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Antonio Marañón

Biografía

Marañón, Antonio. El Trapense. Marañón (Navarra), c. 1777 – Vilanova d’Almassà, Tierra Alta (Tarragona), 1826. Guerrillero absolutista, monje cisterciense (OCist.).

Fernando VII entró en España en marzo de 1814 por Cataluña, y en el camino fue perfilándose su negativa a transigir con los liberales que habían fraguado, en su ausencia, la Constitución. Esta tendencia culminó en Valencia el 16 de abril, cuando el general Francisco Javier de Elío hizo claras alusiones a la vuelta del poder absoluto del Rey, quien —aconsejado por una camarilla integrada por personajes heterogéneos— suprimió, por decreto del domingo 4 de mayo, la Constitución. Con esto, los descontentos se alzaron y se dispusieron a adueñarse del poder, y mientras el país se hundía en la ruina económica, política y moral, los partidarios del absolutismo y los liberales formaban ya dos grupos irreconciliables.

Cuando el 1 de enero de 1820 se sublevó Rafael Riego en Cabezas de San Juan, Fernando VII se vio obligado el 7 de marzo a jurar la Constitución.

Eran los liberales moderados los que controlaban inicialmente el poder, pero el Rey no se resignaba a someterse a su autoridad, y, tras los sucesos del domingo 7 de julio de 1822, los moderados fueron sustituidos.

Desde entonces, liberales y absolutistas mantuvieron una verdadera guerra civil.

La reacción anticonstitucional se propagó rápidamente a través del púlpito y de la propaganda subversiva, y por diversas zonas del país surgieron multitud de partidas absolutistas entre las que destacaban algunas capitaneadas por clérigos, como mosén Antón; Juan Costa, Misses; Francisco Muntaneer; Jaime el Barbudo o Antonio Marañón, curas trabucaires que enarbolaban la Santa Cruz repitiendo: “Somos ministros de Dios en la tierra y nuestros brazos ejecutan su justicia”.

Marañón fue soldado durante la guerra que mantuvo España con la República Francesa, entre 1793 y 1795. Se distinguió durante la lucha contra Napoleón —donde ya se dio a conocer por su crueldad y fanatismo—, en el asalto a la ciudadela de Jaca en 1813.

Permaneció en el Ejército y llevó una vida disoluta hasta 1817, año en que desertó llevándose la Caja de su Regimiento.

No se sabe si por arrepentimiento de su vida pasada o por temor a la justicia, acabó ingresando en la Orden del Císter, primero en el monasterio de Santa Susana (Barcelona), de donde, tras su supresión, en 1821, pasó a Poblet con el resto de la comunidad; de ahí su apodo de el Trapense.

Los realistas exiliados en Francia intentaron crear una Regencia; para ello comenzaron ayudando económicamente a las numerosas bandas que, aprovechando la experiencia adquirida en la Guerra de la Independencia, se movían por tierras catalanas y que habían sido derrotadas en 1821. Incitado por los absolutistas de la comarca, en abril de 1822 se puso el Trapense al frente de una partida reunida en L’Espluga de Francolí, a la que se unieron, entre otras, las de Costa y Romagosa, partidas que fueron denominadas “Bandas de la fe”, mientras que en Cervera se constituía la primera Junta que habría de crearse en Cataluña. Sus actitudes bélicas, la teatralidad de sus acciones, unida a su crueldad, le convirtieron en el guerrillero absolutista más famoso del Principado.

En julio del mismo año se apoderó, mediante un golpe de mano inverosímil, de la ciudad de Seo de Urgel, tras pasar a cuchillo a toda su guarnición, y el 12 de agosto se constituía oficialmente, a partir de una Junta Superior Provincial de Cataluña (titulada también Regencia Suprema de España durante la cautividad de Fernando VII), una Regencia, integrada por personalidades civiles y eclesiásticas de escasa representación, dirigida por el arzobispo electo de Tarragona, Jaume Creus; Bernardo Mozo de Rosales, marqués de Mataflorida (uno de los firmantes del Manifiesto de los Persas), y Joaquín de Ibáñez Cuevas, barón de Eroles (que refugiado en Poblet había estado al frente de la conjura realista). Si el primero ejercía la presidencia, el segundo era el auténtico animador de la Regencia, mientras que el tercero se ocupaba de la transformación de las partidas en un ejército organizado, lo que resultó imposible. Por otra parte, no parecía existir una gran concordia entre sus miembros: la proclamación por ésta de Fernando VII como Monarca absoluto, fue seguida de otra particular de Eroles dirigida a los catalanes y en la que exigía la existencia de unas Cortes que moderaran el poder real.

Ante el peligro político que significaba la causa absolutista, el Gobierno liberal, decidido a actuar con firmeza en Cataluña, envió al general Francisco Espoz y Mina, héroe de la Guerra de la Independencia —capitán general del ejército de Navarra—, que batió a las guerrillas en campo abierto, tras una campaña rápida, y recuperó Seo de Urgel (16 de noviembre de 1822). La Regencia pasó entonces a Llívia, y de allí a Francia, y sus miembros se dispersaron.

Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, Fernando VII se dirigió a las potencias firmantes de la Santa Alianza, primero por medio del diplomático Antonio Vargas Laguna, y posteriormente por Carlos de España, personaje de origen francés, para que éstas le ayudasen a mantener su Monarquía. En octubre de 1822, en el Congreso de Verona, se acordó la intervención en España mediante el envío de un ejército francés, al mando del duque de Angulema, sobrino de Luis XVIII, que el lunes 7 de abril de 1823, irrumpía en España por el Bidasoa, y al que se unieron los más fanáticos absolutistas, mandados por Carlos de España (conde desde 1819), el general Vicente Jenaro Quesada y el barón de Eroles. Se designó una Regencia que se estableció dos días después en Oyarzun.

Mientras tanto, tras intentar invadir Aragón, el Trapense se refugió en Navarra, convirtiéndose en el brazo armado de la facción más ultraísta del reino, lo que le llevó a chocar con el conde de España, designado capitán general de Navarra, quien halló no pocas dificultades para hacer prevalecer su autoridad ante los más exaltados absolutistas mandados por Marañón.

El viernes 23 de mayo, Madrid se ocupaba sin lucha y, el 1 de octubre, tras la rendición del último baluarte de los liberales, Cádiz, Fernando VII recobraba su libertad, pues le habían retenido como prisionero garante.

Acto seguido se iniciaba una cruel represión.

En febrero de 1824, el antiguo fraile fue obligado a presentarse en Madrid, desde donde, acompañado de una escolta militar, teóricamente de honor, pero en realidad de vigilancia, fue llevado a un monasterio trapense, donde falleció en 1826.

 

Fuentes y bibl.: Informaciones aportadas por A. Bachs i Galí, J. Bochaca Oriol y J. Florensa Jaumandreu.

J. de Contreras y López de Ayala, marqués de Lozoya, Historia de España, Barcelona, Salvat Editores, 1967; M.ª Márquez, “El clero anticonstitucional”, en Tiempo de Historia (Madrid), Prensa Periódica, n.º 7 (junio de 1975); J. Carbonell (dir.), Gran Enciclopedia Catalana, Barcelona, Enciclopedia Catalana, 1975; http://www.islabahia.com/arenaycal/1999/04abril/mira.htm .

 

Fernando Gómez del Val