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José Gómez y Ortega

Biografía

Gómez Ortega, José. Gallito, Joselito, Joselito el Gallo. Gelves (Sevilla), 8.V.1895 – Talavera de la Reina (Toledo), 16.V.1920. Torero.

José Gómez Ortega, que había de inmortalizar el apodo familiar de Gallito, nació en el n.º 2 de la calle Fuente, en la huerta llamada “El Algarrobo”, de Gelves. Su nombre completo, según reza en la partida de bautismo, era José Miguel Isidro del Sagrado Corazón de Jesús. Fue el hijo menor del torero Fernando Gómez el Gallo y de la bailaora Gabriela Ortega, y hermano de los diestros Fernando y Rafael el Gallo. Gallito fue un apodo que utilizaron, antes y después que él, varios de los miembros de su amplísima familia de toreros. Fue cuñado del torero, mecenas del Grupo Poético del 27 y dramaturgo, Ignacio Sánchez Mejías, muerto, igual que Gallito, a consecuencia de la cornada de un toro.

Gallito, o Joselito el Gallo, como indistintamente se le llama, fue uno de los toreros más grandes de todos los tiempos. En su persona culminó una importantísima dinastía familiar, que tuvo el contrapunto a su personalidad poderosa y su intensa manera de entender el toreo y la Fiesta en su hermano Rafael, también excelente torero.

Según Néstor Luján, “Joselito fue un torero total [...] Fue un torero completo: por su arte, por su técnica y conocimiento, y por su insobornable vocación que hace de él una personalidad autoritaria dentro y fuera de las plazas”.

Huérfano de padre al poco de cumplir los dos años, pero inmerso en un ambiente familiar muy taurino, Gallito comenzó a torear muy joven. Al morir el cabeza de familia, su madre abandonó Gelves, trasladándose a la calle Relator de Sevilla. Joselito acudió a un colegio de párvulos en la calle Feria, la misma en la que en 1892 había vivido Juan Belmonte, futuro gran torero, pareja histórica de Gallito y su complemento técnico y artístico. Siendo un niño, Joselito fomentó su afición con ganado manso en la finca “La Barqueta”, propiedad del médico José Sánchez Mejías (padre de Ignacio), y en la Alameda de Hércules, en aquella época una auténtica escuela de toreo. Según Cossío, a los ocho años toreó por primera vez en la finca “Palmete”, de Valentín Collantes, “una becerra que le atropelló, asustándole hasta el punto de negarse a seguir toreando”. En los años siguientes siguió acudiendo a tentaderos junto a sus hermanos (en las ganaderías de Miura y Pablo Romero, entre otras muchas), hasta que por fin mató su primer becerro, el 19 de abril de 1908 en Jerez de la Frontera, vestido con un terno verde y negro. Se lidiaron novillos de Cayetano de la Riva, y alternó con José Puerta Pepete y José Gárate Limeño. Con esos torerillos, José Martínez, de profesión guardia municipal, organizó una terna de becerristas con la que viajó a Portugal. Sin embargo, ésta pronto se deshizo (Pepete sólo toreó dos festejos y regresó a Sevilla), formando a partir de ese momento Gallito y Limeño una célebre pareja de novilleros que se mantuvo en vigor durante cuatro temporadas.

En Portugal, Gallito y Limeño estuvieron sometidos a un régimen económico leonino (10 reales por festejo, y 14 un poco más adelante) por parte del guardia Martínez. Pero muy pronto Joselito dio muestras del carácter que en un futuro iba a convertirle en figura del toreo. Según Cossío, Gallito, “tras haber adquirido la autorización y la representación de sus compañeros, ajustó una corrida en la plaza de Campo Pequeño, de Lisboa, a beneficio del rejoneador José Casimiro, por la que cobró mil pesetas [cuatro mil reales], encargándose él de pagar a la cuadrilla, y concediendo al Guardia, como ellos le llamaban, la retribución de veinte duros [cien pesetas] por corrida, rigiendo desde entonces con exacto rigor este régimen de administración”. En esa gira por tierras portuguesas Gallito y Limeño torearon diecisiete becerradas.

Consolidada en 1909 la joven pareja de toreros, éstos comenzaron a torear en España. Las plazas de Cádiz, Jerez, Málaga, Sevilla... disfrutaron de su presencia, si bien debieron interrumpir la temporada porque, según Cossío, la madre de Gallito se desplazó a Madrid. Quizá los biógrafos no contarían esta anécdota si no fuera porque Joselito le escribió una carta solicitándola permiso para torear porque, decía, “se me está pasando la edad”. Tenía Gallito catorce años.

En 1910 torearon treinta y siete becerradas (Joselito perdió tres por enfermedad), y treinta en 1911. Completada su etapa de formación como becerristas y novilleros, Limeño y Gallito, anunciados en los carteles como la “Cuadrilla de Jóvenes Sevillanos”, se presentaron en Madrid, con un lleno absoluto en la plaza, el 13 de junio de 1912, con una corrida de toros de gran presencia de Eduardo Olea. El sexto, que correspondió a Joselito, fue de la ganadería del conde Santa Coloma. Estos animales fueron elegidos por el propio Gallito, en sustitución de los novillos inicialmente anunciados del duque de Tovar, que el torero consideró pequeños para su debut en Madrid. Sobre esa novillada, que el crítico Don Pío (“portavoz del gallismo rafaelista”, según Cossío), tituló “Ha resucitado Lagartijo”, el cronista Relance escribió: “¡Es un fenómeno! ¡Es un torero colosal! Bueno con el estoque, mejor con la capa, mejor con la muleta y mejor con banderillas. [...] Recuerda a Lagartijo el Grande”. Don Modesto reseñó en El Liberal: “¡Éste! ¡Éste! [...] yo juro aquí que creo que nos hallamos en presencia de un fenómeno torero. ¡Palabra! ¡Palabra!”. El tercer novillo se lo brindó a Don Pío, que le obsequió con una petaca y una fosforera. Los banderilleros de Gallito fueron José Pérez Manchado, Enrique Ortega Cuco y Enrique Ortega Almendro. Durante esta etapa de su trayectoria, Joselito se anunciaba en los carteles como Gallito Chico (en realidad, en la familia era Gallito III), debido a que el apodo de Gallito lo venía utilizando su hermano Rafael, que muy pronto pasó a llamarse Gallo, quedando el de Gallito para Joselito.

El 23 de junio de 1912 triunfó rotundamente en Sevilla. Y repitió en Madrid en cuatro novilladas más: los días 11, 15 y 28 de julio, y 4 de agosto, todas ellas con Limeño. En este último festejo lidiaron reses de Miura. Completó la temporada (toreó cuarenta y cinco novilladas y perdió nueve por un percance sufrido el 1 de septiembre en Bilbao) con ambiente de inminente figura del toreo y con la vista puesta en la alternativa, prevista inicialmente para el 15 de septiembre. Curiosamente, el doctorado sufrió dos aplazamientos: el primero, debido al percance de Bilbao; mientras que el segundo, que fue suspendido por la lluvia, estaba previsto que hubiera sido en Madrid, el 27 de septiembre, en una corrida en la que también iba a hacerse matador de toros Manuel Martín Vázquez II, acompañados en el cartel por Vicente Pastor y El Gallo. Finalmente, Joselito tomó la alternativa en Sevilla el 28 de septiembre de 1912 (en la que debía haber sido su segunda corrida de toros), de manos de su hermano Rafael y en presencia de Antonio Pazos. Los toros fueron de Moreno Santamaría, y el de la ceremonia se llamaba Caballero. Confirmó el doctorado en Madrid el inmediato 1 de octubre, con el toro Ciervo, de Veragua, a manos de su hermano y en presencia de Vicente Pastor, que en el primero de la tarde había hecho matador de toros a Vázquez II.

Convertido en figura del toreo desde el mismo día de la alternativa (en realidad, ya lo era desde antes), su sabiduría y capacidad fueron acogidas por los espectadores como se abraza la llegada de un mesías. Joselito hizo frente en el ruedo a las figura de la época, e incluso trató de frenar el empuje de Juan Belmonte, que tomó la alternativa al año siguiente. No pudo con Belmonte (en realidad, ninguno de los dos venció en esa apasionante e incruenta rivalidad), y muy pronto el mando de la Fiesta quedó repartido entre Gallito y Belmonte, aunque el peso real de las temporadas siempre recayó sobre Joselito. Durante los nueve años que estuvo en activo, el toreo giró en torno a él, pues frente a los descansos y reapariciones de Juan, José se mantuvo en el toreo con una voluntad, un mando y un poder prácticamente absolutos. Sobre Gallito escribió Don Ventura: “Si nadie le ganó en amor propio, nadie, tampoco, pudo permanecer indiferente ante las proporciones asombrosas de su personalidad artística. Por la extensión y por la hondura de toreo, Joselito representa en la vertiente de la Tauromaquia el torero-tipo a lo Romero, Montes o Guerrita, y si por algo se le pudo combatir fue por su imperfecta manera de matar”.

Desde la alternativa hasta la fatal corrida de Talavera de la Reina toreó seiscientas ochenta corridas de toros, veintidós de ellas como único espada. Entre otras muchas tardes muy importantes, una de las más relevantes fue la del 3 de julio de 1914, cuando se encerró en la plaza de Madrid con siete toros de Vicente Martínez, en un festejo antológico del que salió consagrado. Ese año, en Madrid realizó catorce paseíllos.

En 1914 había tenido lugar el primer encuentro en un coso taurino, ya como matadores de toros, con Juan Belmonte. El 15 de marzo torearon en Barcelona. Cossío indica (en la biografía de Belmonte) que el primer enfrentamiento tuvo lugar en Sevilla el 21 de abril (con toros de Miura, festejo en el que el trianero obtuvo un gran triunfo), pero antes de esa corrida ya habían toreado juntos en cinco ocasiones (tres en Barcelona, una en Castellón y otra en Valencia). Esas corridas, y también la del siguiente 2 de mayo en Madrid (en ésta ambos diestros completaron una extraordinaria actuación), marcaron el comienzo de una competencia histórica (por complementaria) en la Fiesta. En autobiografía del torero de Triana escrita por Chaves Nogales, Belmonte afirma: “Aquel año de 1914 comenzó mi rivalidad con Joselito o, mejor dicho, comenzó la rivalidad entre gallistas y belmontistas”. Tanto fue así que ambos diestros sevillanos alternaron juntos, del 15 de marzo de 1913 en Barcelona al 15 de mayo de 1920 en Madrid, un día antes de que Gallito muriera en la plaza de toros de Talavera de la Reina (Toledo), en doscientas cincuenta y siete corridas. Y añade Belmonte: “En aquel tiempo, Joselito era un rival temible: su pujante juventud no había sentido aún la rémora de ningún fracaso; [...] Frente a él yo tomaba fatalmente la apariencia de un simple mortal que para triunfar ha de hacer un esfuerzo patético”.

“Durante los años siguientes —escribió Néstor Luján—, se acentúa la pugna. Joselito adapta a su toreo algo de la innovación belmontina. [...] Juan Belmonte, por su parte, va afianzando su técnica, va acoplando su estilo a una mayor solidez, y sus percances —de los que siempre se salvó con una suerte inaudita— son menores”.

El resumen estadístico de su trayectoria, elaborado por Gómez Gómez y Pastor Planchuelo, señala que en 1912 toreó catorce corridas; ochenta y dos en 1913; setenta y cinco en 1914; ciento dos en 1915 (ésta fue la primera vez en la historia que un torero pasaba de cien corridas en una misma temporada); ciento cinco en 1916; ciento tres en 1917; ochenta en 1918 (perdió más de veinticinco por enfermedad y percances); nueve en Lima (Perú) durante ese invierno; y veinte en 1920. Madrid fue la plaza en la que más veces toreó (ochenta y una corridas), seguida de las tres plazas de Barcelona, en las que hizo un total de sesenta y cuatro paseíllos. Le sigue la ciudad de Sevilla (en los cosos de la Maestranza y de la Monumental), con cincuenta y ocho festejos. En Madrid cortó diecinueve orejas y un rabo, éste del toro Cigarrón, de Guadalest, el 10 de octubre de 1918.

Muy preocupado por la composición y evolución de las ganaderías, Joselito fue además impulsor de la construcción de plazas de toros monumentales. En este sentido, fue el promotor de la Monumental de Sevilla (que debía competir con la Maestranza y que se mantuvo en pie el tiempo que Gallito vivió) y de la madrileña de Las Ventas, que no llegó a ver edificada.

Finalizada la temporada de 1919 se desplazó a Lima, en el que fue su único viaje a América. La temporada española la comenzó tarde, el 4 de abril en Sevilla. Antes de la corrida de Talavera, en las diecinueve anteriores pisó seis veces las plazas de Sevilla (Maestranza y Monumental, tres cada una) y tres la de Madrid. La última, el 15 de mayo, el día anterior a la tragedia. Nueve temporadas se mantuvo Gallito en la cima del toreo. Con maestría, con responsabilidad de figura, con amor propio, pero, paulatinamente, las exigencias de los espectadores se hicieron cada vez mayores. El público, especialmente el de Madrid, se volvió en su contra, haciéndole responsable de muchos de los imaginados males de la Fiesta. El 15 de mayo de 1920 toreó en Madrid con Juan Belmonte y su cuñado Ignacio Sánchez Mejías. El ambiente en la plaza fue durísimo. Cuenta Néstor Luján: “Cada vez está su ánimo más apesadumbrado, al ver el comportamiento hostil del público, por la agobiante carga de la gloria”. En parecidos términos se expresó Cossío: “El 15 de mayo [de 1920] toreó en Madrid, y el público se produjo con él de una forma brutal”. Hubo insultos, pitos, broncas y hasta agredieron a Joselito con una almohadilla en un brazo.

Semanas antes de este festejo, Joselito decidió torear el 16 de mayo en Talavera. Los motivos eran varios, prácticos y sentimentales: por un lado, congraciarse con el crítico Gregorio Corrochano, sobrino de la ganadera, con el que llevaba un tiempo distanciado; y, después, acudir a una plaza que había inaugurado su padre en 1890. Respecto al primero, el crítico Clarito, que ha dedicado páginas magistrales en su libro de Memorias a los días anteriores y posteriores a la tragedia, escribió: “¿Cómo puede concebirse —se pregunta más de un taurino atribulado por la catástrofe— que Joselito, tan cuidadoso del ganado, conocedor de los abuelos, hijos y nietos de todas las vacadas de la Unión de Criadores, solicitase la corrida de la señora viuda de Ortega, no asociada y ajena a su conocimiento? Cómo explicarlo si no porque Sánchez Mejías y Corrochano —pariente próximo de la ganadera [y también del primer empresario del festejo, aunque luego la organización cambió de manos]— lo pidieron en el ágape de La Estrecha [organizado para limar asperezas entre torero y crítico y con motivo del brindis que el torero le había realizado al director del diario ABC] y sin embargo, consta que fue José, el propio sin ventura, quien recabó un puesto en el cartel”.

Por otro lado, parece ser que a Joselito le ilusionaba torear esa corrida debido a que su padre Fernando El Gallo inauguró la plaza de Talavera de la Reina el 29 de septiembre de 1890, compartiendo cartel con Antonio Arana Jarana y con astados de Enrique Salamanca. Gregorio Corrochano explicó en su notabilísima crónica de la corrida de la muerte de Gallito, publicada en el diario ABC el 18 de mayo de 1920, cómo aquella circunstancia de 1890 forzó la presencia del hijo en Talavera el 16 de mayo: “Estoy entristecido, y sin embargo, tengo que escribir. Escribiré; sería mi sino, como el del pobre Joselito sería el de venir a morir aquí. Lo que más me preocupa, lo que me obsesiona es lo que hay de fatalidad en todo esto. Joselito, desde que supo que se organizaba una corrida en Talavera, no pensó más que en torearla. La Empresa no quiso traerle, porque esta plaza, de poca cabida, no admite presupuestos caros. Un íntimo amigo suyo tomó el negocio a base de Joselito, y quedó Joselito contratado en Talavera. Entonces surgieron más dificultades.

La Empresa de Madrid le reclamaba para este día; llegó hasta a intervenir la Dirección de Seguridad, y anunció que no dejaría salir de Madrid a Joselito. Éste se obstinó en venir; ofreció nuevas fechas, buscó combinaciones, dio toda clase de facilidades para el nuevo abono, a cambio del favor de que le dejaron venir a Talavera. Y vino, y murió casi en el ruedo, pues entró en la enfermería con un colapso, del que no volvió”.

El toro Bailaor, de la ganadería de la viuda de Ortega, estaba marcado con el n.º 7, negro mulato de pelo, cornicorto y terciado de presencia. Manso y bronco, se dijo que era burriciego (que veía de lejos pero no de cerca), y que por eso cogió a Joselito en un momento de aparente descuido, mientras montaba o se cambiada de mano la muleta. Cogido con gran violencia por una pierna, y recogido luego en el suelo, el diestro giró sobre el pitón del toro, que entró por completo en su vientre. Con las vísceras fuera, Gallito intentó levantarse, pero sólo pudo ponerse de rodillas. A continuación se mareó. En la enfermería se redactó el siguiente parte facultativo, recogido en su momento por Ángel Hernáiz: “Durante la lidia del quinto toro ha ingresado en esta enfermería el diestro José Gómez (Gallito) con una herida penetrante por asta de toro en la región inguinal derecha con salida del epiplón, perineo, vejiga e intestinos, con shock traumático intensísimo y probable hemorragia interna. También sufre otra herida en la parte interna, tercio superior del muslo derecho”. Lo firmaban los doctores Francisco Luque y David Ortega. Joselito falleció a los pocos minutos de ingresar en la enfermería.

La noticia de su muerte causó conmoción en la España de la época. El duelo fue muy sentido, y a su velatorio y entierro acudieron multitud de gentes, conocidas y anónimas, que mostraron su respeto por el ídolo caído. Dice Cossío: “Puede decirse que si ejemplar fue su vida torera, mayor ejemplaridad logró su muerte, que completa el ciclo de su actividad taurina sin un fallo, con perfección de mito”.

Sumadas a las de Belmonte, las aportaciones de Joselito marcaron el rumbo del toreo moderno. Pepe Alameda sitúa en Gallito el nacimiento del toreo ligado en redondo con la mano izquierda, base y fundamento de la tauromaquia contemporánea. De manera todavía rudimentaria, el diestro de Gelves, explica Alameda, “en vez de mandar el toro hacia fuera, lo hacía venir por su línea natural, sin ‘expulsarlo’; reunido hacia su pierna izquierda, que permanecía fija sobre su punto de apoyo inicial. Luego, José llevaba la muleta atrás, para marcar el viaje en redondo. Y, una vez conseguido el pase, sin quitar la muleta de la cara y sin mover de su sitio aquella pierna izquierda —la pierna ‘eje’—, volvía a tirar del toro y repetía la suerte, logrando el toreo en redondo. [...] Lo que aquí hace Joselito no es, en rigor, para los cronistas del momento, es para los toreros, para el toreo; es aportación objetiva, con la que se le da al toreo un cauce histórico”.

 

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José Luis Ramón Carrión