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Vicente González Moreno

Biografía

González Moreno, Vicente. Cádiz, 9.XII.1778 – Vera de Bidasoa (Navarra), 6.IX.1839. General carlista.

Hijo de un oficial del Ejército, a los dos años de edad se embarcó con sus padres para América, donde recibió su primera educación y en donde no tardó en quedar huérfano de padre por haber fallecido éste en Cumaná (Venezuela). Tras regresar a España cursó Matemáticas en la Academia de Ingenieros de Barcelona, obteniendo las mejores calificaciones. Terminados estos estudios ingresó en el Regimiento de Saboya, en el que entró de cadete el 15 de marzo de 1792. En 1793 y 1794 participó en diversas acciones de la guerra contra la Convención, sirviendo a las órdenes del general Ricardos y el marqués de las Amarillas. En 1808 era primer teniente graduado de capitán.

En mayo de 1808 jugó un destacadísimo papel en la revuelta de Valencia contra los franceses, participando en la creación de la Junta Suprema de Valencia, que le nombró coronel del Regimiento del Turia y segundo comandante del ejército que, al mando del teniente general Francisco Salinas, pasó a apoyar la revuelta de Cataluña contra los franceses. Atacada Valencia por las tropas del general Moncey, Moreno bajó a auxiliarla desde Tortosa al frente de los cinco mil hombres de que constaba su Regimiento, algunos dragones del de Numancia y varias piezas de artillería. Participó también en la batalla de Tudela, donde dirigió la retirada del ala izquierda española, y en la defensa de Zaragoza, en la que permaneció hasta el 13 de diciembre de 1808, en que abandonó la plaza con órdenes de Palafox. Con fecha 1 de octubre de 1808 había obtenido el empleo de brigadier.

Destinado a Asturias en 1812 se distinguió en numerosos encuentros, participando también en la campaña sobre Salamanca y Ciudad Rodrigo. En 1814, al producirse la vuelta de Fernando VII, se hallaba en Vascongadas como comandante de la séptima división, y, según cuenta su hoja de servicios, “reunió a los jefes de su división, les hizo conocer los derechos del monarca y acordó con ellos dirigirle una carta, ofreciéndole aquellas fuerzas sin restricción”. Posteriormente se ocupó de la publicación en Guipúzcoa del Decreto de 4 de mayo que derogaba la obra de las Cortes de Cádiz. En 1815 fue destinado al ejército de operaciones de la izquierda y posteriormente quedó encargado del depósito general de Burgos. Comisionado para entender en la sentencia fiscal de la causa contra los conspiradores de Cataluña de 5 de abril de 1817, en febrero de 1820, estando en Madrid, fue destinado a las órdenes del teniente general conde de San Román para hacer frente a las tropas sublevadas en La Coruña en apoyo de Riego. A partir de aquí participó en cuantas iniciativas se tramaron contra el régimen constitucional, y en mayo de 1822 “admitió el encargo que se le hizo a nombre directo de S. M. de contrarrevolucionar las provincias Vascongadas.

En junio inmediato iba a emprender la marcha para dichas provincias cuando se le mandó permanecer en Madrid a resultas (se cree) del plan de Aranjuez. En junio recibió orden verbal del soberano para encargarse del mando de los cuatro batallones del Pardo, pero la anticipada entrada de éstos en Madrid desvaneció este paso. En agosto le recibió para encargarse del mando de los dos batallones de Guardia acantonados en Talavera y Mondéjar y operar con ellos según exigiesen las circunstancias. El mismo día que salió de Madrid con este objeto se disolvieron aquellos batallones [...] y quedó también sin efecto este plan. En octubre recibió nueva orden para ponerse al frente de la contrarrevolución tramada en Lorca. En 31 del mismo se puso en marcha con este objeto; es detenido en el pueblo de Villatobas, creyéndole uno de los ministros que en aquella época se creían fugados.

Permanece siete días preso, descúbrese mientras tanto la contrarrevolución de Lorca y se restituye a Madrid, habiendo hecho su prisión y retención en Villatobas que no apareciese su nombre en el premeditado movimiento de Lorca. Desde esta época rindió al rey servicios muy importantes en la capital, pero de tal naturaleza que ha juzgado oportuno el permiso del soberano para exponerlos, y así lo solicitó en una instancia dirigida por el conducto regular en el ministerio anterior, y en otra exposición que elevó en derechura al Excmo. Señor ministro de la Guerra. Pero ni este jefe superior parece que creyó dar cuenta de ella a S. M., ni la extinguida junta de calificación de méritos y empleos a donde desgraciadamente pasó la primera instancia paró la atención en este incidente”.

Habiendo entrado con la vanguardia del ejército aliado en Madrid, en junio de 1823 se le puso al frente de una columna volante, y el 15 de agosto se hizo cargo del mando de una brigada de la división que a las órdenes del general Quesada penetró en Extremadura. Presidente de la comisión ejecutiva de Madrid y Castilla la Nueva en 22 de enero de 1824, permaneció en dicho puesto hasta el 7 de mayo, en que se dirigió a Santander, cuyo gobierno se le había conferido el 18 de marzo anterior.

Tras servir algún tiempo en Madrid en las filas de la Guardia Real de Infantería, Moreno ascendió a mariscal de campo en 1830, y a principios de 1831 fue nombrado gobernador militar de Málaga. En los primeros días de diciembre hizo prisionero al general Torrijos, que acompañado por unos cincuenta liberales había desembarcado en las costas de Málaga, y que fue pasado por las armas junto con todos sus acompañantes.

En opinión de múltiples autores, Moreno se habría puesto en contacto con Torrijos para convencerle de que podía contar con su apoyo, y de esta forma se haría plenamente merecedor del sobrenombre de “el verdugo de Málaga” con que le obsequiaban los liberales. Sin embargo, para el príncipe Félix Lichnowsky no fue Moreno, sino su secretario, Diego Miguel de García, quien tendió la celada a los liberales, opinión que es secundada por Melchor Ferrer. En cualquier caso, y como recompensa por estos servicios, Moreno fue nombrado teniente general, dándosele el mando de la capitanía general de Granada, en el que permaneció hasta octubre de 1832, en que, al igual que muchos generales sospechosos de carlismo, fue relevado del mando.

Al comenzar la Guerra Carlista se hallaba de cuartel en Sevilla, donde conspiraba a favor de don Carlos, pero, desmantelada su red, optó por fugarse a Portugal, donde se unió al pretendiente en noviembre de 1833. Allí permaneció, al frente de las pocas tropas que pudo reunir don Carlos, hasta que embarcó con él rumbo a Inglaterra. Trató posteriormente de unirse a las filas del ejército carlista del Norte, pero fue interceptado en su primer intento por la policía francesa, que le acompañó hasta Suiza. Allí preparó un nuevo viaje a la Península que le hizo penetrar en territorio español el 22 de junio de 1835, siendo su llegada, según el barón de los Valles, propiciada por la amistad que mantenía con Cruz Mayor. Este valimiento ante el ministro carlista ayuda también a explicar su designación para reemplazar a Zumalacárregui tras el brevísimo mandato intermedio de Eraso, designación que dio lugar a amargas quejas por parte de Maroto, que también acababa de llegar a las filas legitimistas, y que, pese a ser de menor graduación militar que González Moreno en vida de Fernando VII, se consideraba con mayores merecimientos para sustituir al fallecido caudillo.

Una de las primeras medidas de Moreno fue ordenar a Eraso que pasase a sitiar Puente la Reina. Decidido el general isabelino Luis Fernández de Córdoba a mantener aquella guarnición, acudió en su socorro con todas las tropas disponibles. Moreno quiso aprovechar la ocasión para ofrecer un combate que podía ser decisivo, pues si batía a su oponente podría cruzar el Ebro y dirigirse hacia la Corte. A la batalla, acaecida el 15 de julio de 1835 en Mendigorría, concurrieron treinta y seis mil soldados isabelinos y veinticuatro mil carlistas, siendo, por tanto, la más importante por lo que al número de hombres se refiere de toda la Primera Guerra Carlista. Moreno, que colocó sus fuerzas al amparo de fuertes posiciones, no tenía todavía la suficiente experiencia sobre el tipo de soldados que servían bajo sus órdenes, y actuó en todo como si se tratara de una tropa acostumbrada a evolucionar en el campo de maniobras. Además, las posiciones elegidas tenían a la espalda el río Arga, que sin duda embarazaría la retirada en caso de derrota.

Batido por su oponente, la batalla no terminó en desastre debido a la heroicidad mostrada por Villarreal en la defensa del puente de Mendigorría, por el que logró retirarse la mayor parte del ejército legitimista.

Más que el resultado material lo importante de esta batalla fue que el respiro que así obtuvo el ejército cristino, a quien la campaña de Zumalacárregui había colocado al borde del colapso. Como escribió Córdoba al duque de Ahumada, ministro de la guerra “hemos ganado [...] seis meses de vida; por este término respondo de contener al enemigo en sus antiguos límites. Que el gobierno aproveche el plazo para buscar recursos y crear elementos con que sostener, conducir y concluir la guerra”.

Pese a que era personalmente opuesto al sistema de expediciones, fue durante el mandato de Moreno cuando salió del Norte la primera de cierta importancia, que fue la emprendida por el general Guergué al frente de una columna de dos mil quinientos infantes y cien caballos. Moreno, que no logró evitar la salida de esta expedición, deseada por don Carlos, pudo, sin embargo, conseguir que fuera destinada a Cataluña, que era el punto donde consideraba que las tropas expedicionarias correrían menor riesgo, pues en caso necesario podrían volver sin mayores problemas, apreciación cuya exactitud no tardó en quedar en evidencia.

Las disensiones entre Moreno y Maroto subieron de punto tras la victoria que el 11 de septiembre obtuvieron las tropas de este último sobre Espartero, pues Moreno minimizó esta acción para ensalzar el combate del puente de Bolueta, ocurrido al día siguiente con la presencia del grueso del ejército. Tras intentar mediar entre ambos generales, don Carlos optó por destituir a ambos de sus puestos. Durante el mando de Eguía, que centró su actividad en tomar las posiciones isabelinas de la costa vascongada que aún resistían merced al apoyo de la flota, Moreno se mostró contrario a esta política, pues consideraba que todos los esfuerzos debían dirigirse hacia el interior, operando constantemente sobre la orilla izquierda del Ebro y bloqueando Vitoria, que una vez conquistada serviría de base de operaciones para empresas futuras.

El 15 de octubre de 1836 Moreno participó en Durango en una reunión presida por don Carlos para abordar si era o no conveniente emprender un nuevo sitio de Bilbao, como planteaba el entonces ministro universal Erro, quien contó en su ayuda con el parecer del general gaditano, para el cual el ejército no estaba en disposición de emprender un avance sobre Madrid, mientras que la conquista de Bilbao, además de reportar grandes ventajas por los recursos que contenía, era una excelente oportunidad para obligar a batirse al enemigo en posiciones previamente escogidas, pues era indudable que trataría de acudir en su ayuda. Paradójicamente, el fracaso del sitio tuvo consecuencias positivas para González Moreno, pues el general Villarreal fue sustituido por el infante don Sebastián Gabriel al frente del ejército y Moreno designado jefe de Estado Mayor. En condición de tal tomó parte en la expedición real. Sin embargo, y tal vez porque los objetivos de la expedición eran más políticos que militares, sus opiniones fueron seguidas en escasas ocasiones, como quedó en evidencia tras la acción de Huesca, donde, si bien sus disposiciones proporcionaron la victoria, no se siguieron sus consejos de marchar en persecución de los vencidos: “Cualquiera que abra en Europa una carta geográfica y vea la marcha que proyectamos sobre Barbastro, preguntará asombrado si al frente de los expedicionarios carlistas hay un general o un cabo de escuadra”. Triunfante de nuevo en Barbastro, no consiguió disuadir a don Carlos de que penetrase en Cataluña, pues, independientemente de otras consideraciones, el paso del Ebro hacia Aragón no podía hacerse entonces “por no haberse llenado todavía las condiciones que se creyeron convenientes”, tal y como explicaba poco después Arias Teijeiro al brigadier Álvarez de Toledo.

Derrotada por el barón de Meer en Graa, la expedición real se unió después a Cabrera y, aunque una nueva derrota en Chiva y la activa persecución de Espartero la desmoralizaron considerablemente, la brillante victoria obtenida merced a las disposiciones de Moreno en Villar de los Navarros (24 de agosto de 1837) supuso una importante inyección de moral que culminó el 12 de septiembre, cuando las tropas carlistas se presentaron ante Madrid, que en aquellos momentos se encontraba prácticamente desguarnecida.

El general Cabrera, cuyas avanzadillas llegaron hasta las tapias del Retiro, era partidario de tomarla al asalto, pero no así Moreno, que consideraba necesario batir a Espartero, que se encontraba a un par de días de distancia, antes de entrar en la capital. La expedición se replegó, pues, sobre Mondéjar en espera de que se les uniese otra expedición carlista, la de Zaratiegui, que por aquellos días operaba en Castilla.

Al ver que no se recibían los refuerzos esperados, Moreno trató de sorprender a Espartero en Alcalá de Henares, pero antes de llegar supo por un par de desertores que el enemigo conocía sus movimientos.

Consciente del pésimo efecto que podía tener una nueva retirada, Moreno propuso aceptar el combate en las alturas cercanas a Alcalá, pero su plan fue rechazado y el ejército carlista, acosado en su retirada, sufrió una importante dispersión que le obligó a retirarse hacia el Norte.

La unión en Aranda de Duero de las expediciones de don Carlos y Zaratiegui hizo que se pensara en la posibilidad de continuar las hostilidades en Castilla, pero, fracasado un intento de Moreno de sorprender a los isabelinos en Retuerta, las disensiones entre los jefes expedicionarios llegaron a tal punto que los carlistas no tuvieron más remedio que retirarse a sus bases.

Moreno presentó entonces su dimisión, que fue aceptada, y continuó en el campo carlista relegado a una posición secundaria, lo que explica que Maroto no pidiera su expulsión después de los fusilamientos de Estella. A pesar de no haberse querido acoger al convenio de Vergara, Moreno fue asesinado entre Urdax y Vera de Bidasoa por unos batallones navarros insubordinados que vitoreaban a Elío.

A pesar de sus dotes militares, Moreno nunca fue un jefe querido por la tropa, con la que le faltaba empatía, tal vez por ser un hombre sin actividad física durante el combate: “Apenas si pronunciaba una palabra. Jamás se le vió poner su caballo al galope, siempre caminaba al paso o, a lo sumo, al trote. Serenidad poseía en alto grado, pero era la serenidad del sepulcro; por eso le llamaban el difunto Moreno” (Rahden, 1965: 88). Según Lichnowsky, tampoco contribuía a su popularidad la elección que hacía de sus colaboradores entre oficiales de buenas familias que habían servido en el ejército de Fernando VII pero que no eran naturales del país vasconavarro.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General Militar (Segovia), Exp. personal de don Vicente González Moreno.

M. Fernández Araujo, Manifiesto sobre el asesinato del capitán general de los Reales Ejércitos Don Vicente González Moreno, Bayona, Imprenta de la Viuda de Cluzeau, 1839; Galería militar contemporánea, t. II, Madrid, 1846, págs. 249-257; A. Pirala, Historia de la Guerra Civil y de los partidos liberal y carlista, Madrid, Felipe González Rojas, 1889-1891; M. Ferrer, Historia del Tradicionalismo Español, t. VIII, Sevilla, Trajano, 1946, págs. 107-165; W. F. Rahden, Andanzas de un veterano de la guerra de España (1833-1840), Pamplona, Institución Príncipe de Viana, 1965, pág. 88.

 

Alfonso Bullón de Mendoza y Gómez de Valugera