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Guillermo I de Nassau

Biografía

Nassau, Guillermo I de. El Taciturno. Dillenburg (Alemania), 16.IV.1533 – Delf (Países Bajos), 10.VII.1584. Príncipe de Orange.

Hijo mayor de Guillermo, conde de Nassau-Dillenburg, y de Juliana de Stolberg, que se pasaron a la Iglesia luterana. Cuando tenía once años, la fortuna de Guillermo fue acrecentada considerablemente por la sucesión de su primo, Renato de Nassau. Comprendía el principado de Orange y numerosos señoríos en Borgoña, Delfinado y los Países Bajos; era el señor más rico de Europa. Desde muy pronto, fue llevado de Dillenburg a la Corte de Carlos V, donde fue nombrado gentilhombre de cámara. En 1552 entró en el Ejército y tres años más tarde era coronel. En 1556, el Emperador le concedió la dignidad de caballero del Toisón de Oro y fue el encargado de anunciar a los electores la decisión de Carlos V de abdicar. En 1559 Felipe II le nombró miembro del equipo de negociadores de la Paz de Cateau-Cambrésis. Era de buena planta y, aunque no demasiado culto, poseía una inteligencia práctica; de gusto refinado, amaba el boato que mantuvo en su Corte de Breda. Callado y cauto, sabía ocultar sus íntimos sentimientos, por lo que fue apodado el Taciturno. Como político, tenía ideas claras y firmes. Su vida familiar fue un tanto agitada.

Aparte de sus amoríos, a los dieciocho años casó con Ana, hija única y heredera del opulento Maximiliano de Egmont, conde de Buren, que falleció el primer día de 1558; en agosto de 1561 contrajo nuevas nupcias con Ana de Sajonia, hija única del gran elector Mauricio de Sajonia, cabeza de los príncipes luteranos de Alemania, de la que, por adulterio, se divorció en 1569; en 1575 contrajo matrimonio con Carlota de Borbón-Montpensier, abadesa de Jouarre, que abandonó su condición religiosa y fallecería en mayo de 1582; Guillermo casó por cuarta vez, en abril de 1583, con la viuda Luisa de Coligny, hija del almirante asesinado en la famosa Noche de San Bartolomé en París. Dejó nueve hijas y tres hijos.

Al regresar en 1559 Felipe II a España, nombró gobernadora de los Países Bajos a Margarita de Parma, hija de Carlos V y neerlandesa de nacimiento. Orange era el primer consejero en el Consejo de Estado, pero pronto advirtió que no formaba parte de la “Consulta”, esto es de los tres consejeros que Felipe II había indicado, en instrucciones secretas a la gobernadora, con quienes debía consultar aquellas cuestiones más importantes. Antonio Perrenot, elevado en 1561 a la púrpura como cardenal Granvela, por su nueva condición, le antecedería en el Consejo de Estado, sentándose junto a la gobernadora, lugar que había ocupado Guillermo. Desde entonces, la lucha de la nobleza flamenca del Consejo, dirigida soterradamente por Orange contra el cardenal, a quien atribuían representar el intento centralizador de Felipe II y el rigor de la persecución de la herejía, se recrudeció. Un grave desencuentro se produjo al aplicarse la reforma eclesiástica, que entrañaba que las nuevas sedes recibirían las rentas de una parte de las abadías de su jurisdicción y los obispos y principales canónigos serían escogidos por el Rey, con lo que los segundones de los nobles eran desplazados de lucrativas sinecuras eclesiásticas por letrados y clérigos de humilde cuna. Un nuevo choque tuvo lugar en el verano de 1562, cuando Felipe II decidió enviar tropas a Francia contra los hugonotes. Orange, en Consejo, advirtió que enviar al ejército fuera de las fronteras del país sin autorización de los Estados Generales sería contrario a las leyes y costumbres en vigor. Los nobles flamencos enviaron, en otoño de 1562, al barón de Montigny a Madrid para pedir al Rey la retirada de Granvela.

Al dilatarse la respuesta real, una diputación de caballeros del Toisón de Oro presentó a la gobernadora un comunicado que era prácticamente un ultimátum: Granvela debía retirarse, de lo contrario no se consideraban responsables del orden y la seguridad en los Países Bajos. Orange, con Egmont y Horn, dejaron de asistir a las sesiones del Consejo hasta que el cardenal fuera retirado. Al fin, Felipe II lo sacrificó en enero de 1564, concediéndole “permiso” para abandonar el país.

Militantes calvinistas preconizaban una resistencia activa a las disposiciones contra la herejía, lo que colocó al Consejo de Estado en situación muy delicada, y especialmente al de Orange. Las peticiones de tolerancia chocaron con la resistencia del Soberano, que en agosto de 1564 ordenó la promulgación de los decretos del Concilio de Trento. La ejecución fue retrasada deliberadamente por el Consejo de Estado. Orange consideraba que debía autorizarse una cierta tolerancia civil, semejante a la preconizada en Francia por Catalina de Médicis. Pero Felipe II no cedió a estas peticiones, lo que provocó una oleada de indignación en un país ya irritado e inquieto. El creciente odio hacia España fue explotado por los predicadores calvinistas, y en él participaron todos: pueblo, burguesía y nobleza, católicos y protestantes. En abril de 1566, un grupo de la pequeña nobleza se dirigió al palacio de la gobernadora, pidiendo un cambio de política. Era un serio aviso: en el verano, el pueblo, desesperado por el alza de los precios de los cereales, debida al crudo invierno de 1565, y exaltado por los calvinistas (todavía pocos en número, pero bien organizados), desencadenó un saqueo de iglesias y monasterios, con destrucción de altares e imágenes. Guillermo de Orange aconsejó a la gobernadora una política de concesiones, y ésta le envió a Amberes para restablecer el orden, donde consiguió un acuerdo entre católicos, luteranos y calvinistas, comprometiendo a los magistrados a pedir convocatoria de Estados Generales y a hacer cesar, en espera de la resolución del rey de España, los enfrentamientos y las predicaciones. Pero Margarita, urgida desde Madrid, desautorizó el convenio y exigió a los altos cargos y funcionarios un juramento de servir al Rey. Orange fue uno de los pocos que se negó a prestarlo, dimitió de sus cargos y en abril de 1567 se retiró a sus dominios alemanes.

En agosto de 1567, el duque de Alba llegaba a Bruselas como nuevo gobernador e impuso una enérgica represión. El recién creado “Tribunal de Tumultos” citó a Orange a comparecer, para responder del crimen de alta traición, mientras se secuestraban sus bienes y se envió a España al conde de Buren, su primogénito, apresado en Lovaina, en cuya Universidad estudiaba. El Taciturno protestó enérgicamente y reivindicó el privilegio de los señores del Toisón de Oro de no ser juzgados sino por sus iguales. El 5 de junio de 1568, Alba mandó ejecutar a los condes de Egmont y de Horn. Orange, desde su refugio en Alemania, decidió levantar un ejército para expulsar al duque. Pero ni los príncipes luteranos alemanes mostraron suficiente interés en ayudar a los calvinistas, ni el pueblo, atemorizado, respondió como esperaba Orange y la invasión resultó un rotundo fracaso. Sin embargo, las derrotas sufridas en Heilygerlee y Gemmingen no abatieron su ánimo y estableció, en agosto de ese mismo año de 1568, un acuerdo secreto de mutuo apoyo con los jefes militares de los hugonotes, príncipe de Condé y almirante Coligny. Con un ejército volvió a entrar en los Países Bajos, pero perseguido por Alba, hubo de penetrar en Francia para refugiarse nuevamente en Alemania.

En abril de 1572, la toma de Brill por los “gueux del mar” fue el comienzo de una revuelta general en Holanda y Zelanda. Mientras su hermano, Luis de Nassau, que luchaba apasionadamente en Francia en favor de los hugonotes, había conseguido que el monarca francés Carlos IX le permitiera —pero dejando constancia por escrito de que la responsabilidad de lo que ocurriera era suya— entrar con tropas hugonotes en los Países Bajos para unirse a las de su hermano Guillermo. Luis se apoderó de Mons, estratégica plaza (23 de mayo), mientras Guillermo permanecía cerca de Bruselas a la espera de la llegada de Coligny con más tropas de hugonotes franceses. Pero la precipitación de algún jefe hugonote facilitó a las tropas de Alba derrotarlos y descubrir la participación, al menos indirecta, del rey de Francia, lo que por el temor de éste a una reacción española, permitió en Francia las terribles matanzas de la noche de San Bartolomé (23-24 de agosto de 1572). Parece que fue entonces cuando Orange abrazó abiertamente el calvinismo.

En noviembre de 1573, Alba fue sustituido por Luis de Requesens, que venció a los protestantes en Mook (abril de 1574), desastre en que perecieron Luis de Nassau y otro hermano del Taciturno, pero fracasó ante Leiden, en la provincia de Holanda, cuando Orange ordenó romper los diques del Rin (octubre de 1574). La liberación de esta importante plaza le valió un considerable aumento de popularidad al de Buren. El Taciturno influyó para que los diputados de Holanda y Zelanda rechazaran las propuestas de Requesens, pues incluían como condición imprescindible el mantenimiento exclusivo de la religión católica. Requesens falleció, por enfermedad, el 3 de marzo de 1576, lo que ocasionó una serie de disturbios, aprovechados por Orange para tratar de unir a todo el país contra el dominio español. El terrible asalto, saqueo y consecuentes matanzas de Amberes por las tropas españolas y mercenarias, que reclamaban sus pagas (4-15 de noviembre), provocaron la unión de las provincias del norte y del sur en una repulsa general contra el dominio de España. Por la “Pacificación de Gante” (8 de noviembre de 1576) todas ellas prometían unir sus fuerzas para expulsar a los soldados españoles y que la persecución de la herejía fuera suspendida. Al llegar el nuevo gobernador, Juan de Austria, pocos días después, el Taciturno propuso que no fuera reconocido, pero los nobles católicos de las provincias del sur se conformaron con exigirle la retirada de las tropas españolas: Edicto Perpetuo (12 de febrero de 1577). Guillermo trabajó con todas sus fuerzas por una ruptura con Don Juan, y, llamado por los Estados, entró en triunfo, en septiembre, en Bruselas. La popularidad del príncipe estaba entonces en su apogeo; sin embargo, aparte de contar con la envidia personal de algunos altos aristócratas, su espíritu de tolerancia era objeto de desconfianza tanto de los nobles católicos como de los calvinistas radicales. Para neutralizar la influencia de Orange, algunos grandes señores llamaron secretamente a Viena al archiduque Matías, hermano del emperador Rodolfo y consiguieron que los Estados le confiaran el Gobierno del país (diciembre de 1577), pero el Taciturno se alió hábilmente con el archiduque y logró ser nombrado lugarteniente general suyo. A poco, Don Juan, rehecho su ejército con la llegada de las tropas españolas que se habían retirado, logró un gran triunfo en Gembloux, en enero de 1578. En respuesta, el 23 de julio de 1578, Orange hizo promulgar por Matías la “paz de religión”, que establecía en todos los Países Bajos la libertad de conciencia, acuerdo que no fue admitido ni por los católicos ni por los calvinistas extremos.

El 1 de octubre de 1578 murió Don Juan, a quien sucedió su lugarteniente Alejandro Farnesio. Sus éxitos militares y habilidad diplomática hicieron salir a la luz a un sector de la oposición a Orange, formado por jóvenes nobles católicos que mandaban las tropas valonas en los ejércitos de los Estados, que compartían la preocupación general de la nobleza del sur ante la expansión del extremismo calvinista en las ciudades de Flandes y Brabante, donde saqueaban iglesias y perseguían a los católicos; por ello resultaron vanos sus esfuerzos para reconstruir la unidad de los Países Bajos sobre la base de la libertad religiosa. Farnesio logró que por el Tratado de Arras de 17 de mayo de 1579, los representantes de Artois, Hainaut y Flandes valona acordaran admitir la soberanía española y garantizar el mantenimiento del catolicismo como única religión. A esta unión respondieron las provincias norteñas con la Unión de Utrecht el 23 de enero de 1580. Fue entonces cuando Felipe II, a sugerencia de Granvela, puso precio a la cabeza del Taciturno. El príncipe respondió con su famosa Apología, presentada ante los Estados Generales reunidos en Delf en diciembre. Había sido redactada por su capellán Villiers y por el panfletario hugonote Hubert Languet, y en ella, al mismo tiempo que se defendía de su actuación —especialmente su lucha por la libertad de conciencia y de la de su país de la tiranía—, tachaba a Felipe II de tirano fanático y cruel, atribuyéndole horrendas acciones, calumniosas, como la de haber provocado, por celos, la muerte de su hijo Carlos y la de su tercera esposa, Isabel de Valois, etc. Este difamatorio escrito circuló por las cortes europeas y fue una de las bases de la leyenda negra felipense hasta época reciente.

A sugerencia de Orange, los Estados Generales declararon a Felipe II decaído de sus derechos y nombraron a Guillermo conde de Holanda y Zelanda (julio de 1581). La idea de éste continuaba siendo la de unir al país bajo una única autoridad, y a pesar de no ser de su gusto, convenció a los Estados de las provincias rebeldes para que llamaran al duque de Alençon, el hermano menor del rey de Francia, para gobernar el país. Pero Alençon, personaje neurótico, cegado por la ambición de convertirse en rey de los Países Bajos, desoyó los consejos de prudencia de Orange y quiso tomar Amberes, con astucia, el 17 de enero de 1583. Su fracaso le obligó a retirarse humillado. La situación de Guillermo de Orange era entonces muy difícil, pues, además, se había ganado el aborrecimiento popular por haberse casado por cuarta vez, en 1583, con Luisa de Coligny, hija del almirante, que a pesar de su sincero calvinismo, no logró borrar la mancha de su política profrancesa. En el verano de este año, sintiéndose incómodo en Amberes, determinó trasladarse a Delf. Había escapado a una tentativa de asesinato perpetrada en 1582 en Amberes por el comerciante español Juan de Jáuregui, pero tuvo menos suerte el 10 de julio de 1584, cuando el borgoñón Baltasar Gérard le asesinó con un tiro de pistolete.

 

Bibl.: L. van der Essen, Prince de Parme, gouverneur géneral des Pays Bas, Bruxelles, Nouvelle Societé d’Éditeurs, 1933-1937, 5 vols.; C. V. Wedgwood, Guillermo el Taciturno. Guillermo de Nassau, Príncipe de Orange, México, Fondo de Cultura Económica, 1947; A. A. van Schelven, Willem van Oranie, Aarlem, 1948 (4.ª ed.); R. van Roesbroek, Wilhem van Oranien. Der Rebell, Göttingen, 1959; G. Parker, The Dutch Revolt, London, 1977; A. Th. van Deursen y H. de Schepper, Willem van Oranien. Eeen Strijd voor Vrijheid en Verdragzaamheid, Weesp, 1984.

 

Valentín Vázquez de Prada