Miguel, Zaragoza, Anubar Ediciones, 1968, págs. 457-464; J. M. Lacarra, Historia política del reino de Navarra desde sus orígenes hasta su incorporación a Castilla, vol. I, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1972, págs. 107-151; J. Goñi Gaztambide, Historia de los obispos de Pamplona, vol. I, Pamplona, EUNSA, 1979, págs. 92-104; M. Díaz y Díaz, Libros y librerías en La Rioja altomedieval, Logroño, Instituto de Estudios Riojanos, 1979; M.ª J. Viguera y F. Corriente (eds.), Ibn Hayyan, Crónica del califa Abdarrahman III an-Nasir entre los años 912 y 942 (Al-Muqtabis V), Zaragoza, Anubar Ediciones-Instituto Hispano- Árabe de Cultura, 1981; A. Ubieto Arteta, Orígenes de Aragón, Zaragoza, Anubar Ediciones, 1989, págs. 68-381; A. Martín Duque, “El reino de Pamplona”, en J. M.ª Jover Zamora (dir.), Historia de España Menéndez Pidal, 7-2, Madrid, Espasa Calpe, 1999, págs. 66-74 y 106-121; G. Martínez Díez, El condado de Castilla (711-1038). La historia frente a la leyenda, 1-2, Valladolid, Junta de Castilla y León-Marcial Pons Historia, 2005, págs. 314-461.

 

Ángel Martín Duque