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Blanca de Anjou

Biografía

Blanca de Anjou. Blanca de Nápoles. ¿Nápoles?, 1280 – ¿Valencia?, 3.X.1310. Reina consorte de Aragón. Primera esposa de Jaime II el Justo.

Blanca era hija del rey de Nápoles, Carlos de Anjou —hermano de san Luis, rey de Francia— y de María de Hungría. Poco informan las fuentes documentales de su niñez, si bien, como se demuestra más adelante, estuvo muy unida a sus muchos hermanos a lo largo de su corta vida.

Desde 1282 que se había producido el episodio de las Vísperas Sicilianas, la Corona de Aragón mantenía un grave contencioso con el Papa y sus aliados, los angevinos. El Tratado de Anagni de 1295 resultó ser un hito clave en la cuestión siciliana, ya que Jaime II de Aragón firmaba la paz, renunciando a la isla, si bien manteniendo la influencia a través de una rama menor de la dinastía encarnada en su hermano Federico. Por una cláusula secreta el Papa accedía a que el monarca aragonés se encargara de la conquista, con la consiguiente investidura, de Córcega y Cerdeña en compensación por la pérdida de Sicilia. Por su parte el rey de Francia renunciaba a la investidura de la Corona de Aragón y el Papa anulaba la excomunión y el entredicho sobre su reino y su Monarca. El rey de Aragón era nombrado, además, gonfaloniero de la Iglesia. Aquello supuso el triunfo total del Rey: la dinastía catalana aragonesa controlaba todo el Mediterráneo occidental convirtiéndose en defensora del partido güelfo. La paz permitía también a Jaime II reemprender la tradicional política peninsular, tanto en el frente castellano como en la lucha antimusulmana, todo ello con vistas a la ampliación de sus territorios. En todos aquellos proyectos tuvo Blanca de Anjou un papel sobresaliente porque en Anagni se firmó la paz con Francia a través del matrimonio de la hija del rey de Nápoles con el monarca aragonés.

La boda, celebrada en Vilabertrán el 29 de octubre de 1295, había sido precedida de importantes contactos diplomáticos. La princesa Blanca tenía once hermanos del matrimonio de sus padres, y de las cinco hijas, tres se casaban con varones de la Casa de Aragón (Leonor con Federico —luego rey de Sicilia— y María con Sancho, luego rey de Mallorca). La dote de la princesa de Anjou no era despreciable: cien mil marcos de plata garantizados por el Papa. Blanca, con doce años, llegará a Perpiñán acompañada de su padre y un brillante séquito. La descripción que hace Bernat de Sarrià, hombre de confianza del rey de Aragón, relatada por el cronista Muntaner, no puede ser más favorable, si bien los recientes análisis de sus restos momificados arrojan algunos datos personales –como su metro y medio de estatura- y su complexión rechoncha, lo que no impidió que el rey de Aragón quedara prendado a primera vista de la todavía niña. El rey de Aragón lo ratificó quedando prendado, a primera vista, de la todavía niña. Y es que, aunque el matrimonio era pactado y por interés, Blanca de Anjou ha pasado a la historia como la única esposa de Jaime II que, además de darle diez hijos, le hizo feliz. Lo que estaba diseñado para lograr la paz, siendo Blanca su instrumento —que lo consiguió— trajo estabilidad y armonía. Las muestras de amor y cariño en forma de atenciones y deferencias entre los Monarcas son relatadas por las fuentes con no poca frecuencia. Y esto tiene su mérito porque Jaime II, que lleva el apelativo de el Justo, fue un hombre duro y distante con sus hijos a los que utilizó para sus objetivos políticos. A esa prolífica prole legítima, el Rey añadió tres bastardos: Sancho, Napoleón y Jaime, fruto de amores pasajeros durante su estancia en la isla de Sicilia, que jamás gozaron ni del cariño ni de la atención paterna. Por ello llama la atención el trato que recibió la Reina, si bien bajo la supervisión estricta de su esposo. Así, Blanca tenía su propia Casa y cancillería, si bien no gozaba del poder de gestión: el Rey elegía a los servidores y así la vigilaba. Sólo la elección del capellán y confesor, el dominico Andreu de Albalat, también ejecutor de su testamento, fue decisión directa de Blanca. Al frente de la cancillería se hallaba Ramón de Montayana y otro personaje destacado de la Casa de la Reina fue el tesorero Bernat d’Esplugues.

La Reina llevaba una vida plena e integrada en la de su marido y con frecuencia le acompañaba en buena parte de sus actividades, desde las jornadas de caza hasta las expediciones militares. Se constata su presencia en la campaña siciliana que aprovechó para visitar a su familia, o la empresa de Almería. También era destinataria de peticiones varias, como la de fray Ramón de Saguàrdia, en donde se solicitaba a los Monarcas que reconsiderasen la orden de detención y que liberasen al comendador provincial, Ximèn de Lenda.

Sin embargo, la actividad que con más entusiasmo realizaba la Reina en colaboración con su esposo era la planificación de matrimonios reales, caso del de su hermano Roberto de Calabria con Isabel de Castilla, hija de Sancho IV y María de Molina, y antigua prometida de su esposo. Blanca de Anjou mostró un especial interés por residir en Valencia, ciudad donde pasaba las Navidades. Otra preferencia de la Reina remitía a la ropa, si bien era un lujo moderado, y con influencia de las corrientes de moda musulmana, francesa y flamenca, a través del reino de Nápoles y su titular, Roberto, hermano de doña Blanca. El análisis de sus restos revela este particular. Blanca era presumida –se teñía el cabello de rojo- y su afición al calzado de moda, estrecho y puntiagudo, le causó deformidades en los dedos de los pies, esto es, hallux valgus, vulgarmente denominado juanete. La Reina, como era habitual, dedicaba buena parte de su vida a practicar la caridad, visitando hospitales e interesándose por los más necesitados. Muy ligada a la espiritualidad franciscana, debe subrayarse, en ese sentido, que tuvo un mentor espiritual sobresaliente en la persona del famoso médico de reyes, Arnau Vilanova, que le dedicaría el libro De oración, a la que denominaba como “Reina blanca de blanca paz”. Siguiendo sus sugerencias, Blanca dejó al morir la orden de construir un hospital en las Fonts de Perelló, cerca de Tortosa —población y rentas que le pertenecían— para enfermos, pobres y transeúntes.

El mecenazgo a los monasterios —caso de Santes Creus— ha quedado reflejado en la puerta del claustro con las flores de lis reales. Muy devota de los santos, concretamente de san Juan evangelista, en septiembre de 1314, ya fallecida, se levantó, bajo la advocación del santo, el altar de la capilla del hospital de Fonts.

Blanca de Anjou y Jaime II tuvieron diez hijos: Jaime, el primogénito, María, Alfonso (futuro Alfonso IV el Benigno), Constanza, Juan, Isabel, Pedro, Blanca, Ramón Berenguer y Violante. Casi todos ellos gozaron de un destino sobresaliente, caso del infante Juan, arzobispo de Toledo y canciller de Castilla. Dos hijas hicieron los habituales matrimonios de Estado. Constanza se convirtió en la esposa del infante Juan Manuel, Isabel se casó con Federico el Bello, hijo del emperador Alberto I. Blanca y María —antes casada con el infante Pedro, hijo del rey de Castilla, Fernando IV— fueron monjas en el monasterio de Sijena. Pero la felicidad de dar hijos al rey no evitaba que Blanca temiese por su vida cada vez que daba a luz, intuyendo que en ese trance se encontraba el desenlace final. En su tumba se ha encontrado un anillo de coral, piedra amuleto protectora de parturientas y niños. Tras el nacimiento de su noveno hijo y con solo veinticinco años, Blanca escribió su testamento

Dos años después, el martes 13 de octubre de 1310, moría la reina Blanca al dar a luz a su última criatura, la infanta Violante, dato, el del sobreparto, que se confirma tanto por las fuentes documentales como por los análisis histológicos de la estructura uterina momificada. Estos datos revelan una matriz en estado de posparto confirmando que también estaba amamantando.

La muerte de la reina fue extremadamente dolorosa, lo que pudo ocasionar una posición del cuerpo inadecuada para el enterramiento que explicaría las manipulaciones post mortem y la poco usual posición laterizada del cadáver dentro de la tumba. Para su exposición pública y quizás para disimular el sufrimiento reflejado en el rostro, fue convenientemente maquillada.

La dolorosa agonía de la reina fue sobrellevada con gran abnegación cristiana como el propio Jaime II escribía al comunicar la muerte de su esposa: “plagué a Déu que morís i li lliurés l’esperit com a reina catòlica que era”.

El Rey, al que sorprendió enfrascado en la tarea de conquistar Almería, quedó tan afectado que no tardó en anunciar su intención de no volver a contraer matrimonio, promesa que no pudo cumplir, ya que celebraría dos bodas más, con María de Chipre y con Elisenda de Montcada. Pero ninguna de las dos, a pesar de la tranquilidad aportada por la última, le hicieron olvidar a su amada Blanca, que sería enterrada el 1 de octubre en el monasterio de Santes Creus, fundado como hospital de Vandellós, abadía que había sido dispensada con el real patrocinio. Y cuando el Rey falleció, diecisiete años más tarde, quiso ser enterrado con ella, tal y como estaba estipulado en su testamento.

Durante la primera guerra carlista, en 1835, la tumba del matrimonio fue profanada. La mayor parte de los restos de Jaime II fueron quemados mientras que la momia de Blanca fue arrojada a un pozo del que fue rescatada años después. En 2010 un equipo multidisciplinar restauró las tumbas reales de Santes Creus, entre ellas la de la reina, lo que ha permitido conocer datos nuevos y confirmar los producidos por las fuentes documentales de la esposa predilecta de Jaime II.

 

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Dolores Carmen Morales Muñiz