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Carlos VI

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Biografía

Carlos VI. Viena (Austria), 1.X.1685 – 20.X.1740. Emperador del Sacro Imperio y pretendiente a la Co­rona de España.

Hijo menor del emperador Leopoldo I y de su ter­cera esposa, Eleonora de Neoburgo, el archiduque Carlos nació en Viena el 1 de octubre de 1685. Mien­tras el primogénito José heredaría a su padre en el título imperial, él estaba destinado a suceder al mo­narca español Carlos II. La educación del archiduque coincidió con la recuperación de la influencia de los jesuitas en la Corte y se le orientó desde el principio para reinar en Madrid. Por este motivo aprendió el español, lengua predilecta durante su vida, pero tam­bién dominó otros idiomas, como el latín, el alemán, el francés, el italiano, el húngaro o el catalán. Bajo la dirección del príncipe Antonio de Liechtenstein, sus preceptores le enseñaron Lógica, Ética y Filosofía, aunque lo que más atraía al joven Carlos era cono­cer las virtudes y las hazañas de sus predecesores de la Casa de Austria, tanto españoles como austríacos. Anclado en las ideas tradicionales de los Habsburgo, la historia de la familia fue utilizada años más tarde como propaganda de su propia Corona imperial. También la mitología, de la que sus educadores sa­caban enseñanzas morales, interesaba a un príncipe a la vez clásico y barroco. Como era tradicional en su familia, le gustaba coleccionar libros y monedas antiguas. Tenía una gran afición por la música y en particular le agradaba la ópera italiana, que fue representada con regularidad durante su estancia en Es­paña. Años más tarde, él mismo compuso una ópera en cuyo estreno participó su hija María Teresa. De todos los juegos y entretenimientos, la caza constituía su mayor pasión. De profundas convicciones, Carlos fue también muy religioso. El joven archiduque era de estatura mediana, cabello castaño, rostro alargado, y tenía el porte grave y serio de los Habsburgo, no obstante su mirada vivaz y agradable. Se parecía a su padre en algunos rasgos de carácter: indeciso, tímido y obstinado. Con su actitud sobria y distante ofrecía una imagen mucho más madura y reservada de lo que correspondía a su edad. Sin embargo, su apariencia variaba cuando se encontraba en la intimidad fami­liar; entonces se mostraba más cercano y cariñoso.

El emperador Leopoldo, crecido por sus victorias sobre los turcos y asegurada su sucesión con dos hi­jos varones, defendió con firmeza sus derechos a la Corona de España ante la ausencia de herederos de Carlos II. Como segundo hijo del Emperador, la can­didatura del archiduque Carlos eliminaba el peligro de reconstruir el Imperio de Carlos V. Tras la muerte de Carlos II el 1 de noviembre de 1700, Leopoldo re­clamó el trono español para su hijo menor y no reco­noció a Felipe V, que había llegado a Madrid el 18 de febrero de 1701. Las provocaciones de Luis XIV sa­caron a la Corte de Viena de su aislamiento y el Emperador consiguió formar una alianza en 1702 con Inglaterra y las Provincias Unidas en contra de Fran­cia y en apoyo del archiduque Carlos. Poco después comenzó la Guerra de Sucesión española. Al año si­guiente se unieron a los aliados Portugal y Saboya. El 12 de septiembre de 1703, la Corte de Viena lo proclamó rey de España con el título de Carlos III, tras las renuncias del emperador Leopoldo I y del ar­chiduque José. Previamente, Leopoldo había llegado a un acuerdo con sus hijos según el cual los territorios españoles en el norte de Italia pasarían a José, mien­tras que Carlos conservaría el resto de la Monarquía que regía Madrid. Así pues, la actitud de Leopoldo respondía a intereses en apariencia contrapuestos: a través de su hijo el archiduque Carlos pretendía man­tener la vinculación de la Monarquía española con la Casa de Austria, pero al mismo tiempo aspiraba a que sus dominios en Italia pasaran al Imperio, lo que implicaba un evidente menoscabo para los espa­ñoles. Además, ambos hermanos firmaron el Pactum Mutuae Succesionis por el que Carlos heredaría a José en Austria, Hungría y Bohemia, dado que el primo­génito no tenía hijos varones, pero si ninguno de los dos tenía descendencia masculina, pasaría a ocupar el trono la hija mayor del hermano primogénito. El 19 de septiembre el archiduque salía de Viena. Hizo escala en Holanda y en Londres, donde fue recibido por la reina Ana y, a bordo de la escuadra inglesa, llegó a Lisboa, donde Pedro II lo acogió entre el 6 de marzo de 1704 y el 23 de julio de 1705. En Portugal recibió la adhesión de importantes figuras españolas del partido austríaco como el almirante de Castilla, el conde de Cardona y el padre Álvaro de Cienfuegos. El archiduque reivindicó sus derechos irrenunciables al trono de España y anunció que estaba dispuesto a li­berar a los españoles de la tiranía del duque de Anjou, un argumento este último que utilizó con frecuencia. Felipe V publicó en Madrid una declaración de gue­rra el 30 de abril de 1704 y envió un ejército a la fron­tera portuguesa. Eran los primeros pasos para el inicio de la guerra en España. Hasta este momento el conflicto en la Península se había reducido a la presencia de la flota anglo-holandesa frente a las costas de Cá­diz entre agosto y septiembre de 1702, que terminó con el saqueo de Rota y de El Puerto de Santa María; en octubre de ese mismo año, fue hundida la flota de Indias en Vigo. En 1704, el almirante inglés Rooke decidió al regreso de una expedición a las costas cata­lanas continuar con las operaciones en las proximida­des de Cádiz que culminaron con la toma de Gibral­tar el 4 de agosto, tras un intenso bombardeo para el que la plaza no estaba preparada.

El año 1705 fue decisivo en la Guerra de Sucesión. El 5 de mayo falleció Leopoldo I y el nuevo empe­rador José I, joven y belicoso, manifestó pronto su determinación de impulsar la guerra, sobre todo en Italia. En el mes de junio tuvo lugar un importante consejo de guerra en Portugal, al que asistieron los principales mandos aliados y el propio archiduque, en el que se decidió que la flota se dirigiera a las cos­tas levantinas en contra del parecer del almirante de Castilla. La decisión no fue ajena a la firma del Pacto de Génova, por el que Inglaterra se comprometía a defender los privilegios y los fueros de los catalanes a cambio de que éstos apoyaran al pretendiente aus­tríaco. El nuevo rey de la Casa de Austria desembarcó en Cataluña y entró en Barcelona el 9 de octubre de 1705, donde estableció su Corte con la colaboración de los aliados. Su presencia en la Península desenca­denó la dimensión civil de la Guerra de Sucesión es­pañola. En ese mismo año, Juan Bautista Basset logró la adhesión del reino valenciano a la causa austracista con la promesa de la abolición del régimen señorial. Con el título de Carlos III, el archiduque se consideró y actuó durante su estancia en España como el mo­narca legítimo. Entre 1705 y 1706 convocó las Cor­tes catalanas, en las que satisfizo el programa político y económico que le presentaron, si bien éste quedó en suspenso por la larga duración de la guerra. Muy pronto convirtió la Corte barcelonesa en un instru­mento de propaganda, creó sus propias instituciones y llevó a cabo una intensa política de captación so­cial. Una vez superado el asedio al que fue sometida la ciudad de Barcelona por el ejército hispanofran­cés mandado por el mariscal Tessé en los primeros meses de 1706, las tropas aliadas con el archiduque Carlos entraron en Zaragoza a finales de junio. Tam­bién Mallorca reconoció al rey Carlos en octubre de 1706. Los aliados, triunfantes, controlaban la Corona de Aragón y preparaban la entrada en Castilla. En un bando programático dado en Barcelona el 24 de mayo de 1706, Carlos se comprometía a respetar la “libertad, Fueros y Privilegios atropellados en todas partes del Usurpador de nuestra Corona”, frente a la amenaza centralizadora que suponía el rey de la Casa de Borbón.

La primera incursión aliada en Castilla se produjo tras el avance de las tropas angloportuguesas desde Extremadura y las del archiduque desde Aragón, lo que obligó a Felipe V y a la reina María Luisa de Sa­boya a salir de Madrid. El ejército aliado no pudo mantenerse en la capital: al escaso apoyo de los caste­llanos se unieron los problemas de abastecimiento. El 25 de abril de 1707 se enfrentó con las tropas borbó­nicas dirigidas por el duque de Berwick en la impor­tante batalla de Almansa que terminó con la victoria de Felipe V, cuando ya el archiduque se había reti­rado primero a Valencia, donde puso fin al gobierno populista de Basset, y luego a Barcelona. A partir de este momento, las fuerzas borbónicas conservaron una clara posición de superioridad en la Península. Con celeridad, Felipe V recuperó los reinos de Ara­gón y Valencia y el 29 de junio de 1707 decretó la abolición de sus fueros. Los meses siguientes a la de­rrota de Almansa fueron críticos para el archiduque Carlos, encerrado en Cataluña y supeditado a los alia­dos en el ámbito financiero y militar. En cambio, los aliados cosecharon éxitos en otras posesiones euro­peas de la Monarquía. El príncipe Eugenio de Saboya logró, junto a Amadeo de Saboya, una importante victoria en Turín en septiembre de 1706, que dio a los austríacos el dominio de Milán, el marquesado de Finale y Mantua. En 1707, las tropas austríacas del conde Daun entraron en Nápoles.

Con el dominio de Italia y sofocada la rebelión húngara, el emperador José I pudo mandar refuer­zos y a su mariscal el conde Guido von Starhemberg, que se puso al mando de las fuerzas aliadas en España en abril de 1708, si bien Carlos hubiera preferido al conde Daun. El mariscal no pudo impedir la pér­dida de Denia (noviembre de 1708) ni la de Alicante (abril de 1709). La flota inglesa logró la conquista de Cerdeña y Menorca (1708). Carlos dependía cada vez más del gobierno inglés, que exigió la entrega de Menorca a finales de año, como compensación por los elevados gastos de la guerra de España, y firmó un tratado de comercio con América al margen de los holandeses. El 18 de agosto de 1707, el archiduque Carlos hizo público su próximo matrimonio. La candidata elegida era Isabel Cristina de Brunswick-Wolfenbüttel, una princesa de origen protestante. El entusiasmo que suscitó la llegada de ésta a Barcelona en agosto de 1708 y los festejos que la acompañaron no fueron sino un paréntesis, pese a que se ganó muy pronto el afecto de los catalanes, que tuvieron de ella una opinión muy favorable. Pronto se impuso la reali­dad de una guerra incierta y desfavorable para la Casa de Austria y para los aliados. La presión de las tropas austríacas en Roma facilitó el reconocimiento pon­tificio del archiduque como rey de España en 1709. La crisis financiera y militar de la Monarquía fran­cesa tras las victorias aliadas de Oudenarde (1708) y Malplaquet (1709) llevaron a Luis XIV a negociar una paz separada en La Haya (1709) y en Gertruyd­emberg (1710), lo que provocó la ruptura entre Ma­drid y París. El aislamiento de Felipe V coincidió con una nueva ofensiva aliada. El mariscal Starhemberg derrotó a las tropas borbónicas en Almenara (27 de julio) y en Zaragoza (19 de agosto), lo que permi­tió a los aliados entrar por segunda vez en Madrid con la oposición del mariscal y de Carlos, que querían asegurar primero la Corona de Aragón. De nuevo, la hostilidad castellana y los problemas de abasteci­miento provocaron la retirada de la capital enmedio de una creciente división interna y estratégica de los aliados. Pero antes de abandonar la capital, Carlos tomó la importante decisión de formar los órganos de gobierno de la Monarquía para ratificar su condi­ción de rey, desde la convicción sobre su legitimidad para suceder a Carlos II en todos los reinos y domi­nios de la Monarquía española. Estas disposiciones tuvieron sólo un carácter simbólico por el resultado de la guerra.

En diciembre, el duque de Vendôme, enviado por Luis XIV para ayudar a Felipe V, derrotó a los aliados en Brihuega y en Villaviciosa. La guerra se redujo de nuevo a Cataluña. Con el fracaso de la segunda in­cursión en Castilla, prácticamente terminó la guerra en España, al menos para los aliados. El triunfo de los tories en las elecciones inglesas de 1710 significó que Gran Bretaña se retirara poco a poco de la contienda. La actitud inglesa se vio favorecida por la muerte del emperador José I en abril de 1711, lo que otorgaba la herencia imperial al archiduque Carlos. En cierto modo, la nueva situación supuso, a nivel personal, un alivio para él. La división estratégica y los fraca­sos militares, el irregular funcionamiento de los tri­bunales y la debilidad de las instituciones creadas, los partidos y facciones de la Corte, o la opulencia de la Casa Real que contrastaba con la penuria financiera y las dificultades de la población, condujo a una cre­ciente crítica que apuntaba directamente al entorno cortesano del archiduque. Éste había querido dirigir y controlar personalmente los asuntos de gobierno, pero con frecuencia se excedía en la consulta de dictá­menes y opiniones, aquejado de un mal frecuente en la dinastía: la falta de capacidad para tomar decisio­nes. Por el contrario, su carácter autoritario introdujo tensiones en el trabajo de los ministros españoles, en particular, los de la Junta de Estado y de Guerra. Esta situación facilitó el ascenso político del secretario de Estado y del Despacho, el catalán Ramón de Vilana Perlas, a quien Carlos otorgó el título de marqués de Rialp, y que tuvo un papel destacado primero en Bar­celona y luego en Viena. Si las relaciones del archidu­que con sus ministros más cercanos no fueron siem­pre fluidas, con las instituciones catalanas resultaron todavía más complejas por el añadido de la constante insistencia de los catalanes respecto a sus derechos. Sin embargo, en los años finales de la guerra se llegó a un mejor entendimiento, en un proceso de identifica­ción de Carlos con los españoles, lo que le llevó a de­fender su punto de vista frente a los aliados y a contar con los que habían sido sus más leales vasallos para el futuro Gobierno austríaco. En un primer momento, la presencia del archiduque en Barcelona comportó un dinamismo económico considerable. Una coyun­tura relativamente favorable sólo frenada por los re­sultados bélicos adversos y la destrucción de campos y cosechas, que provocó la presencia de las tropas de los dos ejércitos y cuyas consecuencias se manifesta­ron particularmente notorias en los años finales del conflicto. Además, el carácter civil de la contienda ocasionó otros inconvenientes que afectaron a indivi­duos y a familias, como la prisión o la confiscación de bienes. Fue frecuente la persecución de los disidentes y el desplazamiento y desarraigo de familias que tu­vieron que abandonar su tierra y sus propiedades para buscar la acogida en el bando contrario a aquél en que se les perseguía.

En septiembre de 1711, el archiduque abandonó Barcelona y se dirigió a Frankfurt para recibir la Co­rona imperial, pero dejó a su esposa como reina re­gente durante año y medio. La nueva herencia no significó su renuncia al trono de la Monarquía espa­ñola. No obstante, las potencias marítimas, que lo ha­bían apoyado en la Guerra de Sucesión así como en su elección imperial, no iban a permitir una repeti­ción del Imperio de Carlos V. Gran Bretaña y Fran­cia iniciaron las conversaciones que condujeron a la Paz de Utrecht en 1713, tras los preliminares de Lon­dres en 1711. En marzo de 1713 se firmó el tratado de evacuación de las tropas imperiales de Cataluña y poco después Isabel Cristina emprendía el camino de Viena a bordo de la escuadra inglesa, pero la ciu­dad de Barcelona no se rindió hasta el 11 de septiem­bre de 1714 cuando entraron las tropas del duque de Berwick. Felipe V decretó la Nueva Planta en Cata­luña y después en Mallorca. Tampoco Carlos, ahora Emperador, aceptó las negociaciones de paz y durante un año mantuvo abierto el frente bélico en contra de la opinión de sus ministros austríacos. En marzo de 1714 se firmaron los acuerdos de Rastadt y Baden que completaban el tratado de Utrecht. Felipe V fue reconocido como rey de España y las Indias y Car­los VI recibió los Países Bajos españoles y, a excepción de Sicilia que pasó al duque de Saboya, los dominios italianos (Nápoles, Cerdeña, el Milanesado y los Pre­sidios de Toscana) que habían pertenecido a la Mo­narquía española. En 1715 firmó el Tratado de la Ba­rrera con los holandeses.

Carlos, el hijo preferido de Leopoldo I, ceñía a par­tir de ahora el cetro imperial. Una de las primeras actuaciones del nuevo emperador fue la firma de la paz de Szatmàr en 1712, la cual ponía fin a la revuelta húngara de Ráckóczi que había estallado en 1703, en la que se respetaron los derechos y libertades de Hun­gría. El restablecimiento de la autoridad real en ese país fue crucial para el futuro de la Monarquía aus­tríaca, no sólo en su expansión hacia el Este, sino tam­bién para garantizar sus fronteras en Italia y Alema­nia. El nuevo emperador jamás renunció a la Corona de España y siempre se consideró el legítimo sucesor de Carlos II. Su breve estancia en nuestro país marcó su existencia, así como la de muchos españoles que le siguieron a Austria al terminar el conflicto suceso­rio. La necesidad de ordenar la incorporación de los nuevos dominios en la Monarquía austríaca originó la creación de un organismo, el Consejo de España (29 de diciembre de 1713), en el que se integraron los ministros españoles. Su presencia en el vértice de la Administración austríaca les dio capacidad de de­cisión en la política general de la Corte de Viena. Por otra parte, a diferencia de su hermano, Carlos VI re­husó delegar su autoridad, sin que los ministros austríacos lograran que el Emperador superara la reserva e incluso la desconfianza que sentía hacia el equipo creado por José I, aunque no llegara a disolverlo, y cuyas figuras más destacadas fueron el príncipe Eu­genio de Saboya y Gundaker Stahremberg, además del canciller conde de Sinzendorf. En este contexto resulta fácil explicar el acceso directo al Emperador que consiguieron, del grupo de exilados, el catalán marqués de Rialp y el napolitano conde de Stella. El Emperador cumplió la promesa que había hecho su esposa Isabel Cristina en Barcelona y hasta el final de su reinado se responsabilizó de los exiliados austracis­tas y encargó al Consejo de España de su asistencia a través de la Delegación General de Españoles. A su papel político, se ha de añadir el desempeñado por los exiliados en otras ramas, como la cultura, la economía y el Ejército.

Aunque Carlos VI se negó a firmar la paz con Es­paña en Utrecht, en los primeros siete años de su rei­nado la Monarquía austríaca ofreció una imagen de seguridad sin precedentes. A la incorporación de los dominios italianos y flamencos se unió la expansión danubiana hacia el Este de Europa, gracias a las victo­rias logradas por el príncipe Eugenio sobre el Imperio otomano, y la paz de Passarowitz de 1718 confirmó la hegemonía de los Habsburgo en el norte de los Bal­canes. De este modo, Carlos VI gobernó un Imperio casi tan extenso como el de su predecesor Carlos V. Con el resultado de la Guerra de Sucesión se habían hecho realidad los sueños de Maximiliano a comien­zos de la Edad Moderna en Italia. La nueva dimen­sión territorial consolidaba a la Monarquía austríaca como potencia europea y replanteó la definición de su diplomacia. Pero la realidad internacional impuso su propio ritmo, desde la negativa de Carlos VI a re­nunciar a sus territorios españoles. La respuesta a la política revisionista de Felipe V, junto a la lucha con­tra los turcos, constituyó el eje de la política exterior austríaca durante la primera década de su reinado. La actitud de Felipe V puso en peligro los acuerdos de paz y propició un acercamiento de Francia e Inglate­rra, que llevaron a cabo duras negociaciones con Es­paña y Austria, en las que ni Felipe V ni el emperador Carlos VI, los dos antiguos rivales en la Guerra de Sucesión, estaban dispuestos a ceder. La conquista de Cerdeña por el Rey español en agosto de 1717 causó confusión e irritación en la Corte de Viena, pero también suscitó opiniones encontradas sobre la conveniencia de luchar en Italia o firmar la paz con Fe­lipe V, como defendía el príncipe Eugenio. Pero Car­los VI, mientras pudo, atendió a los dos escenarios de actuación de la Monarquía austríaca: en el Este con la consolidación en Hungría y en el Sur con la defensa de los territorios de su herencia española en Italia. Una nueva agresión de Felipe V en 1718, esta vez en Sicilia, puso de manifiesto la dependencia de Viena de las potencias marítimas, ya que Austria práctica­mente carecía de Marina. Ante este nuevo desafío, el Emperador aceptó las propuestas francobritánicas y como resultado se constituyó la Cuádruple Alianza, a la que acabó adhiriéndose el Monarca español el 26 de enero de 1720: Felipe V renunciaba a la Co­rona de Francia y a los territorios italianos, Carlos VI renunciaba a la Corona de España, Saboya entregaba Sicilia a Austria a cambio de Cerdeña, se constituía la Gran Alianza de La Haya y las potencias europeas se comprometían a reconocer a los hijos de Felipe V e Isabel de Farnesio como herederos de los ducados de Parma y Toscana.

Poco después se enfrió la relación de Austria con las potencias marítimas debido en buena medida a la competencia comercial que representaba la Compa­ñía de Indias que se había formado con el apoyo del Emperador en Ostende, en los Países Bajos austríacos (1723), y que simbolizaba el interés por el desarrollo económico que mostró Carlos VI durante los prime­ros diez años de su reinado. La expansión territorial de la Monarquía hacía realizables los proyectos ela­borados por los cameralistas vieneses en el siglo XVII. El Emperador fue un decidido impulsor del comer­cio, cuya importancia había aprendido en Cataluña y a cuya inspiración no fueron ajenos los exiliados austracistas españoles. El final de la guerra turca fa­voreció el comercio austríaco en los Balcanes y pro­pició la fundación de una nueva compañía oriental. Carlos VI declaró puertos francos Fiume y Trieste en el Adriático, estableció la Compañía de Levante, se preocupó por la creación de una Marina comercial y una Marina de guerra. También promovió industrias de productos de lujo, como la porcelana, los tapices o el tabaco, aunque tuvieron más éxito las relacionadas con los textiles, el vidrio o el hierro. Desde la década de 1730 se crearon industrias de lana, seda y algodón en Bohemia y Moravia. Silesia fue probablemente el centro comercial más importante del Imperio. Se me­joraron las vías de comunicación. La nueva red de carreteras que comunicaba Bohemia con los puertos de Fiume y Trieste constituyó uno de los legados más importantes de Carlos VI para la integración econó­mica de la Monarquía austríaca. La primera década carolina también fue positiva desde el punto de vista financiero, bajo la autoridad de Gundaker Starhem­berg, lo que se explica no tanto por las reformas in­troducidas como por el desarrollo de los países here­ditarios.

Desde la victoria sobre los turcos en Passarowitz, la mayor preocupación política del Emperador fue su sucesión, a falta de descendencia masculina. En previ­sión de lo que pudiera ocurrir, en 1713, poco después de su llegada al Imperio procedente de Barcelona, de­rogó los decretos de Leopoldo I que establecían que en ausencia de hijos varones de José I y de Carlos VI heredasen la Corona las hijas del hermano mayor. En su lugar promulgó la Pragmática Sanción, asegurando así la indivisibilidad de los territorios de los Habs­burgo hasta el final de la Monarquía austríaca a co­mienzos del siglo XX. El primer hijo de Carlos nació en abril de 1716, pero murió pocos meses después. Al año siguiente, en 1717, nacía una hija, María Teresa, que se convirtió inmediatamente en la heredera de acuerdo con los términos de la Pragmática. En 1718 la Emperatriz volvió a dar a luz otra niña, María Ana. Un nuevo embarazo de Isabel Cristina renovó las es­peranzas de un varón, pero en 1724 nació otra hija, María Amalia, que falleció en 1730. Si efectivamente María Teresa sucedía a Carlos en el trono, terminaría la línea directa por vía masculina de los Habsburgo desde el siglo XI. En la década de 1720, el Emperador empezó a tomar conciencia de que probablemente María Teresa sería su heredera, aunque parece que se negó durante algún tiempo a admitir esa posibilidad. En una primera etapa Carlos VI se volcó en la acep­tación interna por sus Estados y por el Imperio de la Pragmática Sanción. En una segunda fase, la ofensiva diplomática se dirigió a obtener garantías de las po­tencias europeas.

El distanciamiento entre Austria y las potencias ma­rítimas, unido a una España decepcionada debido a la lentitud diplomática en Cambray, precipitaron los acontecimientos de 1724-1725 que condujeron a un entendimiento directo entre ambas Monarquías. El objetivo de la diplomacia española y, sobre todo, de Isabel de Farnesio era lograr un doble matrimonio de los infantes Carlos y Felipe con dos archiduquesas, proyecto que llevó a la Corte imperial el barón de Ri­pperdá. La paz que se alcanzó en Viena el 30 de abril de 1725 suponía el reconocimiento de Felipe V como rey de España y la renuncia de Carlos VI, aunque en el artículo X se resolvió, respecto a los títulos que co­rrespondían a cada uno que tanto Carlos VI como Felipe V “podrán conservarse durante su vida los títu­los que han tomado” y así el Emperador siguió utili­zando los títulos del rey de España hasta su muerte. El tratado establecía también la amnistía y el perdón ge­neral de todos los que habían participado en la Gue­rra de Sucesión, así como la restitución de los bienes recíprocamente confiscados y de todas las dignidades concedidas por Felipe V y Carlos VI, incluido el pe­ríodo de 1713 a 1725, años en los que se concedie­ron nuevos títulos y continuó la política confiscadora. Durante la negociación del tratado, Carlos VI exigió la restitución de los privilegios a la Corona de Ara­gón, aunque finalmente no lo consiguió. La Paz no debilitó al grupo español de la Corte imperial, aun­que conforme pasó el tiempo y aumentó la edad de los españoles, éstos fueron sustituidos por italianos. El Consejo de España continuó bajo la dirección del marqués de Villasor, que había sucedido al arzobispo de Valencia, se mantuvo la Delegación de Españoles y no cesaron las mercedes del Emperador a sus lea­les vasallos, que fueron considerados como un pilar fundamental dentro de la Monarquía para apoyar la Pragmática Sanción.

La inviabilidad de los matrimonios hispanoaustríacos y la capitulación de la Compañía de Ostende ante la presión inglesa destruyeron la base de la alianza con España, que apenas duró cinco años. Carlos VI se lanzó entonces a una compleja política internacional con el objetivo de conseguir la aceptación de su pri­mogénita como heredera y sacrificó muchos logros del reinado. Ese objetivo perseguido con tenacidad no fue acompañado de un esfuerzo similar ni en el te­rreno militar ni en el financiero, y los acontecimientos de los últimos años revelaron la debilidad estructural de la Monarquía austríaca. Por el segundo Tratado de Viena (16 de marzo de 1731), entre Gran Bretaña y Austria, y al que se unió Holanda, Carlos VI admitió la entrada de tropas españolas en Toscana, Parma y Piacenza; aceptó la supresión de la Compañía de Os­tende y se comprometió a no casar a la mayor de las archiduquesas con un príncipe de la Casa de Borbón; en contrapartida, Gran Bretaña reconocía la Pragmá­tica Sanción; España se adhirió al tratado el 22 de ju­lio. Austria se vio empujada a participar en la Guerra de Sucesión de Polonia (1733-1735) y se unió a Ru­sia, previa aceptación por ésta de la Pragmática, con la que se puso de acuerdo para avalar la candidatura del elector de Sajonia, hijo del fallecido rey de Polonia (julio de 1733). Francia decidió apoyar la de Estanis­lao Leszczynski, suegro de Luis XV. En esta guerra, Carlos VI estuvo prácticamente solo, contó con Rusia como único aliado, junto a algunos estados alemanes. Ante el colapso militar austríaco, no tuvo otra salida que concluir los preliminares de Viena y, a cambio de que Francia reconociese la Pragmática, tuvo que ceder Nápoles y Sicilia a los Borbones. El resultado del conflicto constituyó un verdadero punto de in­flexión para los españoles que aún permanecían en los dominios austríacos. La mayoría tuvo que emigrar a la parte más oriental del Imperio. La disolución del Consejo de España y la creación del Consejo de Ita­lia en noviembre de 1736 plasmó la nueva situación a nivel institucional. En ese mismo año, la archidu­quesa María Teresa contrajo matrimonio con el du­que de Lorena.

Las finanzas de la Monarquía austríaca no se ha­bían recuperado de la Guerra de Sucesión polaca y lo último que deseaban el Emperador y sus ministros era un nuevo conflicto. Pero sus aliados rusos forza­ron a Carlos VI a entrar en una nueva guerra en los Balcanes contra el Imperio otomano (1737-1739), en la que los turcos recuperaron prácticamente to­dos los territorios ganados por el príncipe Eugenio. El balance de la política y de la diplomacia austríaca desde 1725 no había sido muy positivo. La casi pre­ocupación única de Carlos VI por el reconocimiento de la Pragmática Sanción a partir de la década de los veinte acabó con su entusiasmo por las reformas eco­nómicas, que declinaron de forma ostensible. Esto no anula el valor estratégico y económico de los nuevos territorios que adquirió durante su reinado ni sus es­fuerzos para establecer una estructura comercial e in­dustrial. Tampoco se puede negar el papel que des­empeñó en el patronazgo de las artes, orgullo de sus súbditos, y su identificación con el poder de los Ha­bsburgo unificado. Al unir su biblioteca con la del príncipe Eugenio de Saboya, fundó la Biblioteca Na­cional austríaca. Los ideales y modelos del Barroco alcanzaron su tardía culminación en Austria y sirvie­ron para exaltar la grandeza de un emperador profun­damente religioso que fundamentó su reinado en el ideal de Monarquía universal y católica, a imitación de Carlos V. Pero esa explosión artística del Kaiserstil resultó ser la frágil fachada de una realidad compleja. Las derrotas ante franceses y turcos a partir de 1733 revelaron las deficiencias de Austria. En estos años críticos, algunos austracistas exiliados, como el conde Juan Amor de Soria, proponían soluciones encamina­das a modernizar las estructuras del Estado austríaco. La debilidad demostrada por la Monarquía sorpren­dió a las potencias europeas, porque a lo largo de su reinado Carlos VI había dado un falso sentido de se­guridad. No obstante, el Emperador fue visto por sus súbditos como un buen gobernante. Su gran afición, la caza, le absorbía la mayor parte del tiempo, espe­cialmente cuando en los meses de primavera y verano la Corte estaba en Laxemburg y en su palacio prefe­rido de La Favorita, pero siempre tuvo muy presentes las obligaciones que conllevaba la dignidad imperial. Desde la difícil situación legada por su padre, María Teresa fue la encargada de llevar a cabo las reformas que necesitaba la Monarquía austríaca. Los aconte­cimientos de los últimos años de reinado amargaron la vida de Carlos VI, que falleció el 20 de octubre de 1740, a los cincuenta y seis años. El último empera­dor Habsburgo fue enterrado en la cripta de la iglesia de los Capuchinos de la ciudad imperial. El mausoleo de Carlos VI, de dimensiones barrocas, aparece rema­tado en sus cuatro esquinas por las coronas de Cas­tilla, Hungría, Bohemia y Austria, testimonio permanente de la reivindicación de su nunca olvidado “sueño” español. Poco después, estallaba la Guerra de Sucesión austríaca.

 

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Virginia León Sanz