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Agustín de Iturbide

Biografía

Iturbide, Agustín de. Valladolid (México), 27.IX.1783 – Padilla (México), 19.VII.1824. Militar y emperador de México.

Hijo criollo de un inmigrante vasco de antepasados nobles y de una dama michoacana, su familia, adinerada, le ingresó en el seminario, pero pronto cambió su vocación religiosa por la carrera militar. En 1797 ingresó en el regimiento de su ciudad y, siendo oficial del Ejército español, se negó a colaborar en el alzamiento independentista de Miguel Hidalgo y Costilla, quien le había ofrecido unirse a la causa de la independencia con el grado de teniente coronel, y participó en la detención de revolucionarios en Valladolid.

Cuando las tropas de Hidalgo tomaron esa ciudad, en octubre de 1810, huyó a Ciudad de México y participó en la batalla del Monte de las Cruces con el grado de capitán. A los diecisiete años ingresó en el regimiento de Infantería provincial de su ciudad y a los veintidós se casó con Ana María de Huarte.

Como la mayoría de los caudillos de la Independencia, sirvió primero al Gobierno Real español como oficial del Ejército, adquiriendo notoriedad por la persecución de los primeros rebeldes entre 1810 y 1816.

Combatió contra las guerrillas independentistas del caudillo local Albino García, a quien llegó a detener en 1812. También se enfrentó al insurrecto Ramón López, a quien derrotó en la batalla del Puente de Salvatierra, en 1813. Ese mismo año el virrey Félix María Calleja lo ascendió a coronel y le dio el mando del regimiento de Celaya, para después darle el control militar supremo de la intendencia de Guanajuato, uno de los principales focos de la rebelión.

Sus prácticas no siempre fueron bien vistas por todos, ya que, ejerciendo esa responsabilidad, puso en práctica el programa realista de la contrainsurgencia, y fue muy criticado por su arbitrariedad y por su trato a civiles, incluyendo la detención de madres, esposas e hijos de rebeldes conocidos, además de haber fusilado sin escrúpulos a quien se suponía que se lo merecía, según era costumbre entre ambos bandos. Tuvo problemas también con altos oficiales del Ejército español, quienes lo denunciaron entre 1813 y 1814 de prácticas comerciales ilegales para enriquecimiento propio. Por otra parte, sostuvo frecuentemente a su tropa con sus propios recursos y logró despertar la iniciativa privada para la defensa de las localidades en campañas locales y foráneas. Como buen caudillo militar se preocupó por la educación y valorización de las hazañas de sus soldados.

En 1815 consiguió derrotar al todopoderoso y peligroso caudillo de la insurgencia José María Morelos, aunque al año siguiente sufrió una derrota a manos de Ignacio López Rayón en el encuentro de Cóporo.

Las reiteradas denuncias acumuladas en su contra, sumadas a nuevas protestas de los comerciantes de Guanajuato, llevaron al virrey Félix María Calleja del Rey a destituirlo en 1816, acusado de malversación de fondos y abuso de autoridad. El virrey le ordenó responder a varios cargos que incluían el uso del mando para crear monopolios comerciales, saquear propiedad privada y malversar fondos. Las quejas, sin embargo, provenían de simpatizantes de la insurgencia, lo que sin duda le ayudó en el veredicto final. Aunque fue absuelto por mediación del auditor de guerra real, se retiró a sus propiedades en Michoacán y al año siguiente se estableció en Ciudad de México.

Una vez demostrada su inocencia, hubiera podido regresar al mando del Ejército con provisiones para el norte pero, resentido, lo rechazó. El triunfo de la revolución liberal de Rafael de Riego en España en 1820 desencadenó en México varios temores: por un lado, los sectores conservadores deseaban evitar la aplicación de las medidas radicales que estaban impulsando los diputados en las Cortes de Madrid, por el otro, los liberales mexicanos quisieron aprovechar el restablecimiento de la Constitución liberal española de 1812 para obtener la autonomía del virreinato. Los primeros, en sus reuniones de la iglesia de la Profesa (llamada por los historiadores liberales “de la Profesa”), estaban encabezados por el canónigo Matías de Monteagudo y convencieron al virrey Juan Ruiz de Apodaca para que designara a Iturbide comandante general del sur.

Mientras tanto, los liberales planeaban que el compañero de Iturbide, Juan Gómez de Navarrete, recién electo diputado a las Cortes, promoviera un Plan de Independencia en Madrid, que consistía en llamar a uno de los miembros de la Familia Real a México para gobernarlo. Al mismo tiempo que esto ocurriera, Iturbide debía marchar al sur con sus tropas, supuestamente para combatir al general Vicente Guerrero, uno de los pocos dirigentes independentistas que quedaban, pero también para convencerlo de unirse a un nuevo plan que conciliaba tanto los intereses y posiciones de los liberales como de los conservadores.

Durante esta campaña se produjeron los últimos combates importantes entre realistas e insurgentes en México. Por un lado, Pedro Ascencio, 2.º de Guerrero, destrozó a la retaguardia de Iturbide cerca de Tlatlaya el 28 de diciembre de 1820, mientras que cinco días más tarde el propio Guerrero venció a una columna subalterna mandada por Carlos Moya cerca de Chilpacingo.

El 21 de enero de 1821 se produjo una nueva escaramuza en un sitio denominado Espinazo del Diablo.

Este último enfrentamiento, de escasa importancia militar, tuvo significación histórica por tratarse del último combate entre independentistas y realistas.

A finales de 1820, el coronel realista Iturbide, de treinta y siete años de edad, se volvió en contra del régimen al que había servido tan fielmente y proclamó una nueva rebelión. Iturbide logró convencer a Guerrero y llegó a un acuerdo con él el 13 de febrero de 1821 en la población de Iguala. Como consecuencia de ello, se proclamó el Plan de Iguala o de las Tres Garantías, un programa político cercano tanto a los tradicionalistas católicos como a los liberales, que declaraba la independencia, un régimen monárquico constitucional (cuyo trono fue ofrecido a Fernando VII de España o a alguno de sus hermanos), y la exclusividad de la religión católica “sin tolerancia de otra alguna”. Para sostener el plan, se conformó el llamado Ejército Trigarante que reunió las tropas de Iturbide y de los insurgentes y al que se fue uniendo, poco a poco, la mayoría de las demás guarniciones realistas del país. Se trataba, por tanto, de un paso hacia delante en la independencia, pero manteniendo muchos de los valores tradicionales de la España colonial.

El virrey rechazó el plan y puso a Iturbide fuera de la ley, pero la mayoría de las guarniciones y de las ciudades le manifestó su adhesión. El victorioso Ejército Trigarante avanzó sobre la capital con mayor número de adeptos cada día, y el virrey O’Donojú celebró con Iturbide el Tratado de Córdoba, el 24 de agosto de 1821. Iturbide firmó el Tratado de Córdoba con O’Donojú, teniente general de los Ejércitos de España, que había sucedido al virrey Apodaca como máxima autoridad española en México. El 27 de septiembre el Ejército Trigarante entró en Ciudad de México, y al día siguiente, una junta de treinta y ocho miembros, presidida por el propio Iturbide, proclamaba el Acta de Independencia del Imperio Mexicano y constituía una Regencia de cinco miembros, también presidida por Iturbide y de la que formaba parte O’Donojú. La Junta Provisional Gubernativa nombró también a Iturbide generalísimo con un sueldo de 120.000 pesos anuales, 1.000.000 de capital, veinte leguas cuadradas de terreno en Texas y el tratamiento de alteza serenísima.

Iturbide presidió la Junta Provisional Gubernativa, que tenía que cumplir con el Tratado y el Plan, base del gobierno del naciente Estado mexicano. El partido iturbidista era el más numeroso, pero carecía de organización; los partidos opositores —borbonistas, progresistas y republicanos— contaban, en cambio, con la fuerza de las logias masónicas. El 25 de febrero de 1822 comenzaba su actividad el Congreso Constituyente, que pronto entró en roces con la Regencia: el Congreso se proclamó único representante de la soberanía de la nación, prohibía los gastos no autorizados por él, y eliminaba los empréstitos forzosos. Pero el 18 de mayo se produjo un motín del regimiento de Celaya exigiendo que Iturbide fuera elegido emperador; otras unidades de la guarnición de la capital se unieron a la sublevación. Bajo esta presión, a la mañana del día siguiente el Congreso proclamó emperador a Iturbide, que fue coronado con el nombre de Agustín I. Nacía así el Imperio.

Al desconocer España el Tratado de Córdoba, advirtió a los gobiernos europeos que el reconocimiento de la independencia de cualquiera de las colonias hispanoamericanas se consideraría una violación a los tratados existentes. Iturbide, entonces, empezó a preparar su ascenso al poder. El 18 de mayo de 1822 una multitud dirigida por un contingente del antiguo regimiento de Celaya marchó a través de las calles de la capital hasta la residencia de Iturbide y demandó que su comandante en jefe aceptara ser la cabeza del Imperio Mexicano.

La coronación de Iturbide como emperador y de su esposa Ana María como emperatriz tuvo lugar entre gran pompa y circunstancia el 21 de julio 1822 con los obispos de Puebla, Durango y Oaxaca presentes en la ceremonia.

Unos pocos republicanos continuaron su oposición, y algunas guarniciones españolas aún resistían. Una conspiración contra el gobierno fue descubierta en agosto de 1822 y el 26 de ese mes Iturbide apresaba y encarcelaba a varios diputados implicados. La oposición del Congreso y su incapacidad para constituir la nación proporcionaron a Iturbide argumentos para disolverlo el 31 de octubre. En su lugar y con apoyo de algunos diputados, como Lorenzo de Zavala, se creó una Junta Instituyente encargada de redactar una Constitución. En diciembre el general Antonio López de Santa Anna (quien, además de ambicioso, se hallaba en conchabanza con los republicanos) se alzaba en armas contra el Emperador y en favor de la institución de una república. El 6 de diciembre Santa Anna y Guadalupe Victoria proclamaban el Plan de Veracruz, exigiendo la reinstalación del Congreso.

El 24 de enero de 1823 Vicente Guerrero y Nicolás Bravo se pronunciaban a favor del Plan de Veracruz.

Mientras tanto, Iturbide envió al general Echávarri contra Santa Anna. Echávarri no consiguió reducir a los republicanos, de modo que, antes de ser destituido por el Emperador, proclamó el Plan de Casamata el 1 de febrero, con el que pretendía mantener al Emperador en el trono y convocar un nuevo congreso. Sin embargo, las presiones que recibía Iturbide por parte de sus opositores políticos en Ciudad de México le hicieron reunir al mismo Congreso que había disuelto antes y abdicar ante él, el 19 de marzo de 1823.

El 22 de marzo Iturbide abandonó la capital escoltado por Nicolás Bravo y el 11 de mayo se embarcaba rumbo a Europa. Permaneció un tiempo en Livorno, Italia, para trasladarse luego a Londres. Desde su exilio, se mantuvo en comunicación con algunos de sus partidarios en México, en especial con algunos políticos de Guadalajara y con militares de Chalco, quienes conspiraron para derrocar al Gobierno republicano de la ciudad de México y traer de regreso al país al depuesto Emperador. El 13 de febrero de 1824 Iturbide envió una carta al Congreso mexicano, anunciando su intención de regresar al país, pero éste, temeroso de los movimientos a favor del Imperio, lo declaró traidor, así como a quienes protegiesen su regreso a la república. No obstante, el 4 de mayo Iturbide embarcó en Londres para arribar el 14 de julio al pequeño puerto de Soto la Marina (Tamaulipas). Acompañado por su esposa y sus dos hijos menores, volvió del destierro, que él consideraba voluntario, llegando al puerto de Soto la Marina en la costa de Nuevo Santander, hoy estado de Tamaulipas. El ex emperador y su familia fueron escoltados por el comandante Felipe de la Garza, hasta el pueblo cercano de Padilla. Fue hecho prisionero y conducido al poblado de Padilla.

El 19 de julio, el presidente de la legislatura de Tamaulipas, un cura, le administró los últimos sacramentos a Iturbide, le confesó tres veces sus pecados y dijo sus últimas palabras: “¡Mexicanos! Muero con honor, no como traidor; no quedará a mis hijos y su posteridad esta mancha, no soy traidor, no”. Tres balas lo alcanzaron: una en la parte izquierda de la frente; la que lo mató, otra en el costado izquierdo entre la tercera y cuarta costilla y otra que se alojó junto a su nariz en el lado derecho de su cara. El cuerpo fue enterrado en la iglesia parroquial de Padilla, que no tenía techo y estaba abandonada.

Sus restos fueron enterrados en Padilla, hasta que en 1838, bajo la presidencia de Anastasio Bustamante, el Congreso ordenó su traslado a Ciudad de México y su inhumación con honores en la capilla de San Felipe en la catedral.

Tras el derrocamiento de Agustín de Iturbide como Emperador de México, la familia Iturbide se retiró a Europa, residiendo primero en Italia, y más tarde en Inglaterra. Sin embargo, debido a la correspondencia que el ex emperador recibía, en la cual sólo se hablaba del pésimo estado de su país, se vio animado a regresar, creyéndose aquél, como el único capaz de restaurar el orden y la paz. Esto demuestra el romanticismo que el Emperador y su familia poseían.

 

Bibl.: A. Iturbide, El libertador: Documentos selectos de D. Agustín de Iturbide, México, Editorial Patria, 1947; W. S. Robertson, Iturbide of Mexico, New York, Greenwood, 1968; H. Peralta, Agustín de Iturbide y Costa Rica, San José de Costa Rica, Editorial Costa Rica, 1969; J. Gutiérrez Casillas, Papeles de don Agustín de Iturbide: documentos hallados recientemente, México, Editorial Tradición, 1977; V. Rocafuerte, Bosquejo ligerisimo de la revolución de Méjico desde el Grito de Iguala hasta la proclamación imperial de Itúrbide, México, Miguel Angel Porrúa, 1984; J. Vega, Agustín de Iturbide, Madrid, Historia 16, 1987; T. E. Anna, Mexican Empire of Iturbide, Lincoln, University of Nebraska, 1990; T. Di Tella, Iturbide y el cesarismo popular, Buenos Aires, Fundación Simón Rodríguez, 1999; J. del Arenal Fenochio, Un modo de ser libres: independencia y constitución en México 1816-1822, Zamora, El Colegio de Michoacán, 2002.

 

José Manuel Serrano Álvarez