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Juan José de Austria

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Biografía

Austria, Juan José de. ?, 1629 – Madrid, VII.1679. Gran Prior de la Orden de San Juan, virrey de Flandes, de Sicilia, de Aragón y de Cataluña, consejero de Estado, primer ministro y ministro y vicario en la Corona de Aragón.

Hijo bastardo de Felipe IV. Nacido fruto de los amores secretos del rey y de la comedianta María Calderón, la Calderona. Mientras su progenitora pasaba sus días recluida en un convento en el valle de Utande, el niño era criado y educado por los jesuitas de León para que ocupara alguna dignidad eclesiástica; joven todavía, fue llevado a la villa de Ocaña, próxima a la corte, al cuidado de una familia noble.

Recibió una educación exquisita y diversificada: en diversas ramas del conocimiento como las ciencias naturales, las humanidades y las artes, lo que completó en una segunda fase con el adiestramiento en las armas y otras habilidades; políglota, con dominio del latín, el italiano, el francés y el alemán.

Debido tanto a las buenas capacidades que mostraba el joven como a las circunstancias personales por las que pasaba su progenitor el rey (muerte del cardenal infante Fernando y difíciles momentos para la monarquía), en 1642, el bastardo es recuperado por su padre y reconocido oficialmente, recibiendo el apellido de Austria —único hijo reconocido, de entre los numerosos que engendró fuera del matrimonio—. Un año después, en 1643, cuando contaba con catorce años de edad, se le concedía la dignidad de príncipe, y el priorato de la Orden de San Juan.

Su presencia en palacio no era bien vista por el resto de la familia real, por lo que enseguida se le encomendaron oficios públicos. En 1647 ampliaba sus títulos con el de príncipe de la Mar y el de vicario de la Corona en Italia. De esta manera, se le comisionaba a Nápoles al mando de una escuadra para sofocar la revuelta capitaneada por Massaniello y favorecida por la rival Francia. En febrero de 1648 tomaba la ciudad de Nápoles acompañando al conde de Oñate, al que se le encomendaba el virreinato, y haciendo prisionero al duque de Guisa; acababa, así, con la revuelta napolitana. Allí, engendró con una joven de la familia del pintor Ribera, una niña que fue trasladada al convento de las Descalzas Reales.

Nombrado virrey de Sicilia, Juan José de Austria se trasladó a la isla y permaneció allí hasta el año 1651; mientras tanto, en 1650 había sido nombrado consejero de estado. En aquel año de 1651, de vuelta a España, se le encomendó, como comandante en jefe de los ejércitos en Cataluña, acabar con la revuelta de los catalanes: en octubre de 1652 entraba victorioso en Barcelona y en febrero de 1653 era nombrado virrey del principado. Durante su estancia allí (1653-1656), la generosidad que mostró con los vencidos y el respeto institucional que mantuvo, le supondrían en el futuro adhesiones y apoyos.

Sus éxitos políticos y militares le valieron, en 1656, para ser designado virrey de Flandes y enviado a ese escenario crítico. Tras unas primeras victorias, en 1658 entraba en guerra Inglaterra, aliada con Francia, contribuyendo así a la derrota de los ejércitos españoles en junio de ese mismo año y a la pérdida de Dunkerque. Cuando a punto estaba de firmarse la Paz de los Pirineos de 1659, fue llamado a Madrid por su padre y poco después, en 1661, el rey le envió a Portugal con la misión de poner fin a la rebelión de los portugueses; el resultado, lejos de lo deseado, y ante la incapacidad política y militar de la propia monarquía, acabó en la derrota de Estremoz.

Aquel mismo año de 1661, el 16 de noviembre, nacía el heredero de la monarquía, el futuro Carlos II. Este acontecimiento, junto a los últimos fracasos (de nuevo, en 1664, es derrotado en Portugal) y la opinión adversa de la reina, hizo que los afectos del rey hacia su hijo bastardo se enfriaran.

El 17 de septiembre de 1665, moría el rey Felipe IV. Las dudas de naturales y extranjeros sobre el gobierno de la monarquía y la función de Juan José de Austria se despejaron tan pronto como se dio a conocer la voluntad testamentaria del monarca: su hijo natural quedaba marginado de toda acción de gobierno, el cual pasaba a la reina María Ana y a una junta de gobierno creada al efecto. Sin duda, el prestigio militar y la capacidad política que atesoraba este vástago, sobresaliente entre los distintos poderes de los reinos de la monarquía, hacía temer al padre —y a la madrastra— que el otro hijo recién nacido y con muestras de debilidades, no solo físicas, pudiera quedar preso de ambiciones extra-dinásticas o no del todo legítimas; circunstancias que nunca manifestó el bastardo.

Aquella Junta de Gobierno, estuvo pensada para asistir a la reina durante su regencia. Trataba de ayudarla y, desde luego, pretendía evitar la conflictividad y ambiciones dentro y fuera de las fronteras de los reinos de la monarquía. Reunía a una parte de los representantes más destacados de los poderes de los reinos: el conde de Peñaranda (Consejo de Estado), el conde de Castrillo (Consejo de Castilla), Cristóbal Crespí de Valladaura (presidente del Consejo de Aragón), el marqués de Aitona (prohombre del Principado de Cataluña) y, finalmente, el arzobispo de Toledo: cardenal Pascual de Aragón (a la sazón inquisidor general de la Suprema y de la más rancia nobleza aragonesa).

Pero también quedaron excluidos personajes políticos importantes hasta ese momento: además del citado Juan José, hombres de la talla política del duque de Medina de las Torres (pro vienés) o el duque de Alba entre otros, se sintieron marginados. Aquel testamento con sus disposiciones de gobierno, lejos de ser un lenitivo para las tensiones políticas internas, tendría el efecto contrario hasta alcanzar una opinión pública adversa a las acciones de sus gobernantes.

Establecida la regencia, una de las actuaciones más inmediata fue la que, fundada en los temores de la reina, obligaba a Juan José de Austria a abandonar la Corte y retirarse a su sede prioral de la Orden de San Juan en Consuegra (residirá allí dos años); o las que tendrían lugar en septiembre de 1666, cuando la reina María Ana conseguía nombrar a su confesor, el jesuita austriaco Juan Everardo Nithard, inquisidor general (22 de septiembre de 1666), tras una larga maniobra consistente en hacer renunciar de dicho cargo a, nada menos, que Pascual de Aragón (arzobispo de Toledo) y haber conseguido, previamente (20 de septiembre de 1666), la naturalización del austriaco, presionando a las ciudades castellanas de voto en Cortes, separadamente, para así evitar su reunión en asamblea. Cumplía así con las disposiciones testamentarias contrarias a nombrar a extranjeros para funciones de gobierno y situaba a su confesor en las instituciones de mayor valor político de la monarquía: como inquisidor general pasaba automáticamente a formar parte de la Junta de Gobierno y de los consejos de Estado y de Guerra.

Empezaba así a gestarse un faccionalismo, en el que uno de los polos se situaba en torno a Juan José de Austria y el otro en Nithard y la Reina Regente. Desde principios de 1666 el hermanastro había pasado a la acción, aglutinando el descontento de los principales y presentándose como víctima ante la opinión pública: la propia y la de las cortes extranjeras, sobre todo en París y Viena; la reacción del bando contrario fue la difamación del bastardo. La cuestión acabó en un conflicto político cada vez más abierto en el que participaba el pueblo de Madrid. La negociación se impuso: los partidarios de Juan José de Austria pedían para él el virreinato de Cataluña, a lo que el confesor se oponía por desconfianza ante los vínculos de aquél. Sólo quedaba como salida su inclusión en el gobierno como pedían eventualmente sus partidarios en la Corte. En junio de 1667 nombrado consejero, participaba en las deliberaciones del Consejo de Estado acerca de las ambiciones de Francia por las plazas en Flandes. Así, la regencia pudo afrontar su debilidad y las difíciles circunstancias exteriores con Francia. Sin embargo, ese pacto no nacía con vocación de consenso, fue aceptado por las partes como maniobra política.

En la mañana del 9 de junio de 1667, Juan José de Austria llegaba a Madrid y acompañado de los principales de su facción, era recibido por habitantes y principales de la villa con júbilo. El miedo de la facción regente crecía, haciendo cundir la alarma; observadores extranjeros opinaban que el bastardo podría apoderarse del gobierno y de la Corona. El 14 de septiembre, en una hábil maniobra de Nithard, Juan José de Austria era designado a los Países Bajos al mando de los ejércitos. El experimentado político y militar, sabedor del significado de aquel destino y su situación ante la opinión pública, aprovechaba las circunstancias políticas y hasta teológicas (el problema de la alianza con poderes protestantes), que le servían para retrasar una marcha que no deseaba y a la que finalmente acabó negándose en enero de 1668.

Aquel año de 1668 se claudicaba en la guerra con Portugal (paz el 13 de febrero de 1668, el mismo mes que el emperador y el rey de Francia firmaban en secreto un pacto de reparto de la monarquía hispana); las tropas de Luis XIV ocupaban Borgoña y el Rosellón; en el interior, con arrogancia, el confesor actuaba como primer ministro, mientras el desgobierno se extendía por las instituciones centrales y territoriales; las disputas políticas se sucedían, provocando el desconcierto en la Corte y crecientes quejas en las plazas y calles de Madrid; por todos los territorios de la monarquía crecía la oposición y la contrariedad: en la Corona de Aragón el conflicto era abierto contra Nithard, manifestado por el Consejo y con desórdenes por la sustitución de los virreyes por hechuras del austriaco (Osuna, Aranda y Paredes); en Cerdeña era asesinado el virrey marqués de Camarasa, mientras en Madrid se producían los altercados en torno al duque de Pastrana y el conde Castrillo, que hubo de abandonar la presidencia del Consejo de Castilla.

Así, iba creciendo el número de los descontentos y se fortalecía su unión en torno a Juan José de Austria, la oposición empezaba a ser efectiva y destacaban Medina de las Torres, Osuna, Montalto y Terranova. En el verano de 1668 la facción regente tomaba la iniciativa y los enfrentamientos alcanzaban los momentos de máxima tensión. El 2 de junio era ejecutado José Malladas, secretario de Juan José de Austria, acusado de conjura; dos meses después (el 3 de agosto), el mismo hermanastro era desterrado a Consuegra y el 19 de octubre, a los pocos días de ser detenidos varios colaboradores y leales suyos, se despachaba una orden para su detención; se comisionaba para tal efecto al marqués de Salinas al mando de cien oficiales. A pesar de ser una decisión tomada en secreto, resultó un secreto a voces en la Corte, lo que hizo que Juan José de Austria, acompañado por sus leales, abandonara su retiro y se refugiara en la Cataluña amiga, el 9 de noviembre llegaba a Barcelona. El enfrentamiento ponía al Gobierno en una situación extremadamente embarazosa, tanto si actuaba (tenía el problema de los fueros y la vecina Francia expectante) como si no (en la villa y corte la debilidad se palpaba y las quejas y pasquines contra el confesor y la reina se sucedían sin parar). Era la batalla de la propaganda que ganaría el hermanastro: la opinión pública criticaba a la mala regencia y el autoexiliado reprochaba a la reina su falta de respeto a la voluntad del rey difunto. Lo que más efecto causó fueron las cartas que, de su puño y conocimiento político, Juan José de Austria dirigió a instituciones y personas destacadas, invitando al levantamiento y explicando las circunstancias de su rebeldía y lo nefasto del Gobierno del confesor; estos escritos, resultaron verdaderos manifiestos que circularon con gran facilidad y mejor acogida. Aunque el jesuita contraatacó con otros escritos, el efecto de éstos resultaba contrario a sus propósitos y favorables a su opositor.

Los últimos meses de 1668 y los primeros de 1669 fueron de pulso político sostenido. Desde su autoexilio, en la Corona de Aragón, Juan José de Austria hizo valer sus buenas relaciones con el principado para ponerlo de su parte e inmediatamente trabajó para capitalizar el descontento del reino aragonés y de sus instituciones con Nithard; el 13 de noviembre de 1668 dirigía una carta de explicación a los principales de este reino; en principio algunas instituciones como los virreinatos (había puesto Nithard a sus “hechuras” —beneficiados políticos suyos—) estaban con el confesor, pero su proceder y el descontento de la mayoría de las instituciones y poderes, ponía al reino del lado del rebelde; en los primeros días del mes de febrero Juan José de Austria era recibido con júbilo en Zaragoza. Mientras, en Valencia, sólo algunos “clientes” (los que debían gratitud política), como el virrey, se mantenían leales a Nithard. En la Corona de Castilla procedió de la misma manera, remitiendo cartas manifiestos a las ciudades e instituciones sobre el conflicto. Sin embargo, aquí las cosas no iban a funcionar igual; las ciudades de voto estaban, en su mayoría, controladas por el Consejo de Castilla y enseguida se sometieron a la voluntad del confesor.

Por el contrario, unas pocas se pusieron del lado del rebelde: Valladolid, Ávila, Córdoba y Granada; en el resto de las instituciones más importantes cundió el desconcierto y la diferencia de opiniones. Con todo, lo que más favoreció a los opositores en Castilla, fue la situación de crisis general que se vivía en la monarquía y la opinión adversa de la población hacia el Gobierno. En las primeras semanas de enero de 1669, el Gobierno se hallaba completamente paralizado y muchos se mostraban ya favorables a Juan José de Austria. A finales de enero, la reina, alarmada por la presión de dentro y de fuera de la Corte, hizo llamar al hermanastro. El 30 de enero, éste abandonaba Barcelona y se dirigía a Madrid haciéndose escoltar por el duque de Osuna y un importante grupo armado ante el temor de un posible atentado. Su paso por el territorio de la Corona de Aragón resultaba un clamor tal que la plebe llegó a poner en peligro los palacios del arzobispo, del virrey y los conventos de jesuitas (la orden del confesor). La Corona de Aragón (Valencia carecía de importancia estratégica) quedaba inequívocamente del bando de Juan José de Austria, mientras, el grupo armado se iba convirtiendo en un verdadero ejército y las noticias en Madrid provocaban el desconcierto, entre los diferentes cuerpos sociales y el ánimo de los contrarios al gobierno. Ya en Castilla, el hermanastro sabedor de la importancia de la Corte y de las divisiones que existían dentro de las instituciones, volvía a contraatacar con hábiles manifiestos como arma política. El peligro de un conflicto armado era visible. Esto alarmó a muchos e hizo que las deserciones en el bando del confesor fueran cada vez mayores; así las cosas, los grandes tomaron la iniciativa política y presionaron a la reina para que destituyera al padre jesuita; el nuncio también intervino, aunque como mediador entre los dos principales contendientes; todos estaban interesados en evitar el conflicto, la reina hubo de transigir y el 25 de febrero de 1669 relevaba a Nithard. Lo acordado daba satisfacción al bastardo: renuncia a todos los puestos y oficios del confesor, auxilio a sus tropas, concesión del título de gobernador general de los Países Bajos y reformas políticas para sacar a la monarquía de la situación anquilosada y crítica, a pesar de que todo le había sido favorable para haberse hecho con el poder, su lealtad a la monarquía se mantuvo. El 11 de marzo, Nithard abandonaba Madrid.

Desde Guadalajara, Juan José de Austria cumplía su parte: licenciaba a sus soldados y quedaba a disposición de la reina. Mientras, ella ponía su empeño en crear una guardia real con la participación de nobles, caballeros y soldados veteranos. El coste resultaba muy caro. Esto provocó una oposición de los gobernantes y gobernados de la villa, así como una decepción profunda en Juan José de Austria que no dudó en mostrársela a la reina por la vía epistolar. Tras una primera negativa a su solicitud del virreinato del Principado, la reina accedió, ante el aumento de la tensión, con el nombramiento el 7 de junio de 1669, de vicario general de los reinos de la Corona de Aragón y virrey, es decir la más alta dignidad e instancia de poder.

Tras un clamoroso y solemne recibimiento al vicario general y nuevo virrey, Juan José de Austria se asentaba en el reino de Aragón en el verano de aquel señalado año. Desde entonces, ese gobernante, un político experimentado y hombre muy culto se dispuso a desarrollar, con buenos resultados, una política de atención a los problemas económicos, fiscales y militares que aquejaban a aquella Corona, sin descuidar la colaboración de sus reinos con la monarquía. Para ello no dudó en integrar a las oligarquías aragonesas en la Administración y en su propia corte y hacerlas colaborar en interés general de España. Fue a partir de entonces cuando las relaciones entre la Corte y este reino se estrecharon y con el inicio del conflicto hispano-francés y las ayudas prestadas en la frontera, se llegó a una situación de relaciones con Madrid no conocidas anteriormente. Aquel conflicto no sólo sirvió para acercar las coronas, sino también para crear una fuerte relación clientelar entre las oligarquías y Juan José de Austria que le valdrían en un futuro. Así transcurrieron sus años en Aragón hasta 1675 (año de la mayoría de edad del príncipe Carlos).

Mientras, en la Corte de Madrid se consumía el tiempo con los conocidos “años grises”, abulia en el Gobierno, espera a que el príncipe heredero cumpliera la mayoría y rivalidades cortesanas por conquistar las mejores posiciones al lado del futuro rey; en Madrid, había tenido lugar una revuelta, Francia continuaba sus agresiones y en Sicilia la revuelta de Mesina; demasiados problemas para un gobierno central inoperante. Los mejor intencionados pensaban en Juan José como solución para aquella monarquía que acababa de recibir como rey a un hombre débil y preso de ambiciosos. Pero en los últimos años las cosas habían ido más lejos; un personaje de segunda fila y de la baja nobleza se había hecho con el favor de la reina y desde 1673 se había convertido en su favorito: Fernando de Valenzuela. Eran fechas en que se dilucidaba la formación de la Corte del nuevo rey y muchos grandes se pusieron al lado de Valenzuela a fin de repartir el botín. Algunos conseguían su ambición (Medinaceli, Alburqueque, Villahermosa, Rio Seco, Oropesa y Aguilar, etc.), otros quedaban excluidos (Alba, Monterrey, Medellín, Talara y los dos hermanos Aragón: el arzobispo Pascual y el presidente de Órdenes Pedro; además del confesor y preceptor del príncipe). Éstos no tardaron en formar una alianza frente al favorito y en ver al hermanastro como una posible solución a su exclusión, lo que provocaba crecientes intrigas.

En junio de 1675 se cumplía el mandato de Juan José en Aragón, sin embargo, le hubo de ser prorrogado, mientras se decidía si se le enviaba a Sicilia a sofocar la revuelta. Él pedía ser nombrado vicario general de los territorios italianos y mientras las dudas se prolongaban en Madrid, en otoño, a punto de cumplir la mayoría de edad el futuro rey, se le dirigía al hermanastro la Exortacion Christiana..., obra de los opositores al gobierno de Madrid, en la que se explicaba la responsabilidad de los que habían participado en la mala educación del príncipe como futuro heredero y se hablaba de los males de la monarquía, era una invitación a la alianza y a una actuación inmediata.

Finalmente, la reina dio a Juan José de Austria el nombramiento que deseaba junto con una orden de partida hacia Italia. Pero la decisión de la regente llegó tarde. Juan José ya había recibido una corta misiva de su hermano el príncipe, en la que se le instaba a presentarse en palacio para que le acompañara el día de su proclamación real: “necesito de vuestra persona a mi lado para esta función (coronación) y despedirme de la reina [...]”, los cortesanos descontentos se habían ganado al príncipe. El 31 de octubre, Juan José de Austria, simulando los preparativos de embarcar para Sicilia, partía hacia Madrid con un reducido séquito y el apoyo del reino de Aragón. En Madrid contaba con el propio heredero y los que abogaban por las reformas frustradas de las otras fechas.

El 6 de noviembre entraba en Madrid ante la sorpresa de muchos. Era recibido con honores por su hermano el príncipe heredero y aclamado por la población.

En el Palacio del Buen Retiro, Juan José de Austria se instalaba con vocación de permanecer. En el Alcázar, residencia real, tras la misa solemne por la mayoría de edad de Carlos, una disputa entre la reina y su hijo acabó por torcer la voluntad del heredero.

Al nuevo rey le hacía firmar una orden para que su hermanastro abandonara la Corte y cumpliera con la misión que tenía encomendada en Italia. Las tensiones en palacio obligaron de urgencia la reunión de los consejos de Estado y de Castilla. Se acordó mantener a la reina María Ana y a la Junta de Gobierno durante dos años más, para asistir al rey en su inexperiencia; el privado Valenzuela abandonaría la Corte y se ratificaba la orden dada a Juan José de Austria. La noticia corrió como la pólvora, el rechazo popular al Gobierno daba alas a los opositores y la tensión amenazaba sangre, se rumoreó del intento de asesinato del hermanastro por la facción de Valenzuela en la noche del 6 al 7 de noviembre.

Así las cosas, al día siguiente de su llegada, por la tarde, Juan José de Austria, muy a su pesar, obedecía la orden real, abandonaba discretamente el Palacio del Buen Retiro y tomaba la dirección de Zaragoza. En la Corte se tomaban medidas políticas: Valenzuela era designado embajador en Venecia (aunque no llegaría a abandonar España) y buena parte del grupo opositor fue deportado de Madrid (se incluían al confesor real y a su preceptor por inductores de la llamada del hermano); los consejos de Estado y de Castilla recobraban el protagonismo perdido con la privanza de Valenzuela; el rey pasaba a ser tutelado por la reina y se mantenía la Junta de Gobierno. Un personaje salía reforzado, el duque de Medinaceli.

La remozada Corte y el Gobierno, con el recién coronado rey tutelado, no iban a afrontar mejores tiempos.

En 1676, a las penurias financieras se sumaban los desastres militares (en Cataluña, en Flandes y en Sicilia), las epidemias, las malas cosechas y las presiones aragonesas por sus exigencias constitucionales.

Por si esto era poco, la vuelta a la Corte de Valenzuela el 16 de abril de 1676 provocó una airada contestación popular y el recelo de los principales; restituido en sus anteriores cargos por la reina, vio crecer su poder hasta primer ministro y su posición social a Grande de España. La reacción de los opositores contra el advenedizo no se hizo esperar, favorecidos por la situación general de dificultades. Uno de los grandes, destacado en el Gobierno y en palacio, cambió de bando: Medinaceli (doble consejero y sumiller del rey); con él fueron también el conde de Oropesa y otros que se sumaban sin parar. Unidos a los ya tradicionales adversarios y capitaneados por Pascual y Pedro de Aragón empezaron a preparar lo que consideraban era la salvación de aquella monarquía en manos de un inepto advenedizo: había que apartar a la reina María Ana del débil rey y poner cerca de él a un hombre como su hermano, honesto, capaz, culto y experimentado.

Mientras animaban a la opinión pública con pasquines contra Valenzuela y la reina, entraron en contacto con Juan José de Austria, retirado en Zaragoza, dedicado a actividades intelectuales y mirando de reojo los acontecimientos de Madrid.

Un año después, en el mismo mes y día, se volvía a celebrar en palacio otra misa por el cumpleaños real.

Aquel acontecimiento lo aprovechó la alta nobleza cortesana para mostrar su desprecio hacia el primer ministro y la pérdida de consideración a su Rey, con gestos y plantes. Días más tarde, el grupo opositor con estos nobles se conjuraban y hacían público un manifiesto en contra de la reina y su ministro y a favor de que se pusiera al hermanastro al lado del Rey; mientras tanto le retiraban la obediencia debida y no aceptaban ninguna autoridad sobre ellos. En aquel mes de diciembre la tensión alcanzaba niveles inusitados y las maniobras políticas se sucedían sin parar.

La reina veía que los acontecimientos la superaban y todo escapaba de su control. En un intento desesperado ofreció la cabeza del gobierno al único que podía cambiar la deriva de los hechos: el arzobispo de Toledo, Pascual de Aragón. El primado no aceptó. El 27 de diciembre, el propio rey, a instancias de algunos próximos y, desde luego, con la aprobación de su madre, escribía a su hermanastro y, tras considerarle al punto que habían llegado las cosas en la monarquía, le ordenaba que fuese para asistirle en tan grave peso y circunstancia; se acompañaba otra de la reina ratificando la de su hijo. Así las cosas, Valenzuela se recluía en El Escorial bajo la protección de los Jerónimos, a la espera del desarrollo de los acontecimientos.

El 2 de enero de 1677, Juan José de Austria salía para Madrid, asistido por un numeroso séquito. En la villa de Hita celebró un encuentro con el arzobispo Pascual de Aragón a fin de organizar su entrada en la capital política de la monarquía. Desposeídos Carlos II y su madre prácticamente de todo poder, imponía como condiciones que fuera destinada la recién creada guardia real, último bastión de poder de la regente, a Sicilia; que fuera detenido Valenzuela y que su hermano el rey fuera separado de la madre. Sus condiciones se cumplieron, Valenzuela era detenido, a pesar del amparo eclesiástico y el rey, acompañado de Medinaceli, abandonaba el alcázar para alojarse en el Palacio del Buen Retiro a la espera de su hermano.

El 23 de enero, Juan José de Austria hacía su entrada en Madrid entre el entusiasmo general y del propio rey. Acababa la regencia y empezaba así el tiempo de la esperanza y de un nuevo reinado: el de Carlos II.

Aquel reinado se iniciaba con el hermanastro como primer ministro. Para afianzar su posición, hubo de eliminar a sus adversarios de la Corte y de los órganos de poder para sustituirlos por los leales. La reina y Valenzuela fueron desterrados, este último encerrado en Consuegra y despojado de títulos y honores.

El almirante Castilla y otros muchos cargos y oficios en la anterior Corte también fueron al destierro.

Al tiempo, se recuperaban los otrora expulsados y exiliados. Junto a las destituciones se hacían nuevos nombramientos. Había que asegurar las acciones del futuro gobierno con su propia clientela y había que hacer justicia con el merecimiento de los suyos y asegurar gratitudes futuras: al anterior preceptor y al confesor real se les hacía volver dando a Francisco Ramos de Manzano un puesto en el Consejo de Castilla, de cuya presidencia se despojaba al conde de Villahumbrosa, sustituido por el duque de Osuna; la presidencia del Consejo de Aragón se le entregaba al aragonés Pascual de Aragón; la del de Italia a Alba y así todo un rosario de destituciones y nombramientos en la Corte, consejos y territorios que debían asegurar el mando de Juan José de Austria.

De inmediato, Juan José acometió un ambicioso plan de renovación política interior y exterior, que iría desde la administración temporal y espiritual hasta la política económica. Una de sus primeras disposiciones fue simplificar el número de ministros y oficiales en los consejos y el decreto contra la “falta de limpieza de los ministros” que remitió a todos los órganos de Gobierno con el fin de conseguir la moralización de la vida pública; también se daba un paso en la centralización con los decretos de nombramientos de tenientes de corregidores en Castilla y de tenientes de gobernadores en los otros reinos, que pasaban a depender directamente de la Corona. En política económica acometió el mal endémico de la inflación monetaria y del endeudamiento de la hacienda real: creó la importante Junta de Moneda que tras la difícil medida devaluadora daría sus resultados con la estabilización monetaria que se sintió en la década de los ochenta; otra Junta de Comercio se encargaría de los asuntos de esta materia; desde el lado de la fiscalidad, pese a las necesidades perentorias en el exterior, contuvo la presión del fisco e hizo contribuir a los privilegiados por la vía de los donativos y respecto al clero, consiguió que volviera a contribuir con las tradicionales Tres Gracias que la regencia había liberado; por otra parte, no dejó de actuar por la vía de los decretos a favor de la contención del gasto y del lujo. En Aragón se daba satisfacción a su demanda y se cumplía con la convocatoria de cortes y la jura del rey el 1 de mayo de 1677; las cortes de los otros reinos quedaron pendientes de reunirlas ante las urgencias de gobierno y la prematura muerte de Juan José de Austria impidió su reunión. En política exterior fue partidario de la pacificación y de aceptar el estado de hecho que favorecía a la potencia vecina. A ello ayudaba la difícil coyuntura económica que le tocó en esos cortos años de gobierno: malas cosechas, brotes de peste y, por ende, ninguna llegada del esperado metal de las Indias Occidentales. Todo abocó a la necesaria firma de la Paz de Nimega, el 17 de septiembre de 1678, que suponía la inevitable pérdida de varias plazas en Flandes y del Franco-Condado a favor de Francia.

Esta decisión no fue comprendida ni compartida entre políticos y militares. Los duros tiempos y los esfuerzos pedidos pronto traerían la oposición y crítica de diversos sectores. Así, en medio de este ambiente de incomprensión, el hijo bastardo del rey Felipe IV moría en Madrid en la segunda semana de julio de 1679, afectado por unas fiebres fruto de la peste sin que pudiera ver ninguno de los resultados de sus actuaciones de gobierno.

 

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José Ignacio Ruiz Rodríguez